A tres mil metros de altura pudo verla de nuevo. Sólo fueron unos segundos, suficientes para sentir un fuerte hormigueo en el vientre. La luz bermellón parecía difuminar su rostro poblado de pecas, pero al observarla detenidamente no le quedaron dudas. Era ella. ¡Ella! Le parecía que había pasado mucho desde la primera y única vez que juntos compartieron un momento. Apenas un par de años para que el mundo diera vueltas y volviera a colocarla en su camino.
Con una dulce tristeza notó que estaba delgada, aún más de lo que recordaba. Era todita huesos forrada en tan poquita piel. La profundidad de sus órbitas hacía imposible apreciar sus ojos azules y traviesos. Tampoco podía escuchar el tono de su voz inquietante. Era tan extraña su belleza que nadie reparaba en ella. Ni ahora ni aquella tarde de septiembre que la conoció, a las afueras del Luna Park, en aquel concierto al que oficialmente asistieron veintiséis mil personas, pero podía jurar que fueron muchos más.
Las entradas que Lalo, su hermano mayor, había conseguido eran para la segunda función y la cola era interminable. Atropellando desde atrás, lograron superar a la muchedumbre y llegar hasta Guille, el mejor amigo de Lalo e hincha de River, quien les guardaba sitio desde temprano. A su costado estaba Cecilia, la novia de Guille, Laurita, su hermana que toda la vida ha estado enamorada de Lalo, por eso se apuró en hacerle espacio, y una pelirroja desconocida, amiga de Laurita, que era pura sonrisa.
Sin haber sido presentados, Guille haló de su brazo e hizo que se colocara detrás de ella, antes que llegaran los oficiales y lo cogieran a palazos. No se abochornó ante las pifias de la gente, pero sí al sentir el estrecho contacto con sus caderas. La miró como intentando disculparse y ella volteó sonriendo como si no le importase.
Supo sin que le preguntara que se llamaba Fabiana, que tenía diecisiete años y vivía en La Boca, cerca de Caminito. Que era estudiante de medicina en la UBA y formaba parte de la Juventud Guevarista. “¿Vos cómo te llamás?” Entre tartamudeos le dijo que se llamaba Omar y era soldado de la Segunda Brigada de Infantería. “Formás parte de un Ejército loco, tenés veinte años y el pelo muy corto”, le dijo y él sólo sonrió sin poder responder, sintiéndose menos porque nunca en su vida había sabido decirle nada bonito a una mujer.
Al cumplir los dieciocho quiso conseguir una novia como la que tenía la mayoría de pibes en el barrio. La única chiquilla que aceptó salir con él fue la hija de un gran amigo de la familia, pero al tenerla a su lado se quedó callado, reemplazando con el The dark side of the moon las palabras que jamás osaría a decir. Cansado de su poca personalidad, su padre lo empujó a que postulara al Ejército, así dejaría de ser boludo y se ganaría el respeto de todos. Le costó mucho, como a tantos, adaptarse a la vida militar, pero había que reconocer que a base de insultos y duro entrenamiento, la candidez se la quitaron temprano. No tenía agallas quizá para expresar lo que sentía a una mujer, pero sí para masacrar a un grupo de prisioneros del ERP en la provincia de Tucumán.
Con una dulce tristeza notó que estaba delgada, aún más de lo que recordaba. Era todita huesos forrada en tan poquita piel. La profundidad de sus órbitas hacía imposible apreciar sus ojos azules y traviesos. Tampoco podía escuchar el tono de su voz inquietante. Era tan extraña su belleza que nadie reparaba en ella. Ni ahora ni aquella tarde de septiembre que la conoció, a las afueras del Luna Park, en aquel concierto al que oficialmente asistieron veintiséis mil personas, pero podía jurar que fueron muchos más.
Las entradas que Lalo, su hermano mayor, había conseguido eran para la segunda función y la cola era interminable. Atropellando desde atrás, lograron superar a la muchedumbre y llegar hasta Guille, el mejor amigo de Lalo e hincha de River, quien les guardaba sitio desde temprano. A su costado estaba Cecilia, la novia de Guille, Laurita, su hermana que toda la vida ha estado enamorada de Lalo, por eso se apuró en hacerle espacio, y una pelirroja desconocida, amiga de Laurita, que era pura sonrisa.
Sin haber sido presentados, Guille haló de su brazo e hizo que se colocara detrás de ella, antes que llegaran los oficiales y lo cogieran a palazos. No se abochornó ante las pifias de la gente, pero sí al sentir el estrecho contacto con sus caderas. La miró como intentando disculparse y ella volteó sonriendo como si no le importase.
Supo sin que le preguntara que se llamaba Fabiana, que tenía diecisiete años y vivía en La Boca, cerca de Caminito. Que era estudiante de medicina en la UBA y formaba parte de la Juventud Guevarista. “¿Vos cómo te llamás?” Entre tartamudeos le dijo que se llamaba Omar y era soldado de la Segunda Brigada de Infantería. “Formás parte de un Ejército loco, tenés veinte años y el pelo muy corto”, le dijo y él sólo sonrió sin poder responder, sintiéndose menos porque nunca en su vida había sabido decirle nada bonito a una mujer.
Al cumplir los dieciocho quiso conseguir una novia como la que tenía la mayoría de pibes en el barrio. La única chiquilla que aceptó salir con él fue la hija de un gran amigo de la familia, pero al tenerla a su lado se quedó callado, reemplazando con el The dark side of the moon las palabras que jamás osaría a decir. Cansado de su poca personalidad, su padre lo empujó a que postulara al Ejército, así dejaría de ser boludo y se ganaría el respeto de todos. Le costó mucho, como a tantos, adaptarse a la vida militar, pero había que reconocer que a base de insultos y duro entrenamiento, la candidez se la quitaron temprano. No tenía agallas quizá para expresar lo que sentía a una mujer, pero sí para masacrar a un grupo de prisioneros del ERP en la provincia de Tucumán.
Apenas ingresaron al Luna Park, la luz se apagó y el griterío era total. De repente el efecto sonoro producido por un melotrón y las luces de diferentes matices que iluminaban al cantante. Yo miro por el día que vendrá. Hermoso como el sol en la ciudad. La música de Sui Generis jamás le había atraído y los calificaba como un dúo de maricas. Sus gustos lo llevaban a la corriente progresiva, hacia Crimson, Floyd, Yes y el Genesis de Peter Gabriel. Aparte de la frágil apariencia de Nito y la de “Lennon tuberculoso” de Charly, pensaba que el rock no podía ser tan suavecito y empalagoso, y si estaba presente en ese concierto de despedida era por el nivel experimental que tenía el Instituciones, su último disco, que podía ser interesante escucharlo en vivo, además de ser testigo de un momento que, de hecho, tendría trascendencia en la historia del rock nacional.
Siempre el mismo terror a la soledad, y quizá esperaré en vano, a que me dieras tu mano, cuando el sol me viene a buscar, para llevar mis sueños al justo lugar. Si bien intentaba aparentar que la música no le gustaba, ver a la pelirroja a su lado, cantando con tantas ganas, le animó a dejarse llevar por un ambiente que parecía hechizado con el pianista chiflado y el flautista de Hamelin. Al llegarle el momento de cantar y dónde estás, adonde has ido a parar, y qué se hizo de tu sombrerito gris, la muchacha pegó su anatomía y tomó su mano sin consultarle, alzándola como tantos. Él sintió una corriente, un hincón que surcó su línea vertebral y también se puso a cantar. No lo creía pero sabía más canciones de lo que imaginaba. Te encontraré una mañana, dentro de mi habitación y prepararás la cama para dos. Mas que fijarse en el escenario, no podía dejar de contemplar a la pelirroja y deleitarse con las expresiones de su cara. A ratos parecía reír, llorar, gozar, ansiar. Antes que empezara No llores, nena, que no es la muerte. Estoy en busca de algo naranja y verde, ella pescó uno de los pitillos de marihuana que circulaba y le dio de fumar. Quizá por eso no sintió temor de abrazarla, de sentir el calor de su cuerpo contra su pecho, de embargarle una sensación de felicidad que no había sentido jamás. A la voz de Nito cantándole a la niña que ha sido enterrada viva en Rasguña las piedras, la pelirroja, emocionada y sin parar de fumar, le acarició su rostro que llevaba días sin afeitar, depositando la cabeza en su hombro. Él atinó a tomarla fuerte de la cintura y, en un arrebato, se atrevió a levantarle el mentón y besarle los labios. Era su primer beso. El húmedo contacto se tradujo en la extrema felicidad que produce el tener lo que siempre se ha anhelado y nunca se ha podido. Era tanta su excitación que hubiese rogado porque cada canción durase para siempre.
Mari Huana, Maria Elena, María Juana, que más da. Por debajo de la frazada, todas se llaman igual. Dame amor hasta mañana, yo te daré algo más. Desvestite no seas mala, si eso es lo más natural. Si lo hace hasta mi hermana y lo hizo mi mamá.
Los sucesos posteriores al cuarto pitillo que fumó eran como una nebulosa. Sabía que se quedó hasta tarde entre tanta gente insistiendo inútilmente que Sui volviera al escenario. Alguien propuso continuarla en un boliche aledaño y a la tercera cerveza perdió el conocimiento.
Al día siguiente todo era pasado. Lalo comunicó con orgullo a la familia reunida en la mesa, que su hermanito había estado con una mina de la mano. “¿Y se la fifó?”, preguntó el viejo entusiasmado. “No, el romance se acabó apenas le vomitó encima del pantalón”. “Bueno, algo es algo”, concluyó el viejo, enterrando su vista en su plato. Rojo de vergüenza, el soldado recordó ese momento bochornoso. Ella lo acompañó afuera del local y su vómito se impregnó en una pared con pintas subversivas. Él quiso disculparse, pero ella con una sonrisa le dijo que no se afligiera, que cualquiera se pasaba de vueltas. En el bolsillo de su camisa depositó una servilleta que contenía su nombre y numeración: Fabiana McKay 55-3369 y le dijo “llámame”, al despedirse con un beso en la mejilla.
Al terminar el almuerzo y notar que no había nadie cerca al teléfono de la casa, fumó dos cigarrillos y aguardó a que le sobreviniera el valor de llamar, pero nada. Era necesario que la nítida voz del general Farandelli viniera a su mente para guapearlo: “¡Qué pasa, soldado! ¿No tiene huevos para ablandar a ese prisionero?” “Sí los tengo, señor!”, exclamó, y aguijoneado por un súbito valor, discó el número, esperó dos-tres timbradas y cuando contestó la voz de una anciana, su imposibilidad de hablar le hizo colgar.
Vencido por ello, no volvería a intentarlo hasta que salió con permiso del cuartel. “¿A quién llamás?”, le preguntó Guille, quien se había aparecido por la casa para devolverle a Lalo su colección completa de Mafalda. “No me digas que andás detrás de la putita”. “¿Detrás de quién?”, preguntó Lalo entre divertido e intrigado. “De la putita pues. La pelirroja que le mordía la oreja a tu hermano la noche del concierto”. Sin tomar en cuenta que le rompía el corazón, Guille habló de la mala fama que tenía la piba en la facultad. Según unos, porque se acostaba con varios desaliñados, llenos de ideas izquierdistas. Según otros, porque se iba a la cama con cualquiera que le diera de fumar. “¿Y esa clase de amigas permitís que salgan con tu hermana?”, le recriminó Lalo, que esa misma noche se le declararía a la Laurita y posteriormente la haría su esposa. “No te preocupés que ya la aleccioné. La vuelvo a ver con esa perra y le rompo la cara a bofetadas”. “¡Y vos que no tenés experiencia en estas macanas, te la vas quitando de la cabeza, ¿oíste?”, le advirtió su hermano y le hizo caso. Un soldado del glorioso ejército argentino no podía manchar el uniforme enamorándose de suripantas.
El número telefónico de Fabiana lo guardó dentro de la funda del Tubular Bells que casi no escuchaba y si bien durante meses la tuvo muy presente, aprendió sus ganas de tenerla en los burdeles que hay en la carretera al interior. “Cambiá de semblante, le dijo el Guille en la pascua navideña, River ha campeonado después de dieciocho años. Se acerca una nueva era para la Argentina”.
En eso último tenía razón. Tras su valerosa acción en la escaramuza de Monte Chingolo lo ascendieron a cabo y meses después, un general, un almirante y un brigadier iniciaron su gobierno militar. Muchos fueron los detenidos, entre ellos esta chiquilla pelirroja que tras varios días de tortura, ahora la veía frente a él, drogada, deshonrada y desnudada, incapaz de pronunciar palabra alguna.
“A esta mina nadie más se la podrá fifar”, comentó un compañero luego de pasar la revista a los demás prisioneros. “Sí, es una lástima”, respondió al tomarla de los hombros y mirarla por última vez. Una lágrima solitaria recorrió su rostro al recordar aquella parte de cierro mis ojos y te veo más, no tengo miedo a caer, si sostienes, toda mi estructura y me haces bien, antes de empujarla por la puerta del avión hacia el vacío.
“A esta mina nadie más se la podrá fifar”, comentó un compañero luego de pasar la revista a los demás prisioneros. “Sí, es una lástima”, respondió al tomarla de los hombros y mirarla por última vez. Una lágrima solitaria recorrió su rostro al recordar aquella parte de cierro mis ojos y te veo más, no tengo miedo a caer, si sostienes, toda mi estructura y me haces bien, antes de empujarla por la puerta del avión hacia el vacío.
Marzo de 2005
Serían las once de la noche cuando aquel hombre de pálido semblante, aterido de frío y los ojos enrojecidos por tanto no dormir, tocó nuestra puerta, o mejor dicho la arañó, ahogándose los ruegos en su garganta porque alguien de adentro le hiciera caso. Mamá se levantó de la mecedora de muy mala gana y abrió la puerta, visiblemente mortificada por la interrupción de su sueño, arrullada por la voz de Beto Ortiz que le ponía punto final a su programa televisivo. Al otro lado de la puerta apareció ese hombre, postrado de rodillas en la vereda. Su clamor por ayuda provocó sobrecogimiento en todos nosotros, los menores y toda la indiferencia de ellas, las mayores.
-Por favor, señora, ayúdeme, ¡me persigue!
Chismosa como siempre, la tía Maruja asomó su cara y miró a ambos lados de la calle; no había nada, ni siquiera una sombra que perturbara su perfecta soledad. Con las manos en la cintura, mi madre aguardó del sujeto una explicación.
-Déme por favor unos cinco… ¡diez soles…! Con eso podré sacarle unos minutos, unas horas, unos días de ventaja.
Muda mi madre, dibujó en su cara toda la amargura de su viudez y cuatro hijos que mantener, y quiso cerrar la puerta, pero poniendo su famélico brazo como estorbo, ese hombre se lo impidió.
-Señora, tenga piedad, lo poco que me queda de vida está en sus manos. Es la muerte la que me persigue, ¿entiende?, ¡la muerte!, que viene tras de mí. Está aquí a unas cuantas cuadras y necesito escapar.
-¡Dale unas monedas al pordiosero y que se vaya! –exclamó la tía Maruja, retirándose de la escena y prestándose a seguir consolando su soltería con Beto Ortiz. Mi madre, en cambio, permaneció inflexible y erguía su pétrea figura en el umbral de la puerta.
-Señora, aunque le parezca disparatada mi historia, déjeme contársela. Yo soy una persona anormal, ¿sabe? Tengo una particularidad oculta que nadie en este mundo posee. Yo puedo ver a la muerte. A la muerte individual de cada persona. Usted debe saber que nuestra muerte nace en el mismo instante que uno viene al mundo, pero en un punto equidistante, y desde momento se echa a andar para darnos alcance y arrebatarnos la vida. Hay muertes que nacen al costado de uno y los bebés mueren al mismo tiempo que nacen. Hay muertes que nacen al otro lado del mundo y demoran ochenta o noventa años en darle el encuentro a uno… Yo, desde que nací, he podido ver a muchísimas muertes caminando en busca de sus vivos, llegando al instante preciso para reclamar a un enfermo de cáncer, a un suicida, a un asesinado…
Mi madre creyó haber oído suficiente e intentó cerrar la puerta con violencia, arrebatándole un chillido lastimero del pobre al colisionar con su antebrazo. Haciendo esfuerzos por soportar el dolor, prosiguió con su relato.
-Señora, hace unos años regresaba de Trujillo en un ómnibus de ruta. Ebrio y muy cansado, el conductor se precipitó al abismo de Pasamayo y muchas las personas que viajaban conmigo recibieron a su muerte. Yo, al ver la mía acercándose, con paso cansino y decidido, estirando sus brazos para cogerme, me escabullí por una ventana, marcándome con los vidrios estas cicatrices que surcan mi cara, y corrí, corrí y corrí, por la orilla de la playa, sintiendo su gélido aliento golpeándome la nuca, con las firmes intenciones de arrancharme mi alma… Llevo, señora, cinco años, diez meses y cuatro días viviendo para huir de la muerte y se me ha acabado la plata y las energías de mis piernas. Usted no la ve pero está aquí, a unos cuantos metros. Apelo, señora, a su caridad para seguir huyendo, si no… moriré.
Suficientes palabras. Mi madre le dio una furibunda patada al brazo del hombre y cerró la puerta. Al momento de morir no lo escuchamos gritar. Cuando la puerta volvió a abrirse todo era silencio. Un viento más helado que de costumbre nos dio la sensación que se llevaba su alma, quizás al cielo, quizás al infierno. Mi madre no se molestó en observar el cuerpo del infeliz, cuyos ojos inertes mostraban todo el horror del encuentro con lo que venía escapando hace tanto tiempo. Recogiendo la sandalia que con el ímpetu de su puntapié fue a dar al otro lado de la calle, cerró de un portazo y le pidió a la tía Maruja que le sirviera una enésima taza de café antes de emitir entre dientes una explicación de su frío proceder:
-Si mi marido se murió, ¿quién se creía este señor para no morirse de una vez? Ni siquiera Jesús, con todo lo hijo de Dios, pudo liberarse de su destino.
Y apagando la tele, en seguida nos mandó a todos a la cama. La vida continúa y ya era tarde. Mañana teníamos clases.
Octubre de 2000
-Por favor, señora, ayúdeme, ¡me persigue!
Chismosa como siempre, la tía Maruja asomó su cara y miró a ambos lados de la calle; no había nada, ni siquiera una sombra que perturbara su perfecta soledad. Con las manos en la cintura, mi madre aguardó del sujeto una explicación.
-Déme por favor unos cinco… ¡diez soles…! Con eso podré sacarle unos minutos, unas horas, unos días de ventaja.
Muda mi madre, dibujó en su cara toda la amargura de su viudez y cuatro hijos que mantener, y quiso cerrar la puerta, pero poniendo su famélico brazo como estorbo, ese hombre se lo impidió.
-Señora, tenga piedad, lo poco que me queda de vida está en sus manos. Es la muerte la que me persigue, ¿entiende?, ¡la muerte!, que viene tras de mí. Está aquí a unas cuantas cuadras y necesito escapar.
-¡Dale unas monedas al pordiosero y que se vaya! –exclamó la tía Maruja, retirándose de la escena y prestándose a seguir consolando su soltería con Beto Ortiz. Mi madre, en cambio, permaneció inflexible y erguía su pétrea figura en el umbral de la puerta.
-Señora, aunque le parezca disparatada mi historia, déjeme contársela. Yo soy una persona anormal, ¿sabe? Tengo una particularidad oculta que nadie en este mundo posee. Yo puedo ver a la muerte. A la muerte individual de cada persona. Usted debe saber que nuestra muerte nace en el mismo instante que uno viene al mundo, pero en un punto equidistante, y desde momento se echa a andar para darnos alcance y arrebatarnos la vida. Hay muertes que nacen al costado de uno y los bebés mueren al mismo tiempo que nacen. Hay muertes que nacen al otro lado del mundo y demoran ochenta o noventa años en darle el encuentro a uno… Yo, desde que nací, he podido ver a muchísimas muertes caminando en busca de sus vivos, llegando al instante preciso para reclamar a un enfermo de cáncer, a un suicida, a un asesinado…
Mi madre creyó haber oído suficiente e intentó cerrar la puerta con violencia, arrebatándole un chillido lastimero del pobre al colisionar con su antebrazo. Haciendo esfuerzos por soportar el dolor, prosiguió con su relato.
-Señora, hace unos años regresaba de Trujillo en un ómnibus de ruta. Ebrio y muy cansado, el conductor se precipitó al abismo de Pasamayo y muchas las personas que viajaban conmigo recibieron a su muerte. Yo, al ver la mía acercándose, con paso cansino y decidido, estirando sus brazos para cogerme, me escabullí por una ventana, marcándome con los vidrios estas cicatrices que surcan mi cara, y corrí, corrí y corrí, por la orilla de la playa, sintiendo su gélido aliento golpeándome la nuca, con las firmes intenciones de arrancharme mi alma… Llevo, señora, cinco años, diez meses y cuatro días viviendo para huir de la muerte y se me ha acabado la plata y las energías de mis piernas. Usted no la ve pero está aquí, a unos cuantos metros. Apelo, señora, a su caridad para seguir huyendo, si no… moriré.
Suficientes palabras. Mi madre le dio una furibunda patada al brazo del hombre y cerró la puerta. Al momento de morir no lo escuchamos gritar. Cuando la puerta volvió a abrirse todo era silencio. Un viento más helado que de costumbre nos dio la sensación que se llevaba su alma, quizás al cielo, quizás al infierno. Mi madre no se molestó en observar el cuerpo del infeliz, cuyos ojos inertes mostraban todo el horror del encuentro con lo que venía escapando hace tanto tiempo. Recogiendo la sandalia que con el ímpetu de su puntapié fue a dar al otro lado de la calle, cerró de un portazo y le pidió a la tía Maruja que le sirviera una enésima taza de café antes de emitir entre dientes una explicación de su frío proceder:
-Si mi marido se murió, ¿quién se creía este señor para no morirse de una vez? Ni siquiera Jesús, con todo lo hijo de Dios, pudo liberarse de su destino.
Y apagando la tele, en seguida nos mandó a todos a la cama. La vida continúa y ya era tarde. Mañana teníamos clases.
Octubre de 2000
Hasta el día que me muera siempre llevaré el sabor pastoso de ese guiso en mi boca, que alocaba a todo aquel que lo probaba, menos a mí, que nunca he sido amigo de los sabores fuertes.
El viejo me trajo a Jaén después que un emisario suyo me hizo la oferta de jugar para su equipo en la etapa provincial de la Copa Perú. El Unión Marañón, el equipo más aguerrido de la zona. Gracias a la exportación de café, el viejo tenía un chupo de plata y no lo aparentaba. El tipo era flaco, encorvado y arrugado como una pasa. Sus ojos zarcos y la pinta de vasco dizque eran igualitos a los de su antepasado, uno de los fundadores de esta villa, en la tierra de los pakamuros, allá por 1548. Desde entonces su linaje se había hecho de un apellido notable e infundido mucho miedo, que era la forma cómo se ganaban el respeto. Todavía los indios le tenían terror a ese hombre de aspecto repulsivo e insignificante. Decían que era un gamonal feroz y tenebroso, que se había valido de mucha maña para que sus propiedades quedaran en sus manos tras la reforma agraria. Nadie lo quería y por ende nadie quería a los que trabajaban para él, incluso los peloteros como yo, que jugábamos en un equipo que nunca tenía barra, sólo estimulados por la buena paga.
El viejo gustaba servirnos un buen plato de su guiso antes de cada partido. Decía que nada nos daría más fortaleza en la cancha, y era verdad. Incapaz de compartir la receta del plato que él mismo preparaba y que, según él, le había sido legado desde la Colonia, la gente apostaba a qué podía deberse su sabor especial. Para muchos se debía al aliño con que maceraba la carne de un día para otro. Para otros a la cocción con hierbas de la región. Los que opinaban que podía deberse a la carne, que era deshuesada y picada, o peor aún, al ají o la papa seca que acompañaba al menjunje, eran ninguneados por los que se juraban duchos en gastronomía. Yo me moría por un buen pollo a la brasa, que en ese entonces era difícil encontrar en toda la región.
Fueron siete años exactos los que pasé en Jaén, jugando por un equipo que sólo en la última temporada estuvo a punto de superar la etapa departamental. De los jugadores que habían comenzado conmigo no quedaba nadie y por mi veteranía era el capitán y también el estratega. Debido a la personalidad conflictiva del viejo no había entrenador que durara mucho tiempo.
En el partido de ida, disputado en el Héroes de San Ramón de Cajamarca, le dimos vuelta al marcador y ganamos cuatro a dos al UTC, lo que prácticamente nos la ponía facilita para la vuelta, jugando de local. En la víspera del encuentro, el viejo, que por no se qué motivo me había cogido cariño, me invitó a su casa y lo vi tomar copa tras copa de anís importado y, por primera vez, le oí confidencias de su vida y confesiones que yo no le pedía. De lo infeliz que fue con su esposa y de los cuatro hijos que no quería y que vivían en Lima, esperando su muerte para heredar su fortuna.
Borracho y tambaleante, vi que un llanto grueso se acumulaba en sus retinas al decir que el Unión Marañón era el propósito de su vida y que ya escucharían de él –y también de mí– el día que lo hiciera una institución grande, que sacara la cara por nuestro fútbol nacional. Por eso, para él, era vital pasar a la siguiente fase. No nos podíamos confiar, a pesar de tener la clasificación en el bolsillo, y para ello nos había preparado un guiso, pero esta vez con carne de primera. “¿Carne de primera?”, pregunté y el viejo se rió como si me hubiera hecho una broma prolongada por mucho tiempo y hubiera llegado la hora de burlarse de mi inocencia. “Adivine qué carne es la que ha comido desde que juega conmigo, maestro”. De perro, de gato, de rata, de burro, de zorro del monte, le dije antes de mencionarle animales más nauseabundos y el viejo no paraba de carcajearse.
Con verdadero deleite me hizo pasar a la cocina, el terreno vedado de la casa y al abrir la congeladora, me mostró sin ningún resquemor la cabeza del animal que habíamos digerido la semana pasada: era un niño de rasgos jíbaros que, según me confesó el viejo, había adquirido de manos de los propios campesinos, a cambio de una caja llena de latas de leche Gloria y una radio. “Esa es la receta que mi familia ha pasado de generación en generación”, me dijo sin tener conmiseración de mi espanto y dolor, y luego me mostró la presa que más tarde íbamos a merendar: era el cadáver de un niño shilico traído de Celendín, rubiecito y con unos ojos verdes que hacía que el viejo se relamiera de gusto, convencido de que comer carne blanca era superior a comer la carne de la indiada.
Esa misma noche, salí de Jaén para nunca más volver. Me refugié en Lima por temor a represalias, hasta que un amigo me comentó la muerte del viejo. Me dijo también que el Unión Marañón sigue en competencia y que uno de sus hijos se había hecho cargo del equipo y… que además había fundado un orfanato para niños desamparados.
El viejo me trajo a Jaén después que un emisario suyo me hizo la oferta de jugar para su equipo en la etapa provincial de la Copa Perú. El Unión Marañón, el equipo más aguerrido de la zona. Gracias a la exportación de café, el viejo tenía un chupo de plata y no lo aparentaba. El tipo era flaco, encorvado y arrugado como una pasa. Sus ojos zarcos y la pinta de vasco dizque eran igualitos a los de su antepasado, uno de los fundadores de esta villa, en la tierra de los pakamuros, allá por 1548. Desde entonces su linaje se había hecho de un apellido notable e infundido mucho miedo, que era la forma cómo se ganaban el respeto. Todavía los indios le tenían terror a ese hombre de aspecto repulsivo e insignificante. Decían que era un gamonal feroz y tenebroso, que se había valido de mucha maña para que sus propiedades quedaran en sus manos tras la reforma agraria. Nadie lo quería y por ende nadie quería a los que trabajaban para él, incluso los peloteros como yo, que jugábamos en un equipo que nunca tenía barra, sólo estimulados por la buena paga.
El viejo gustaba servirnos un buen plato de su guiso antes de cada partido. Decía que nada nos daría más fortaleza en la cancha, y era verdad. Incapaz de compartir la receta del plato que él mismo preparaba y que, según él, le había sido legado desde la Colonia, la gente apostaba a qué podía deberse su sabor especial. Para muchos se debía al aliño con que maceraba la carne de un día para otro. Para otros a la cocción con hierbas de la región. Los que opinaban que podía deberse a la carne, que era deshuesada y picada, o peor aún, al ají o la papa seca que acompañaba al menjunje, eran ninguneados por los que se juraban duchos en gastronomía. Yo me moría por un buen pollo a la brasa, que en ese entonces era difícil encontrar en toda la región.
Fueron siete años exactos los que pasé en Jaén, jugando por un equipo que sólo en la última temporada estuvo a punto de superar la etapa departamental. De los jugadores que habían comenzado conmigo no quedaba nadie y por mi veteranía era el capitán y también el estratega. Debido a la personalidad conflictiva del viejo no había entrenador que durara mucho tiempo.
En el partido de ida, disputado en el Héroes de San Ramón de Cajamarca, le dimos vuelta al marcador y ganamos cuatro a dos al UTC, lo que prácticamente nos la ponía facilita para la vuelta, jugando de local. En la víspera del encuentro, el viejo, que por no se qué motivo me había cogido cariño, me invitó a su casa y lo vi tomar copa tras copa de anís importado y, por primera vez, le oí confidencias de su vida y confesiones que yo no le pedía. De lo infeliz que fue con su esposa y de los cuatro hijos que no quería y que vivían en Lima, esperando su muerte para heredar su fortuna.
Borracho y tambaleante, vi que un llanto grueso se acumulaba en sus retinas al decir que el Unión Marañón era el propósito de su vida y que ya escucharían de él –y también de mí– el día que lo hiciera una institución grande, que sacara la cara por nuestro fútbol nacional. Por eso, para él, era vital pasar a la siguiente fase. No nos podíamos confiar, a pesar de tener la clasificación en el bolsillo, y para ello nos había preparado un guiso, pero esta vez con carne de primera. “¿Carne de primera?”, pregunté y el viejo se rió como si me hubiera hecho una broma prolongada por mucho tiempo y hubiera llegado la hora de burlarse de mi inocencia. “Adivine qué carne es la que ha comido desde que juega conmigo, maestro”. De perro, de gato, de rata, de burro, de zorro del monte, le dije antes de mencionarle animales más nauseabundos y el viejo no paraba de carcajearse.
Con verdadero deleite me hizo pasar a la cocina, el terreno vedado de la casa y al abrir la congeladora, me mostró sin ningún resquemor la cabeza del animal que habíamos digerido la semana pasada: era un niño de rasgos jíbaros que, según me confesó el viejo, había adquirido de manos de los propios campesinos, a cambio de una caja llena de latas de leche Gloria y una radio. “Esa es la receta que mi familia ha pasado de generación en generación”, me dijo sin tener conmiseración de mi espanto y dolor, y luego me mostró la presa que más tarde íbamos a merendar: era el cadáver de un niño shilico traído de Celendín, rubiecito y con unos ojos verdes que hacía que el viejo se relamiera de gusto, convencido de que comer carne blanca era superior a comer la carne de la indiada.
Esa misma noche, salí de Jaén para nunca más volver. Me refugié en Lima por temor a represalias, hasta que un amigo me comentó la muerte del viejo. Me dijo también que el Unión Marañón sigue en competencia y que uno de sus hijos se había hecho cargo del equipo y… que además había fundado un orfanato para niños desamparados.
Mi estimado doctor, hago de su conocimiento lo averiguado por mi mismo sobre ese asunto que tanto nos ha conmovido e intrigado.
Elías Asmat Goicochea fue uno de los docentes más ilustres de la Universidad Nacional de Trujillo. Murió en extrañas circunstancias en su modesto domicilio, ubicado en la calle Estambul, cerca de la huaca La Esmeralda. Gran parte de su vida la dedicó a la comprensión de la lengua extinta de los Chimor, la misma que los misioneros españoles que predicaron en estos valles calificaron de áspera, gutural, escabrosa y oscura.
Dicen que entre sus más caras posesiones guardaba la única copia del Arte y vocabulario de la lengua Yunga, hablada por los Yndios destos valles, escrito por Pedro de Aparicio, sacerdote de la Orden de Santo Domingo y que llegó a sus manos gracias a un grupo de huaqueros que exhumaron el cuerpo del sacerdote, entre los restos de uno de los primeros conventos del valle Chicama, y le sirvió como una especie de piedra roseta para resarcirse de las burlas y las ofensas que sus colegas le habían prodigado.
A pesar del exceso de latinismos de la obra de Pedro de Aparicio, de quien el cronista padre Meléndez refiere: se dio tan buena maña en aprenderla que dentro de breve tiempo, ayudándole el Señor, predicava y administrava en ella, hablándola con la misma perfección que los mismos naturales de la tierra, era la prueba viva de que la lengua Quignam (llamada Yunga por incas y españoles) tenía escritura, pues el buen sacerdote había tenido la precaución de plasmar los grafismos que probaban su alucinante hipótesis, enunciada en mayo de 1974, cuando se llevó a cabo el descubrimiento de una pieza de cerámica, dentro de un cofre de madera podrida y forrada en un lienzo, debajo de un viejo solar del centro de Trujillo, que sufrió daños irreparables con el terremoto del setenta.
La pieza se halló a cinco metros de la superficie, en un túnel colonial que formaba parte de la intrincada red de pasadizos subterráneos que iban y venían por los principales edificios cristianos de la ciudad, en cuyas paredes habían incrustados fetos de avanzada gestación (que confirmaban la leyenda del Mataniños, tenebroso personaje que sembró pánico en el Trujillo de antaño). Su color era terroso y tenía forma de plancha. Llana y opaca por un lado y lustrada y burilada por el otro. El estilo no dejaba dudas, era Chimor, elaborado en los años posteriores a la invasión incásica. Pero, ¿qué significaba? ¿Por qué había sido escondida o conservada en tan recóndito lugar?
Encendido el debate, se lanzaron varias explicaciones, algunas argumentables como que se podía tratar de la pieza sobreviviente de un inmenso mosaico, prueba de ello eran las aristas que parecían labradas para encajar con piezas similares; otras irrisorias como que se trataba del mapa de un gran tesoro, presumiblemente del Peje Grande. Sin embargo, nadie revolvió más el cotilleo académico que el profesor Asmat quien trazó en una pizarra, las figuras que aparecían en la cerámica y afirmó que estaban ante la evidencia escrita de la lengua de los Chimor, pues ciertos grafismos eran parecidos a los utilizados en la escritura Maya, y acusó a los misioneros católicos de haberlo sabido y ocultarlo por considerarlo peligroso en su labor de expandir la Fe y extirpar las idolatrías de estos valles.
Los detractores del profesor Asmat no tardaron en decir que enlodaba la historia oficial o ponía en peligro el conocimiento universal, al elaborar un enunciado irresponsable y carente de elementos convincentes. Se llegó a la conclusión de que las formas de diverso relieve no son más que una peculiaridad ornamental de esta cerámica y la discusión quedó en el olvido, almacenándose la pieza en el Museo Arqueológico de la Universidad Nacional de Trujillo, donde aún se conserva en la actualidad.
Sin dejarse abatir por las voces que cuestionaban y le decían que perdía su tiempo en imposibles, entre ellos su propia mujer que terminó por abandonarlo, Elías Asmat se empeñó en probar que no se equivocaba y se entregó a la búsqueda de la manifestación escrita de la lengua quignam. La obra mencionada de Aparicio, más los escritos de Fernando de la Carrera y del alemán Middendorf, aunadas al tiempo que pasó con un viejo curandero de Santiago de Cao que conservaba algunas frases de la lengua de sus ancestros, le permitió conocer como nadie sobre su construcción monosilábica.
Lamentablemente, todo este valioso estudio se ha perdido con la voracidad del incendio. Su hija, la doctora María del Carmen Asmat, asegura que su deceso es un macabro castigo pues en los últimos días un terror lacerante se había apoderado de su alma, en sus sueños emergían fantasmas que lo culpaban de profanar los secretos del mar y el desierto. Lo único que se conserva de su labor infatigable es una libreta de apuntes en la que aparece la traducción que el profesor hizo al castellano de la pieza de cerámica y que el profesor Asmat tituló: El Códice de Apar-Nii.
El contenido del códice se lo envío de manera íntegra, respetando su trascripción literal.
Lima, 26 de noviembre de 2004
Érase un tiempo en que la lucha entre la Luz y la Oscuridad dio origen al Universo.
Tan enemigos como complementarios, ambas fuerzas antagónicas se fijaron en este mundo y sembraron semilla en su suelo. De las altas montañas brotaron los hijos del Sol. Del mar llegaron los hijos de la Luna.
Ambas civilizaciones crecieron y sus desarrollos corrieron paralelos. Mas como habían pactado la Luz y la Oscuridad antes de la Creación, en un momento debían coincidir sus destinos y luchar a muerte por la posesión de la tierra.
En pocas lunas, valles que antes habían sido plenos de dicha y fertilidad se tiñeron con la sangre de más de cien mil guerreros.
Túpac Yupanqui había clavado el estandarte del Sol en la ciudad del orgulloso Minchan-Çaman. Tuvieron que bloquear los suministros de agua y aún así mucho les costó doblegar la voluntad de una raza sedienta y al borde de la inanición.
Al llegar al palacio, el invasor obligó al soberano a postrarse a sus pies y fue maniatado para exhibirlo como trofeo en la corte de su padre, el Inca Pachacútec.
Las huestes del Sol se dedicaron a la destrucción de una civilización cuyo esplendor envidiaban. A cuántas mujeres ultrajaron. Cuántos vástagos esclavizaron. Cuántos tesoros depredaron.
El templo de la Luna¹, el más majestuoso de todos, fue derribado y las cabezas de vírgenes y sacerdotes fueron destrozadas a pedradas, entre ellas la de Menchan-Pur, el máximo sacerdote.
Elías Asmat Goicochea fue uno de los docentes más ilustres de la Universidad Nacional de Trujillo. Murió en extrañas circunstancias en su modesto domicilio, ubicado en la calle Estambul, cerca de la huaca La Esmeralda. Gran parte de su vida la dedicó a la comprensión de la lengua extinta de los Chimor, la misma que los misioneros españoles que predicaron en estos valles calificaron de áspera, gutural, escabrosa y oscura.
Dicen que entre sus más caras posesiones guardaba la única copia del Arte y vocabulario de la lengua Yunga, hablada por los Yndios destos valles, escrito por Pedro de Aparicio, sacerdote de la Orden de Santo Domingo y que llegó a sus manos gracias a un grupo de huaqueros que exhumaron el cuerpo del sacerdote, entre los restos de uno de los primeros conventos del valle Chicama, y le sirvió como una especie de piedra roseta para resarcirse de las burlas y las ofensas que sus colegas le habían prodigado.
A pesar del exceso de latinismos de la obra de Pedro de Aparicio, de quien el cronista padre Meléndez refiere: se dio tan buena maña en aprenderla que dentro de breve tiempo, ayudándole el Señor, predicava y administrava en ella, hablándola con la misma perfección que los mismos naturales de la tierra, era la prueba viva de que la lengua Quignam (llamada Yunga por incas y españoles) tenía escritura, pues el buen sacerdote había tenido la precaución de plasmar los grafismos que probaban su alucinante hipótesis, enunciada en mayo de 1974, cuando se llevó a cabo el descubrimiento de una pieza de cerámica, dentro de un cofre de madera podrida y forrada en un lienzo, debajo de un viejo solar del centro de Trujillo, que sufrió daños irreparables con el terremoto del setenta.
La pieza se halló a cinco metros de la superficie, en un túnel colonial que formaba parte de la intrincada red de pasadizos subterráneos que iban y venían por los principales edificios cristianos de la ciudad, en cuyas paredes habían incrustados fetos de avanzada gestación (que confirmaban la leyenda del Mataniños, tenebroso personaje que sembró pánico en el Trujillo de antaño). Su color era terroso y tenía forma de plancha. Llana y opaca por un lado y lustrada y burilada por el otro. El estilo no dejaba dudas, era Chimor, elaborado en los años posteriores a la invasión incásica. Pero, ¿qué significaba? ¿Por qué había sido escondida o conservada en tan recóndito lugar?
Encendido el debate, se lanzaron varias explicaciones, algunas argumentables como que se podía tratar de la pieza sobreviviente de un inmenso mosaico, prueba de ello eran las aristas que parecían labradas para encajar con piezas similares; otras irrisorias como que se trataba del mapa de un gran tesoro, presumiblemente del Peje Grande. Sin embargo, nadie revolvió más el cotilleo académico que el profesor Asmat quien trazó en una pizarra, las figuras que aparecían en la cerámica y afirmó que estaban ante la evidencia escrita de la lengua de los Chimor, pues ciertos grafismos eran parecidos a los utilizados en la escritura Maya, y acusó a los misioneros católicos de haberlo sabido y ocultarlo por considerarlo peligroso en su labor de expandir la Fe y extirpar las idolatrías de estos valles.
Los detractores del profesor Asmat no tardaron en decir que enlodaba la historia oficial o ponía en peligro el conocimiento universal, al elaborar un enunciado irresponsable y carente de elementos convincentes. Se llegó a la conclusión de que las formas de diverso relieve no son más que una peculiaridad ornamental de esta cerámica y la discusión quedó en el olvido, almacenándose la pieza en el Museo Arqueológico de la Universidad Nacional de Trujillo, donde aún se conserva en la actualidad.
Sin dejarse abatir por las voces que cuestionaban y le decían que perdía su tiempo en imposibles, entre ellos su propia mujer que terminó por abandonarlo, Elías Asmat se empeñó en probar que no se equivocaba y se entregó a la búsqueda de la manifestación escrita de la lengua quignam. La obra mencionada de Aparicio, más los escritos de Fernando de la Carrera y del alemán Middendorf, aunadas al tiempo que pasó con un viejo curandero de Santiago de Cao que conservaba algunas frases de la lengua de sus ancestros, le permitió conocer como nadie sobre su construcción monosilábica.
Lamentablemente, todo este valioso estudio se ha perdido con la voracidad del incendio. Su hija, la doctora María del Carmen Asmat, asegura que su deceso es un macabro castigo pues en los últimos días un terror lacerante se había apoderado de su alma, en sus sueños emergían fantasmas que lo culpaban de profanar los secretos del mar y el desierto. Lo único que se conserva de su labor infatigable es una libreta de apuntes en la que aparece la traducción que el profesor hizo al castellano de la pieza de cerámica y que el profesor Asmat tituló: El Códice de Apar-Nii.
El contenido del códice se lo envío de manera íntegra, respetando su trascripción literal.
Lima, 26 de noviembre de 2004
Érase un tiempo en que la lucha entre la Luz y la Oscuridad dio origen al Universo.
Tan enemigos como complementarios, ambas fuerzas antagónicas se fijaron en este mundo y sembraron semilla en su suelo. De las altas montañas brotaron los hijos del Sol. Del mar llegaron los hijos de la Luna.
Ambas civilizaciones crecieron y sus desarrollos corrieron paralelos. Mas como habían pactado la Luz y la Oscuridad antes de la Creación, en un momento debían coincidir sus destinos y luchar a muerte por la posesión de la tierra.
En pocas lunas, valles que antes habían sido plenos de dicha y fertilidad se tiñeron con la sangre de más de cien mil guerreros.
Túpac Yupanqui había clavado el estandarte del Sol en la ciudad del orgulloso Minchan-Çaman. Tuvieron que bloquear los suministros de agua y aún así mucho les costó doblegar la voluntad de una raza sedienta y al borde de la inanición.
Al llegar al palacio, el invasor obligó al soberano a postrarse a sus pies y fue maniatado para exhibirlo como trofeo en la corte de su padre, el Inca Pachacútec.
Las huestes del Sol se dedicaron a la destrucción de una civilización cuyo esplendor envidiaban. A cuántas mujeres ultrajaron. Cuántos vástagos esclavizaron. Cuántos tesoros depredaron.
El templo de la Luna¹, el más majestuoso de todos, fue derribado y las cabezas de vírgenes y sacerdotes fueron destrozadas a pedradas, entre ellas la de Menchan-Pur, el máximo sacerdote.
Chumun-Caur, el hijo de Minchan-Çaman, en actitud servil y execrable para su linaje, condujo a Túpac Yupanqui a gran distancia entre la tierra y el mar, y le mostró dos atalayas que se levantaban, imponentes, entre las aguas, a tan grande altura que parecían encontrarse con el cielo.
Túpac Yupanqui quedó maravillado ante este prodigio. Toda su arquitectura, profusamente ornamentada con frisos y animales marinos, era de adobe, cubierta por una amalgama indisoluble al agua y a los embates de las olas. Una hilera interminable de peldaños, conducía a los adoradores del Mar hasta la cima de ambas estructuras, de donde arrojaban harina de maíz y almagre, rogando por la concesión de pesca y buena ventura.
La forma de las dos atalayas era de un ave marina y encerraban en su interior diversas galerías que almacenaban toda la ciencia y sabiduría de los hijos de la Luna. En una sala abovedada¹, cuyo altar iluminaba dos llamaradas de color azul e inextinguible, alimentadas con polvo de las estrellas, a Túpac Yupanqui le fue revelado su poder de conquistar el mundo.
Enardecido por ello, planeó ejecutar su empresa más ambiciosa, extender los dominios de su imperio a las tierras que se levantaban más allá del horizonte², y para ello exigió a Chumun-Caur que le revelase la ciencia de la que se valieron para crear una sustancia que hace a la tierra resistente al agua. Chumun-Caur le dijo que tal conocimiento pertenecía a un hombre que vivía en un asentamiento de pescadores, lejos de que alguien pudiera reconocer la grandeza que tuvo alguna vez.
Túpac Yupanqui exigió conocer el paradero de este hombre a lo que Chumun-Caur puso como condición que se le entregase el trono que se le había despojado a su padre. El conquistador accedió a su pedido.
Tras jurar lealtad y servilismo al estandarte del Sol, Chumun-Caur fue ungido Cia-quic. En medio de los festejos, cumplió con llevar a la presencia de Túpac Yupanqui a un hombre maniatado y cuya mirada desbordaba de locura. Al liberarle de sus ataduras, el hombre empezó a reptar como una serpiente, buscando su libertad, pero los puntapiés de los celadores lo mantuvieron en el mismo lugar.
Ante el escepticismo de los invasores, Chumun-Caur dio su palabra de que este hombre era su amigo, su hermano, aquel al que todos llamaron El Constructor de los Mares, capaz de lograr que la tierra no se doblegara ante el mar. Pero maldito ante los ojos de su padre, toda su ciencia y sabiduría se hallaba sometida bajo el yugo de la demencia, arrastrándose como un animal y alimentándose de la caridad ajena.
Túpac Yupanqui quiso indagar más sobre este hombre y Chumun-Caur le contó que Apar-Nii era su nombre y vino al mundo con formas y naturaleza marina, por lo que su madre perdió la vida en el parto y su padre lo arrojó a las aguas para que aprendiera a nadar antes que a caminar. Al cabo de siete lunas se le desarrollaron la cabeza y las extremidades humanas.
Apar-Nii pertenecía a la casta de los Nii, que vivía en casas que flotaban en el mar. No procedían de las dos estrellas que dieron origen a la realeza, ni tampoco de las dos que dieron origen a los plebeyos, esclavos y extranjeros. La casta de Apar-Nii procedía de una quinta estrella que no se veía en el firmamento, salvo cuando más oscura era la noche y proyectaba su sombra en el mar.
Túpac Yupanqui quedó maravillado ante este prodigio. Toda su arquitectura, profusamente ornamentada con frisos y animales marinos, era de adobe, cubierta por una amalgama indisoluble al agua y a los embates de las olas. Una hilera interminable de peldaños, conducía a los adoradores del Mar hasta la cima de ambas estructuras, de donde arrojaban harina de maíz y almagre, rogando por la concesión de pesca y buena ventura.
La forma de las dos atalayas era de un ave marina y encerraban en su interior diversas galerías que almacenaban toda la ciencia y sabiduría de los hijos de la Luna. En una sala abovedada¹, cuyo altar iluminaba dos llamaradas de color azul e inextinguible, alimentadas con polvo de las estrellas, a Túpac Yupanqui le fue revelado su poder de conquistar el mundo.
Enardecido por ello, planeó ejecutar su empresa más ambiciosa, extender los dominios de su imperio a las tierras que se levantaban más allá del horizonte², y para ello exigió a Chumun-Caur que le revelase la ciencia de la que se valieron para crear una sustancia que hace a la tierra resistente al agua. Chumun-Caur le dijo que tal conocimiento pertenecía a un hombre que vivía en un asentamiento de pescadores, lejos de que alguien pudiera reconocer la grandeza que tuvo alguna vez.
Túpac Yupanqui exigió conocer el paradero de este hombre a lo que Chumun-Caur puso como condición que se le entregase el trono que se le había despojado a su padre. El conquistador accedió a su pedido.
Tras jurar lealtad y servilismo al estandarte del Sol, Chumun-Caur fue ungido Cia-quic. En medio de los festejos, cumplió con llevar a la presencia de Túpac Yupanqui a un hombre maniatado y cuya mirada desbordaba de locura. Al liberarle de sus ataduras, el hombre empezó a reptar como una serpiente, buscando su libertad, pero los puntapiés de los celadores lo mantuvieron en el mismo lugar.
Ante el escepticismo de los invasores, Chumun-Caur dio su palabra de que este hombre era su amigo, su hermano, aquel al que todos llamaron El Constructor de los Mares, capaz de lograr que la tierra no se doblegara ante el mar. Pero maldito ante los ojos de su padre, toda su ciencia y sabiduría se hallaba sometida bajo el yugo de la demencia, arrastrándose como un animal y alimentándose de la caridad ajena.
Túpac Yupanqui quiso indagar más sobre este hombre y Chumun-Caur le contó que Apar-Nii era su nombre y vino al mundo con formas y naturaleza marina, por lo que su madre perdió la vida en el parto y su padre lo arrojó a las aguas para que aprendiera a nadar antes que a caminar. Al cabo de siete lunas se le desarrollaron la cabeza y las extremidades humanas.
Apar-Nii pertenecía a la casta de los Nii, que vivía en casas que flotaban en el mar. No procedían de las dos estrellas que dieron origen a la realeza, ni tampoco de las dos que dieron origen a los plebeyos, esclavos y extranjeros. La casta de Apar-Nii procedía de una quinta estrella que no se veía en el firmamento, salvo cuando más oscura era la noche y proyectaba su sombra en el mar.
La habilidad e intelecto superior de esta casta, había hecho que los cuatro pilares en los que se asentaba la civilización estuviesen a su mando. Los Nii eran los señores de la guerra, la navegación, la construcción y la cosecha. Mas un pacto establecido en los albores del tiempo, los mantuvo sumisos a la voluntad del Cia-quic. Sólo una vez en los tiempos del octavo Cia-quic¹, un miembro de los Nii, que se distinguía por su bravura y rebeldía, apresó a su Señor con la intención de arrebatarle el poder. Indignados por ello, los miembros de su propia casta lo tomaron y despedazaron vivo, al igual que a sus mujeres, sus hijos y toda su servidumbre, proscribiendo su recuerdo y borrando su nombre de los registros, a pesar que otrora estuvo lleno de gloria al conquistar las extensas y calurosas llanuras del norte.
La familia de Apar-Nii pertenecía a la rama de los constructores. Namoc, el planificador, fue el primero de ellos. Arribó a estas tierras en la misma embarcación que Tacaynamo, su Señor, cubiertos con polvo dorado que repelía los rayos del Sol. Fiel a su servicio, estableció las bases para el desarrollo de la gran civilización, que en poco tiempo se extendería desde el mar hasta la falda de los cerros y se convertiría en la ciudad más hermosa y esplendorosa del universo².
Conforme los señores de la guerra fueron ampliando las fronteras, otros maestros constructores levantaron palacios, acueductos y fortalezas.
Piçor-Chaec, el hijo de Namoc, edificó la esplendorosa tumba de Tacaynamo y el palacio de Guacri-Caur, su Señor, a quien amó y sirvió como nadie, tanto que a su muerte, se arrojó al mar y se convirtió en una serpiente marina que asomaba su cabeza y estremecía el ambiente con sus chillidos de dolor en las noches de plenilunio.
Pimi-Ñaque, que vivió en los tiempos de Ñançen-Pinco y a su memoria levantó el palacio más espectacular hasta entonces edificado, embriagado por la vanidad proyectó la construcción de un canal de gran envergadura³ por donde correría agua en abundancia. Mas fue tan ciega su soberbia, que sin calcular debidamente su capacidad, en una época intensa de lluvias4, el canal se desbordó y causó pánico y destrucción al anegar viviendas y campos de cultivo. El castigo de Pimi-Ñaque fue terrible. Se le arrancaron los ojos, las manos y los pies. Con un cuchillo ceremonial le abrieron las entrañas y fue devorado por las aves de rapiña cuando aún estaba con vida5.
Chumin-Chumoc era el padre de Apar-Nii y era el constructor oficial en los tiempos que gobernó Minchan-Çaman.
Apar-Nii y Chumun-Caur, designado heredero a la corona de su padre, se criaron juntos y ambos unieron sus destinos al realizar el viaje iniciático de sus ancestros a las lejanas tierras del Norte6.
A su retorno y ya convertidos en hombres, Chumun-Caur dominaba las artes del buen gobierno y Apar-Nii las de la edificación. De esa larga travesía vino la idea de levantar el futuro palacio real de Chumun-Caur no en la gran ciudad, sino más allá, en medio del mar.
La familia de Apar-Nii pertenecía a la rama de los constructores. Namoc, el planificador, fue el primero de ellos. Arribó a estas tierras en la misma embarcación que Tacaynamo, su Señor, cubiertos con polvo dorado que repelía los rayos del Sol. Fiel a su servicio, estableció las bases para el desarrollo de la gran civilización, que en poco tiempo se extendería desde el mar hasta la falda de los cerros y se convertiría en la ciudad más hermosa y esplendorosa del universo².
Conforme los señores de la guerra fueron ampliando las fronteras, otros maestros constructores levantaron palacios, acueductos y fortalezas.
Piçor-Chaec, el hijo de Namoc, edificó la esplendorosa tumba de Tacaynamo y el palacio de Guacri-Caur, su Señor, a quien amó y sirvió como nadie, tanto que a su muerte, se arrojó al mar y se convirtió en una serpiente marina que asomaba su cabeza y estremecía el ambiente con sus chillidos de dolor en las noches de plenilunio.
Pimi-Ñaque, que vivió en los tiempos de Ñançen-Pinco y a su memoria levantó el palacio más espectacular hasta entonces edificado, embriagado por la vanidad proyectó la construcción de un canal de gran envergadura³ por donde correría agua en abundancia. Mas fue tan ciega su soberbia, que sin calcular debidamente su capacidad, en una época intensa de lluvias4, el canal se desbordó y causó pánico y destrucción al anegar viviendas y campos de cultivo. El castigo de Pimi-Ñaque fue terrible. Se le arrancaron los ojos, las manos y los pies. Con un cuchillo ceremonial le abrieron las entrañas y fue devorado por las aves de rapiña cuando aún estaba con vida5.
Chumin-Chumoc era el padre de Apar-Nii y era el constructor oficial en los tiempos que gobernó Minchan-Çaman.
Apar-Nii y Chumun-Caur, designado heredero a la corona de su padre, se criaron juntos y ambos unieron sus destinos al realizar el viaje iniciático de sus ancestros a las lejanas tierras del Norte6.
A su retorno y ya convertidos en hombres, Chumun-Caur dominaba las artes del buen gobierno y Apar-Nii las de la edificación. De esa larga travesía vino la idea de levantar el futuro palacio real de Chumun-Caur no en la gran ciudad, sino más allá, en medio del mar.
Para hacer factible su proyecto, Apar-Nii dedicó lunas enteras a la creación de un material impermeable y resistente a los efectos del mar. En los crisoles de su taller. Mezcló minerales con extractos vegetales, secreciones humanas con las de otros animales, hasta que pudo dar origen a una amalgama que al untarla sobre los adobes, se volvían fuertes e indisolubles al agua. Con ellas edificó las grandiosas atalayas, sin importarle el elevado costo humano ni el tiempo prolongado en el que se acometió la increíble empresa.
Al cabo de varias lunas su obra estaba lista y su magnificencia empequeñecía a cualquier obra hecha en tierra.
Animado por la veneración que el mundo le albergaba, el bien llamado Constructor de los Mares ideó decenas de maravillosos prodigios como la imponencia de un puente que se extendería más allá del horizonte y conduciría hasta una ciudad de barro flotante en alta mar.
Sin embargo, no pudo contar con los hombres necesarios para ejecutar sus planes. Los hijos del Sol acechaban el extremo sur de la civilización y Minchan-Çaman ordenó a Chumin-Chumoc levantar una muralla que surcaría las dunas e indicaría a los invasores cual era el límite de sus dominios¹.
Chumin-Chumoc se trasladó hacia el confín de la civilización para cumplir con el encargo de su Señor y allí se fijó en una joven, llamada Ghiis, hija de una humilde familia de campesinos que había sufrido los ultrajes que periódicamente ocasionaban los hijos del Sol en la comarca.
El viejo constructor se enamoró como mancebo y la hizo su esposa, llevándola consigo a la gran ciudad donde fueron recibidos con mucha algarabía, sin reparar en la desgracia que pronto acontecería, pues Apar-Nii al fijarse en la mujer de su padre, enloqueció hasta perder la noción de lo que es correcto e incorrecto.
Sin ser una beldad, Ghiis sabía lo que su presencia encendía en los hombres y ocasionaba la envidia de las mujeres de la nobleza que la despreciaban por ser una advenediza.
Ghiis gozaba viendo al hijo de su esposo enardecer de deseos al narrarle historias felices, de amor y placer, entre los campos silvestres de su comarca. En una velada en la que todos los presentes bebieron hasta perder el conocimiento, Ghiis y Apar-Nii se entregaron a la pasión malsana que brotaba de sus corazones.
Fue el inicio de varias jornadas que se amaron a escondidas en la fastuosa vivienda que Chumin-Chumoc le hizo a su esposa, en un pendiente pronunciada que miraba hacia al mar. Lejos de mostrar arrepentimiento, ambos vivieron para quererse y condenarse. Apar-Nii no se saciaba de degustar su carne y permitía que Ghiis comparara la fortaleza de su amante con la decrepitud de su padre.
Ambos amantes habrían prolongado su infamia por mucho más tiempo sino fuera porque una noche la luna se tiñó de sangre² y fue de mal augurio, tanto que los sacerdotes pronosticaron el fin de la civilización. Menchan-Pur, el máximo sacerdote, habló de la ira de los dioses, desatada por la ofensa que las atalayas de Apar-Nii le propinaban al mar. Oído esto, el viejo Chumin-Chumoc partió en busca de su hijo para que defendiera su obra ante el Cia-quic. Mas al hallarlo desnudo en los aposentos de su mujer, comprendió que la sangre de su sangre estaba corrompida y fue tan grande su rencor que tomó a su hijo y con todas sus fuerzas estrelló su cuerpo contra los peñascos en que las olas reventaban. A la infeliz mujer la incrustó con una lanza a la pared y finalmente al libar una poción venenosa que se demoró en arrebatarle la vida, consumo su desgracia.
Al cabo de varias lunas su obra estaba lista y su magnificencia empequeñecía a cualquier obra hecha en tierra.
Animado por la veneración que el mundo le albergaba, el bien llamado Constructor de los Mares ideó decenas de maravillosos prodigios como la imponencia de un puente que se extendería más allá del horizonte y conduciría hasta una ciudad de barro flotante en alta mar.
Sin embargo, no pudo contar con los hombres necesarios para ejecutar sus planes. Los hijos del Sol acechaban el extremo sur de la civilización y Minchan-Çaman ordenó a Chumin-Chumoc levantar una muralla que surcaría las dunas e indicaría a los invasores cual era el límite de sus dominios¹.
Chumin-Chumoc se trasladó hacia el confín de la civilización para cumplir con el encargo de su Señor y allí se fijó en una joven, llamada Ghiis, hija de una humilde familia de campesinos que había sufrido los ultrajes que periódicamente ocasionaban los hijos del Sol en la comarca.
El viejo constructor se enamoró como mancebo y la hizo su esposa, llevándola consigo a la gran ciudad donde fueron recibidos con mucha algarabía, sin reparar en la desgracia que pronto acontecería, pues Apar-Nii al fijarse en la mujer de su padre, enloqueció hasta perder la noción de lo que es correcto e incorrecto.
Sin ser una beldad, Ghiis sabía lo que su presencia encendía en los hombres y ocasionaba la envidia de las mujeres de la nobleza que la despreciaban por ser una advenediza.
Ghiis gozaba viendo al hijo de su esposo enardecer de deseos al narrarle historias felices, de amor y placer, entre los campos silvestres de su comarca. En una velada en la que todos los presentes bebieron hasta perder el conocimiento, Ghiis y Apar-Nii se entregaron a la pasión malsana que brotaba de sus corazones.
Fue el inicio de varias jornadas que se amaron a escondidas en la fastuosa vivienda que Chumin-Chumoc le hizo a su esposa, en un pendiente pronunciada que miraba hacia al mar. Lejos de mostrar arrepentimiento, ambos vivieron para quererse y condenarse. Apar-Nii no se saciaba de degustar su carne y permitía que Ghiis comparara la fortaleza de su amante con la decrepitud de su padre.
Ambos amantes habrían prolongado su infamia por mucho más tiempo sino fuera porque una noche la luna se tiñó de sangre² y fue de mal augurio, tanto que los sacerdotes pronosticaron el fin de la civilización. Menchan-Pur, el máximo sacerdote, habló de la ira de los dioses, desatada por la ofensa que las atalayas de Apar-Nii le propinaban al mar. Oído esto, el viejo Chumin-Chumoc partió en busca de su hijo para que defendiera su obra ante el Cia-quic. Mas al hallarlo desnudo en los aposentos de su mujer, comprendió que la sangre de su sangre estaba corrompida y fue tan grande su rencor que tomó a su hijo y con todas sus fuerzas estrelló su cuerpo contra los peñascos en que las olas reventaban. A la infeliz mujer la incrustó con una lanza a la pared y finalmente al libar una poción venenosa que se demoró en arrebatarle la vida, consumo su desgracia.
Mas quiso el destino que Apar-Nii no muriera. Su espalda se rompió con la caída y quedó condenado a reptar como una serpiente de por vida. Lleno de tanta culpa en su interior, terminó perdiendo la razón y se ganó el desprecio y la marginación de todos los que antes lo adulaban, incluido de Chumun-Caur que sin ningún remordimiento lo entregaba. Antes de ser enjaulado como una bestia, Apar-Nii se arrastró hasta Chumun-Caur y le aseguró que llegado el momento volverían a verse las caras.
De retorno a la ciudad de los hijos del Sol, Túpac Yupanqui cargó con el orgulloso Minchan-Çaman y otros miembros de la nobleza, además de los mejores orfebres, las más bellas mujeres y también con Apar-Nii, con la confianza de que los sabios maestros de su corte podrían salvarlo de la locura y arrebatarle el secreto que lo convertiría en el conquistador de los mares.
El inca Pachacútec reprobó e escarnio de Túpac Yupanqui con los vencidos y los resarció recibiéndolos como huéspedes honorables de su feudo. A Minchan-Çaman le cedió uno de sus mejores palacios y hasta el final de sus días, el viejo inca frecuentó la compañía del que fuera cia-quic, deleitándose con su sabiduría.
Sintiendo cercano su fin, Pachacútec eligió a su hijo Amaru Yupanqui como su sucesor, pero a la muerte del inca, Túpac Yupanqui se levantó en armas y usurpó el lugar de su hermano, condenándolo al ostracismo y aniquilando a todo aquel dispuesto a cumplir con la voluntad de su padre.
Al recordar a la gente que había tomado prisionera, a los hombres que no habían perdido su fortaleza los incorporó a los ejércitos que iban a seguir extendiendo las fronteras de su imperio e hizo concubinas de sus generales a las mujeres que no se les había marchitado su belleza.
El orgulloso Minchan-Çaman se cortó las venas antes que volver a postrarse ante el hombre que destruyó su civilización.
Apar-Nii fue entregado a los hombres de ciencia. En busca de que revelara cómo es que el barro se hace indisoluble y resistente a las aguas, fue sometido a los más crueles tratamientos, siempre ante la atenta vigilancia del nuevo inca que se paseaba alrededor del cautivo, anhelando que se le devolviera la razón.
Sin embargo, Apar-Nii se negó a salir de su demencia. Túpac Yupanqui ordenó que se le aplicaran los más espantosos tormentos, pero el silencio del constructor de los mares se mantuvo inalterable. El inca se soslayó con su prisionero. Le arranchó las uñas. Le arranchó los dientes. Quemó la planta de sus pies. Cegó su visión con la punta de un hierro caliente. Pero de la boca de Apar-Nii sólo salían plegarias que imploraban el perdón de sus antepasados. Enloquecía a sus torturadores diciéndoles que ningún castigo era suficiente para aquel que ha deshonrado a su padre.
Vencido el inca ante la terquedad de su víctima, ordenó que lo desollasen vivo y le arrancharan el corazón. Uno de sus consejeros le sugirió libar de los pensamientos de Apar-Nii y haciéndole caso, ordenó que lo decapitaran y trajeran su cabeza; de ella bebió chicha mezclada con su sangre que era salada como el agua del mar.
Esa noche, mientras Túpac Yupanqui dormía su embriaguez, recibió la visita de Apar-Nii, pero no era aquel enfermo que se arrastraba por el piso, sino un hombre altivo que con palabras seguras y libres de la locura, le vaticinaban que algún día su imperio del Sol sufriría el mismo final miserable de los hijos de la Luna.
Y no fue su única visita. Los restos de Apar-Nii se disolvieron en manos de sus captores y se hicieron nubes que surcaron el cielo hasta darle el encuentro a Chumun-Caur. Las gotas que cayeron sobre él fueron tan corrosivas que lo postraron de dolor y desgarraron su piel. Nadie pudo aliviar su espantosa agonía. Expiró gritando el nombre de Apar-Nii y disculpándose por pisotear el orgullo de su civilización.
Las obras monumentales de Apar-Nii se mantuvieron de pie hasta que el inca Huayna Cápac aplastó de manera sangrienta, el movimiento insurgente de Guaman-Chumo, hijo de Chumun-Caur e incendió la gran ciudad.
Al mismo tiempo que el último rebelde moría ajusticiado, como por designio divino un fuerte maretazo trajo las atalayas abajo.
De retorno a la ciudad de los hijos del Sol, Túpac Yupanqui cargó con el orgulloso Minchan-Çaman y otros miembros de la nobleza, además de los mejores orfebres, las más bellas mujeres y también con Apar-Nii, con la confianza de que los sabios maestros de su corte podrían salvarlo de la locura y arrebatarle el secreto que lo convertiría en el conquistador de los mares.
El inca Pachacútec reprobó e escarnio de Túpac Yupanqui con los vencidos y los resarció recibiéndolos como huéspedes honorables de su feudo. A Minchan-Çaman le cedió uno de sus mejores palacios y hasta el final de sus días, el viejo inca frecuentó la compañía del que fuera cia-quic, deleitándose con su sabiduría.
Sintiendo cercano su fin, Pachacútec eligió a su hijo Amaru Yupanqui como su sucesor, pero a la muerte del inca, Túpac Yupanqui se levantó en armas y usurpó el lugar de su hermano, condenándolo al ostracismo y aniquilando a todo aquel dispuesto a cumplir con la voluntad de su padre.
Al recordar a la gente que había tomado prisionera, a los hombres que no habían perdido su fortaleza los incorporó a los ejércitos que iban a seguir extendiendo las fronteras de su imperio e hizo concubinas de sus generales a las mujeres que no se les había marchitado su belleza.
El orgulloso Minchan-Çaman se cortó las venas antes que volver a postrarse ante el hombre que destruyó su civilización.
Apar-Nii fue entregado a los hombres de ciencia. En busca de que revelara cómo es que el barro se hace indisoluble y resistente a las aguas, fue sometido a los más crueles tratamientos, siempre ante la atenta vigilancia del nuevo inca que se paseaba alrededor del cautivo, anhelando que se le devolviera la razón.
Sin embargo, Apar-Nii se negó a salir de su demencia. Túpac Yupanqui ordenó que se le aplicaran los más espantosos tormentos, pero el silencio del constructor de los mares se mantuvo inalterable. El inca se soslayó con su prisionero. Le arranchó las uñas. Le arranchó los dientes. Quemó la planta de sus pies. Cegó su visión con la punta de un hierro caliente. Pero de la boca de Apar-Nii sólo salían plegarias que imploraban el perdón de sus antepasados. Enloquecía a sus torturadores diciéndoles que ningún castigo era suficiente para aquel que ha deshonrado a su padre.
Vencido el inca ante la terquedad de su víctima, ordenó que lo desollasen vivo y le arrancharan el corazón. Uno de sus consejeros le sugirió libar de los pensamientos de Apar-Nii y haciéndole caso, ordenó que lo decapitaran y trajeran su cabeza; de ella bebió chicha mezclada con su sangre que era salada como el agua del mar.
Esa noche, mientras Túpac Yupanqui dormía su embriaguez, recibió la visita de Apar-Nii, pero no era aquel enfermo que se arrastraba por el piso, sino un hombre altivo que con palabras seguras y libres de la locura, le vaticinaban que algún día su imperio del Sol sufriría el mismo final miserable de los hijos de la Luna.
Y no fue su única visita. Los restos de Apar-Nii se disolvieron en manos de sus captores y se hicieron nubes que surcaron el cielo hasta darle el encuentro a Chumun-Caur. Las gotas que cayeron sobre él fueron tan corrosivas que lo postraron de dolor y desgarraron su piel. Nadie pudo aliviar su espantosa agonía. Expiró gritando el nombre de Apar-Nii y disculpándose por pisotear el orgullo de su civilización.
Las obras monumentales de Apar-Nii se mantuvieron de pie hasta que el inca Huayna Cápac aplastó de manera sangrienta, el movimiento insurgente de Guaman-Chumo, hijo de Chumun-Caur e incendió la gran ciudad.
Al mismo tiempo que el último rebelde moría ajusticiado, como por designio divino un fuerte maretazo trajo las atalayas abajo.
1. Los Chimor se hacían llamar los hijos de Shi (la Luna) que era su deidad suprema, superior al Sol pues de día la luna podía verse, en cambio el Sol desaparecía en la noche. N. del E.
1. Todo este conocimiento, el profesor Asmat deduce que era celosamente custodiado por los miembros del Clero y que la escritura era un privilegio no compartido con las clases de baja condición. Uno de ellos debió ser el autor del códice y lo debió redactar 50 años después de la conquista incásica. N. del E.
2. Túpac Yupanqui no sólo fue el gran inca conquistador, también pasó a la historia como «el inca navegante». Según el cronista Sarmiento de Gamboa, Túpac Yupanqui se hizo a la mar y llegó a la Polinesia, bautizando a las islas que arribó con los nombres de Ninanchumbi y Ahuanchumbi. N. del E.
2. Túpac Yupanqui no sólo fue el gran inca conquistador, también pasó a la historia como «el inca navegante». Según el cronista Sarmiento de Gamboa, Túpac Yupanqui se hizo a la mar y llegó a la Polinesia, bautizando a las islas que arribó con los nombres de Ninanchumbi y Ahuanchumbi. N. del E.
1. Se sabe que diez fueron los soberanos de la civilización Chimor. Los tres primeros fueron Tacaynamo, Guacri-Caur y Ñancen-Pinco. De los seis que siguieron se desconoce su nombre y el último fue Minchan-Çaman. Llama la atención que el códice obvie también el nombre del octavo soberano. N. del E.
2. Sin dudas se refiere a Chan Chan, considerada la ciudad más grande de la América precolombina. Se cree que en su momento de mayor auge debió extenderse por 20 mil km² y albergar una población de 100 mil habitantes. N. del E.
3. Es probable que se refiera al canal intervalles, célebre por su extensión. Alcanzaba los 80 kms. Y unía los valles de Moche y Chicama. N. del E.
4. Podría tratarse del Fenómeno del Niño que de cuando en cuando anega el norte del Perú. N. del E.
5. Llama la atención la similitud de este pasaje con el «Prometeo Encadenado» de la mitología griega. N. del E.
6. El profesor Asmat sostenía que los Chimor eran descendientes de los Mayas y situaba el viaje iniciático del que habla el códice a un punto de Guatemala. N. del E.
2. Sin dudas se refiere a Chan Chan, considerada la ciudad más grande de la América precolombina. Se cree que en su momento de mayor auge debió extenderse por 20 mil km² y albergar una población de 100 mil habitantes. N. del E.
3. Es probable que se refiera al canal intervalles, célebre por su extensión. Alcanzaba los 80 kms. Y unía los valles de Moche y Chicama. N. del E.
4. Podría tratarse del Fenómeno del Niño que de cuando en cuando anega el norte del Perú. N. del E.
5. Llama la atención la similitud de este pasaje con el «Prometeo Encadenado» de la mitología griega. N. del E.
6. El profesor Asmat sostenía que los Chimor eran descendientes de los Mayas y situaba el viaje iniciático del que habla el códice a un punto de Guatemala. N. del E.
1. Se refiere a la gran muralla Chimor que se extiende a los largo de 66 kms. y se edificó para evitar la penetración incásica. N. del E.
2. Este pasaje hace clara alusión a un eclipse lunar que para los Chimor era presagio de tiempos funestos. Los eclipses solares, en cambio, eran recibidos con regocijo. N. del E.
2. Este pasaje hace clara alusión a un eclipse lunar que para los Chimor era presagio de tiempos funestos. Los eclipses solares, en cambio, eran recibidos con regocijo. N. del E.
Noviembre 2004
Como todos los domingos, al acercarse la noche, don Nicolás Arancibia se dejó invadir por la nostalgia y se olvidó de los pequeños que correteaban libres de colegio, de la esposa que preparaba sabrosas tortillas rellenas de queso, de la hija que hablaba de futuros proyectos, del yerno de origen maorí que siempre le entretenía con relatos de guerra de sus ancestros. Colocando un viejo disco de vinilo que contenía valses de la antigua guardia, se recostó en su sillón favorito y cerró los ojos para que no lo vieran regocijarse con el recuerdo del viejo amor, emergiendo la imagen prístina de Camila Moullán, la chica amada, la chica bella, la chica buena por todos sus costados y que le torturaba haberla dejado escapar.
Dejándose transportar por la música, recordó que fue en el segundo semestre del cuarenta y tres cuando la conoció. La universidad y la ciudad entera estaba conmocionada por el espantoso crimen que se había cometido en la pensión que todos conocían como la de “Los Norteños”, ubicada en la plaza de Armas, al lado del diario La Industria. El asesino era un muchacho chiclayano de apellido Toledo, estudiante de ingeniería química, que en un arrebato pasional, acabó con la vida de su amante, un joven de menos edad que él, apellidado Aguilar. Con una sierra descuartizó el cadáver en su bañera y luego los metió en dos maletas grandes con las que trató de huir, tomando un bus hacia el norte, pero la sangre que emanaba de su equipaje lo delató y antes que la policía lo aprehendiera, se suicidó con dos pastillas de cianuro que llevaba en el bolsillo y que le arrebataron la vida en contados segundos.
Don Nicolás era estudiante de medicina forense y fue invitado al lugar de los hechos para la reconstrucción del crimen. Entre las miradas curiosas estaba la de Camila quien se hospedaba con dos amigas de la Facultad de Enfermería en la habitación continua. Al preguntarle si había escuchado algo la noche del asesinato, supo que había llegado a Trujillo desde un punto perdido de Contumazá, hace un par de años, en plena guerra con el Ecuador. Ese fin de semana la invitó al cine a ver una comedia de Capra y a la semana siguiente otra comedia de Cukor y a la salida le declaró su amor. Ella, que tan linda se veía con las trencitas de su cabello y su figurita de muñeca de porcelana, dijo que sí y desde esa matinée era imposible no verlos juntos. Nicolás se había alejado de los grupos militantes cautivado por la sonrisa que formaba un par de hoyuelos en la cara de Camila. No hacía caso de los reparos de su propia familia, aristocrática desde los tiempos de Bolívar y que no veían con agrado que un miembro de su linaje enamorara con una serranita chiquita y esmirriada. “Si vuestra luz en vez de guiarme, me enceguece, mejor cerrar los ojos y seguir lo que mi corazón alumbra”, se atrevió a decirle Nicolás a sus progenitores al verlo tan ebrio de felicidad.
Pasaron semanas, y en la oscuridad del cine Popular, Nicolás se atrevió a deslizar su mano debajo de la blusa de Camila y al apoderarse de su seno no supo qué hacer con él. Camila se levantó llorando de la butaca y Nicolás abochornado, corrió tras ella, dándole alcance tres cuadras más allá, obligándola a tomar asiento en una banca de la plazoleta San Agustín. Arrepentido de su arrebato, pidió perdón y juró que nunca más volvería a rozar siquiera sus partes indebidas, hasta que no los consagraran marido y mujer en el templo de al frente. Camila entonces volvió a estallar en lágrimas y le contó lo que hace tanto tiempo debía pero no se atrevía a confesar.
–Yo soy impura, Nicolás y no merezco que me ames. No, no digas nada hasta escuchar lo que tengo que decirte... Poco antes de cumplir quince años, un hombre misterioso y de edad muy avanzada, llegó a mi pueblo. El padre Gaetano lo alojó en su casa de la que rara vez salía, pero cuando lo hacía, se acercaba a los niños y les pedía que se le acercaran con el cuento de que les iba a invitar golosinas. Yo y todos los demás, apenas lo veíamos, nos alejábamos o corríamos a casa para no verle la cara. Pero aprovechando que el padre Gaetano se ausentó varios días, ese desgraciado me cogió a la salida de la escuela y me llevó a rastras a su cuarto. Yo lloraba y le rogaba que me dejara, que no me hiciera nada, pero enervado aún más con mi sufrimiento, me insultó, me golpeó y me obligó a…
Camila no pudo hablar más, las palabras se ahogaron en su llanto desconsolado. Nicolás, sintiendo el corazón en un hueco, la tomó de los hombros y le exigió que siguiera con su relato.
–Con sus uñas afiladas me quitó la ropa y se recostó encima de mí, moviéndose como loco, como perro que echa espuma por la rabia y se gozaba al desgarrar mis entrañas. Al terminar, se levantó y no mostró ninguna compasión por mi dolor. Me maniató como bulto en el piso de la cocina y me colocó el mantel del altar para que detuviera la hemorragia que corría por mis piernas. Luego me arrojó ostias sin consagrar para que me alimentase y se tomó todo el vino de la iglesia antes de caer dormido en la cama del padre. Yo aproveché eso para liberarme e intentar escapar; pero fue imposible, la puerta estaba con llave y las ventanas tapiadas. El ruido que hice no hizo más que despertarlo y tambaleando se acercó y me tomó de las muñecas con las ganas de volver a abusar de mí; pero gracias a Dios, en ese momento mi padre y varios vecinos tumbaron la puerta y cogieron a ese miserable, llevándolo a la plaza, donde lo ataron a un árbol, lo apalearon y le quitaron la vida a punta de pedradas. Su cuerpo hecho un amasijo de sangre fue cargado en el lomo de una mula y arrojado en un desfiladero lejos del pueblo... A mí me dieron fiebres muy altas y estuve a punto de morir. El padre Gaetano, al llegar me fue a ver y me echó agua bendita, pidiéndonos perdón por haberlo acogido. Les contó a todos que ese infeliz había sido sacerdote de una comarca que quedaba a dos días de camino, de donde había huido por cometer los mismos abusos contra otros menores de edad... Unos días después y gracias a los cuidados de mi abuela que conocía los efectos de unas hierbas, me pude curar, pero algo en mí sigue enfermo hasta el día de hoy.
Nicolás no pudo soportar la declaración de Camila. Enceguecido por la indignación y avergonzado de amar a una mujer que había sido despojada de su virtud, se puso de pie y la dejó allí, sentada, sin conmoverse por la congoja que había en sus ojos. Sin pronunciar una palabra se alejó y se obstinó en no volver a verla nunca más. En los días que se sucedieron, se dedicó a devorar libros, a militar de nuevo en el Partido, a embriagarse con los amigos. Pero no había caso. La falta de Camila lo destruía. No comía, no dormía, no vivía. Tan marchito era su semblante que su propia progenitora, madre al fin y al cabo, de tenaz opositora al amor de su hijo, ahora le rogaba que la buscase, que dejara la furia de lado y supiera perdonar.
Sin embargo, le fue muy duro dejar los prejuicios y volver en busca de Camila. Habían pasado dos meses y la encontró en los pasadizos de la universidad. Ella intentó pasar desapercibida pero Nicolás la tomó del brazo y la sacó de un mar de gente. “No llores porque no vengo a humillarte”, le dijo y sin tomar en cuenta que Camila tenía clases, salieron caminando a paso ligero y no se detuvieron hasta llegar a la misma plazoleta donde se hablaron por última vez.
–Perdóname por enamorarte de mí. Yo debí decirte antes…
–Cállate y no pienses más en lo que pasó.
–¡Pero cómo hago para quitármelo de la cabeza! ¡No puedo! Pienso que ese maldito está acechándome en cada calle, al voltear en cada esquina. A veces sueño que me coge y yo grito y grito y nadie hace nada por salvarme… Que Dios me perdone por odiarlo tanto y desear que se pudra en el Infierno.
–Qué no daría yo por salvarte, por estar en ese instante y evitar que suceda lo que te pasó. Pero lamentablemente no podemos hacer nada y sólo nos queda sacarte ese sentimiento culpable y hacerte pensar que todo fue una pesadilla y no sucedió jamás. Si temes que ese infeliz puede volver para hacerte daño, piensa que yo estaré allí para protegerte y destrozarlo con mis propias manos. Porque ya sufrí mucho y no quiero pasar ni un minuto más sin ti. Quiero casarme contigo, siempre y cuando aceptes olvidar y otras cosas más… No quiero que regreses nunca más a tu pueblo. Allá siempre te señalarán como la niña ultrajada y no lo puedo soportar. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Te propongo inventarte una nueva vida, donde no tengas pasado, pero sí presente y futuro. Yo puedo olvidar si prometes que ese momento espantoso no va a estar entre nosotros y no será para mí un motivo del cual avergonzarme.
Sin pensarlo mucho, Camila dijo que sí, que renunciaba a todos los familiares y amigos del pasado a cambio de ese amor puro y verdadero que de nuevo la hacía confiar y sonreír. Le juró a Nicolás que nunca nada ni nadie mancharía su honor y para estar más seguros; aceptaron la propuesta de radicar en el extranjero. Nueva Zelanda era un buen país que favorecía la inmigración y estaba muy lejos de que alguien pudiera enrostrarle la afrenta sufrida.
Y así trascurrieron un par de años en que ambos volvieron a ser felices. Iban a fiestas, al cine, a tomar helados, se divertían y paseaban llenos de alegría por los jirones de Trujillo. Durante todo ese tiempo, Nicolás cumplió con la promesa de no tocarla en sus zonas indebidas y supo consolar a Camila cada vez que creía distinguir en una sombra a la persona que la había ultrajado.
Al hacerse posible la residencia en Christchurch, Nueva Zelanda, al ganarse Nicolás la beca que le ofrecía la Universidad de Canterbury, la pareja formalizó su noviazgo y fijaron la ceremonia para el día en que la bomba atómica cayó sobre Nagasaki.
Esa noche, Camila sufrió un ataque de nervios y trataba de darse valor para que nada, ni siquiera la ominosa experiencia de su pasado, echara todo a perder. Su madre al acomodarle su tocado le dijo: “Irás de blanco a las manos de tu esposo, pues la pureza de tu espíritu no ha sido ultrajado”; y su padre, con porte gallardo, le dio el aplomo que necesitaba al darle un beso y estirar su brazo para marchar juntos al templo de San Agustín.
Con paso decidido, Camila caminó rumbo al altar donde el novio la esperaba. Decenas de invitados, lo mejor de la alta sociedad, le obsequiaban aplausos y deseos sinceros de felicidad. Incluso la hermana de Nicolás, que la había calificado de “chola igualada”, aplaudía a rabiar. Nada pues, parecía poder estropear ese momento mágico, Nada si no fuera que al levantar la mirada y fijarse en la persona que los iba a casar, su dicha se desdibujó en amargura y sin dar ninguna explicación, soltó la mano del novio y se echó a correr despavorida, como si hubiese visto la imagen del mismo Satanás.
Nadie de los presentes atinó a atajar a la novia fugitiva. Atado por la sorpresa y por las miradas que lo acosaban, Nicolás se quedó parado y se sumió en el dolor y la vergüenza, los mismos que lo han acompañado por el resto de sus días porque no la volvió a ver jamás. Como si de un exiliado se tratara se refugió en Nueva Zelanda y en ese momento que iba camino al hospital dentro de una ambulancia que ululaba pues su vida se apagaba, se preguntó por última vez cual sería el motivo de haberlo dejado plantado en el altar. Nunca nadie le explicó que Camila Moullán reconoció en el sacerdote el vivo retrato del hombre que le arrebató su virtud. Detrás de su velo pudo apreciar la misma sonrisa, la misma expresión libidinosa que guardaba en su memoria y le ocasionaba ese pánico que la obligó a huir sin detenerse a pensar que no se trataba precisamente de un fantasma, sino del hermano gemelo del que había muerto lapidado en su pueblo y que como él, era sacerdote aunque de probada virtud, lo que con el tiempo le valdría para colocarse la sortija obispal.
Los últimos pensamientos de don Nicolás fueron para pensar en el destino de Camila. ¿A dónde habría ido a parar? Nunca lo sabría, pero seguro que también habría envejecido escondida por allí, donde no tuviese que cerrar los ojos y la vieran mirar.
Dejándose transportar por la música, recordó que fue en el segundo semestre del cuarenta y tres cuando la conoció. La universidad y la ciudad entera estaba conmocionada por el espantoso crimen que se había cometido en la pensión que todos conocían como la de “Los Norteños”, ubicada en la plaza de Armas, al lado del diario La Industria. El asesino era un muchacho chiclayano de apellido Toledo, estudiante de ingeniería química, que en un arrebato pasional, acabó con la vida de su amante, un joven de menos edad que él, apellidado Aguilar. Con una sierra descuartizó el cadáver en su bañera y luego los metió en dos maletas grandes con las que trató de huir, tomando un bus hacia el norte, pero la sangre que emanaba de su equipaje lo delató y antes que la policía lo aprehendiera, se suicidó con dos pastillas de cianuro que llevaba en el bolsillo y que le arrebataron la vida en contados segundos.
Don Nicolás era estudiante de medicina forense y fue invitado al lugar de los hechos para la reconstrucción del crimen. Entre las miradas curiosas estaba la de Camila quien se hospedaba con dos amigas de la Facultad de Enfermería en la habitación continua. Al preguntarle si había escuchado algo la noche del asesinato, supo que había llegado a Trujillo desde un punto perdido de Contumazá, hace un par de años, en plena guerra con el Ecuador. Ese fin de semana la invitó al cine a ver una comedia de Capra y a la semana siguiente otra comedia de Cukor y a la salida le declaró su amor. Ella, que tan linda se veía con las trencitas de su cabello y su figurita de muñeca de porcelana, dijo que sí y desde esa matinée era imposible no verlos juntos. Nicolás se había alejado de los grupos militantes cautivado por la sonrisa que formaba un par de hoyuelos en la cara de Camila. No hacía caso de los reparos de su propia familia, aristocrática desde los tiempos de Bolívar y que no veían con agrado que un miembro de su linaje enamorara con una serranita chiquita y esmirriada. “Si vuestra luz en vez de guiarme, me enceguece, mejor cerrar los ojos y seguir lo que mi corazón alumbra”, se atrevió a decirle Nicolás a sus progenitores al verlo tan ebrio de felicidad.
Pasaron semanas, y en la oscuridad del cine Popular, Nicolás se atrevió a deslizar su mano debajo de la blusa de Camila y al apoderarse de su seno no supo qué hacer con él. Camila se levantó llorando de la butaca y Nicolás abochornado, corrió tras ella, dándole alcance tres cuadras más allá, obligándola a tomar asiento en una banca de la plazoleta San Agustín. Arrepentido de su arrebato, pidió perdón y juró que nunca más volvería a rozar siquiera sus partes indebidas, hasta que no los consagraran marido y mujer en el templo de al frente. Camila entonces volvió a estallar en lágrimas y le contó lo que hace tanto tiempo debía pero no se atrevía a confesar.
–Yo soy impura, Nicolás y no merezco que me ames. No, no digas nada hasta escuchar lo que tengo que decirte... Poco antes de cumplir quince años, un hombre misterioso y de edad muy avanzada, llegó a mi pueblo. El padre Gaetano lo alojó en su casa de la que rara vez salía, pero cuando lo hacía, se acercaba a los niños y les pedía que se le acercaran con el cuento de que les iba a invitar golosinas. Yo y todos los demás, apenas lo veíamos, nos alejábamos o corríamos a casa para no verle la cara. Pero aprovechando que el padre Gaetano se ausentó varios días, ese desgraciado me cogió a la salida de la escuela y me llevó a rastras a su cuarto. Yo lloraba y le rogaba que me dejara, que no me hiciera nada, pero enervado aún más con mi sufrimiento, me insultó, me golpeó y me obligó a…
Camila no pudo hablar más, las palabras se ahogaron en su llanto desconsolado. Nicolás, sintiendo el corazón en un hueco, la tomó de los hombros y le exigió que siguiera con su relato.
–Con sus uñas afiladas me quitó la ropa y se recostó encima de mí, moviéndose como loco, como perro que echa espuma por la rabia y se gozaba al desgarrar mis entrañas. Al terminar, se levantó y no mostró ninguna compasión por mi dolor. Me maniató como bulto en el piso de la cocina y me colocó el mantel del altar para que detuviera la hemorragia que corría por mis piernas. Luego me arrojó ostias sin consagrar para que me alimentase y se tomó todo el vino de la iglesia antes de caer dormido en la cama del padre. Yo aproveché eso para liberarme e intentar escapar; pero fue imposible, la puerta estaba con llave y las ventanas tapiadas. El ruido que hice no hizo más que despertarlo y tambaleando se acercó y me tomó de las muñecas con las ganas de volver a abusar de mí; pero gracias a Dios, en ese momento mi padre y varios vecinos tumbaron la puerta y cogieron a ese miserable, llevándolo a la plaza, donde lo ataron a un árbol, lo apalearon y le quitaron la vida a punta de pedradas. Su cuerpo hecho un amasijo de sangre fue cargado en el lomo de una mula y arrojado en un desfiladero lejos del pueblo... A mí me dieron fiebres muy altas y estuve a punto de morir. El padre Gaetano, al llegar me fue a ver y me echó agua bendita, pidiéndonos perdón por haberlo acogido. Les contó a todos que ese infeliz había sido sacerdote de una comarca que quedaba a dos días de camino, de donde había huido por cometer los mismos abusos contra otros menores de edad... Unos días después y gracias a los cuidados de mi abuela que conocía los efectos de unas hierbas, me pude curar, pero algo en mí sigue enfermo hasta el día de hoy.
Nicolás no pudo soportar la declaración de Camila. Enceguecido por la indignación y avergonzado de amar a una mujer que había sido despojada de su virtud, se puso de pie y la dejó allí, sentada, sin conmoverse por la congoja que había en sus ojos. Sin pronunciar una palabra se alejó y se obstinó en no volver a verla nunca más. En los días que se sucedieron, se dedicó a devorar libros, a militar de nuevo en el Partido, a embriagarse con los amigos. Pero no había caso. La falta de Camila lo destruía. No comía, no dormía, no vivía. Tan marchito era su semblante que su propia progenitora, madre al fin y al cabo, de tenaz opositora al amor de su hijo, ahora le rogaba que la buscase, que dejara la furia de lado y supiera perdonar.
Sin embargo, le fue muy duro dejar los prejuicios y volver en busca de Camila. Habían pasado dos meses y la encontró en los pasadizos de la universidad. Ella intentó pasar desapercibida pero Nicolás la tomó del brazo y la sacó de un mar de gente. “No llores porque no vengo a humillarte”, le dijo y sin tomar en cuenta que Camila tenía clases, salieron caminando a paso ligero y no se detuvieron hasta llegar a la misma plazoleta donde se hablaron por última vez.
–Perdóname por enamorarte de mí. Yo debí decirte antes…
–Cállate y no pienses más en lo que pasó.
–¡Pero cómo hago para quitármelo de la cabeza! ¡No puedo! Pienso que ese maldito está acechándome en cada calle, al voltear en cada esquina. A veces sueño que me coge y yo grito y grito y nadie hace nada por salvarme… Que Dios me perdone por odiarlo tanto y desear que se pudra en el Infierno.
–Qué no daría yo por salvarte, por estar en ese instante y evitar que suceda lo que te pasó. Pero lamentablemente no podemos hacer nada y sólo nos queda sacarte ese sentimiento culpable y hacerte pensar que todo fue una pesadilla y no sucedió jamás. Si temes que ese infeliz puede volver para hacerte daño, piensa que yo estaré allí para protegerte y destrozarlo con mis propias manos. Porque ya sufrí mucho y no quiero pasar ni un minuto más sin ti. Quiero casarme contigo, siempre y cuando aceptes olvidar y otras cosas más… No quiero que regreses nunca más a tu pueblo. Allá siempre te señalarán como la niña ultrajada y no lo puedo soportar. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Te propongo inventarte una nueva vida, donde no tengas pasado, pero sí presente y futuro. Yo puedo olvidar si prometes que ese momento espantoso no va a estar entre nosotros y no será para mí un motivo del cual avergonzarme.
Sin pensarlo mucho, Camila dijo que sí, que renunciaba a todos los familiares y amigos del pasado a cambio de ese amor puro y verdadero que de nuevo la hacía confiar y sonreír. Le juró a Nicolás que nunca nada ni nadie mancharía su honor y para estar más seguros; aceptaron la propuesta de radicar en el extranjero. Nueva Zelanda era un buen país que favorecía la inmigración y estaba muy lejos de que alguien pudiera enrostrarle la afrenta sufrida.
Y así trascurrieron un par de años en que ambos volvieron a ser felices. Iban a fiestas, al cine, a tomar helados, se divertían y paseaban llenos de alegría por los jirones de Trujillo. Durante todo ese tiempo, Nicolás cumplió con la promesa de no tocarla en sus zonas indebidas y supo consolar a Camila cada vez que creía distinguir en una sombra a la persona que la había ultrajado.
Al hacerse posible la residencia en Christchurch, Nueva Zelanda, al ganarse Nicolás la beca que le ofrecía la Universidad de Canterbury, la pareja formalizó su noviazgo y fijaron la ceremonia para el día en que la bomba atómica cayó sobre Nagasaki.
Esa noche, Camila sufrió un ataque de nervios y trataba de darse valor para que nada, ni siquiera la ominosa experiencia de su pasado, echara todo a perder. Su madre al acomodarle su tocado le dijo: “Irás de blanco a las manos de tu esposo, pues la pureza de tu espíritu no ha sido ultrajado”; y su padre, con porte gallardo, le dio el aplomo que necesitaba al darle un beso y estirar su brazo para marchar juntos al templo de San Agustín.
Con paso decidido, Camila caminó rumbo al altar donde el novio la esperaba. Decenas de invitados, lo mejor de la alta sociedad, le obsequiaban aplausos y deseos sinceros de felicidad. Incluso la hermana de Nicolás, que la había calificado de “chola igualada”, aplaudía a rabiar. Nada pues, parecía poder estropear ese momento mágico, Nada si no fuera que al levantar la mirada y fijarse en la persona que los iba a casar, su dicha se desdibujó en amargura y sin dar ninguna explicación, soltó la mano del novio y se echó a correr despavorida, como si hubiese visto la imagen del mismo Satanás.
Nadie de los presentes atinó a atajar a la novia fugitiva. Atado por la sorpresa y por las miradas que lo acosaban, Nicolás se quedó parado y se sumió en el dolor y la vergüenza, los mismos que lo han acompañado por el resto de sus días porque no la volvió a ver jamás. Como si de un exiliado se tratara se refugió en Nueva Zelanda y en ese momento que iba camino al hospital dentro de una ambulancia que ululaba pues su vida se apagaba, se preguntó por última vez cual sería el motivo de haberlo dejado plantado en el altar. Nunca nadie le explicó que Camila Moullán reconoció en el sacerdote el vivo retrato del hombre que le arrebató su virtud. Detrás de su velo pudo apreciar la misma sonrisa, la misma expresión libidinosa que guardaba en su memoria y le ocasionaba ese pánico que la obligó a huir sin detenerse a pensar que no se trataba precisamente de un fantasma, sino del hermano gemelo del que había muerto lapidado en su pueblo y que como él, era sacerdote aunque de probada virtud, lo que con el tiempo le valdría para colocarse la sortija obispal.
Los últimos pensamientos de don Nicolás fueron para pensar en el destino de Camila. ¿A dónde habría ido a parar? Nunca lo sabría, pero seguro que también habría envejecido escondida por allí, donde no tuviese que cerrar los ojos y la vieran mirar.
Septiembre 1992
Érase el dolor en los ojos del anciano, en su camino hacia la ciudad de Soar. Él y sus dos hijas eran los únicos sobrevivientes de la hecatombe, aunque pudieron ser cuatro. Maldita la curiosidad de su esposa que la hizo desobedecer la voluntad del Señor y observó el furor de su ira, quedándose ahí, petrificada, de cara a la destrucción. No tenían idea de cuánto habían recorrido cuando se cruzaron con un hombre que a duras penas caminaba, de una manera inerte que no lo conduciría a ningún lado. Su rostro lucía ennegrecido y sus extremidades corroídas por las llamas.
–Corran, se los ruego, a Egipto o a Mesopotamia. Adviértanles que las sombras de la ignorancia se asoman para devolvernos a aquel tiempo en que se nos fue vedado todo tipo de conocimiento.
Sin que pudiera soportarlo, sus piernas se doblaron y el hombre cayó de bruces al suelo. Una de ellas, la menor de las muchachas y la de espíritu más caritativo, lo acogió en su regazo.
–Escúchame, pequeña –exclamó con un susurro apenas audible–, no permitas que se olvide el por qué este valle tan fértil ha sido arrasado por el fuego. Antes que las palabras se me sequen, déjame contarte mi historia...
Imposibilitado de beber agua, la muchacha sólo pudo humedecer un retazo de lienzo y refrescar su carne calcinada mientras oía el relato extraordinario de aquella vida que se apagaba.
Y contóle que Unar era su nombre y provenía de Ur. Que era astrólogo como lo fue su padre, aquel que un día trastocó su materia en energía y se hizo uno con el firmamento. Su formación corrió a cargo de notables maestros que le inculcaron el valor del conocimiento. El precoz aprendizaje de infinidad de tablillas astrales, que explicaban la naturaleza de la Tierra, sus elementos y las constelaciones del Universo, le permitieron elaborar cartas zodiacales que predecían con exactitud infortunios y bienaventuranzas próximas a acontecer, lo que le valió convertirse en el astrólogo favorito de la familia real.
Mas un día, el mensaje que recibió de los astros fue que marchara hacia el poniente, en búsqueda del hombre más sabio del orbe y le transmitiera los anuncios que le fueron revelados. A cambio de unas monedas de plata, se montó en un onagro y formó parte de una caravana que partía rumbo a Jericó. Tomando el camino que venía del norte, cruzó el desierto hasta llegar a la gran ciudad antes que muriera la tarde y sus puertas se cerraran, salvándose de dejar su humanidad adolorida por la travesía, a merced de la carroña que moraba en la ciudad que era gobernada por el rey Bara, a sólo unas leguas de distancia. Leguas que separaban a la razón de la bestialidad, la erudición de la barbarie y la virtud de la corrupción.
–Mi nombre es Unar y provengo de Sumeria. Soy hijo de Arubiel, descendiente de Sem por la línea de Jotaphat, hijo de Arfaxad. Vengo a esta Logia del Supremo Conocimiento para darle a Nacaroch el Taumaturgo, el mensaje que los astros me han transmitido.
Mas sin lograr convencer a los incrédulos celadores de la urbe, Unar fue llevado a rastras a la presencia del rey Bersa, guerrero de origen acadio y que hace unos años había llenado de gloria su nombre al derrotar al codicioso Cordolamor, rey de los elamitas, en el valle de Sidim, aunque Melquisedec, rey de Salem, sostuviese lo contrario y le diera el crédito a los trescientos dieciocho hombres que lideraba un pastor miserable.
Al observar el desaliño del recién llegado, el rey Bersa lo confundió con algún pervertido de la corte del rey Bara, o acaso un espía, y con gesto despectivo, ordenó que le colocaran cadenas y lo condujeran al claustro donde se perfecciona el arte del tormento.
Por fortuna, su prestigio había superado los médanos y más de un miembro de la Logia del Supremo Conocimiento sabía de sus artes y profecías, por lo que fue liberado y conducido a un albergue poblado de mujeres, expertas en el cuidado y descanso de sabios y guerreros. Al despojarlo de su vestido, lo introdujeron en una pileta y limpiaron su cuerpo de tantas jornadas de sudor y arena, untándole perfume e invitándole a reposar en una tarima en la que las manos diestras de una joven muy bella hicieron desaparecer el dolor y la fatiga.
–Rogamos disculpas por la desconfianza. Pero es tanta la perversión de la ciudad que se levanta al otro lado del valle, que su mala fama nos perjudica a los dos –le dijo una mujer de edad muy avanzada, mucho más que la suya que de por sí es bastante.
Tras degustar los más exquisitos manjares a base de dátiles, carne de pescado y queso de dromedario, Unar de Sumeria fue conducido a una habitación ventilada y durmió como nunca antes lo había hecho, en un lecho blando y relleno de plumas de ánade.
Al día siguiente recorrió las amplias calles de la ciudad, llenas de rostros amables y palmeras que discurrían en línea recta o serpenteaban entre manzanas de casas que colindaban perfectamente unas con otras. Mas nada le dejó tan perplejo como el edificio de la Logia del Supremo Conocimiento, el centro de estudio más reconocido de su época, infinitamente superior a los de Mari y Mohenjo-Daro. Su imponente aspecto era semejante al zigurat de Ur, pero mucho más amplio y antiguo. Una fina capa de arcilla revestía sus torres escalonadas de adobes, adheridos con una pasta especial y reforzados con vigas de unión y esteras. Amplios tramos de escalera conducían a sus tres niveles y a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo ubicados en lo más alto de la construcción.
–¡Aguarde aquí! –le indicó uno de los sabios, procedente de Ugarit, haciéndolo pasar a un salón amplio, de techo muy alto y de cuyas columnas irradiaba una luz artificial tan brillante como la luz del día.
Aventurándose en sus anaqueles, descubrió con verdadero deleite que yacían apilados infinidad de pergaminos venidos desde distintos puntos del orbe. El Usos y Costumbres de los Atlantes, escrito mil años antes de su desaparición. Del Nilo provenía el Arte de embalsamar y preparación del viaje al más allá y el Traslado de inmensos bloques de piedra, disminuyendo veinte veces su peso real, ambos escritos en el esplendor de la IV dinastía. Del Éufrates provenía la Epístola de Utnapistim a Gilgamesh. Del Egeo la Piedra angular de la moral de Minos, Eaco y Radamanto, hombres justos hechos inmortales por los dioses para el juzgamiento de los muertos. Del Indo una versión completa del Rigveda y otros manuscritos iniciáticos. Del valle de Hwan Ho Estrategias de guerra y código de honor de las artes marciales...
Extasiado por tantas maravillas, no reparó que ya había caído la noche cuando fue conducido a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo, el hombre más sabio y venerado de su época. Al abrirse las puertas quedó frente a él un hombre de barba y cabellera tan amplia que juntos formaban una amplia maraña alba que brillaba, dejando apenas espacio para sus pequeños ojos, vivos e incisivos, y una nariz prominente que seguía creciendo conforme pasan los siglos.
–Hace tiempo que el maestro no puede oír bien. Acérquese para que sus palabras lleguen nítidas hasta él –le recomendó un sabio que procedía de Micenas, dispuesto a dejar testimonio de la entrevista, untando con pintura una varilla tallada con delicadeza.
–Sea bienvendo a mi Logia, Unar de Sumeria –saludóle Nacaroch el Taumaturgo apenas se postró a sus pies–. El viento nos ha traído su fama en el campo de la astrología. No es precisamente una revolución cognoscitiva afirmar que los astros que yacen colgados en el firmamento son de forma esférica, pero que nuestro mundo también lo sea y lo considere el punto magnético que sirve de eje al universo, sí que me parece novedoso.
–Tengo conocimiento, su eminencia, que los sabios de esta Logia no refutan mi teoría y andan tras la fórmula matemática que les permita medir su circunferencia con exactitud. ¿No estuvo entre vosotros Tutmatsis de Sakkara, aquel que supo medir la distancia que existe entre la Tierra y el Sol?
–El mundo es redondo y todos vivimos encima de él. Si nos acercáramos a los bordes, caeríamos al infinito. ¿O acaso tiene otra explicación de por qué no nos caemos de cabeza?
–Lo que yo intento demostrar con mi teoría es...
–No pierda tiempo en explicaciones que no vienen al caso y dígame el motivo de su visita.
–No vengo con rodeos, su eminencia, ya que nos queda tan poco tiempo para lo que debemos hacer. Si vengo a su presencia, máximo representante de la sabiduría, es para informarle que el conocimiento universal corre peligro. Ese es el vaticinio de las viseras del último carnero que ofrecí en holocausto y lo he trascrito en esta carta zodiacal que deposito en vuestras manos.
–¿Ha llegado desde tan lejos para hacerme partícipe de supercherías?
–Debería creerme y tomarme en serio. Los hombres sabios escuchan y dudan también. Le pido una fracción de su atención para narrarle lo que los astros me revelaron y quizá tengamos la oportunidad de evitar nuestra mutua destrucción.
–La destrucción es inevitable, Unar de Sumeria. Todo lo que se levantó. Todo lo que camina o se arrastra. Todo lo que sentimos, pensamos o proponemos... Todo se consume y se pierde en el olvido. ¿Qué recuerdos hay de las generaciones antediluvianas? ¿Qué sabemos de su ciencia, de su arte, de sus ideas? Sólo nos ha llegado la versión de que eran seres depravados y por eso fueron perseguidos y exterminados.
–Pero el hombre es capaz de revertir estos designios. El Destino puede ser corregido y podemos hacerle frente a los caprichos de los seres que, por naturaleza, son superiores a nosotros. He visto, su eminencia, a los dioses queriendo imponer el oscurantismo y la ignorancia y para ello destruirán esta Logia y la ciudad entera. Por eso ordene que todo ese conocimiento valioso que tienen almacenado, quede a buen recaudo. He visto que la hecatombe puede suceder hoy, mañana o, si tenemos suerte, dentro de siete días.
–Los dioses nos han venido arrebatando el conocimiento desde los albores del tiempo. Otrora, los hombres sabían vivir centurias sin conocer la decrepitud. Sabían dominar la materia. Sabían desprenderse y estar en dos lugares a la vez. Sabían construir máquinas que les permitían surcar los cielos y dominar los secretos del universo. Pero el pavor de que algún día seamos iguales a ellos, idearon un diluvio que anegara y arrasara con todo el conocimiento que había en la faz de la Tierra, con la intención de animalizar al hombre, volverlo dócil y llenarlo de temores.
–¡Pero defendamos lo que bien hemos aprendido! A mi pueblo lo quieren privar del arte de la predicción. A los egipcios de la ciencia del espacio. A los sabios del Indo la posibilidad de alcanzar la naturaleza divina...
–Estos vaticinios ya son de nuestro conocimiento, Unar de Sumeria. Y no lo niego, al principio tuve miedo de ser destruido, pero ahora ya acepté que me han vencido y mi tiempo ha concluido. ¿Usted sabe quien soy en realidad? Lo dudo porque es el secreto mejor guardado de la Logia del Supremo Conocimiento. He vivido muchas lunas escondido hasta que he sido delatado por mi soberbia y ahora vienen por mí. Yo no soy Nacaroch el Taumaturgo, soy el que tomó su lugar, su figura, su mujer y sus hijos y luego transformé su materia orgánica en piedra. Yo en realidad soy Semixatem, el último hijo de Semiaxas, la deidad que se dejó llevar por la lujuria y descendió de los cielos para cohabitar con las hijas de los hombres. Yo soy el último sobreviviente de la raza de los gigantes, aquella que fundó la Atlántida, una civilización avanzada que fue hundida y exterminada por el diluvio, pero no pudieron acabar conmigo. Permanecí innumerables jornadas dentro de una montaña, alimentándome de escorpiones, murciélagos y salamandras. De eso ya ha pasado mucho. ¿Podría creer que llevo novecientos sesenta y nueve años cumplidos? Usted debe ser un hombre de ochenta años que apenas superara la centuria y seguro el nivel de vida seguirá descendiendo y la raza humana se volverá decrépita a edad más temprana. Yo fui quien edificó la torre de Babel para demostrarle a los inmortales que el ingenio humano puede alcanzar metas insospechadas. Yo fui quien vagó por el mundo que, por supuesto, es redondo como usted sostiene, pero su ciencia ya está manchada por el oscurantismo al suponer que es el eje del universo. Yo he reclutado a los sabios y librepensadores más importantes que he encontrado en mi camino para levantar esta ciudad y por ende esta Logia del Supremo Conocimiento. Nuestra intención era cobijar a todo aquel peregrino que estuviese ávido de instrucción. Pero a poca distancia, los dioses alentaron la formación de otra ciudad y la llenaron de vicio y perdición para desviar a todos los que vinieran hasta nosotros y envilecieran su alma e intelecto con superfluos placeres. Así es como con el paso de los años nos hemos ido aislando y teniendo desconfianza de los extraños porque muchos han sido los que han intentado someternos, pero el dominio en el arte de la guerra de nuestros soldados acadios, nos ha permitido seguir en pie.
–¡Por eso mismo, su eminencia! Han sido mil años de lucha constante y no han podido derrotarlo. ¿Por qué ahora se rinde?
–Su eminencia –osa intervenir el sabio de Micenas–, ese es el sentimiento de todos y cada uno de los sabios que conforman esta Logia. Por favor, siga el consejo de Unar de Sumeria. Aún podemos darle batalla a las fuerzas de la ignorancia. Hasta vuestros oídos habrá llegado el rumor de que en Cnosos un centro de estudio similar al nuestro. Estoy seguro que recibirían con beneplácito el conocimiento que podamos ofrecerles.
–Entonces huyan y carguen todo lo que puedan llevar. El Egeo es un buen lugar, pues por mucho tiempo estará en manos de Zeus, una deidad pecaminosa, pero tolerante y muy amante de las artes. En Canaán ya no queda más por hacer. Estaba escrito que esta franja de tierra sería dominada por una plebe mezquina y miserable como ninguna. Diferente cuando era de Baal, pero ahora le pertenece a Yahvé y él es enemigo de la erudición, por eso condenó a sus criaturas cuando comieron el fruto del árbol de la ciencia.
–Pero su eminencia, nosotros no somos nada sin vuestra sabiduría. No sea testarudo y acompáñenos –insistió el micénico.
–No se aflijan que sabrán sobrevivir sin mí y mis enseñanzas siempre os acompañarán. El tiempo de la raza de los gigantes ya se ha cumplido, como también se cumplirá el tiempo de la raza humana y dará paso a otra. Soy sobreviviente de algo que hace mucho debió extinguirse y no voy a rehuir más a mi destino...
Y ahí terminó la entrevista con Semixatem o quien se hacía llamar Nacaroch el Taumaturgo. En los días que se sucedieron, se organizaron caravanas hacia la costa, cargadas no sólo con artefactos de medición y manuscritos, sino también con objetos de oro y plata para comprar o rentar embarcaciones que los llevasen hasta la isla de Creta. Sin embargo, fueron muy pocas las que llegaron a su destino. Las que no fueron asaltadas por las hordas del mar, sucumbieron por el mal tiempo del Mediterráneo.
Unar de Sumeria persistió en quedarse hasta el final. Sin tomar atención en los maravillosos objetos que eran desmantelados y los extraños saberes que podían haberle confiado, se empecinó en que el máximo sabio le revelase la posibilidad de visionar más allá del espacio y del tiempo, incluso más allá de la vida y la muerte. Mas Nacaroch el Taumaturgo se negó a compartir sus saberes y se encerró en sus aposentos y aguardó con serenidad el encuentro con sus contemporáneos y ancestros.
Cuando Unar se animó a salir de la ciudad, casi de inmediato el cielo se tiñó de rojo y el aire se hizo azufre. La destrucción lo alcanzó al subir la ladera y más muerto que vivo, la inercia le haría caminar hasta darle el encuentro al anciano y sus hijas, únicos sobrevivientes de la ciudad vecina, la ciudad del pecado, destruida por los mismos objetos voladores que eran tripulados por seres cuya ciencia les enseña a crear vida y también devastación.
Esta versión de los días finales de Sodoma y Gomorra permaneció viva hasta la destrucción del pueblo de los ammonitas y cayó en el olvido, hasta que en 1767, un beduino le vendió a Lord Bolingbroke un papiro antiquísimo que daba testimonio de estos hechos.
El papiro continúa en poder de algún descendiente de Lord Bolingbroke hasta hoy.
Enero 1996
–Corran, se los ruego, a Egipto o a Mesopotamia. Adviértanles que las sombras de la ignorancia se asoman para devolvernos a aquel tiempo en que se nos fue vedado todo tipo de conocimiento.
Sin que pudiera soportarlo, sus piernas se doblaron y el hombre cayó de bruces al suelo. Una de ellas, la menor de las muchachas y la de espíritu más caritativo, lo acogió en su regazo.
–Escúchame, pequeña –exclamó con un susurro apenas audible–, no permitas que se olvide el por qué este valle tan fértil ha sido arrasado por el fuego. Antes que las palabras se me sequen, déjame contarte mi historia...
Imposibilitado de beber agua, la muchacha sólo pudo humedecer un retazo de lienzo y refrescar su carne calcinada mientras oía el relato extraordinario de aquella vida que se apagaba.
Y contóle que Unar era su nombre y provenía de Ur. Que era astrólogo como lo fue su padre, aquel que un día trastocó su materia en energía y se hizo uno con el firmamento. Su formación corrió a cargo de notables maestros que le inculcaron el valor del conocimiento. El precoz aprendizaje de infinidad de tablillas astrales, que explicaban la naturaleza de la Tierra, sus elementos y las constelaciones del Universo, le permitieron elaborar cartas zodiacales que predecían con exactitud infortunios y bienaventuranzas próximas a acontecer, lo que le valió convertirse en el astrólogo favorito de la familia real.
Mas un día, el mensaje que recibió de los astros fue que marchara hacia el poniente, en búsqueda del hombre más sabio del orbe y le transmitiera los anuncios que le fueron revelados. A cambio de unas monedas de plata, se montó en un onagro y formó parte de una caravana que partía rumbo a Jericó. Tomando el camino que venía del norte, cruzó el desierto hasta llegar a la gran ciudad antes que muriera la tarde y sus puertas se cerraran, salvándose de dejar su humanidad adolorida por la travesía, a merced de la carroña que moraba en la ciudad que era gobernada por el rey Bara, a sólo unas leguas de distancia. Leguas que separaban a la razón de la bestialidad, la erudición de la barbarie y la virtud de la corrupción.
–Mi nombre es Unar y provengo de Sumeria. Soy hijo de Arubiel, descendiente de Sem por la línea de Jotaphat, hijo de Arfaxad. Vengo a esta Logia del Supremo Conocimiento para darle a Nacaroch el Taumaturgo, el mensaje que los astros me han transmitido.
Mas sin lograr convencer a los incrédulos celadores de la urbe, Unar fue llevado a rastras a la presencia del rey Bersa, guerrero de origen acadio y que hace unos años había llenado de gloria su nombre al derrotar al codicioso Cordolamor, rey de los elamitas, en el valle de Sidim, aunque Melquisedec, rey de Salem, sostuviese lo contrario y le diera el crédito a los trescientos dieciocho hombres que lideraba un pastor miserable.
Al observar el desaliño del recién llegado, el rey Bersa lo confundió con algún pervertido de la corte del rey Bara, o acaso un espía, y con gesto despectivo, ordenó que le colocaran cadenas y lo condujeran al claustro donde se perfecciona el arte del tormento.
Por fortuna, su prestigio había superado los médanos y más de un miembro de la Logia del Supremo Conocimiento sabía de sus artes y profecías, por lo que fue liberado y conducido a un albergue poblado de mujeres, expertas en el cuidado y descanso de sabios y guerreros. Al despojarlo de su vestido, lo introdujeron en una pileta y limpiaron su cuerpo de tantas jornadas de sudor y arena, untándole perfume e invitándole a reposar en una tarima en la que las manos diestras de una joven muy bella hicieron desaparecer el dolor y la fatiga.
–Rogamos disculpas por la desconfianza. Pero es tanta la perversión de la ciudad que se levanta al otro lado del valle, que su mala fama nos perjudica a los dos –le dijo una mujer de edad muy avanzada, mucho más que la suya que de por sí es bastante.
Tras degustar los más exquisitos manjares a base de dátiles, carne de pescado y queso de dromedario, Unar de Sumeria fue conducido a una habitación ventilada y durmió como nunca antes lo había hecho, en un lecho blando y relleno de plumas de ánade.
Al día siguiente recorrió las amplias calles de la ciudad, llenas de rostros amables y palmeras que discurrían en línea recta o serpenteaban entre manzanas de casas que colindaban perfectamente unas con otras. Mas nada le dejó tan perplejo como el edificio de la Logia del Supremo Conocimiento, el centro de estudio más reconocido de su época, infinitamente superior a los de Mari y Mohenjo-Daro. Su imponente aspecto era semejante al zigurat de Ur, pero mucho más amplio y antiguo. Una fina capa de arcilla revestía sus torres escalonadas de adobes, adheridos con una pasta especial y reforzados con vigas de unión y esteras. Amplios tramos de escalera conducían a sus tres niveles y a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo ubicados en lo más alto de la construcción.
–¡Aguarde aquí! –le indicó uno de los sabios, procedente de Ugarit, haciéndolo pasar a un salón amplio, de techo muy alto y de cuyas columnas irradiaba una luz artificial tan brillante como la luz del día.
Aventurándose en sus anaqueles, descubrió con verdadero deleite que yacían apilados infinidad de pergaminos venidos desde distintos puntos del orbe. El Usos y Costumbres de los Atlantes, escrito mil años antes de su desaparición. Del Nilo provenía el Arte de embalsamar y preparación del viaje al más allá y el Traslado de inmensos bloques de piedra, disminuyendo veinte veces su peso real, ambos escritos en el esplendor de la IV dinastía. Del Éufrates provenía la Epístola de Utnapistim a Gilgamesh. Del Egeo la Piedra angular de la moral de Minos, Eaco y Radamanto, hombres justos hechos inmortales por los dioses para el juzgamiento de los muertos. Del Indo una versión completa del Rigveda y otros manuscritos iniciáticos. Del valle de Hwan Ho Estrategias de guerra y código de honor de las artes marciales...
Extasiado por tantas maravillas, no reparó que ya había caído la noche cuando fue conducido a los aposentos de Nacaroch el Taumaturgo, el hombre más sabio y venerado de su época. Al abrirse las puertas quedó frente a él un hombre de barba y cabellera tan amplia que juntos formaban una amplia maraña alba que brillaba, dejando apenas espacio para sus pequeños ojos, vivos e incisivos, y una nariz prominente que seguía creciendo conforme pasan los siglos.
–Hace tiempo que el maestro no puede oír bien. Acérquese para que sus palabras lleguen nítidas hasta él –le recomendó un sabio que procedía de Micenas, dispuesto a dejar testimonio de la entrevista, untando con pintura una varilla tallada con delicadeza.
–Sea bienvendo a mi Logia, Unar de Sumeria –saludóle Nacaroch el Taumaturgo apenas se postró a sus pies–. El viento nos ha traído su fama en el campo de la astrología. No es precisamente una revolución cognoscitiva afirmar que los astros que yacen colgados en el firmamento son de forma esférica, pero que nuestro mundo también lo sea y lo considere el punto magnético que sirve de eje al universo, sí que me parece novedoso.
–Tengo conocimiento, su eminencia, que los sabios de esta Logia no refutan mi teoría y andan tras la fórmula matemática que les permita medir su circunferencia con exactitud. ¿No estuvo entre vosotros Tutmatsis de Sakkara, aquel que supo medir la distancia que existe entre la Tierra y el Sol?
–El mundo es redondo y todos vivimos encima de él. Si nos acercáramos a los bordes, caeríamos al infinito. ¿O acaso tiene otra explicación de por qué no nos caemos de cabeza?
–Lo que yo intento demostrar con mi teoría es...
–No pierda tiempo en explicaciones que no vienen al caso y dígame el motivo de su visita.
–No vengo con rodeos, su eminencia, ya que nos queda tan poco tiempo para lo que debemos hacer. Si vengo a su presencia, máximo representante de la sabiduría, es para informarle que el conocimiento universal corre peligro. Ese es el vaticinio de las viseras del último carnero que ofrecí en holocausto y lo he trascrito en esta carta zodiacal que deposito en vuestras manos.
–¿Ha llegado desde tan lejos para hacerme partícipe de supercherías?
–Debería creerme y tomarme en serio. Los hombres sabios escuchan y dudan también. Le pido una fracción de su atención para narrarle lo que los astros me revelaron y quizá tengamos la oportunidad de evitar nuestra mutua destrucción.
–La destrucción es inevitable, Unar de Sumeria. Todo lo que se levantó. Todo lo que camina o se arrastra. Todo lo que sentimos, pensamos o proponemos... Todo se consume y se pierde en el olvido. ¿Qué recuerdos hay de las generaciones antediluvianas? ¿Qué sabemos de su ciencia, de su arte, de sus ideas? Sólo nos ha llegado la versión de que eran seres depravados y por eso fueron perseguidos y exterminados.
–Pero el hombre es capaz de revertir estos designios. El Destino puede ser corregido y podemos hacerle frente a los caprichos de los seres que, por naturaleza, son superiores a nosotros. He visto, su eminencia, a los dioses queriendo imponer el oscurantismo y la ignorancia y para ello destruirán esta Logia y la ciudad entera. Por eso ordene que todo ese conocimiento valioso que tienen almacenado, quede a buen recaudo. He visto que la hecatombe puede suceder hoy, mañana o, si tenemos suerte, dentro de siete días.
–Los dioses nos han venido arrebatando el conocimiento desde los albores del tiempo. Otrora, los hombres sabían vivir centurias sin conocer la decrepitud. Sabían dominar la materia. Sabían desprenderse y estar en dos lugares a la vez. Sabían construir máquinas que les permitían surcar los cielos y dominar los secretos del universo. Pero el pavor de que algún día seamos iguales a ellos, idearon un diluvio que anegara y arrasara con todo el conocimiento que había en la faz de la Tierra, con la intención de animalizar al hombre, volverlo dócil y llenarlo de temores.
–¡Pero defendamos lo que bien hemos aprendido! A mi pueblo lo quieren privar del arte de la predicción. A los egipcios de la ciencia del espacio. A los sabios del Indo la posibilidad de alcanzar la naturaleza divina...
–Estos vaticinios ya son de nuestro conocimiento, Unar de Sumeria. Y no lo niego, al principio tuve miedo de ser destruido, pero ahora ya acepté que me han vencido y mi tiempo ha concluido. ¿Usted sabe quien soy en realidad? Lo dudo porque es el secreto mejor guardado de la Logia del Supremo Conocimiento. He vivido muchas lunas escondido hasta que he sido delatado por mi soberbia y ahora vienen por mí. Yo no soy Nacaroch el Taumaturgo, soy el que tomó su lugar, su figura, su mujer y sus hijos y luego transformé su materia orgánica en piedra. Yo en realidad soy Semixatem, el último hijo de Semiaxas, la deidad que se dejó llevar por la lujuria y descendió de los cielos para cohabitar con las hijas de los hombres. Yo soy el último sobreviviente de la raza de los gigantes, aquella que fundó la Atlántida, una civilización avanzada que fue hundida y exterminada por el diluvio, pero no pudieron acabar conmigo. Permanecí innumerables jornadas dentro de una montaña, alimentándome de escorpiones, murciélagos y salamandras. De eso ya ha pasado mucho. ¿Podría creer que llevo novecientos sesenta y nueve años cumplidos? Usted debe ser un hombre de ochenta años que apenas superara la centuria y seguro el nivel de vida seguirá descendiendo y la raza humana se volverá decrépita a edad más temprana. Yo fui quien edificó la torre de Babel para demostrarle a los inmortales que el ingenio humano puede alcanzar metas insospechadas. Yo fui quien vagó por el mundo que, por supuesto, es redondo como usted sostiene, pero su ciencia ya está manchada por el oscurantismo al suponer que es el eje del universo. Yo he reclutado a los sabios y librepensadores más importantes que he encontrado en mi camino para levantar esta ciudad y por ende esta Logia del Supremo Conocimiento. Nuestra intención era cobijar a todo aquel peregrino que estuviese ávido de instrucción. Pero a poca distancia, los dioses alentaron la formación de otra ciudad y la llenaron de vicio y perdición para desviar a todos los que vinieran hasta nosotros y envilecieran su alma e intelecto con superfluos placeres. Así es como con el paso de los años nos hemos ido aislando y teniendo desconfianza de los extraños porque muchos han sido los que han intentado someternos, pero el dominio en el arte de la guerra de nuestros soldados acadios, nos ha permitido seguir en pie.
–¡Por eso mismo, su eminencia! Han sido mil años de lucha constante y no han podido derrotarlo. ¿Por qué ahora se rinde?
–Su eminencia –osa intervenir el sabio de Micenas–, ese es el sentimiento de todos y cada uno de los sabios que conforman esta Logia. Por favor, siga el consejo de Unar de Sumeria. Aún podemos darle batalla a las fuerzas de la ignorancia. Hasta vuestros oídos habrá llegado el rumor de que en Cnosos un centro de estudio similar al nuestro. Estoy seguro que recibirían con beneplácito el conocimiento que podamos ofrecerles.
–Entonces huyan y carguen todo lo que puedan llevar. El Egeo es un buen lugar, pues por mucho tiempo estará en manos de Zeus, una deidad pecaminosa, pero tolerante y muy amante de las artes. En Canaán ya no queda más por hacer. Estaba escrito que esta franja de tierra sería dominada por una plebe mezquina y miserable como ninguna. Diferente cuando era de Baal, pero ahora le pertenece a Yahvé y él es enemigo de la erudición, por eso condenó a sus criaturas cuando comieron el fruto del árbol de la ciencia.
–Pero su eminencia, nosotros no somos nada sin vuestra sabiduría. No sea testarudo y acompáñenos –insistió el micénico.
–No se aflijan que sabrán sobrevivir sin mí y mis enseñanzas siempre os acompañarán. El tiempo de la raza de los gigantes ya se ha cumplido, como también se cumplirá el tiempo de la raza humana y dará paso a otra. Soy sobreviviente de algo que hace mucho debió extinguirse y no voy a rehuir más a mi destino...
Y ahí terminó la entrevista con Semixatem o quien se hacía llamar Nacaroch el Taumaturgo. En los días que se sucedieron, se organizaron caravanas hacia la costa, cargadas no sólo con artefactos de medición y manuscritos, sino también con objetos de oro y plata para comprar o rentar embarcaciones que los llevasen hasta la isla de Creta. Sin embargo, fueron muy pocas las que llegaron a su destino. Las que no fueron asaltadas por las hordas del mar, sucumbieron por el mal tiempo del Mediterráneo.
Unar de Sumeria persistió en quedarse hasta el final. Sin tomar atención en los maravillosos objetos que eran desmantelados y los extraños saberes que podían haberle confiado, se empecinó en que el máximo sabio le revelase la posibilidad de visionar más allá del espacio y del tiempo, incluso más allá de la vida y la muerte. Mas Nacaroch el Taumaturgo se negó a compartir sus saberes y se encerró en sus aposentos y aguardó con serenidad el encuentro con sus contemporáneos y ancestros.
Cuando Unar se animó a salir de la ciudad, casi de inmediato el cielo se tiñó de rojo y el aire se hizo azufre. La destrucción lo alcanzó al subir la ladera y más muerto que vivo, la inercia le haría caminar hasta darle el encuentro al anciano y sus hijas, únicos sobrevivientes de la ciudad vecina, la ciudad del pecado, destruida por los mismos objetos voladores que eran tripulados por seres cuya ciencia les enseña a crear vida y también devastación.
Esta versión de los días finales de Sodoma y Gomorra permaneció viva hasta la destrucción del pueblo de los ammonitas y cayó en el olvido, hasta que en 1767, un beduino le vendió a Lord Bolingbroke un papiro antiquísimo que daba testimonio de estos hechos.
El papiro continúa en poder de algún descendiente de Lord Bolingbroke hasta hoy.
Enero 1996
A la muerte de Luis XVIII en 1824, su hermano Carlos X siguió la antigua tradición de los reyes de Francia y se hizo coronar en Reims. Al poco tiempo, el nuevo monarca se propuso enmendar los exabruptos que la revolución había ocasionado en los últimos treinta y cinco años. A la supresión de la libertad de prensa, las reformas de las leyes electorales y la posterior disolución del Parlamento, se aunaba un pacto de palabra en la que el clero pronto recuperaría su posición privilegiada en la escena política de la nación.
Conocedor de mi fiel vocación al servicio de Dios, el cardenal me encomendó erradicar las ideas heréticas de los albigenses y otros oscuros predicadores que se aprovechaban de la ignorancia de la plebe para profanar las palabras de nuestro Señor a lo largo de los Pirineos. Al hallarme en Burdeos, fue arrestado y llevado a mi presencia, un blasfemo que se hacía llamar Volteron –en alusión a François Marie Arouet– que pregonaba a viva voz que María Magdalena había sido esposa de Jesucristo, que tras la crucifixión huyó y se refugió en el sur de Francia y que su descendencia había dado origen a la dinastía merovingia.
Azotado y obligado a abjurar de sus apostasías, el hereje confesó que él no era más que difusor de lo que había aprendido de una comunidad clandestina en Carcasona a la que se negó delatar. Para menguar su castigo, me aseguró que su predica no combatía al catolicismo y que creía en Cristo como salvador de la humanidad; pero también aceptaba como verdad que Cristo hecho carne, se enamoró y se casó, según la tradición judaica de su tiempo, y nunca predicó ni recomendó el celibato por ser contrario a la voluntad divina de “Creced y multiplicaos”.
Gracias a los poderes conferidos y pactados con la autoridad civil, Volteron fue condenado a muerte por el delito de atentar contra el patrimonio de la Iglesia, al pintar en paredes de templos y conventos, mensajes que subvierten la Fe. Sin embargo, un sacerdote de apellido Chaminade, que acababa de fundar una congregación bajo el nombre de la sagrada Virgen, intercedió por él y sostuvo que la demencia no era suficiente motivo para acabar con la vida de un reo.
–Hace mucho que conozco a este individuo y puedo aseverar que su móvil no es destruir a la Iglesia Católica como institución. Este hombre lo que padece es pena por un amor no correspondido.
Chaminade lo tomó con ternura y levantó su rostro poblado de una barba encanecida y marchita, quedando sus ojos ante mí.
–Deja el disfraz de Volteron el blasfemo y deja que hable el joven Aristide Duchamp que yo conocí. Cuéntales de aquel invierno, en los lejanos días de la revolución, cuando una historia de amor quedó plasmada en los cuadernos de tu memoria…
No recuerdo cuán larga fue la distancia que recorrí. Llevaba la pierna desgarrada, a merced del frío, dejando un rastro de sangre en la gruesa capa de nieve. Mi andar se tornaba cansino a medida que sentía mis huesos entumecidos, mis músculos acalambrados y mis pies húmedos y adoloridos. Ante mis ojos sólo hallaba uno que otro árbol raquítico en medio de tanta desolación, lo que minaba mis fuerzas y mi resistencia. Mi cabeza giraba y un intenso desgano me decía que seguir era en vano. La invitación a desplomarme, quizá para siempre, ya no me parecía dramática, sino más bien placentera y sin darme cuenta mi cuerpo se dejó caer y lo último que sentí fue el beso que mi rostro recibió de la nieve. “¡Qué venga la muerte!”, me dije sin ninguna angustia, aguardando que su encuentro no sea lento ni doloroso.
Sumido en la inconsciencia, no sé por cuánto tiempo, en mi mente revolotearon imágenes lozanas de mi adolescencia, época dorada de mi vida, en la que no conocía de lamentos y sufrimientos. Envuelto en ese estado onírico, qué ganas sentía de romper a gritar, de amar, de seguir cabalgando por la vida…
–Dios te salve, María. Llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
¡Vaya! Escuchaba palabras. Parecía que lejos de lo sostenido por Voltaire, sí existe una ciudad de Dios en donde confluyen todas las plegarias que le hacen a la madre de la cristiandad. Presté más atención y distinguí voces femeninas, demasiado guturales para ser angelicales. Las sentí acercarse. Cada vez más. Quise entonces arrepentirme por haber vivido una vida disipada y por haberme burlado de lo que los sacerdotes predicaban. Todo era tan oscuro y las oraciones me seguían llegando; mientras yo anhelaba darle el encuentro al más allá. La espera era una angustia. Una cruel tortura. ¡Qué frío sentía! Sabía que estaba temblando. Sentía mis dientes tiritar.
–…Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La monotonía de las oraciones hizo que se agudizaran mis sentidos y a lo lejos percibí una luz. Sí, ¡una luz! Mis ojos se abrían y pude sentir que mi cuerpo temblaba y a la vez que un hormigueo carcomía mi muslo izquierdo. ¿Acaso estaba vivo? No lo podía precisar. Quizá entre la muerte y la vida no existían diferencias. Todo era tan borroso a mi alrededor y de pronto pude notar que una sombra se me acercaba. ¿Sería San Pedro o Caronte el que venía por mí? ¡Dios!; quería que esos rezos infernales cesaran de una vez. Mis nervios estaban a punto de estallar.
–Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
De repente la sombra tomó la forma de silueta humana y el temor que embargaba mi corazón se desvaneció al contemplar tanta belleza reunida en un solo rostro. Se trataba de una chiquilla que debía haber superado la pubertad hace pocos calendarios. ¿Estaba vivo o sería la seráfica criatura que me conduciría a las esferas celestiales?
–¿Cómo se siente? –me preguntó con pía dulzura, tanta que mi pecaminosa conducta no se la merecía. Yo no le supe responder. Mis ojos no dejaban de contemplarla y una lágrima gruesa corrió por mi cara al hacerme la idea de que en verdad estaba vivo. “¡Gracias, Dios mío! ¡Vivo!” Las plegarias llegaban a su fin y podía saborear el sabor del silencio.
Traté de incorporarme pero el agudo dolor en el muslo me lo impidió.
–Por favor, no se agite y quédese tranquilo –me dijo pidió y a mí me encantó notarla divinamente preocupada, quizá porque nunca había notado un gesto de preocupación tan espontáneo hacia mí, o porque quizá me recordaba a la preocupación que sentía la esposa de mi tío Baptiste al saberle en prisión y era su fuerza para seguir adelante…
–¿En dónde estoy?
–En el convento de las hermanas Clarisas en Burdeos.
–¡Burdeos! –me dije. Sabía que había caminado mucho pero no me imaginaba tanto.
–Gracias a Dios lo encontramos. Estaba a punto de sucumbir en la nieve –me dijo al tocar mis pómulos y constatar que seguían ardiendo por la fiebre.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Desde ayer en la tarde… Ahora quédese quieto.
Su mano trató de retirarse de mi cara pero yo la atrapé en el aire y conseguí que sus dedos se entrecruzaran con los míos. Ella me miró asustada, como si se sintiese profanada. Intentó desligarse pero yo no se lo permití.
–¿Qué desea de una humilde esclava de Dios, señor? La pobre tenía miedo de mí. Se podía leer en su mirada inocente. Yo, sin soltarle la mano, levanté mi rostro casi hasta poder respirar su aliento.
–Sólo deseo que no me abandones y te quedes cerca. Siento mucha angustia dentro de mí y no creo resistir la soledad.
Ella inclinó su rostro ante mis palabras, pero cuando lo volvió a levantar, su semblante había cambiado y luchaba por desdibujar la sonrisa que se había posado en sus labios.
–No se preocupe, no lo haré –me respondió con la dosis de alegría que mi corazón necesitaba.
–No me dejes nunca… –le murmuré con suavidad, antes de cerrar los ojos y borrar de mí las huellas del dolor o la preocupación.
Al remover mi cabeza en el almohadón, me llegó la voz de mi madre que me advertía cada vez que tomaba una sirvienta y la despreciaba cuando obtenía de ella lo que quería: “Cuídate del amor que cuando llega, no conoce de clases ni condiciones…”
–¡Murió Luis XVI! ¡Murió Luis XVI! –repetía una de las religiosas lo que había oído de boca del despensero, por los pasillos del convento. La noticia no habría causado mayor revuelo entre esas mujeres dedicadas a Dios, sino fuera porque en esos días aciagos para el clero y la nobleza, era de vital importancia estar al tanto de lo que sucedía en la escena nacional. Parecía que esos malditos iban a destruir el mundo que habíamos construido con el filo de la guillotina.
Desde la ventana de mi habitación, que tenía una visión privilegiada del lugar, contemplé a las monjas dejando sus diarios quehaceres y congregándose alrededor de la pileta del patio principal para informarse, con lujo de detalles, de la mala novedad.
–¡Ya se levantó de nuevo! –me regañó mi novicia favorita apenas ingresó a la habitación con una bandeja que contenía una jarra de leche fresca de cabra y varios panecillos recién salidos del horno.
–Pasar las horas metido en una cama es como morir de a pocos.
–Veo que su pierna ya está mejor –me dijo al dejar la bandeja en el velador.
–Sí; la pierna la siento mejor pero por tu culpa siento que se muere mi corazón –le respondí al tomarle de la cintura.
–Por favor, no… –me dijo sin darme la cara, temiendo por mi fallido intento de robarle un beso como la vez pasada.
En la semana que había cumplido recluido en ese convento me había encargado que entre nosotros no existieran más formalismos clericales y mis manos se habían permitido rozar su piel. Esperaba con sinceridad que ella cometiera el sacrilegio de amarme y que sus votos a Dios no reprimieran su corazón.
–Quiero que entiendas que en verdad te amo.
–Por favor, señor, deje de insistir –me respondió con voz temblorosa, intentando escaparse de mí– Mi corazón está lleno de Dios, ¿en dónde podría haber cabida para vuestro amor?
–Yo no soy sino tú la que debes liberarte de tus complejos. No puede existir Dios tan perverso en el Universo que prohíba a sus hijas a amar y ser amadas –¡Yo no lo acepto! –le dije tajante mientras la tomaba de los hombros, ocasionando que palideciera y abriera los ojos al máximo.
–¡Suélteme, señor! –me suplicó y yo no le hice caso.
Tras un fugaz forcejeo, mis labios buscaron los suyos y sintieron un profano placer al desvirgarlos. Qué delicia fue posarme en ellos. Sentirlos humedecer en su primer contacto con el amor. Suavemente los fui entreabriendo con el cadencioso movimiento de mi boca. Ella hizo un último intento por desligarse, pero mis brazos la obligaron a adoptar una actitud más dócil, trastocando los forcejeos por devaneos. Fue un momento que me transportó al estado más puro y completo de la felicidad. Al cabo de los segundos nos fuimos desuniendo y mis ojos buscaron los suyos. Había un nuevo brillo en su forma de mirar.
–Juro que te amo como nunca he amado a nadie. Prométeme que dejarás los hábitos y te unirás a mí para siempre –le pedí al rozar su frente con mis labios. Ella inclinó la cabeza y la escondió en mi pecho. Mis dedos buscaron su mentón y levanté su rostro con suma delicadeza. Temblé cuando vi lágrimas recorriendo sus mejillas.
–Tengo mucho miedo, señor.
–Anda, tontita mía. Estoy seguro que Dios igual te seguirá amando si a mí me entregas tu vida.
Ella esbozó una sonrisa de compromiso y dejó que su frágil anatomía fuera cubierta por mis brazos. Dios no podía guardarme rencor por robarme de su harén a la más bella de sus esclavas.
Los primeros rayos del débil sol de invierno y el cotidiano cacareo de las aves de corral eran mi cotidiano despertar en ese ambiente monástico. Desde mi ventana todo se veía vestido de blanco y me brindaba de la paz necesaria para razonar y reflexionar. Mi alma estaba en completa armonía con la vida. Nunca antes había sentido algo parecido. Mientras tanto, mi pierna mejoraba gracias a los cuidados de mi dulce amor. Ya casi podía caminar y el dolor era soportable. Sabía que mi hora de partir se aproximaba, que era hora de darle el encuentro a mi familia que ojalá no hubiese encontrado impedimentos para cruzar los Pirineos y llegar a salvo a su destino. Ardía en deseo de presentarles a mi dulce amada aunque no la notara muy decidida a dejar su noviciado. “¡Haz caso de lo que dicta tu corazón!”, le repetía una y otra vez, pero ella me respondía con una actitud dubitativa que llegaba a exasperarme.
Una mañana, mis cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes secos a la puerta. Con la intención de ponerle todo en claro a mi amada, erguí mi dorso en el espaldar de la cama y... grande fue mi sorpresa al ver a la madre superiora en compañía de un hombre alto, delgado y de rostro sereno y cansado.
–Señor Duchamp, le presento al padre Joseph Guillaume Chaminade. Ambos compartirán la habitación por unos días –me dijo esa mujer bajita, rechoncha y de voz mandona.
Al estrechar nuestras manos, dejamos entrever una futura empatía, impulsada por su mirada franca y su sonrisa fraternal.
La madre superiora, después de darle algunas indicaciones al sacerdote, se despidió deseándonos un buen día. El padre dejó pasar unos minutos y cuando creyó oportuno, se desvistió con pudorosa lentitud. Al quedar la parte superior de su cuerpo despojada de prendas, pude notar el grueso vendaje que cubría su hombro derecho.
–¿Problemas con la Revolución? –le pregunté al mismo tiempo que contrarrestaba el frío envolviéndome entre las frazadas.
–Así es, hijo mío, la situación es terrible. Somos impávidos testigos de una vesania que está convirtiendo a la nación en una carnicería –me respondió, mientras se preparaba para cobijarse en la cama.
Hubo un incómodo silencio que el mismo se encargó de romper cuando ya me daba la sensación de que se había quedado dormido
–¿Y usted por qué se refugia en este convento?
–Por el odio que mi familia y la de los Jospin se han prodigado por generaciones.
–¿Jospin? ¿Familia de Marcel Jospin el diputado?
–Exacto. Nos odiamos desde el siglo XVI, ¿sabe? Desde la llamada guerra de los Tres Enriques. Duchamp es mi apellido y en ese tiempo mis ancestros se mantuvieron fieles a la fe protestante y el rey Enrique IV les hizo entrega de las tierras que habían pertenecido a los Jospin, fieles a la causa católica de Enrique de Guisa. Han pasado doscientos años y ellos han persistido en reclamar nuestras tierras como si fuesen propias; hasta que Marcel Jospin, valiéndose de su cargo y su influencia con los jacobinos, injurió a mi padre y lo acusó de confabular contra la Revolución. Con pocas voces abogando por él, la Convención votó por su encarcelamiento y la expropiación de todas nuestras propiedades.
–¿Y cómo llegó hasta aquí?
–Aún no lo sé. Antes que la Convención emitiera su fallo, mis padres y mis hermanas prepararon la huida a España, a la casa de unos familiares en Cantabria. Como único hijo varón, mi padre me encomendó que supervisara que todos nuestros objetos de valor fueran embalados. Pero no tuve tiempo para nada. La Guardia Nacional irrumpió en la casa y si no fuera porque algunos leales empleados les hicieron frente, de seguro me hubieran apresado. Yo logré escapar al saltar de una ventana, pero me desgarré el muslo con la punta de la baranda. No me quedó más que reponerme al dolor y salir de la propiedad. Sé que perdí mucha sangre así que fue un milagro que llegara hasta aquí.
–Pues prepárese a huir de nuevo. La Guardia sigue a la caza de nobles y sacerdotes prófugos y andan husmeando en templos y conventos. Dentro de un día o dos partiré a Bayona donde unos amigos míos han prometido ampararme y creo que usted no tiene más elección que acompañarme. Si lo hallan aquí está muerto.
–¿Y por qué persiguen a los sacerdotes con tanto encono?
–No persiguen a todos, sólo a los que se negaron a jurar obediencia a la Constitución civil del Clero. Yo sólo le juré obediencia a las leyes de Dios. A nada más…
Fueron las últimas palabras que cruzamos. El padre perdió la batalla contra el cansancio y quedó profundamente dormido. Yo respeté su descanso e hice silencio. Pensaba que había llegado el momento de presionar y exigir una respuesta.
Esa misma tarde seguí a mi amada novicia sin que se percatara, hasta llegar a lo alto de la torre del convento. Nunca notó mi presencia por hallarse ensimismada, como si no quisiera formar parte de todo lo que la rodeaba.
–¿Por qué no entraste a misa? Sé que hace tiempo no participan de una –le dije apenas me coloqué a unos metros, tratando de hacerla retornar de sus pensamientos.
–No tengo ánimos de escuchar sermones –me respondió con inusual agresividad.
–Te noto distante. ¿Qué te pasa?
–Estoy confundida y todo por vuestra culpa. Me siento impura y no puedo entrar a la capilla y mirarle la cara a nuestro Señor. Ya no estoy segura de lo que quiero. Ya no estoy segura de nada.
–Yo sí estoy seguro de algo –le dije al tomarla con tenacidad de los brazos–. Ya no quiero que rindas pleitesía a nada ni a nadie. Sólo que me ames a mí y me adores. Quiero que el amor que profeso por ti lo conviertas en una doctrina.
Ella, acorde con el ambiente que nos rodeaba, adoptó una postura de hielo, como si mis palabras no tuviesen importancia. Picado por ello quise besarla y ni siquiera, como en otras ocasiones, puso resistencia a que mi boca se juntara con la suya; todo el tiempo suficiente para darme cuenta que no me deseaba corresponder.
Al separarnos quise entenderla. Profundice mi mirada en la suya pero la encontré más inexpresiva que nunca, ocasionando que se ahondara mi angustia. Quizá al presionarla yo mismo provocaba su rechazo así que decidí darle tiempo y me alejé de ella. Apoyé mis palmas en el borde de piedra e imité su estado contemplativo al perder mi mirada en el paisaje mortecino cubierto por la nieve. Al fondo se divisaban granjas, un camino por el que transitaba un carruaje cargado de heno y, entre los árboles desnudos, un grupo de uniformes azules marchando hacia el convento.
–¡Es la Guardia Nacional! ¿Los ves? –exclamé y mi novicia volvía a la vida y me daba la razón. Aguijoneado por el temor de verlos tan cerca, la tomé de la mano y bajé las gradas lo más rápido que pude, pero ella me soltó antes de llegar al patio. Sin detenerme a mirarla, yo seguí corriendo hasta ingresar a la capilla. El escándalo que ocasioné al pisar las baldosas obligó a que todas las miradas se posaran en mí.
–¡La Guardia Nacional! ¡Se acerca la Guardia Nacional! –exclamé apenas recobré el aliento y el pánico y la preocupación pareció adueñarse de los presentes.
Tuvo que ponerse la madre superiora de pie y subirse al altar para que su voz de mando prevaleciera y devolviera la quietud en la capilla.
–¡No hay nada que temer! Nuestra congregación goza de influencia en la Convención y nadie puede ingresar al convento así nomás.
–¿No será muy riesgoso para vosotras, madre? –preguntó el padre Chaminade sin que disminuya la ecuanimidad de su semblante.
–No se preocupe, padre, que buena soy yo para permitir que un blasfemo asome sus narices por aquí sin mi consentimiento –respondió la superiora.
Acto seguido, le indicó a dos monjas que la custodiaran hasta el pesado portón principal. Al ordenar que lo abrieran, su figura pequeña y rechoncha, pero con las manos en la cintura y la barbilla altiva, parecían suficientes para hacerles frente a diez oficiales montados a caballo. Todos desaseados y con los uniformes hechos una lástima.
–Buenas tardes, madre –saludó el que llevaba más galardones en su chaqueta desteñida–. Soy el capitán Mairesse y estoy a cargo de aprehender al padre Joseph Guillaume Chaminade. Sabemos que merodea por estos lugares y queremos saber si…
–¿Si es que está aquí, capitán? –cortó la superiora con tono de desafío– ¡Pues no está! Y le queda advertido que les está prohibido el ingreso.
–Lo siento, madre, pero debo cumplir con mi deber y…
–¡Atrévase a poner un solo pie dentro del convento y le aseguro que será destituido en menos de lo que se imagina! Por si no conoce de nuestras influencias, sepa que yo soy amiga personal del diputado Blachard y del mismísimo Robespierre. Una epístola mía y le aseguro que mañana estará tras las rejas por abuso de autoridad.
Escuchar el apellido de quien se hacía llamar «El Incorruptible» en la Francia del Terror, hizo que el capitán Mairesse no forzara su ingreso en el sacro recinto y diera media vuelta. Mejor informarse bien antes que poner en riesgo su carrera militar.
–Está bien, madre, nos vamos pero volveremos con una autorización firmada por nuestros superiores en Burdeos. Allí no habrá bravuconadas que valgan.
–Lo espero con los brazos abiertos, capitán –respondió la superiora con sarcasmo e incluso se despidió agitando la mano. Se sabía ganadora de la confrontación pero consideró cauto tomar las acciones para no conceder ninguna revancha.
–¡Apuraos que la Guardia no tarda! –exclamó la superiora apenas el padre Chaminade abrió la puerta de la habitación y yo finalizaba de rasurar mi barba de varios días.
Las monjas que la acompañaban no pudieron disimular sus risas burlonas por nuestra apariencia y el padre, afirmándose la toca en la cabeza, se reía también. De seguro que nos veíamos ridículos vestidos con hábitos femeninos pero no teníamos muchas alternativas para tomar el camino a Bayona.
–Desde los tiempos en que cuatro cátaros huyeron del asedio de Montségur, el sur de Francia no había conocido una fuga más descabellada –bromeó Chaminade, interrumpiendo sin querer las indicaciones de la madre superiora.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y hará que la luna ilumine el camino hasta los viñedos de Saint Pierre. Allí buscarán al señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y confío que el brillo de la luna iluminará el camino hasta llegar a los viñedos de Saint Bertrand. Allí preguntarán por el señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
Al descender por las escaleras y abrirse las puertas traseras del convento de par en par, sólo hubo tiempo para despedirse de tanta atención con un abrazo y un “vayan con Dios”. La caravana conformada por los dos y ocho monjas, entre ellas mi amada novicia, partió rumbo al bosque, mientras empezaba a oscurecer y un tétrico ventarrón sacudía nuestras vestimentas.
–Aún queda luz para leer el misal –sugirió el padre y todos ocultamos la mirada en el libro que llevábamos entre las manos. De reojo observé a mi novicia y me pregunté si volvería a reaccionar mal si le dirigía la palabra. Faltaba mucho para llegar al bosque o quizá faltaba poco si quería lograr que abriera los ojos.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó el padre y todos levantamos la mirada, contagiándonos de inmediato de su lívida expresión.
Desde la colina un oficial de la Guardia Nacional, obeso y de aspecto desagradable, se acercó a nosotros con talante amenazador, armado de un mosquete provisto de una bayoneta larga y filosa. Si la presa del capitán Mairesse estaba entre las paredes del convento, no dejaría que se escapara fácilmente, por ello apostó a un custodio en cada una de las puertas.
–¡Deteneos, hermanas! –nos ordenó apenas estuvo a suficiente distancia–. El clima no está como para pasear por el bosque.
Al llegar hasta nuestra posición, el oficial nos golpeó con el insoportable aliento etílico que emanaba y se puso a pasar revista a las monjas que iban delante de nosotros. Al contemplar a mi ángel divino, sus ojos se desorbitaron de gusto y con brusquedad la tomó de un brazo y la atrajo hacia él.
–¿Cómo te llamas, pequeña? El hábito que llevas poco favor le hace a tu belleza.
–Déjeme, señor, se lo suplico –le pidió quebrándose de temor.
Mas ese patán, en vez de conmoverse, se enardeció aún más e impregnó los labios de mi amada con su saliva asquerosa, haciéndome hervir la cabeza en una mezcla de furia e impotencia. No sé de cuánto tiempo se valió para ejecutar su infamia, pero me parecieron interminables y me carcomía la indecisión de tener o no tener la suficiente distancia para arremeter en contra del profanador.
–Búscame si deseas que alguien te enseñe a besar –le dijo al dejarla de lado con un fuerte empujón que la devolvió a la hilera y continuó su revisión.
Pasó por otra monja que le atrajo y quiso besarla, pero al mostrarle resistencia la dejó de lado. Llegó hasta la que estaba delante de mí y, finalmente, se quedó observándome, primero con duda, luego con una certeza que lo delató y no me quedó más remedio que luchar por mi vida. Antes que pudiera alzar su mosquete, me abalancé hacia él y colisioné su rostro con mi frente, haciéndolo tambalear y soltar su arma. Sin embargo y a pesar que le había reventado las fosas nasales y la sangre le caía a borbotones, el oficial se recuperó casi de inmediato y quiso desenvainar el sable que llevaba a la cintura. Yo colisioné mis puños en su abdomen y al inclinarse tomé sus cabellos y dirigí su cabeza hacia mi rodilla, impactándole de nuevo en la cara.
El desgraciado ya no pudo enfrentarme. Estiró inútilmente los brazos con la intención de impactarme, pero se derrumbó en la nieve, entre un mar de maldiciones. Entonces yo tomé su mosquete y dirigí la punta de la bayoneta hacia su cuello. Quise que pagara con su vida el ultraje que había sufrido mi amada y Francia entera a manos de animales como él.
–No manches tus manos con sangre, muchacho –me pidió el padre Chaminade acercándose a mí. Mas ciego por la ira, hice caso omiso de sus palabras.
–Aristide, por favor… –me lo solicitó ella, pronunciando mi nombre por primera y única vez. Sus manos se posaron en mis brazos y apaciguaron mi ira. Al mirarla no pude evitar atender su pedido de piedad y dejé que el arma cayera en la nieve.
–Ya oscureció y es peligroso que permanezcan aquí –les dijo el padre al grupo de religiosas–. Vuelvan al convento que el señor Duchamp y yo podemos proseguir solos.
Despidiéndose rápidamente las monjas de nosotros, el padre se despojó del hábito y tomó dirección al bosque y me invitó a seguirlo con una seña. Sin embargo, yo corrí hacia mi novicia y la tomé del brazo.
–Vamos, ven conmigo –le rogué y ella apenas si levantó la mirada para verme.
–A Dios le hice la promesa de darle mi vida entera –fue su respuesta y yo, lleno de desesperación, intenté retenerla pero ella logró soltarse de mis brazos y a paso raudo se alejó de mí, buscando protección entre sus compañeras. Yo me quedé un buen rato observándola en la oscuridad, hasta que desapareció tras las puertas del claustro que ella había elegido para vivir y morir.
–¡Hey, Aristide! –me llamó el padre Chaminade a pocos metros para internarse en el bosque, comprendiendo pero fingiendo no comprender la aflicción que me invadía.
Lentamente di la media vuelta y seguí mi camino. Los años han transcurrido y mi amor por ella no ha disminuido. He vagado por estas regiones con la terca esperanza de que mis palabras trasciendan las paredes de ese convento, pero hasta hoy mis intentos han sido infructuosos…
Atendido el pedido de clemencia del padre Chaminade, la vida de ese miserable fue perdonada y dejada en libertad bajo la promesa solemne de no insistir en la propagación de sus ideas heréticas. Años después, a principios de 1830, el obispo de Burdeos me informó de su deceso y de su sepelio al que asistió el siempre bienintencionado Chaminade, un par de frailes de su cofradía y Marie Draganac …madre superiora del convento de las clarisas.
Junio 1989
Conocedor de mi fiel vocación al servicio de Dios, el cardenal me encomendó erradicar las ideas heréticas de los albigenses y otros oscuros predicadores que se aprovechaban de la ignorancia de la plebe para profanar las palabras de nuestro Señor a lo largo de los Pirineos. Al hallarme en Burdeos, fue arrestado y llevado a mi presencia, un blasfemo que se hacía llamar Volteron –en alusión a François Marie Arouet– que pregonaba a viva voz que María Magdalena había sido esposa de Jesucristo, que tras la crucifixión huyó y se refugió en el sur de Francia y que su descendencia había dado origen a la dinastía merovingia.
Azotado y obligado a abjurar de sus apostasías, el hereje confesó que él no era más que difusor de lo que había aprendido de una comunidad clandestina en Carcasona a la que se negó delatar. Para menguar su castigo, me aseguró que su predica no combatía al catolicismo y que creía en Cristo como salvador de la humanidad; pero también aceptaba como verdad que Cristo hecho carne, se enamoró y se casó, según la tradición judaica de su tiempo, y nunca predicó ni recomendó el celibato por ser contrario a la voluntad divina de “Creced y multiplicaos”.
Gracias a los poderes conferidos y pactados con la autoridad civil, Volteron fue condenado a muerte por el delito de atentar contra el patrimonio de la Iglesia, al pintar en paredes de templos y conventos, mensajes que subvierten la Fe. Sin embargo, un sacerdote de apellido Chaminade, que acababa de fundar una congregación bajo el nombre de la sagrada Virgen, intercedió por él y sostuvo que la demencia no era suficiente motivo para acabar con la vida de un reo.
–Hace mucho que conozco a este individuo y puedo aseverar que su móvil no es destruir a la Iglesia Católica como institución. Este hombre lo que padece es pena por un amor no correspondido.
Chaminade lo tomó con ternura y levantó su rostro poblado de una barba encanecida y marchita, quedando sus ojos ante mí.
–Deja el disfraz de Volteron el blasfemo y deja que hable el joven Aristide Duchamp que yo conocí. Cuéntales de aquel invierno, en los lejanos días de la revolución, cuando una historia de amor quedó plasmada en los cuadernos de tu memoria…
No recuerdo cuán larga fue la distancia que recorrí. Llevaba la pierna desgarrada, a merced del frío, dejando un rastro de sangre en la gruesa capa de nieve. Mi andar se tornaba cansino a medida que sentía mis huesos entumecidos, mis músculos acalambrados y mis pies húmedos y adoloridos. Ante mis ojos sólo hallaba uno que otro árbol raquítico en medio de tanta desolación, lo que minaba mis fuerzas y mi resistencia. Mi cabeza giraba y un intenso desgano me decía que seguir era en vano. La invitación a desplomarme, quizá para siempre, ya no me parecía dramática, sino más bien placentera y sin darme cuenta mi cuerpo se dejó caer y lo último que sentí fue el beso que mi rostro recibió de la nieve. “¡Qué venga la muerte!”, me dije sin ninguna angustia, aguardando que su encuentro no sea lento ni doloroso.
Sumido en la inconsciencia, no sé por cuánto tiempo, en mi mente revolotearon imágenes lozanas de mi adolescencia, época dorada de mi vida, en la que no conocía de lamentos y sufrimientos. Envuelto en ese estado onírico, qué ganas sentía de romper a gritar, de amar, de seguir cabalgando por la vida…
–Dios te salve, María. Llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…
¡Vaya! Escuchaba palabras. Parecía que lejos de lo sostenido por Voltaire, sí existe una ciudad de Dios en donde confluyen todas las plegarias que le hacen a la madre de la cristiandad. Presté más atención y distinguí voces femeninas, demasiado guturales para ser angelicales. Las sentí acercarse. Cada vez más. Quise entonces arrepentirme por haber vivido una vida disipada y por haberme burlado de lo que los sacerdotes predicaban. Todo era tan oscuro y las oraciones me seguían llegando; mientras yo anhelaba darle el encuentro al más allá. La espera era una angustia. Una cruel tortura. ¡Qué frío sentía! Sabía que estaba temblando. Sentía mis dientes tiritar.
–…Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
La monotonía de las oraciones hizo que se agudizaran mis sentidos y a lo lejos percibí una luz. Sí, ¡una luz! Mis ojos se abrían y pude sentir que mi cuerpo temblaba y a la vez que un hormigueo carcomía mi muslo izquierdo. ¿Acaso estaba vivo? No lo podía precisar. Quizá entre la muerte y la vida no existían diferencias. Todo era tan borroso a mi alrededor y de pronto pude notar que una sombra se me acercaba. ¿Sería San Pedro o Caronte el que venía por mí? ¡Dios!; quería que esos rezos infernales cesaran de una vez. Mis nervios estaban a punto de estallar.
–Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
De repente la sombra tomó la forma de silueta humana y el temor que embargaba mi corazón se desvaneció al contemplar tanta belleza reunida en un solo rostro. Se trataba de una chiquilla que debía haber superado la pubertad hace pocos calendarios. ¿Estaba vivo o sería la seráfica criatura que me conduciría a las esferas celestiales?
–¿Cómo se siente? –me preguntó con pía dulzura, tanta que mi pecaminosa conducta no se la merecía. Yo no le supe responder. Mis ojos no dejaban de contemplarla y una lágrima gruesa corrió por mi cara al hacerme la idea de que en verdad estaba vivo. “¡Gracias, Dios mío! ¡Vivo!” Las plegarias llegaban a su fin y podía saborear el sabor del silencio.
Traté de incorporarme pero el agudo dolor en el muslo me lo impidió.
–Por favor, no se agite y quédese tranquilo –me dijo pidió y a mí me encantó notarla divinamente preocupada, quizá porque nunca había notado un gesto de preocupación tan espontáneo hacia mí, o porque quizá me recordaba a la preocupación que sentía la esposa de mi tío Baptiste al saberle en prisión y era su fuerza para seguir adelante…
–¿En dónde estoy?
–En el convento de las hermanas Clarisas en Burdeos.
–¡Burdeos! –me dije. Sabía que había caminado mucho pero no me imaginaba tanto.
–Gracias a Dios lo encontramos. Estaba a punto de sucumbir en la nieve –me dijo al tocar mis pómulos y constatar que seguían ardiendo por la fiebre.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Desde ayer en la tarde… Ahora quédese quieto.
Su mano trató de retirarse de mi cara pero yo la atrapé en el aire y conseguí que sus dedos se entrecruzaran con los míos. Ella me miró asustada, como si se sintiese profanada. Intentó desligarse pero yo no se lo permití.
–¿Qué desea de una humilde esclava de Dios, señor? La pobre tenía miedo de mí. Se podía leer en su mirada inocente. Yo, sin soltarle la mano, levanté mi rostro casi hasta poder respirar su aliento.
–Sólo deseo que no me abandones y te quedes cerca. Siento mucha angustia dentro de mí y no creo resistir la soledad.
Ella inclinó su rostro ante mis palabras, pero cuando lo volvió a levantar, su semblante había cambiado y luchaba por desdibujar la sonrisa que se había posado en sus labios.
–No se preocupe, no lo haré –me respondió con la dosis de alegría que mi corazón necesitaba.
–No me dejes nunca… –le murmuré con suavidad, antes de cerrar los ojos y borrar de mí las huellas del dolor o la preocupación.
Al remover mi cabeza en el almohadón, me llegó la voz de mi madre que me advertía cada vez que tomaba una sirvienta y la despreciaba cuando obtenía de ella lo que quería: “Cuídate del amor que cuando llega, no conoce de clases ni condiciones…”
–¡Murió Luis XVI! ¡Murió Luis XVI! –repetía una de las religiosas lo que había oído de boca del despensero, por los pasillos del convento. La noticia no habría causado mayor revuelo entre esas mujeres dedicadas a Dios, sino fuera porque en esos días aciagos para el clero y la nobleza, era de vital importancia estar al tanto de lo que sucedía en la escena nacional. Parecía que esos malditos iban a destruir el mundo que habíamos construido con el filo de la guillotina.
Desde la ventana de mi habitación, que tenía una visión privilegiada del lugar, contemplé a las monjas dejando sus diarios quehaceres y congregándose alrededor de la pileta del patio principal para informarse, con lujo de detalles, de la mala novedad.
–¡Ya se levantó de nuevo! –me regañó mi novicia favorita apenas ingresó a la habitación con una bandeja que contenía una jarra de leche fresca de cabra y varios panecillos recién salidos del horno.
–Pasar las horas metido en una cama es como morir de a pocos.
–Veo que su pierna ya está mejor –me dijo al dejar la bandeja en el velador.
–Sí; la pierna la siento mejor pero por tu culpa siento que se muere mi corazón –le respondí al tomarle de la cintura.
–Por favor, no… –me dijo sin darme la cara, temiendo por mi fallido intento de robarle un beso como la vez pasada.
En la semana que había cumplido recluido en ese convento me había encargado que entre nosotros no existieran más formalismos clericales y mis manos se habían permitido rozar su piel. Esperaba con sinceridad que ella cometiera el sacrilegio de amarme y que sus votos a Dios no reprimieran su corazón.
–Quiero que entiendas que en verdad te amo.
–Por favor, señor, deje de insistir –me respondió con voz temblorosa, intentando escaparse de mí– Mi corazón está lleno de Dios, ¿en dónde podría haber cabida para vuestro amor?
–Yo no soy sino tú la que debes liberarte de tus complejos. No puede existir Dios tan perverso en el Universo que prohíba a sus hijas a amar y ser amadas –¡Yo no lo acepto! –le dije tajante mientras la tomaba de los hombros, ocasionando que palideciera y abriera los ojos al máximo.
–¡Suélteme, señor! –me suplicó y yo no le hice caso.
Tras un fugaz forcejeo, mis labios buscaron los suyos y sintieron un profano placer al desvirgarlos. Qué delicia fue posarme en ellos. Sentirlos humedecer en su primer contacto con el amor. Suavemente los fui entreabriendo con el cadencioso movimiento de mi boca. Ella hizo un último intento por desligarse, pero mis brazos la obligaron a adoptar una actitud más dócil, trastocando los forcejeos por devaneos. Fue un momento que me transportó al estado más puro y completo de la felicidad. Al cabo de los segundos nos fuimos desuniendo y mis ojos buscaron los suyos. Había un nuevo brillo en su forma de mirar.
–Juro que te amo como nunca he amado a nadie. Prométeme que dejarás los hábitos y te unirás a mí para siempre –le pedí al rozar su frente con mis labios. Ella inclinó la cabeza y la escondió en mi pecho. Mis dedos buscaron su mentón y levanté su rostro con suma delicadeza. Temblé cuando vi lágrimas recorriendo sus mejillas.
–Tengo mucho miedo, señor.
–Anda, tontita mía. Estoy seguro que Dios igual te seguirá amando si a mí me entregas tu vida.
Ella esbozó una sonrisa de compromiso y dejó que su frágil anatomía fuera cubierta por mis brazos. Dios no podía guardarme rencor por robarme de su harén a la más bella de sus esclavas.
Los primeros rayos del débil sol de invierno y el cotidiano cacareo de las aves de corral eran mi cotidiano despertar en ese ambiente monástico. Desde mi ventana todo se veía vestido de blanco y me brindaba de la paz necesaria para razonar y reflexionar. Mi alma estaba en completa armonía con la vida. Nunca antes había sentido algo parecido. Mientras tanto, mi pierna mejoraba gracias a los cuidados de mi dulce amor. Ya casi podía caminar y el dolor era soportable. Sabía que mi hora de partir se aproximaba, que era hora de darle el encuentro a mi familia que ojalá no hubiese encontrado impedimentos para cruzar los Pirineos y llegar a salvo a su destino. Ardía en deseo de presentarles a mi dulce amada aunque no la notara muy decidida a dejar su noviciado. “¡Haz caso de lo que dicta tu corazón!”, le repetía una y otra vez, pero ella me respondía con una actitud dubitativa que llegaba a exasperarme.
Una mañana, mis cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes secos a la puerta. Con la intención de ponerle todo en claro a mi amada, erguí mi dorso en el espaldar de la cama y... grande fue mi sorpresa al ver a la madre superiora en compañía de un hombre alto, delgado y de rostro sereno y cansado.
–Señor Duchamp, le presento al padre Joseph Guillaume Chaminade. Ambos compartirán la habitación por unos días –me dijo esa mujer bajita, rechoncha y de voz mandona.
Al estrechar nuestras manos, dejamos entrever una futura empatía, impulsada por su mirada franca y su sonrisa fraternal.
La madre superiora, después de darle algunas indicaciones al sacerdote, se despidió deseándonos un buen día. El padre dejó pasar unos minutos y cuando creyó oportuno, se desvistió con pudorosa lentitud. Al quedar la parte superior de su cuerpo despojada de prendas, pude notar el grueso vendaje que cubría su hombro derecho.
–¿Problemas con la Revolución? –le pregunté al mismo tiempo que contrarrestaba el frío envolviéndome entre las frazadas.
–Así es, hijo mío, la situación es terrible. Somos impávidos testigos de una vesania que está convirtiendo a la nación en una carnicería –me respondió, mientras se preparaba para cobijarse en la cama.
Hubo un incómodo silencio que el mismo se encargó de romper cuando ya me daba la sensación de que se había quedado dormido
–¿Y usted por qué se refugia en este convento?
–Por el odio que mi familia y la de los Jospin se han prodigado por generaciones.
–¿Jospin? ¿Familia de Marcel Jospin el diputado?
–Exacto. Nos odiamos desde el siglo XVI, ¿sabe? Desde la llamada guerra de los Tres Enriques. Duchamp es mi apellido y en ese tiempo mis ancestros se mantuvieron fieles a la fe protestante y el rey Enrique IV les hizo entrega de las tierras que habían pertenecido a los Jospin, fieles a la causa católica de Enrique de Guisa. Han pasado doscientos años y ellos han persistido en reclamar nuestras tierras como si fuesen propias; hasta que Marcel Jospin, valiéndose de su cargo y su influencia con los jacobinos, injurió a mi padre y lo acusó de confabular contra la Revolución. Con pocas voces abogando por él, la Convención votó por su encarcelamiento y la expropiación de todas nuestras propiedades.
–¿Y cómo llegó hasta aquí?
–Aún no lo sé. Antes que la Convención emitiera su fallo, mis padres y mis hermanas prepararon la huida a España, a la casa de unos familiares en Cantabria. Como único hijo varón, mi padre me encomendó que supervisara que todos nuestros objetos de valor fueran embalados. Pero no tuve tiempo para nada. La Guardia Nacional irrumpió en la casa y si no fuera porque algunos leales empleados les hicieron frente, de seguro me hubieran apresado. Yo logré escapar al saltar de una ventana, pero me desgarré el muslo con la punta de la baranda. No me quedó más que reponerme al dolor y salir de la propiedad. Sé que perdí mucha sangre así que fue un milagro que llegara hasta aquí.
–Pues prepárese a huir de nuevo. La Guardia sigue a la caza de nobles y sacerdotes prófugos y andan husmeando en templos y conventos. Dentro de un día o dos partiré a Bayona donde unos amigos míos han prometido ampararme y creo que usted no tiene más elección que acompañarme. Si lo hallan aquí está muerto.
–¿Y por qué persiguen a los sacerdotes con tanto encono?
–No persiguen a todos, sólo a los que se negaron a jurar obediencia a la Constitución civil del Clero. Yo sólo le juré obediencia a las leyes de Dios. A nada más…
Fueron las últimas palabras que cruzamos. El padre perdió la batalla contra el cansancio y quedó profundamente dormido. Yo respeté su descanso e hice silencio. Pensaba que había llegado el momento de presionar y exigir una respuesta.
Esa misma tarde seguí a mi amada novicia sin que se percatara, hasta llegar a lo alto de la torre del convento. Nunca notó mi presencia por hallarse ensimismada, como si no quisiera formar parte de todo lo que la rodeaba.
–¿Por qué no entraste a misa? Sé que hace tiempo no participan de una –le dije apenas me coloqué a unos metros, tratando de hacerla retornar de sus pensamientos.
–No tengo ánimos de escuchar sermones –me respondió con inusual agresividad.
–Te noto distante. ¿Qué te pasa?
–Estoy confundida y todo por vuestra culpa. Me siento impura y no puedo entrar a la capilla y mirarle la cara a nuestro Señor. Ya no estoy segura de lo que quiero. Ya no estoy segura de nada.
–Yo sí estoy seguro de algo –le dije al tomarla con tenacidad de los brazos–. Ya no quiero que rindas pleitesía a nada ni a nadie. Sólo que me ames a mí y me adores. Quiero que el amor que profeso por ti lo conviertas en una doctrina.
Ella, acorde con el ambiente que nos rodeaba, adoptó una postura de hielo, como si mis palabras no tuviesen importancia. Picado por ello quise besarla y ni siquiera, como en otras ocasiones, puso resistencia a que mi boca se juntara con la suya; todo el tiempo suficiente para darme cuenta que no me deseaba corresponder.
Al separarnos quise entenderla. Profundice mi mirada en la suya pero la encontré más inexpresiva que nunca, ocasionando que se ahondara mi angustia. Quizá al presionarla yo mismo provocaba su rechazo así que decidí darle tiempo y me alejé de ella. Apoyé mis palmas en el borde de piedra e imité su estado contemplativo al perder mi mirada en el paisaje mortecino cubierto por la nieve. Al fondo se divisaban granjas, un camino por el que transitaba un carruaje cargado de heno y, entre los árboles desnudos, un grupo de uniformes azules marchando hacia el convento.
–¡Es la Guardia Nacional! ¿Los ves? –exclamé y mi novicia volvía a la vida y me daba la razón. Aguijoneado por el temor de verlos tan cerca, la tomé de la mano y bajé las gradas lo más rápido que pude, pero ella me soltó antes de llegar al patio. Sin detenerme a mirarla, yo seguí corriendo hasta ingresar a la capilla. El escándalo que ocasioné al pisar las baldosas obligó a que todas las miradas se posaran en mí.
–¡La Guardia Nacional! ¡Se acerca la Guardia Nacional! –exclamé apenas recobré el aliento y el pánico y la preocupación pareció adueñarse de los presentes.
Tuvo que ponerse la madre superiora de pie y subirse al altar para que su voz de mando prevaleciera y devolviera la quietud en la capilla.
–¡No hay nada que temer! Nuestra congregación goza de influencia en la Convención y nadie puede ingresar al convento así nomás.
–¿No será muy riesgoso para vosotras, madre? –preguntó el padre Chaminade sin que disminuya la ecuanimidad de su semblante.
–No se preocupe, padre, que buena soy yo para permitir que un blasfemo asome sus narices por aquí sin mi consentimiento –respondió la superiora.
Acto seguido, le indicó a dos monjas que la custodiaran hasta el pesado portón principal. Al ordenar que lo abrieran, su figura pequeña y rechoncha, pero con las manos en la cintura y la barbilla altiva, parecían suficientes para hacerles frente a diez oficiales montados a caballo. Todos desaseados y con los uniformes hechos una lástima.
–Buenas tardes, madre –saludó el que llevaba más galardones en su chaqueta desteñida–. Soy el capitán Mairesse y estoy a cargo de aprehender al padre Joseph Guillaume Chaminade. Sabemos que merodea por estos lugares y queremos saber si…
–¿Si es que está aquí, capitán? –cortó la superiora con tono de desafío– ¡Pues no está! Y le queda advertido que les está prohibido el ingreso.
–Lo siento, madre, pero debo cumplir con mi deber y…
–¡Atrévase a poner un solo pie dentro del convento y le aseguro que será destituido en menos de lo que se imagina! Por si no conoce de nuestras influencias, sepa que yo soy amiga personal del diputado Blachard y del mismísimo Robespierre. Una epístola mía y le aseguro que mañana estará tras las rejas por abuso de autoridad.
Escuchar el apellido de quien se hacía llamar «El Incorruptible» en la Francia del Terror, hizo que el capitán Mairesse no forzara su ingreso en el sacro recinto y diera media vuelta. Mejor informarse bien antes que poner en riesgo su carrera militar.
–Está bien, madre, nos vamos pero volveremos con una autorización firmada por nuestros superiores en Burdeos. Allí no habrá bravuconadas que valgan.
–Lo espero con los brazos abiertos, capitán –respondió la superiora con sarcasmo e incluso se despidió agitando la mano. Se sabía ganadora de la confrontación pero consideró cauto tomar las acciones para no conceder ninguna revancha.
–¡Apuraos que la Guardia no tarda! –exclamó la superiora apenas el padre Chaminade abrió la puerta de la habitación y yo finalizaba de rasurar mi barba de varios días.
Las monjas que la acompañaban no pudieron disimular sus risas burlonas por nuestra apariencia y el padre, afirmándose la toca en la cabeza, se reía también. De seguro que nos veíamos ridículos vestidos con hábitos femeninos pero no teníamos muchas alternativas para tomar el camino a Bayona.
–Desde los tiempos en que cuatro cátaros huyeron del asedio de Montségur, el sur de Francia no había conocido una fuga más descabellada –bromeó Chaminade, interrumpiendo sin querer las indicaciones de la madre superiora.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y hará que la luna ilumine el camino hasta los viñedos de Saint Pierre. Allí buscarán al señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
–Las monjas los acompañarán hasta el bosque y allí se quitarán los hábitos y seguirán solos. Dios está con nosotros y confío que el brillo de la luna iluminará el camino hasta llegar a los viñedos de Saint Bertrand. Allí preguntarán por el señor André Petit y le entregarán esta carta que os entrego. Estoy segura que os brindará refugio y todo lo que necesitéis.
Al descender por las escaleras y abrirse las puertas traseras del convento de par en par, sólo hubo tiempo para despedirse de tanta atención con un abrazo y un “vayan con Dios”. La caravana conformada por los dos y ocho monjas, entre ellas mi amada novicia, partió rumbo al bosque, mientras empezaba a oscurecer y un tétrico ventarrón sacudía nuestras vestimentas.
–Aún queda luz para leer el misal –sugirió el padre y todos ocultamos la mirada en el libro que llevábamos entre las manos. De reojo observé a mi novicia y me pregunté si volvería a reaccionar mal si le dirigía la palabra. Faltaba mucho para llegar al bosque o quizá faltaba poco si quería lograr que abriera los ojos.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó el padre y todos levantamos la mirada, contagiándonos de inmediato de su lívida expresión.
Desde la colina un oficial de la Guardia Nacional, obeso y de aspecto desagradable, se acercó a nosotros con talante amenazador, armado de un mosquete provisto de una bayoneta larga y filosa. Si la presa del capitán Mairesse estaba entre las paredes del convento, no dejaría que se escapara fácilmente, por ello apostó a un custodio en cada una de las puertas.
–¡Deteneos, hermanas! –nos ordenó apenas estuvo a suficiente distancia–. El clima no está como para pasear por el bosque.
Al llegar hasta nuestra posición, el oficial nos golpeó con el insoportable aliento etílico que emanaba y se puso a pasar revista a las monjas que iban delante de nosotros. Al contemplar a mi ángel divino, sus ojos se desorbitaron de gusto y con brusquedad la tomó de un brazo y la atrajo hacia él.
–¿Cómo te llamas, pequeña? El hábito que llevas poco favor le hace a tu belleza.
–Déjeme, señor, se lo suplico –le pidió quebrándose de temor.
Mas ese patán, en vez de conmoverse, se enardeció aún más e impregnó los labios de mi amada con su saliva asquerosa, haciéndome hervir la cabeza en una mezcla de furia e impotencia. No sé de cuánto tiempo se valió para ejecutar su infamia, pero me parecieron interminables y me carcomía la indecisión de tener o no tener la suficiente distancia para arremeter en contra del profanador.
–Búscame si deseas que alguien te enseñe a besar –le dijo al dejarla de lado con un fuerte empujón que la devolvió a la hilera y continuó su revisión.
Pasó por otra monja que le atrajo y quiso besarla, pero al mostrarle resistencia la dejó de lado. Llegó hasta la que estaba delante de mí y, finalmente, se quedó observándome, primero con duda, luego con una certeza que lo delató y no me quedó más remedio que luchar por mi vida. Antes que pudiera alzar su mosquete, me abalancé hacia él y colisioné su rostro con mi frente, haciéndolo tambalear y soltar su arma. Sin embargo y a pesar que le había reventado las fosas nasales y la sangre le caía a borbotones, el oficial se recuperó casi de inmediato y quiso desenvainar el sable que llevaba a la cintura. Yo colisioné mis puños en su abdomen y al inclinarse tomé sus cabellos y dirigí su cabeza hacia mi rodilla, impactándole de nuevo en la cara.
El desgraciado ya no pudo enfrentarme. Estiró inútilmente los brazos con la intención de impactarme, pero se derrumbó en la nieve, entre un mar de maldiciones. Entonces yo tomé su mosquete y dirigí la punta de la bayoneta hacia su cuello. Quise que pagara con su vida el ultraje que había sufrido mi amada y Francia entera a manos de animales como él.
–No manches tus manos con sangre, muchacho –me pidió el padre Chaminade acercándose a mí. Mas ciego por la ira, hice caso omiso de sus palabras.
–Aristide, por favor… –me lo solicitó ella, pronunciando mi nombre por primera y única vez. Sus manos se posaron en mis brazos y apaciguaron mi ira. Al mirarla no pude evitar atender su pedido de piedad y dejé que el arma cayera en la nieve.
–Ya oscureció y es peligroso que permanezcan aquí –les dijo el padre al grupo de religiosas–. Vuelvan al convento que el señor Duchamp y yo podemos proseguir solos.
Despidiéndose rápidamente las monjas de nosotros, el padre se despojó del hábito y tomó dirección al bosque y me invitó a seguirlo con una seña. Sin embargo, yo corrí hacia mi novicia y la tomé del brazo.
–Vamos, ven conmigo –le rogué y ella apenas si levantó la mirada para verme.
–A Dios le hice la promesa de darle mi vida entera –fue su respuesta y yo, lleno de desesperación, intenté retenerla pero ella logró soltarse de mis brazos y a paso raudo se alejó de mí, buscando protección entre sus compañeras. Yo me quedé un buen rato observándola en la oscuridad, hasta que desapareció tras las puertas del claustro que ella había elegido para vivir y morir.
–¡Hey, Aristide! –me llamó el padre Chaminade a pocos metros para internarse en el bosque, comprendiendo pero fingiendo no comprender la aflicción que me invadía.
Lentamente di la media vuelta y seguí mi camino. Los años han transcurrido y mi amor por ella no ha disminuido. He vagado por estas regiones con la terca esperanza de que mis palabras trasciendan las paredes de ese convento, pero hasta hoy mis intentos han sido infructuosos…
Atendido el pedido de clemencia del padre Chaminade, la vida de ese miserable fue perdonada y dejada en libertad bajo la promesa solemne de no insistir en la propagación de sus ideas heréticas. Años después, a principios de 1830, el obispo de Burdeos me informó de su deceso y de su sepelio al que asistió el siempre bienintencionado Chaminade, un par de frailes de su cofradía y Marie Draganac …madre superiora del convento de las clarisas.
Junio 1989
Recuerdo la noche en el hotel Roszit de Haifa, habitación 606. La televisión que transmitía desde el knesset el debate sobre la descolonización de la franja de Gaza y yo, después de un buen baño con agua caliente, despojándome de la barba tupida que me acompañó durante ocho meses en el Sinaí. El teléfono sonó y el recepcionista no tuvo el tino de preguntar quien me llamaba.
–Habla Rosenthal –exclamé y aguardé el vozarrón de algún superior.
–¡Qué formalidad, mi comandante! Esperaba una voz que delatara ansias de quererme ver –me respondiste tú, la mujer más hermosa del mundo, y yo me alegré como adolescente al escucharte. Había pasado un día entero sin saber nada de ti.
–Hola, princesa. ¿Cómo van las cosas?
–Todo bajo control. En cualquier momento recibimos la orden para bombardear y regresamos a casa. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en esa estúpida ceremonia?
–Hasta que las ganas locas de verte se vuelvan insoportables.
–Nos dieron «clave verde» y el escuadrón está listo. Reza por mí y llévame un Dom Perignon a tu regreso. Hay tantas cosas que quiero celebrar...
Esas fueron las últimas palabras que te oí decir. A las 20:00 horas el mayor Martin Brinszel, compañero de misión en Beirut en 1982, tocó la puerta de mi habitación y yo lo recibí con una botella de Chivas Regal y una estúpida sonrisa que de inmediato se volvió un gesto de horror al decirme, sin muchos rodeos, la frase que ha quedado indeleble en mi memoria:
–Eraida ha muerto.
Estupefacto y sin poderlo creer, Martin y otras personas intentaron, pero no pudieron, salvarme del dolor. Desde siempre habíamos aprendido a convivir con la muerte pero cómo aceptar que tú, Eraida, mi dulce Eraida, no estarías más a mi lado.
Al poco rato, la radio nacional confirmaba la noticia: El caza bombardero que piloteaba la teniente Eraida Muhren de la Fuerza Aérea Israelí, se estrelló frente a las costas de Hadera sin que se puedan establecer los motivos del siniestro. No se descarta la posibilidad de sabotaje...
Cuánto padecimiento para mí y mi familia, que había visto sucumbir a varios en los campos de Auchwitz y Treblinka. Para ti misma, Eraida, que perdiste a todos los tuyos en un ataque terrorista y mi madre te llevó a casa, y te crió y permitió que tú y yo nos amáramos, casi muy jugando, a edad muy temprana. Desde que entraste a mi vida, tú muy bien sabías que sin ti nada tenía sentido para mí. Teníamos planes para casarnos y alejarnos de esta tierra llena de bombas y muertos y mutilados por doquier. Quizá por eso Yahvé nos maldecía y echaba por los suelos nuestros más caros anhelos.
Esa madrugada la pasé borracho y consumido por la pena. Mas los días que siguieron a tu muerte no fueron menos infernales. Los peritos organizaron expediciones en pos de una caja negra que jamás sería hallada. El avión había explosionado en el aire y los restos se habían esparcido en un radio de varias yardas en el Mediterráneo. “El mar no tardará en arrojarla a la costa”, me dijo un pescador artesanal, oriundo de Ucrania, alimentando mi vana esperanza de conservar al menos un pedazo de ti, pero era en vano esperar. El mar te había tragado y nunca te devolvería.
“Eraida sólo hablaba de la noche que les esperaba, para devorarse mutuamente hasta que asomara el sol”, me dijo sin tapujos la teniente Dayen, su amiga de toda la vida, en las exequias a un cajón lleno de piedras que llevaba tu nombre. Fue la única vez en mi vida que lloré en público.
Sumido en la depresión, me negué a caminar por las calles que recorrimos, a asistir a los sitios que descubrimos, a frecuentar a los amigos que tanto quisimos. El alcohol en vez de borrarte, avivaba tu imagen omnipresente, siempre dispuesta a lacerarme con el sabor de tu cuerpo. Los fármacos hacían que las noches fueran más eternas y vacías.
Era tan miserable mi condición que el Servicio Secreto me dio de baja, pero el coronel Horovitz dejó abierta una ventana al decirme que podía reintegrarme si había en mí una recuperación física y emocional.
Entonces tomé las cosas como una licencia y me dispuse a rehacer mi vida. Alisté mi equipaje y viajé sin rumbo fijo, encontrándome por ahí con amigos que se hayan esparcidos y te recuerdan que este mundo es chico. Mi madre me decía que no me escapara. Que en la sinagoga encontraría la paz que tanto buscaba. Gracias a Yahvé, se equivocó. Me costó más de año y medio superar tu falta, pero la congoja quedó menguada al conocer en Praga a una literata que escribía como Kafka. Aunque era de estatura más baja y tenía cierta tendencia a la obesidad, en ella encontré tu misma manera de mirar y eso me bastaba para casarme con ella y volver a Tel Aviv.
La situación con los palestinos se agravaba y el Mossad, urgido de elementos con mi experiencia, me asignaron la misión de asesinar a dos fundamentalistas que desde Europa alentaban la Yihad del Islam contra Israel.
Planear la muerte de uno de ellos fue fácil. La rutina de trasladarse por el centro de Barcelona, me dio la oportunidad de disfrazarme de vendedor callejero y aprovechar un atolladero para adherirle explosivo plástico, el cual hice estallar apenas el semáforo cambió a verde.
En cambio el otro cuidaba cada uno de sus movimientos y habitaba en una fortaleza en Amberes. Sólo una vez a la semana, variando el día y la hora, acudía al Yafar, un elegante restaurante de comida árabe donde establecías contacto con importantes magnates del mundo islámico que le proveían de armas y apoyo financiero para el adiestramiento de grupos terroristas en los campos de Siria.
Durante semanas aceché desde una ventana, la puerta del Yafar, hasta que una noche, la menos esperada y la más propicia por hallarse la calle despejada, encontré los instantes suficientes para disparar y no fallar. Aferrado del brazo de una muchacha, que parecía una muñeca de pasarela, mi objetivo se exhibía en la acera y delataba su embriaguez al forzar que lo acompañara a su Mercedes Benz blindado. Observándolo todo desde la mira de mi rifle, cargado con balas explosivas, la muchacha logró zafarse y corrió hacia el otro extremo de la calle. El hombre intentó seguirla y quedó descubierto, teniéndolo exacto para encajarle el tiro entre su turbante y la barbilla. Halé del gatillo y... la bala se fue a incrustar en la espalda de uno de sus custodios que salió del vehículo para cubrirlo. Quise volver a disparar pero el fundamentalista ya había sido tumbado al suelo por uno de sus secuaces y el resto, acertando que el disparo había salido de mi ventana, desenfundaron sus armas y abrieron fuego contra mi posición. No me quedó más remedio que escapar.
Esa misma noche fue relevado y recibí la orden de regresar a Tel Aviv de inmediato. Mi esposa fue a recibirme al aeropuerto en la madrugada. Me abrazó y me hizo prometer que dejaría el Mossad y nos iríamos a vivir a Ostrava, su ciudad natal.
Al día siguiente compré el diario de la tarde para saber qué se decía de mi fallido atentado. Al ver la fotografía de primera plana, sentí que un frío intenso recorrió mi espina dorsal al reconocerte a ti en el guardaespaldas caído. Eras tú, Eraida. ¡Mi Eraida por la que tanto lloré! Vestida de guerrillera había acabado con tu vida sin querer.
Pobre de ti que fuiste adoptada por un hogar hebreo y criada bajo los preceptos de nuestra Ley. Tu sangre palestina tenía que ser más fuerte y se terminó imponiendo. Te inventaste una muerte y decidiste levantarte contra la voluntad de Yahvé, que eligió esta tierra para los hijos de Israel... Y ya ves cuán irónico es para castigar a los traidores.
–Habla Rosenthal –exclamé y aguardé el vozarrón de algún superior.
–¡Qué formalidad, mi comandante! Esperaba una voz que delatara ansias de quererme ver –me respondiste tú, la mujer más hermosa del mundo, y yo me alegré como adolescente al escucharte. Había pasado un día entero sin saber nada de ti.
–Hola, princesa. ¿Cómo van las cosas?
–Todo bajo control. En cualquier momento recibimos la orden para bombardear y regresamos a casa. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en esa estúpida ceremonia?
–Hasta que las ganas locas de verte se vuelvan insoportables.
–Nos dieron «clave verde» y el escuadrón está listo. Reza por mí y llévame un Dom Perignon a tu regreso. Hay tantas cosas que quiero celebrar...
Esas fueron las últimas palabras que te oí decir. A las 20:00 horas el mayor Martin Brinszel, compañero de misión en Beirut en 1982, tocó la puerta de mi habitación y yo lo recibí con una botella de Chivas Regal y una estúpida sonrisa que de inmediato se volvió un gesto de horror al decirme, sin muchos rodeos, la frase que ha quedado indeleble en mi memoria:
–Eraida ha muerto.
Estupefacto y sin poderlo creer, Martin y otras personas intentaron, pero no pudieron, salvarme del dolor. Desde siempre habíamos aprendido a convivir con la muerte pero cómo aceptar que tú, Eraida, mi dulce Eraida, no estarías más a mi lado.
Al poco rato, la radio nacional confirmaba la noticia: El caza bombardero que piloteaba la teniente Eraida Muhren de la Fuerza Aérea Israelí, se estrelló frente a las costas de Hadera sin que se puedan establecer los motivos del siniestro. No se descarta la posibilidad de sabotaje...
Cuánto padecimiento para mí y mi familia, que había visto sucumbir a varios en los campos de Auchwitz y Treblinka. Para ti misma, Eraida, que perdiste a todos los tuyos en un ataque terrorista y mi madre te llevó a casa, y te crió y permitió que tú y yo nos amáramos, casi muy jugando, a edad muy temprana. Desde que entraste a mi vida, tú muy bien sabías que sin ti nada tenía sentido para mí. Teníamos planes para casarnos y alejarnos de esta tierra llena de bombas y muertos y mutilados por doquier. Quizá por eso Yahvé nos maldecía y echaba por los suelos nuestros más caros anhelos.
Esa madrugada la pasé borracho y consumido por la pena. Mas los días que siguieron a tu muerte no fueron menos infernales. Los peritos organizaron expediciones en pos de una caja negra que jamás sería hallada. El avión había explosionado en el aire y los restos se habían esparcido en un radio de varias yardas en el Mediterráneo. “El mar no tardará en arrojarla a la costa”, me dijo un pescador artesanal, oriundo de Ucrania, alimentando mi vana esperanza de conservar al menos un pedazo de ti, pero era en vano esperar. El mar te había tragado y nunca te devolvería.
“Eraida sólo hablaba de la noche que les esperaba, para devorarse mutuamente hasta que asomara el sol”, me dijo sin tapujos la teniente Dayen, su amiga de toda la vida, en las exequias a un cajón lleno de piedras que llevaba tu nombre. Fue la única vez en mi vida que lloré en público.
Sumido en la depresión, me negué a caminar por las calles que recorrimos, a asistir a los sitios que descubrimos, a frecuentar a los amigos que tanto quisimos. El alcohol en vez de borrarte, avivaba tu imagen omnipresente, siempre dispuesta a lacerarme con el sabor de tu cuerpo. Los fármacos hacían que las noches fueran más eternas y vacías.
Era tan miserable mi condición que el Servicio Secreto me dio de baja, pero el coronel Horovitz dejó abierta una ventana al decirme que podía reintegrarme si había en mí una recuperación física y emocional.
Entonces tomé las cosas como una licencia y me dispuse a rehacer mi vida. Alisté mi equipaje y viajé sin rumbo fijo, encontrándome por ahí con amigos que se hayan esparcidos y te recuerdan que este mundo es chico. Mi madre me decía que no me escapara. Que en la sinagoga encontraría la paz que tanto buscaba. Gracias a Yahvé, se equivocó. Me costó más de año y medio superar tu falta, pero la congoja quedó menguada al conocer en Praga a una literata que escribía como Kafka. Aunque era de estatura más baja y tenía cierta tendencia a la obesidad, en ella encontré tu misma manera de mirar y eso me bastaba para casarme con ella y volver a Tel Aviv.
La situación con los palestinos se agravaba y el Mossad, urgido de elementos con mi experiencia, me asignaron la misión de asesinar a dos fundamentalistas que desde Europa alentaban la Yihad del Islam contra Israel.
Planear la muerte de uno de ellos fue fácil. La rutina de trasladarse por el centro de Barcelona, me dio la oportunidad de disfrazarme de vendedor callejero y aprovechar un atolladero para adherirle explosivo plástico, el cual hice estallar apenas el semáforo cambió a verde.
En cambio el otro cuidaba cada uno de sus movimientos y habitaba en una fortaleza en Amberes. Sólo una vez a la semana, variando el día y la hora, acudía al Yafar, un elegante restaurante de comida árabe donde establecías contacto con importantes magnates del mundo islámico que le proveían de armas y apoyo financiero para el adiestramiento de grupos terroristas en los campos de Siria.
Durante semanas aceché desde una ventana, la puerta del Yafar, hasta que una noche, la menos esperada y la más propicia por hallarse la calle despejada, encontré los instantes suficientes para disparar y no fallar. Aferrado del brazo de una muchacha, que parecía una muñeca de pasarela, mi objetivo se exhibía en la acera y delataba su embriaguez al forzar que lo acompañara a su Mercedes Benz blindado. Observándolo todo desde la mira de mi rifle, cargado con balas explosivas, la muchacha logró zafarse y corrió hacia el otro extremo de la calle. El hombre intentó seguirla y quedó descubierto, teniéndolo exacto para encajarle el tiro entre su turbante y la barbilla. Halé del gatillo y... la bala se fue a incrustar en la espalda de uno de sus custodios que salió del vehículo para cubrirlo. Quise volver a disparar pero el fundamentalista ya había sido tumbado al suelo por uno de sus secuaces y el resto, acertando que el disparo había salido de mi ventana, desenfundaron sus armas y abrieron fuego contra mi posición. No me quedó más remedio que escapar.
Esa misma noche fue relevado y recibí la orden de regresar a Tel Aviv de inmediato. Mi esposa fue a recibirme al aeropuerto en la madrugada. Me abrazó y me hizo prometer que dejaría el Mossad y nos iríamos a vivir a Ostrava, su ciudad natal.
Al día siguiente compré el diario de la tarde para saber qué se decía de mi fallido atentado. Al ver la fotografía de primera plana, sentí que un frío intenso recorrió mi espina dorsal al reconocerte a ti en el guardaespaldas caído. Eras tú, Eraida. ¡Mi Eraida por la que tanto lloré! Vestida de guerrillera había acabado con tu vida sin querer.
Pobre de ti que fuiste adoptada por un hogar hebreo y criada bajo los preceptos de nuestra Ley. Tu sangre palestina tenía que ser más fuerte y se terminó imponiendo. Te inventaste una muerte y decidiste levantarte contra la voluntad de Yahvé, que eligió esta tierra para los hijos de Israel... Y ya ves cuán irónico es para castigar a los traidores.
Marzo de 1991
Al caer la tarde sobre la selva, todo alrededor de la barcaza adquiere matices que van del naranja y el verde y poco a poco se van apagando los graznidos de las fieras. Sólo Toshiro Anahara, el japonés que forma parte de su equipo de filmación, molesta su tranquilidad al exigirle que se tome un trago con él.
–Durante tantos años hice planes para la llegada del año 2000. Me imaginaba borracho en El Cairo o en brazos de una nudista en Kuala Lumpur; pero terminé en este culo del mundo, jodido por los mosquitos y en compañía de alguien tan patético como tú.
Robert Campton sonríe y no pierde tiempo en explicar que hace más de un año que no bebe, no fuma, es vegetariano y tampoco disfruta de las mujeres. Todo desde que una mente iluminada en Katmandú le dijo que para liberarse del cáncer linfático que padecía, tenía que poner en orden su equilibrio psicosomático y limpiarse de los vicios mundanos que se han ido acumulando desde los días en que se ganaba la vida con su Olympus guerrera, retratando a los beatnicks y poseros que deambulaban por Greenwich Village.
Entonces tenía diecinueve años y hacia poco que se había marchado de su casa en Alabama, alentado por los ácidos y los Doors. Ávido de nuevas experiencias, con el adelanto de herencia que le dio su padre, se metió a talleres libres de fotografía y alcanzó cierta notoriedad al publicar la revista Rolling Stone una fotografía suya que mostraba a Jimi Hendrix enterrando su cara en los senos de Nico, tras una tocada de la Velvet Underground. Eso le valió para captar la atención de Morgana, una muchacha de dieciséis años que se había fugado de su casa en Vermont a los catorce, y había pasado de mano en mano como musa de pinturas obscenas y poesía de cloaca en el círculo de Andy Warhol. Ella posó desnuda para él y las fotos le valieron para que protagonizara una película pornográfica de vanguardia. Casi sin querer, se habían enamorado y juntos compartieron una habitación en el Soho, hasta que por uno de sus profesores, obtuvo una recomendación para formar parte de una expedición de la National Geographic a Birmania y no dudó en abandonarla, dejándola interna en un hospital sin siquiera decirle adiós.
Así Robert Campton inició su carrera de documentalista. De asistente de cámara pasó a camarógrafo, luego a director de fotografía y finalmente se hizo director general, filmando en 35 mm junglas, cordilleras, desiertos y estepas en una primera etapa, revueltas, miseria y disturbios sociales en una segunda. Muchos de sus trabajos fueron galardonados en diversos festivales, pero nunca en Estados Unidos donde por su notorio compromiso con el socialismo, se había ganado la animadversión de los sectores más conservadores.
No quedándole más alternativa que moverse en los circuitos independientes, en los últimos años filmó documentales sin grandes presupuestos pero con un sesgo político cada vez más notorio. En 1997 la Deutsche Welle lo encontró en Lima, filmando un póstumo cortometraje sobre el comando guerrillero que tomó por asalto la residencia del embajador japonés, y le propuso grabar, en sistema pal, un documental sobre el origen de Sendero Luminoso. Tras cumplir con todos los compromisos que tenía pendientes, la producción se pudo realizar recién en las últimas semanas de 1999. El 26 diciembre se embarcó con su equipo de grabación en busca de los lugares en que Abimael Guzmán inició su labor de adoctrinamiento. Había previsto llegar a la tierra de los Ashaninkas el primer día del año nuevo.
–¡Allí, en el río! ¡Un hombre se ahoga! –exclama Klaus Moltke, un joven camarógrafo oriundo de Dusseldorf, desde el otro lado de la cubierta. Campton y Anahara abandonan las hamacas en las que yacen acostados y llegan para constatar que a un costado de la barcaza, un hombre se mantiene a flote a duras penas, asido a un pedazo de tronco.
–No pide ayuda –apunta Pancho Condori, uno de los miembros de la tripulación–. Parece estar tranquilo chapoteando en el río.
–Debe estar chiflado. Mírenlo tan despreocupado cuando la tarde está que muere y todo será oscuridad en la selva –agrega Jonás Arredondo, el capitán y propietario de la nave, prestándose a volver a la cabina y seguir escuchando tecnocumbia en radio Marginal, la voz del oriente peruano.
Aguijoneado por un hipnótico impulso, Robert Campton rompe la indiferencia de los demás al arrojarse a las turbias aguas del río y nada a grandes brazadas al encuentro de aquel hombre que parece no inmutarse ante su presencia. Todos le observan atónitos y gritan asustados su nombre, pidiéndole prudencia cuando ya se ha sido imprudente, pero Campton opta por no escuchar, ni siquiera cuando llega hasta el miserable y éste le pide que lo suelte, que lo deje en paz. Tomándolo del cuello, lo arrastra hasta la barcaza donde muchas manos aguardan para subirlos a bordo.
Conducido al interior de la nave, el recién llegado es obligado a despojarse de sus ropas y cubierto con una manta. Campton se hace presente luego que también se ha mudado de ropa y le pide a Jonás Arredondo que le sirva a quien acaba de sacar de las aguas, una taza del chocolate navideño que lleva en su termo, solicitud que cumple a regañadientes pues desconfía de ese vagabundo al que podría devolver, sin ningún remordimiento, al río.
–¡Tenga! –exclama de manera hosca, sin prestar atención en los murmullos que dicen: “qué serrano, beber chocolate con tremendo calorazo”. Todo su cuerpo se escarapela al tomar contacto con los dedos retorcidos del recién llegado, provistos de uñas tan largas que parecen garras.
Sin ningún gesto de agradecimiento, el hombre bebe con avidez el contenido de la taza, a la vez que Campton lo analiza con detenimiento. Su rostro demacrado, de facciones duras, tez ceniza y poblado con barba marchita y descuidada, le hace divagar sobre el grupo racial al cual pertenece. Por su recorrido intercontinental duda que sus rasgos sean hispanos o andinos. Los asemeja más bien con alguna etnia del cercano oriente, entre Jordania e Iraq; no lo puede precisar.
–¿Se siente mejor? –pregunta Campton en torpe castellano. El hombre sin mirar a su interlocutor, asiente con la cabeza– ¿Podría decirnos quién es usted?
–Olvídelo, señor. Ahora que caí en desgracia no importa quien soy –responde con una voz gutural que le cuesta acostumbrar a sus tímpanos y una cínica sonrisa, que encierra lamento hacia sí mismo.
–¡No sea insolente y responda lo que le preguntan! –le increpa Condori, quien comparte la misma animadversión que su capitán. Sin embargo, su tono de amenaza no ocasiona temor sino burla en ese hombre que mira al techo, como si buscara un orificio que le permita comunicarse con los cielos.
–Al igual que Moisés el hebreo, he sido sacado de las aguas sin que sea mi intención liberar a algún pueblo de la esclavitud. Más bien voy en busca de uno para someterlo bajo el yugo del pecado –exclama y ríe de buena gana, pareciendo que su esquelética anatomía se va a quebrar con cada carcajada. Al acabar de un sorbo lo que queda de chocolate, deja caer la taza al piso y posa su mirada, escondida bajo turbias ojeras, en las personas que le rodean. En su voz se puede detectar un claro desafío–. Creo que antes de responder sus interrogantes, ustedes deberían responder a las mías.
–¡Pero qué se ha creído, cholo de...! –grita Arredondo indignado. El insulto es interrumpido al mirar que el brazo de Campton le pide tranquilidad.
–¡Oh! el desprecio étnico, endémico recurso para regar el odio y la destrucción sobre la tierra –exclama el hombre con una pose de autosuficiencia.
–No perderé más tiempo con este infeliz. Tengo una nave que navegar –concluye Arredondo y se retira. Todos los que lo rodean lo imitan, a excepción de Campton que se interesa por la manera como se expresa ese hombre andrajoso y de aspecto vulgar.
–¿Qué le gustaría saber de nosotros? –le pregunta apenas se quedan solos y el hombre le invita que se acerque, sorprendiéndolo aún más al decirle:
–Hubo hace mucho un filósofo, sabio como ninguno, que fue más allá del Bien y del Mal, en su búsqueda de una génesis de la moral. Se llamaba Friedrich Nietzsche y tuvo la osadía cognoscitiva de acercarse al núcleo de la naturaleza divina, por lo que fue castigado y privado de la razón a través de la sífilis, ya que nadie, ningún ser mortal o inmortal, puede tener acceso a ese conocimiento, aparte de Dios. El resto de los seres inferiores se deben ubicar entre las fronteras del Bien y del Mal, que aún así muy pocos pueden llegar a diferenciar, porque casi siempre se confunden, el Mal parece que fuera el Bien y el Bien el Mal. Usted por ejemplo, con los años que tiene en este mundo, ¿entiende que es el Bien y que es el Mal? ¿O acaso viene viviendo en vano? No me mire con esos ojos de conocimiento limitado, abra su mente y permítame revelarle por qué Dios quiso que dos fuerzas antagónicas estuviesen a cargo de gobernar el Universo...
Reflexión clave para que Campton se lamente al hacerse la idea de que ese sujeto extravagante no es más que un oscuro predicador evangélico al cual tendrá que soportar su verborrea hasta que encuentre la pausa para zafarse y volver con su amigo japonés que celebra lo que cree el advenimiento del nuevo milenio, con ron y discos de Radiohead.
–...Dios es un arquitecto que creo todo de la nada. Si escucha atentamente, aún se puede percibir en el silencio el eco lejano del gran estallido que dio origen al universo, compuesto por miles de millones de estrellas, y de todas ellas, una fue la elegida para que iluminara un planeta perfecto en el que brotó la vida. Cuando Dios creó este mundo no existía el Bien ni el Mal. La única ley que regía era la de la naturaleza, una fuerza amoral en la que el más fuerte se impone sobre el más débil. El equilibrio de este planeta exige que unos seres sean devoradores y otros los devorados. No hay nada inmoral en ello, es más bien natural. El Bien y el Mal aparecen en la Tierra el día que Dios permite que las bestias estúpidas evolucionen en seres de inteligencia superior que se esparcen por el planeta y se convierten en amos y señores, sembrando por doquier el odio y el amor, la construcción y la destrucción. Estos seres, a medida que se desanimalizan y se vuelven sedentarios, empiezan a civilizarse y a regirse por sus propias leyes y sus propios códigos. El raciocinio da luz a la moral y la criatura elegida alcanza la madurez. Según el plan de Dios, es entonces cuando intervienen los ángeles y los arcángeles, cuya misión es discernir entre los que eligen el camino del Bien y los que eligen el camino del Mal. Para los primeros el premio de una vida superior, cuando su alma se transforme en energía. Para los segundos la condenación. Usted, señor Campton, ¿qué entiende hasta aquí?
–¿Cómo sabe mi nombre? –replica sorprendido el cineasta.
–Eso lo descubrirá usted mismo conforme vaya avanzando mi relato. Ahora respóndame.
–Por lo que usted sostiene, entiendo que con la aparición del pensamiento, apareció el Bien y el Mal.
–Exacto. El Bien y el Mal son dos conceptos que no se pueden desligar. El Bien existe porque existe el Mal. Como el día a la noche o la vida a la muerte. A diferencia de lo que sostienen la mayoría de religiones, Dios como el sumo creador de todo, no toma partido por el Bien porque, al fin y al cabo, el Mal existe también por su voluntad. Dios no es el ser bondadoso y misericordioso que las doctrinas proclaman. Dios es justo y equitativo justamente porque es neutro, imparcial, no toma partido por nada ni por nadie. Para el que fue bueno la salvación, para el que fue malo la condenación. No hay términos medios. Como bien sostiene el hinduismo, Dios es Brahma, deidad neutral, creador de dioses y los seres que habitan la tierra, creador de Vishnu, la fuerza del Bien, y de Shiva, la fuerza del Mal. Es una trilogía lógica. El equilibrio exacto entre Construcción y Destrucción. No absurda como la cristiana, que fundamenta la presencia del Padre, pero se fuerza la del Hijo y la del Espíritu Santo.
–Entonces, si el brahmanismo está en lo correcto, también es valedero dividir a los seres humanos en cuatro clases sociales.
–Todas las religiones parten de una premisa correcta, señor Campton. Hasta cierto punto Dios habla a través de ellas, pero como humanas que son, fallan en sus interpretaciones interpolando lo bueno de lo malo y viceversa. El Bien y el Mal no son factores que se inducen o se adquieren por elementos externos. No es cierto aquello que el hombre nace bueno por Naturaleza y es su medio quien lo corrompe. Como bien sostuvieron los discípulos de Zaratustra, el Bien y el Mal no están afuera sino adentro de cada individuo. Cada persona tiene el yin y el yang del taoísmo en su interior y Dios nominó a los arcángeles que iban a representar uno y otro bando, a Gabriel por un lado y a Satanás por el otro. Estas nominaciones se han mantenido hasta hace muy poco...
–¿Cómo que hace poco?
–¡Ay, mi buen Campton! Si supiera usted de los odios y las intrigas que se suceden en el reino de los cielos, seguramente le daría la razón a los griegos que hicieron a sus deidades más humanas que divinas. La Iglesia Católica que no ha hecho más que tergiversar los hechos como sucedieron, cuenta a su manera como Satanás era en un principio, el ángel dilecto del Señor, para despecho de Gabriel y los demás arcángeles. ¿Qué le parece la revelación que le hago, señor Campton? La envidia, uno de los pecados capitales, es propia de hombres y querubines, así como lo es también la lujuria. En el Génesis y en el libro de Enoch se deja testimonio del deseo que sintieron doscientos ángeles, encabezados por Semiaxas, por las mujeres de los hombres, entraron en ellas y concibieron la raza de los gigantes que Dios hizo desaparecer con el diluvio que cubrió toda la tierra...
–El diluvio, la destrucción de ciudades, la preferencia por un pueblo de ladrones, son las cosas que me hacen despreciar a las escrituras judaicas y cristianas...
–El diluvio es un hecho que aconteció en realidad y del que diversos pueblos de la antigüedad han dejado testimonio. Los judíos copiaron este episodio y muchos otros para crearse una Fe. Sin embargo, hay pasajes reales y que ilustran la naturaleza divina de nuestro Señor. Dios, señor Campton, es el único ser totalmente puro que existe en el universo. Ninguna de sus obras puede competir en pureza con él. Por tanto, todos los demás seres son impuros y proclives a cualquier baja pasión. Gabriel es un arcángel mezquino y envidioso. Aborrece a Satanás porque al igual que Abel, era el favorito ante los ojos de Dios. Por eso instigó contra él y le fue con calumnias al Señor sobre una conspiración que su dilecto y sus partidarios estaban tramando en su contra. ¿Se imagina que idea para más absurda? Como si fuese posible una revolución celestial contra quien todo lo puede. Es como si la fuerza de un hombre le hiciera frente a la de un millón. Sin embargo, Dios consintió que Miguel, el más aguerrido de todos los arcángeles, porque Gabriel, muy cobarde, jamás dio batalla, atacara de manera cruel y despiadada a los ángeles que se agruparon con Satanás, aniquilando a muchos, mutilando a otros y obligando a los que quedaron en pie a dejar sus espadas de fuego y descender a los infiernos donde tomaron forma de demonios...
–Me resisto a creer que Dios, siendo tan sabio e infinito, pueda caer en las manipulaciones un vil arcángel.
–En ningún momento he afirmado que Dios se haya dejado llevar por una rebelión de fantasía. Es iluso que un falso rumor pueda engañar a quien todo lo sabe. Si Dios permitió que despreciaran, humillaran y rebajaran a su más preciado querubín, fue porque esa era su voluntad. ¿Fue una decisión injusta de un Señor justo? ¿Una decisión parcial de un Señor imparcial? Es una contradicción que atenta contra la propia naturaleza del Ser Supremo, ¿verdad? Mas yo creo que desde los albores de la Creación él ya lo había decidido así...
Campton solicita con las manos una pausa a su interlocutor y se acerca a un joven camarógrafo de Minnesota, que tiene aspecto rastafari y que escucha con audífonos un concierto de Peter Tosh. Golpeándose los labios con dos de sus dedos, le hace señas para que le convide un cigarrillo.
–Yo creo que es muy pretencioso intentar una explicación a los designios del Señor –asegura el cineasta al retomar la conversación, aspirando con verdadero deleite el humo después de tantos años.
–Los seres humanos son tan limitados que nunca tendrán la capacidad de entender a un Ser Superior. Sin embargo, hay algo que sí le puedo asegurar. Dios ha demostrado desde el inicio de la Creación, una afición incomprensible hacia las paradojas. Si es que permitió que rebajaran a Satanás, su criatura favorita, fue para poner en manos de un arcángel de corazón noble las riendas del Mal. A su vez, las riendas del Bien pasaron a dominio de Gabriel, el arcángel más caprichoso, mezquino y egoísta del coro celestial. En pocas palabras, el Mal en manos del bueno y el Bien en manos del malo, como para que todo lo bendito siempre tenga algo de maldito y viceversa, ya que no puede existir ninguna naturaleza absoluta a excepción de Dios.
–Entonces, somos productos de la conjunción del Bien y del Mal...
–Yo diría que más hechura del Mal que del Bien, señor Campton. Desde que se viene desarrollando este conflicto entre estas fuerzas antagónicas, el Mal en la Tierra se ha venido imponiendo sobre el Bien, porque una no es rival para la otra. Satanás posee una mente despierta, estratégica, incisiva. Gabriel, por su tendencia desidiosa, no le ha interesado presentar batalla y ha cedido terreno, permitiendo que lo Malo resulte más atractivo que lo Bueno y un gran número de ánimas se han condenado al Infierno. Recién ahora que las trompetas anuncian que se avecina el Día del Juicio Final, Gabriel tiembla de temor porque sabe que no ha cumplido con la misión encomendada y tendrá que rendirle cuentas al Creador. Por eso se ha valido de la instigación para que Satanás vuelva a caer y así volver a tomar ventaja.
–¿Qué Satanás vuelva a caer? Disculpe pero no entiendo qué quiere decir.
–Señor Campton, si usted pudiera sentir la congoja de que una desgracia se vuelva a repetir. Satanás es el ángel que ha caído y recaído. Primero le arrebataron su posición privilegiada en el último coro y hace poco lo han despojado de su poder infernal... Porque a pesar del tiempo transcurrido, de haber visto todo y ser el hacedor de todo lo que realmente es trascendente en este mundo, había algo en lo que todavía creía y el odio, el rencor y la sed de revancha no se lo habían podido quitar: el sentimiento de unión y amistad con los suyos; a pesar que todos ellos, uno por uno, se le voltearon y han terminado pisoteando su confianza.
–¿Expulsado Satanás del Infierno, de su casa y su reino?
–Así es, aunque suene poco creíble. Sabedor de que Dios le permitía cualquier ardid con tal de conseguir sus objetivos, Gabriel tuvo la maña de urdir una conspiración en el propio feudo de Satanás, que buscaba arrebatarle el poder y ponerlo en manos de Belcebú, su lugarteniente en tantas campañas de maldad. Ciegos de envidia y ambición, ninguno de sus antiguos aliados salió en su defensa. Ni el bello Lucifer, quien tantas veces compartió su trono que los llegaron a confundir como si fueran uno solo. Ni Asmodeo, Leviatán, Belfegor, Astaroth... Tanto tiempo al servicio del Mal había trastocado sus lealtades y aniquilado sus sentimientos, por lo que arrojaron a Satanás de su sitial y lo empujaron al destierro, mientras Belcebú era proclamado rey de las tinieblas, prometiendo a quienes lo eligieron que haría del mundo un lugar más hostil, más doloroso, más ruin y más inhabitable para el género humano. ¿No le parece estúpido?
–Yo diría más bien preocupante.
–¡Qué sabe de Belcebú, señor Campton! A ese infeliz lo gobierna un espíritu compulsivo y vesánico que lo vuelve torpe, necio y testarudo. Gracias a la sagacidad de Satanás es que se ha avanzado en la perversión de la humanidad, ya que su arma fundamental ha sido la sutileza. En una época, la perdición venía con los placeres y la codicia, ahora viene disfrazada de tecnología que parece benévola, pero ha elevado el nivel de maldad sobre la Tierra… Gabriel sabía que había cedido mucho terreno a causa de su letargo, y necesitaba que alguien de la ferocidad de Belcebú usurpara el poder del Averno y desatara el Apocalipsis, azotando al mundo con guerras, pestes y catástrofes. Con ello el hombre descreído volvería a creer, y correría horrorizado a abrazar cualquier dogma que le garantizara la salvación a cambio de la constricción y el arrepentimiento. Eso es suficiente para tirar por los suelos un elaboradísimo plan de condenación eterna. El éxito fácil y las ansias de figuración de Belcebú van a hacer que se olvide de la mejor estrategia que esgrimió el Diablo a través de los años, hacerle creer a la humanidad que no existe...
Al pronunciar la última frase, el sujeto se calla y baja la cabeza en señal que su exposición ha finalizado. Mientras tanto, Campton consigue otro cigarrillo y se pasea alrededor de este personaje, pensando en las palabras que en seguida utilizará, después de exhalar una buena bocanada de humo.
–He estado en los más diversos rincones de este planeta. He convivido con todo tipo de sociedades, desde los ainos del Japón a los zulúes del África Austral, de los tuaregs del Sahara a los lapones de Escandinavia, y de sus bocas he escuchado las historias más alucinantes y las revelaciones más impresionantes, pero nunca ninguna me ha parecido tan estrafalaria como la que me acaba de confiar. Debo deducir que usted mismo es Satanás o acaso sólo es un bardo miserable que va por la tierra narrando las desgracias del demonio a cambio de... ¿qué?, dígamelo usted.
El sujeto levanta la mirada hacia Campton, el hombre de raciocinio lógico y científico que debe convencer de que el diablo existe y que lo debe ayudar.
–Robert Campton, cuarenta y nueve años, casado y divorciado dos veces, la primera vez con una africana, miembro de una casta real, y la segunda con una italiana que compartió tus actividades políticas y ecológicas. Ninguna te dio hijos. El único que pudiste concebir le quitaste la posibilidad de nacer al obligar a la madre que lo aborte. El nombre de aquella muchacha era Morgana Campbell y creía en los ideales de amor y paz que tú decías compartir. Como si no fuese suficiente pecado, la abandonaste en un hospital al que entró internada porque le sobrevino una infección que la dejó infértil de por vida y por mucho tiempo no te preocupaste por ella, hasta que el cáncer que padeces ha hecho que afloren los remordimientos. Por más que la buscaste, nunca supiste que se marchó de Nueva York y recaló en Nueva Orleans. Se volvió toxicómana y sus años pacifistas se transformaron en años de amargura.
–¿Pero quién diablos es usted para decirme estas cosas? –exclama Campton, sin preocuparse en llamar la atención.
–Soy el testigo de su infamia, señor Campton. Usted hizo que Morgana lo odiase y se odiase a sí misma, por lo que terminó prostituyéndose en su afán por consumir sustancias cada vez más baratas y adulteradas que al final le quitaron la vida. Tenía veintitrés años y la enterraron con el nombre de «Candy» como hacía llamarse en la calle, y sin ningún apellido.
–¡Por favor! Déjese de inventar historias que no quiero faltarle el respeto...
–Yo no invento nada, señor Campton. Yo todo lo sé. Usted, el cineasta comprometido con las causas sociales, él que cree en la igualdad y la justicia, lleva el corazón lleno de remordimientos que lo van a atormentar por toda la Eternidad. Uno no se puede escapar de sí mismo. Usted y su culpa son uno solo.
Campton en ese instante siente rabia y sus puños se levantan, prestos a golpear a su interlocutor. “¿Quién es este infeliz para venir a provocarme de esa forma?”
–Usted sabe muy bien quien soy yo. Soy el único ser en todo el universo que puede ayudarlo. Yo soy Satanás, amo y señor del reino de las tinieblas. No me menosprecie porque me ve despojado de mis poderes habituales, reptando como serpiente y alimentándome de tierra. Si quiere liberarse de sus tormentos debe creer en mí. ¿O debo seguir revisando sus faltas para convencerlo de mi identidad?
El cineasta contiene las lágrimas e intenta no derrumbarse ante ese energúmeno que lo ha mortificado y lacerado con faltas que nadie más que él conoce. “¿Acaso será...?” Prefiere no responderse y trata de no aturdirse con el dolor de su pasado.
–Veo que está muy enterado de las acciones execrables que he cometido, así que mejor sería que no diga nada más. Debo estar demente pero voy a caer en la certeza de que usted es realmente Satanás, el ángel que cayó dos veces, primero del cielo al infierno y luego del infierno a la tierra. Pero dígame, ¿que hace vagando por estos parajes inhóspitos?
–No estoy aquí por placer, se lo aseguro. Estoy desamparado porque el Creador quiere poner a prueba mi fortaleza y mi voluntad de no fracasar. Sabe que tengo una oportunidad para reorganizar el Imperio del Mal...
–¿Pero aquí en la selva del Perú donde nada trascendente puede suceder? ¿Por qué no se va a Milán o Las Vegas que van a festejar la llegada del año 2000 de manera más pecaminosa?
–¿Sabe qué, señor Campton?, estaré desnudo en este mundo pero no necesito de ninguna cualidad sobrenatural para resurgir. Más poderoso soy por sabio que por diablo y la mejor arma que poseo es la que tengo en la cabeza. No voy a Sodoma porque no necesita de mí para condenarse. Dios me devolverá la posición que me corresponde si le demuestro que soy capaz de pervertir poblaciones que se mantienen puras en cuerpo y alma. Poblaciones pacíficas, que no conocen de odio, envidia ni venganza. Son honrados y no tienen necesidad de leyes y cárceles. Tampoco de riqueza ni de pobreza porque nunca les falta lo indispensable. El pueblo Ashaninka es uno de los pocos que queda así en la Tierra. Los mal llaman “atrasados” aquellos que se creen civilizados, cuando entre ellos ha prevalecido el sentido común antes que cualquier proselitismo ortodoxo, como el que intentó propagar su admirado Abimael Guzmán sin obtener ningún resultado.
–Yo no admiro los métodos de Abimael. Admiro sus intenciones de hacer más justo un país injusto.
–No pongo en duda sus intenciones de equidad social, pero acuérdese que de buenas intenciones está poblado el Infierno. Todas las revoluciones han llevado en su interior una carga de rencor que si no la saben controlar, se puede volver en su contra. El odio exacerbado con el que procedió Sendero Luminoso los condenó al fracaso. Abimael quiso cambiar muchas las cosas que estaban mal en su entorno y al final fue su corazón el que terminó cambiado. Usted, señor Campton, es un romántico, que admira a muchos reaccionarios, pero yo le aseguro que la mayoría de ellos han actuado cuando su alma ya se la había llevado el Diablo.
Sintiendo que su mente avanza entre los bordes de la cordura y la locura, Campton se pone de pie y sumerge su cabeza a través de la ventana, hacia la oscuridad de la noche, tan parecida a la muerte, a la nada. Recibe con cierto alivio el olor fétido e indómito de la selva que llega a sus pulmones, en vez del aroma sulfuroso que expele el demonio hecho hombre.
–No se quede callado, Campton. Ya no gozo del poder que me permitiría transportarlo cuarenta días al desierto y ofrecerle las riquezas del mundo. Yo lo he elegido y siéntase tranquilo que sabré recompensarlo. Lo único que le pido es que me ayude a llegar al pueblo de los Ashaninkas. Estoy muy débil para intentarlo solo y el tiempo se me está acabando.
Campton vuelve a observarlo, con los ojos que seguro tendrían los miembros de la Real Sociedad Geográfica cuando Burton, Livingstone, Speke, mostraban lo que trían de sus expediciones al continente africano. “Dice llamarse Satanás, pero qué difícil es sentir simpatía por él”, piensa al recordar la canción de los Rolling Stones incluida en el Beggar’s Banquet.
–Lo siento por usted, Satanás, porque seguirá siendo tan confiado como desgraciado. Yo tengo los días contados y me marcho de este mundo sin temor a enfrentar el castigo que me merezco por los actos que cometí en mi débil condición de ser humano. Sea cierta o no la historia que me ha confiado, sea que en verdad es el Diablo y no un embaucador miserable que sabe Dios con qué intenciones averiguó la más vil acción de mi vida y aguardó el momento adecuado para cruzarse en mi camino, yo le digo que prefiero mantenerme neutral y no participar en los designios que están más allá de mi condición de mortal. Toda mi vida he coqueteado con el Bien y con el Mal pero siempre he querido mantenerme dueño de mi propio destino y en él no vislumbro la posibilidad de poderlo ayudar. Así que cuando yo dé media vuelta y con una botella de whisky busque superar la experiencia de haberle conocido, hágase el favor de abandonar el barco antes que yo mismo lo arroje por la borda...
Y así fue como minutos antes de que el reloj marcara el advenimiento del año 2000, un hombre se arrastró entre la indiferencia de los demás, llegó a la cubierta y se arrojó a las aguas, para perderse nadando como reptil en la oscuridad.
Octubre 1998
–Durante tantos años hice planes para la llegada del año 2000. Me imaginaba borracho en El Cairo o en brazos de una nudista en Kuala Lumpur; pero terminé en este culo del mundo, jodido por los mosquitos y en compañía de alguien tan patético como tú.
Robert Campton sonríe y no pierde tiempo en explicar que hace más de un año que no bebe, no fuma, es vegetariano y tampoco disfruta de las mujeres. Todo desde que una mente iluminada en Katmandú le dijo que para liberarse del cáncer linfático que padecía, tenía que poner en orden su equilibrio psicosomático y limpiarse de los vicios mundanos que se han ido acumulando desde los días en que se ganaba la vida con su Olympus guerrera, retratando a los beatnicks y poseros que deambulaban por Greenwich Village.
Entonces tenía diecinueve años y hacia poco que se había marchado de su casa en Alabama, alentado por los ácidos y los Doors. Ávido de nuevas experiencias, con el adelanto de herencia que le dio su padre, se metió a talleres libres de fotografía y alcanzó cierta notoriedad al publicar la revista Rolling Stone una fotografía suya que mostraba a Jimi Hendrix enterrando su cara en los senos de Nico, tras una tocada de la Velvet Underground. Eso le valió para captar la atención de Morgana, una muchacha de dieciséis años que se había fugado de su casa en Vermont a los catorce, y había pasado de mano en mano como musa de pinturas obscenas y poesía de cloaca en el círculo de Andy Warhol. Ella posó desnuda para él y las fotos le valieron para que protagonizara una película pornográfica de vanguardia. Casi sin querer, se habían enamorado y juntos compartieron una habitación en el Soho, hasta que por uno de sus profesores, obtuvo una recomendación para formar parte de una expedición de la National Geographic a Birmania y no dudó en abandonarla, dejándola interna en un hospital sin siquiera decirle adiós.
Así Robert Campton inició su carrera de documentalista. De asistente de cámara pasó a camarógrafo, luego a director de fotografía y finalmente se hizo director general, filmando en 35 mm junglas, cordilleras, desiertos y estepas en una primera etapa, revueltas, miseria y disturbios sociales en una segunda. Muchos de sus trabajos fueron galardonados en diversos festivales, pero nunca en Estados Unidos donde por su notorio compromiso con el socialismo, se había ganado la animadversión de los sectores más conservadores.
No quedándole más alternativa que moverse en los circuitos independientes, en los últimos años filmó documentales sin grandes presupuestos pero con un sesgo político cada vez más notorio. En 1997 la Deutsche Welle lo encontró en Lima, filmando un póstumo cortometraje sobre el comando guerrillero que tomó por asalto la residencia del embajador japonés, y le propuso grabar, en sistema pal, un documental sobre el origen de Sendero Luminoso. Tras cumplir con todos los compromisos que tenía pendientes, la producción se pudo realizar recién en las últimas semanas de 1999. El 26 diciembre se embarcó con su equipo de grabación en busca de los lugares en que Abimael Guzmán inició su labor de adoctrinamiento. Había previsto llegar a la tierra de los Ashaninkas el primer día del año nuevo.
–¡Allí, en el río! ¡Un hombre se ahoga! –exclama Klaus Moltke, un joven camarógrafo oriundo de Dusseldorf, desde el otro lado de la cubierta. Campton y Anahara abandonan las hamacas en las que yacen acostados y llegan para constatar que a un costado de la barcaza, un hombre se mantiene a flote a duras penas, asido a un pedazo de tronco.
–No pide ayuda –apunta Pancho Condori, uno de los miembros de la tripulación–. Parece estar tranquilo chapoteando en el río.
–Debe estar chiflado. Mírenlo tan despreocupado cuando la tarde está que muere y todo será oscuridad en la selva –agrega Jonás Arredondo, el capitán y propietario de la nave, prestándose a volver a la cabina y seguir escuchando tecnocumbia en radio Marginal, la voz del oriente peruano.
Aguijoneado por un hipnótico impulso, Robert Campton rompe la indiferencia de los demás al arrojarse a las turbias aguas del río y nada a grandes brazadas al encuentro de aquel hombre que parece no inmutarse ante su presencia. Todos le observan atónitos y gritan asustados su nombre, pidiéndole prudencia cuando ya se ha sido imprudente, pero Campton opta por no escuchar, ni siquiera cuando llega hasta el miserable y éste le pide que lo suelte, que lo deje en paz. Tomándolo del cuello, lo arrastra hasta la barcaza donde muchas manos aguardan para subirlos a bordo.
Conducido al interior de la nave, el recién llegado es obligado a despojarse de sus ropas y cubierto con una manta. Campton se hace presente luego que también se ha mudado de ropa y le pide a Jonás Arredondo que le sirva a quien acaba de sacar de las aguas, una taza del chocolate navideño que lleva en su termo, solicitud que cumple a regañadientes pues desconfía de ese vagabundo al que podría devolver, sin ningún remordimiento, al río.
–¡Tenga! –exclama de manera hosca, sin prestar atención en los murmullos que dicen: “qué serrano, beber chocolate con tremendo calorazo”. Todo su cuerpo se escarapela al tomar contacto con los dedos retorcidos del recién llegado, provistos de uñas tan largas que parecen garras.
Sin ningún gesto de agradecimiento, el hombre bebe con avidez el contenido de la taza, a la vez que Campton lo analiza con detenimiento. Su rostro demacrado, de facciones duras, tez ceniza y poblado con barba marchita y descuidada, le hace divagar sobre el grupo racial al cual pertenece. Por su recorrido intercontinental duda que sus rasgos sean hispanos o andinos. Los asemeja más bien con alguna etnia del cercano oriente, entre Jordania e Iraq; no lo puede precisar.
–¿Se siente mejor? –pregunta Campton en torpe castellano. El hombre sin mirar a su interlocutor, asiente con la cabeza– ¿Podría decirnos quién es usted?
–Olvídelo, señor. Ahora que caí en desgracia no importa quien soy –responde con una voz gutural que le cuesta acostumbrar a sus tímpanos y una cínica sonrisa, que encierra lamento hacia sí mismo.
–¡No sea insolente y responda lo que le preguntan! –le increpa Condori, quien comparte la misma animadversión que su capitán. Sin embargo, su tono de amenaza no ocasiona temor sino burla en ese hombre que mira al techo, como si buscara un orificio que le permita comunicarse con los cielos.
–Al igual que Moisés el hebreo, he sido sacado de las aguas sin que sea mi intención liberar a algún pueblo de la esclavitud. Más bien voy en busca de uno para someterlo bajo el yugo del pecado –exclama y ríe de buena gana, pareciendo que su esquelética anatomía se va a quebrar con cada carcajada. Al acabar de un sorbo lo que queda de chocolate, deja caer la taza al piso y posa su mirada, escondida bajo turbias ojeras, en las personas que le rodean. En su voz se puede detectar un claro desafío–. Creo que antes de responder sus interrogantes, ustedes deberían responder a las mías.
–¡Pero qué se ha creído, cholo de...! –grita Arredondo indignado. El insulto es interrumpido al mirar que el brazo de Campton le pide tranquilidad.
–¡Oh! el desprecio étnico, endémico recurso para regar el odio y la destrucción sobre la tierra –exclama el hombre con una pose de autosuficiencia.
–No perderé más tiempo con este infeliz. Tengo una nave que navegar –concluye Arredondo y se retira. Todos los que lo rodean lo imitan, a excepción de Campton que se interesa por la manera como se expresa ese hombre andrajoso y de aspecto vulgar.
–¿Qué le gustaría saber de nosotros? –le pregunta apenas se quedan solos y el hombre le invita que se acerque, sorprendiéndolo aún más al decirle:
–Hubo hace mucho un filósofo, sabio como ninguno, que fue más allá del Bien y del Mal, en su búsqueda de una génesis de la moral. Se llamaba Friedrich Nietzsche y tuvo la osadía cognoscitiva de acercarse al núcleo de la naturaleza divina, por lo que fue castigado y privado de la razón a través de la sífilis, ya que nadie, ningún ser mortal o inmortal, puede tener acceso a ese conocimiento, aparte de Dios. El resto de los seres inferiores se deben ubicar entre las fronteras del Bien y del Mal, que aún así muy pocos pueden llegar a diferenciar, porque casi siempre se confunden, el Mal parece que fuera el Bien y el Bien el Mal. Usted por ejemplo, con los años que tiene en este mundo, ¿entiende que es el Bien y que es el Mal? ¿O acaso viene viviendo en vano? No me mire con esos ojos de conocimiento limitado, abra su mente y permítame revelarle por qué Dios quiso que dos fuerzas antagónicas estuviesen a cargo de gobernar el Universo...
Reflexión clave para que Campton se lamente al hacerse la idea de que ese sujeto extravagante no es más que un oscuro predicador evangélico al cual tendrá que soportar su verborrea hasta que encuentre la pausa para zafarse y volver con su amigo japonés que celebra lo que cree el advenimiento del nuevo milenio, con ron y discos de Radiohead.
–...Dios es un arquitecto que creo todo de la nada. Si escucha atentamente, aún se puede percibir en el silencio el eco lejano del gran estallido que dio origen al universo, compuesto por miles de millones de estrellas, y de todas ellas, una fue la elegida para que iluminara un planeta perfecto en el que brotó la vida. Cuando Dios creó este mundo no existía el Bien ni el Mal. La única ley que regía era la de la naturaleza, una fuerza amoral en la que el más fuerte se impone sobre el más débil. El equilibrio de este planeta exige que unos seres sean devoradores y otros los devorados. No hay nada inmoral en ello, es más bien natural. El Bien y el Mal aparecen en la Tierra el día que Dios permite que las bestias estúpidas evolucionen en seres de inteligencia superior que se esparcen por el planeta y se convierten en amos y señores, sembrando por doquier el odio y el amor, la construcción y la destrucción. Estos seres, a medida que se desanimalizan y se vuelven sedentarios, empiezan a civilizarse y a regirse por sus propias leyes y sus propios códigos. El raciocinio da luz a la moral y la criatura elegida alcanza la madurez. Según el plan de Dios, es entonces cuando intervienen los ángeles y los arcángeles, cuya misión es discernir entre los que eligen el camino del Bien y los que eligen el camino del Mal. Para los primeros el premio de una vida superior, cuando su alma se transforme en energía. Para los segundos la condenación. Usted, señor Campton, ¿qué entiende hasta aquí?
–¿Cómo sabe mi nombre? –replica sorprendido el cineasta.
–Eso lo descubrirá usted mismo conforme vaya avanzando mi relato. Ahora respóndame.
–Por lo que usted sostiene, entiendo que con la aparición del pensamiento, apareció el Bien y el Mal.
–Exacto. El Bien y el Mal son dos conceptos que no se pueden desligar. El Bien existe porque existe el Mal. Como el día a la noche o la vida a la muerte. A diferencia de lo que sostienen la mayoría de religiones, Dios como el sumo creador de todo, no toma partido por el Bien porque, al fin y al cabo, el Mal existe también por su voluntad. Dios no es el ser bondadoso y misericordioso que las doctrinas proclaman. Dios es justo y equitativo justamente porque es neutro, imparcial, no toma partido por nada ni por nadie. Para el que fue bueno la salvación, para el que fue malo la condenación. No hay términos medios. Como bien sostiene el hinduismo, Dios es Brahma, deidad neutral, creador de dioses y los seres que habitan la tierra, creador de Vishnu, la fuerza del Bien, y de Shiva, la fuerza del Mal. Es una trilogía lógica. El equilibrio exacto entre Construcción y Destrucción. No absurda como la cristiana, que fundamenta la presencia del Padre, pero se fuerza la del Hijo y la del Espíritu Santo.
–Entonces, si el brahmanismo está en lo correcto, también es valedero dividir a los seres humanos en cuatro clases sociales.
–Todas las religiones parten de una premisa correcta, señor Campton. Hasta cierto punto Dios habla a través de ellas, pero como humanas que son, fallan en sus interpretaciones interpolando lo bueno de lo malo y viceversa. El Bien y el Mal no son factores que se inducen o se adquieren por elementos externos. No es cierto aquello que el hombre nace bueno por Naturaleza y es su medio quien lo corrompe. Como bien sostuvieron los discípulos de Zaratustra, el Bien y el Mal no están afuera sino adentro de cada individuo. Cada persona tiene el yin y el yang del taoísmo en su interior y Dios nominó a los arcángeles que iban a representar uno y otro bando, a Gabriel por un lado y a Satanás por el otro. Estas nominaciones se han mantenido hasta hace muy poco...
–¿Cómo que hace poco?
–¡Ay, mi buen Campton! Si supiera usted de los odios y las intrigas que se suceden en el reino de los cielos, seguramente le daría la razón a los griegos que hicieron a sus deidades más humanas que divinas. La Iglesia Católica que no ha hecho más que tergiversar los hechos como sucedieron, cuenta a su manera como Satanás era en un principio, el ángel dilecto del Señor, para despecho de Gabriel y los demás arcángeles. ¿Qué le parece la revelación que le hago, señor Campton? La envidia, uno de los pecados capitales, es propia de hombres y querubines, así como lo es también la lujuria. En el Génesis y en el libro de Enoch se deja testimonio del deseo que sintieron doscientos ángeles, encabezados por Semiaxas, por las mujeres de los hombres, entraron en ellas y concibieron la raza de los gigantes que Dios hizo desaparecer con el diluvio que cubrió toda la tierra...
–El diluvio, la destrucción de ciudades, la preferencia por un pueblo de ladrones, son las cosas que me hacen despreciar a las escrituras judaicas y cristianas...
–El diluvio es un hecho que aconteció en realidad y del que diversos pueblos de la antigüedad han dejado testimonio. Los judíos copiaron este episodio y muchos otros para crearse una Fe. Sin embargo, hay pasajes reales y que ilustran la naturaleza divina de nuestro Señor. Dios, señor Campton, es el único ser totalmente puro que existe en el universo. Ninguna de sus obras puede competir en pureza con él. Por tanto, todos los demás seres son impuros y proclives a cualquier baja pasión. Gabriel es un arcángel mezquino y envidioso. Aborrece a Satanás porque al igual que Abel, era el favorito ante los ojos de Dios. Por eso instigó contra él y le fue con calumnias al Señor sobre una conspiración que su dilecto y sus partidarios estaban tramando en su contra. ¿Se imagina que idea para más absurda? Como si fuese posible una revolución celestial contra quien todo lo puede. Es como si la fuerza de un hombre le hiciera frente a la de un millón. Sin embargo, Dios consintió que Miguel, el más aguerrido de todos los arcángeles, porque Gabriel, muy cobarde, jamás dio batalla, atacara de manera cruel y despiadada a los ángeles que se agruparon con Satanás, aniquilando a muchos, mutilando a otros y obligando a los que quedaron en pie a dejar sus espadas de fuego y descender a los infiernos donde tomaron forma de demonios...
–Me resisto a creer que Dios, siendo tan sabio e infinito, pueda caer en las manipulaciones un vil arcángel.
–En ningún momento he afirmado que Dios se haya dejado llevar por una rebelión de fantasía. Es iluso que un falso rumor pueda engañar a quien todo lo sabe. Si Dios permitió que despreciaran, humillaran y rebajaran a su más preciado querubín, fue porque esa era su voluntad. ¿Fue una decisión injusta de un Señor justo? ¿Una decisión parcial de un Señor imparcial? Es una contradicción que atenta contra la propia naturaleza del Ser Supremo, ¿verdad? Mas yo creo que desde los albores de la Creación él ya lo había decidido así...
Campton solicita con las manos una pausa a su interlocutor y se acerca a un joven camarógrafo de Minnesota, que tiene aspecto rastafari y que escucha con audífonos un concierto de Peter Tosh. Golpeándose los labios con dos de sus dedos, le hace señas para que le convide un cigarrillo.
–Yo creo que es muy pretencioso intentar una explicación a los designios del Señor –asegura el cineasta al retomar la conversación, aspirando con verdadero deleite el humo después de tantos años.
–Los seres humanos son tan limitados que nunca tendrán la capacidad de entender a un Ser Superior. Sin embargo, hay algo que sí le puedo asegurar. Dios ha demostrado desde el inicio de la Creación, una afición incomprensible hacia las paradojas. Si es que permitió que rebajaran a Satanás, su criatura favorita, fue para poner en manos de un arcángel de corazón noble las riendas del Mal. A su vez, las riendas del Bien pasaron a dominio de Gabriel, el arcángel más caprichoso, mezquino y egoísta del coro celestial. En pocas palabras, el Mal en manos del bueno y el Bien en manos del malo, como para que todo lo bendito siempre tenga algo de maldito y viceversa, ya que no puede existir ninguna naturaleza absoluta a excepción de Dios.
–Entonces, somos productos de la conjunción del Bien y del Mal...
–Yo diría que más hechura del Mal que del Bien, señor Campton. Desde que se viene desarrollando este conflicto entre estas fuerzas antagónicas, el Mal en la Tierra se ha venido imponiendo sobre el Bien, porque una no es rival para la otra. Satanás posee una mente despierta, estratégica, incisiva. Gabriel, por su tendencia desidiosa, no le ha interesado presentar batalla y ha cedido terreno, permitiendo que lo Malo resulte más atractivo que lo Bueno y un gran número de ánimas se han condenado al Infierno. Recién ahora que las trompetas anuncian que se avecina el Día del Juicio Final, Gabriel tiembla de temor porque sabe que no ha cumplido con la misión encomendada y tendrá que rendirle cuentas al Creador. Por eso se ha valido de la instigación para que Satanás vuelva a caer y así volver a tomar ventaja.
–¿Qué Satanás vuelva a caer? Disculpe pero no entiendo qué quiere decir.
–Señor Campton, si usted pudiera sentir la congoja de que una desgracia se vuelva a repetir. Satanás es el ángel que ha caído y recaído. Primero le arrebataron su posición privilegiada en el último coro y hace poco lo han despojado de su poder infernal... Porque a pesar del tiempo transcurrido, de haber visto todo y ser el hacedor de todo lo que realmente es trascendente en este mundo, había algo en lo que todavía creía y el odio, el rencor y la sed de revancha no se lo habían podido quitar: el sentimiento de unión y amistad con los suyos; a pesar que todos ellos, uno por uno, se le voltearon y han terminado pisoteando su confianza.
–¿Expulsado Satanás del Infierno, de su casa y su reino?
–Así es, aunque suene poco creíble. Sabedor de que Dios le permitía cualquier ardid con tal de conseguir sus objetivos, Gabriel tuvo la maña de urdir una conspiración en el propio feudo de Satanás, que buscaba arrebatarle el poder y ponerlo en manos de Belcebú, su lugarteniente en tantas campañas de maldad. Ciegos de envidia y ambición, ninguno de sus antiguos aliados salió en su defensa. Ni el bello Lucifer, quien tantas veces compartió su trono que los llegaron a confundir como si fueran uno solo. Ni Asmodeo, Leviatán, Belfegor, Astaroth... Tanto tiempo al servicio del Mal había trastocado sus lealtades y aniquilado sus sentimientos, por lo que arrojaron a Satanás de su sitial y lo empujaron al destierro, mientras Belcebú era proclamado rey de las tinieblas, prometiendo a quienes lo eligieron que haría del mundo un lugar más hostil, más doloroso, más ruin y más inhabitable para el género humano. ¿No le parece estúpido?
–Yo diría más bien preocupante.
–¡Qué sabe de Belcebú, señor Campton! A ese infeliz lo gobierna un espíritu compulsivo y vesánico que lo vuelve torpe, necio y testarudo. Gracias a la sagacidad de Satanás es que se ha avanzado en la perversión de la humanidad, ya que su arma fundamental ha sido la sutileza. En una época, la perdición venía con los placeres y la codicia, ahora viene disfrazada de tecnología que parece benévola, pero ha elevado el nivel de maldad sobre la Tierra… Gabriel sabía que había cedido mucho terreno a causa de su letargo, y necesitaba que alguien de la ferocidad de Belcebú usurpara el poder del Averno y desatara el Apocalipsis, azotando al mundo con guerras, pestes y catástrofes. Con ello el hombre descreído volvería a creer, y correría horrorizado a abrazar cualquier dogma que le garantizara la salvación a cambio de la constricción y el arrepentimiento. Eso es suficiente para tirar por los suelos un elaboradísimo plan de condenación eterna. El éxito fácil y las ansias de figuración de Belcebú van a hacer que se olvide de la mejor estrategia que esgrimió el Diablo a través de los años, hacerle creer a la humanidad que no existe...
Al pronunciar la última frase, el sujeto se calla y baja la cabeza en señal que su exposición ha finalizado. Mientras tanto, Campton consigue otro cigarrillo y se pasea alrededor de este personaje, pensando en las palabras que en seguida utilizará, después de exhalar una buena bocanada de humo.
–He estado en los más diversos rincones de este planeta. He convivido con todo tipo de sociedades, desde los ainos del Japón a los zulúes del África Austral, de los tuaregs del Sahara a los lapones de Escandinavia, y de sus bocas he escuchado las historias más alucinantes y las revelaciones más impresionantes, pero nunca ninguna me ha parecido tan estrafalaria como la que me acaba de confiar. Debo deducir que usted mismo es Satanás o acaso sólo es un bardo miserable que va por la tierra narrando las desgracias del demonio a cambio de... ¿qué?, dígamelo usted.
El sujeto levanta la mirada hacia Campton, el hombre de raciocinio lógico y científico que debe convencer de que el diablo existe y que lo debe ayudar.
–Robert Campton, cuarenta y nueve años, casado y divorciado dos veces, la primera vez con una africana, miembro de una casta real, y la segunda con una italiana que compartió tus actividades políticas y ecológicas. Ninguna te dio hijos. El único que pudiste concebir le quitaste la posibilidad de nacer al obligar a la madre que lo aborte. El nombre de aquella muchacha era Morgana Campbell y creía en los ideales de amor y paz que tú decías compartir. Como si no fuese suficiente pecado, la abandonaste en un hospital al que entró internada porque le sobrevino una infección que la dejó infértil de por vida y por mucho tiempo no te preocupaste por ella, hasta que el cáncer que padeces ha hecho que afloren los remordimientos. Por más que la buscaste, nunca supiste que se marchó de Nueva York y recaló en Nueva Orleans. Se volvió toxicómana y sus años pacifistas se transformaron en años de amargura.
–¿Pero quién diablos es usted para decirme estas cosas? –exclama Campton, sin preocuparse en llamar la atención.
–Soy el testigo de su infamia, señor Campton. Usted hizo que Morgana lo odiase y se odiase a sí misma, por lo que terminó prostituyéndose en su afán por consumir sustancias cada vez más baratas y adulteradas que al final le quitaron la vida. Tenía veintitrés años y la enterraron con el nombre de «Candy» como hacía llamarse en la calle, y sin ningún apellido.
–¡Por favor! Déjese de inventar historias que no quiero faltarle el respeto...
–Yo no invento nada, señor Campton. Yo todo lo sé. Usted, el cineasta comprometido con las causas sociales, él que cree en la igualdad y la justicia, lleva el corazón lleno de remordimientos que lo van a atormentar por toda la Eternidad. Uno no se puede escapar de sí mismo. Usted y su culpa son uno solo.
Campton en ese instante siente rabia y sus puños se levantan, prestos a golpear a su interlocutor. “¿Quién es este infeliz para venir a provocarme de esa forma?”
–Usted sabe muy bien quien soy yo. Soy el único ser en todo el universo que puede ayudarlo. Yo soy Satanás, amo y señor del reino de las tinieblas. No me menosprecie porque me ve despojado de mis poderes habituales, reptando como serpiente y alimentándome de tierra. Si quiere liberarse de sus tormentos debe creer en mí. ¿O debo seguir revisando sus faltas para convencerlo de mi identidad?
El cineasta contiene las lágrimas e intenta no derrumbarse ante ese energúmeno que lo ha mortificado y lacerado con faltas que nadie más que él conoce. “¿Acaso será...?” Prefiere no responderse y trata de no aturdirse con el dolor de su pasado.
–Veo que está muy enterado de las acciones execrables que he cometido, así que mejor sería que no diga nada más. Debo estar demente pero voy a caer en la certeza de que usted es realmente Satanás, el ángel que cayó dos veces, primero del cielo al infierno y luego del infierno a la tierra. Pero dígame, ¿que hace vagando por estos parajes inhóspitos?
–No estoy aquí por placer, se lo aseguro. Estoy desamparado porque el Creador quiere poner a prueba mi fortaleza y mi voluntad de no fracasar. Sabe que tengo una oportunidad para reorganizar el Imperio del Mal...
–¿Pero aquí en la selva del Perú donde nada trascendente puede suceder? ¿Por qué no se va a Milán o Las Vegas que van a festejar la llegada del año 2000 de manera más pecaminosa?
–¿Sabe qué, señor Campton?, estaré desnudo en este mundo pero no necesito de ninguna cualidad sobrenatural para resurgir. Más poderoso soy por sabio que por diablo y la mejor arma que poseo es la que tengo en la cabeza. No voy a Sodoma porque no necesita de mí para condenarse. Dios me devolverá la posición que me corresponde si le demuestro que soy capaz de pervertir poblaciones que se mantienen puras en cuerpo y alma. Poblaciones pacíficas, que no conocen de odio, envidia ni venganza. Son honrados y no tienen necesidad de leyes y cárceles. Tampoco de riqueza ni de pobreza porque nunca les falta lo indispensable. El pueblo Ashaninka es uno de los pocos que queda así en la Tierra. Los mal llaman “atrasados” aquellos que se creen civilizados, cuando entre ellos ha prevalecido el sentido común antes que cualquier proselitismo ortodoxo, como el que intentó propagar su admirado Abimael Guzmán sin obtener ningún resultado.
–Yo no admiro los métodos de Abimael. Admiro sus intenciones de hacer más justo un país injusto.
–No pongo en duda sus intenciones de equidad social, pero acuérdese que de buenas intenciones está poblado el Infierno. Todas las revoluciones han llevado en su interior una carga de rencor que si no la saben controlar, se puede volver en su contra. El odio exacerbado con el que procedió Sendero Luminoso los condenó al fracaso. Abimael quiso cambiar muchas las cosas que estaban mal en su entorno y al final fue su corazón el que terminó cambiado. Usted, señor Campton, es un romántico, que admira a muchos reaccionarios, pero yo le aseguro que la mayoría de ellos han actuado cuando su alma ya se la había llevado el Diablo.
Sintiendo que su mente avanza entre los bordes de la cordura y la locura, Campton se pone de pie y sumerge su cabeza a través de la ventana, hacia la oscuridad de la noche, tan parecida a la muerte, a la nada. Recibe con cierto alivio el olor fétido e indómito de la selva que llega a sus pulmones, en vez del aroma sulfuroso que expele el demonio hecho hombre.
–No se quede callado, Campton. Ya no gozo del poder que me permitiría transportarlo cuarenta días al desierto y ofrecerle las riquezas del mundo. Yo lo he elegido y siéntase tranquilo que sabré recompensarlo. Lo único que le pido es que me ayude a llegar al pueblo de los Ashaninkas. Estoy muy débil para intentarlo solo y el tiempo se me está acabando.
Campton vuelve a observarlo, con los ojos que seguro tendrían los miembros de la Real Sociedad Geográfica cuando Burton, Livingstone, Speke, mostraban lo que trían de sus expediciones al continente africano. “Dice llamarse Satanás, pero qué difícil es sentir simpatía por él”, piensa al recordar la canción de los Rolling Stones incluida en el Beggar’s Banquet.
–Lo siento por usted, Satanás, porque seguirá siendo tan confiado como desgraciado. Yo tengo los días contados y me marcho de este mundo sin temor a enfrentar el castigo que me merezco por los actos que cometí en mi débil condición de ser humano. Sea cierta o no la historia que me ha confiado, sea que en verdad es el Diablo y no un embaucador miserable que sabe Dios con qué intenciones averiguó la más vil acción de mi vida y aguardó el momento adecuado para cruzarse en mi camino, yo le digo que prefiero mantenerme neutral y no participar en los designios que están más allá de mi condición de mortal. Toda mi vida he coqueteado con el Bien y con el Mal pero siempre he querido mantenerme dueño de mi propio destino y en él no vislumbro la posibilidad de poderlo ayudar. Así que cuando yo dé media vuelta y con una botella de whisky busque superar la experiencia de haberle conocido, hágase el favor de abandonar el barco antes que yo mismo lo arroje por la borda...
Y así fue como minutos antes de que el reloj marcara el advenimiento del año 2000, un hombre se arrastró entre la indiferencia de los demás, llegó a la cubierta y se arrojó a las aguas, para perderse nadando como reptil en la oscuridad.
Octubre 1998
Era común en el Trujillo de antaño, asustar a los menores con un ser que, en el imaginario popular, tenía predilección por los niños malcriados, a los que raptaba para devorarlos entre las sombras de la urbe. Le llamaban el Mataniños, pero hoy ya nadie lo menciona. Su recuerdo ha sido suplantado por el mito de los duendes que han traído consigo los emigrantes de la Sierra. Muchos, con ojos de verdad, te juran que casi se los llevan de bebés, sólo porque los encontraron fuera de su cuna y cerca de la ventana, que se abría y se cerraba y las cortinas se agitaban.
Mi abuela, que murió en 1995 casi de edad centenaria, recordaba al Mataniños, que era muy mentado en el Ascope de sus años mozos, y lo describía como un espectro, mezcla de hombre y animal, provisto de garras y colmillos afilados y que aún en la oscuridad podía proyectar su figura velluda y encorvada. Hombre, fantasma o demonio, la verdad es que su leyenda se puede rastrear hasta fines del siglo XVII en que se hablaba de un malévolo ser que se colaba en las casas por las noches y se llevaba a los niños, sobretodo a los no bautizados o los nacidos fuera de los vínculos del matrimonio.
Abelardo Hausten, metafísico e historiador, certifica su existencia en su Actos del divino Pagliorese, que publicó en 1967 y relata los hechos del milagroso fraile franciscano, cuya vida corrió análoga con la del temible personaje que se convirtió en su encarnizado enemigo. Hausten describe al Mataniños no como un ser abominable, sino más bien como un mancebo de figura galante, un íncubo que gustaba del comercio carnal con las mujeres de todas las razas y condición social. En el capítulo final de su obra, menciona que el fraile Pagliorese liberó a esta parte del Virreinato de la maligna presencia del Mataniños, tras una cruenta batalla que llenó las calles de ceniza y el agua se hizo sangre. Tras partir su corazón con la espada de fuego del arcángel Gabriel, el fraile moriría también, víctima de las heridas. Sus restos fueron depositados en las catacumbas del templo de San Francisco, pero al poco tiempo los profanadores se los llevaron al creer que su osamenta obraba milagros.
Martínez de Compañón, que habitó en Trujillo cien años después que el milagroso fraile, en una misiva al obispo del Cuzco, asegura que son incontables los prodigios que se le atribuyen. Curaba a los tísicos tan solo ponerles la mano encima y a los leprosos si besaban sus sandalias. Además, practicaba el exorcismo como Jesucristo, nuestro Señor, y liberó a una familia de campesinos al traspasar los demonios a una piara de cerdos que se arrojaron a las aguas del río Moche. De esa época data también la pintura que ahora se encuentra en la pinacoteca de la catedral, hecha por un anónimo pintor de la escuela quiteña, y en la que se muestra a un garrido Pagliorese, aniquilando al Mataniños, que tiene forma de macho cabrío. En la parte superior el sol se abre paso entra las tinieblas y en la parte inferior, huye despavorida la serpiente que tentó a Eva en el paraíso.
En los años de la Independencia, el recuerdo de Pagliorese estaba intacto. Dicen que Riva Agüero le debe su pellejo cuando Bolívar le perseguía para matarle y que O’Higgins, de paso por Trujillo, sanó de una repentina y dolorosa enfermedad, con sólo orarle a la efigie del fraile que una damisela siempre llevaba consigo.
Durante el primer gobierno de Gamarra, el Perú inició las relaciones diplomáticas con El Vaticano, y siendo Tomás Diéguez obispo de Trujillo, arribó a nuestras costas el cardenal Salvatore Fracelli, enviado por su santidad, el papa Gregorio XVI, con la intención de recabar documentación que permitiera la beatificación –y posterior canonización– del primer santo italiano en tierra americana. Sin embargo su estadía en la ciudad de Trujillo no fue mayor de tres días, pues dicen que llegó a entrevistarse con el alma del fraile Pagliorese, en el mismo lugar que le sirvió de sepultura, y la confesión que hizo, lo alejó irremediablemente de un lugar entre los santos. A su retorno a la santa sede, al cardenal Fracelli le costó mucho convencer a los demás prelados de su encuentro con el más allá. Tuvo que traer a colación los ejemplos de San Genaro de Otranto y Santa Gertrudis de Aquilea, que han hablado del pasado después de cientos de años.
Los archivos de El Vaticano guardan celosamente un secreto que según el sacerdote peruano Néstor Carrillo, pudo acceder durante el papado de Paulo VI. Antes de morir en 1999, el sacerdote, otrora pregonero de la Teología de la Liberación y censurado por enfrentarse al Opus Dei, publicó un libro titulado Las grandes mentiras que todo Cristiano debe saber, en donde revela la confesión del fraile Pagliorese, redactada en latín y en primera persona, y que según el autor, es literal al testimonio del cardenal Fracelli. La confesión, tal cual aparece en el libro, se la ofrecemos a continuación.
“He de narrar la verdadera historia de mi vida para que Dios perdone mis ofensas y se callen esas voces que aún hoy, con el paso de los años, glorifican mis bienaventuranzas. Yo soy, o fui, Toregliano Pagliorese. Nací en la villa de Nápoles en el día de Navidad del año 1646. Fui el menor de cinco hermanos, siendo yo el único que llegué a edad adulta. Al morir mis padres, recibí como herencia doscientos ochenta monedas de oro que me sirvieron para descubrir los placeres de la vida mundana. Recorrí las tabernas de Florencia, las rameras de Venecia y perdí toda mi fortuna en las casas de juego de Parma. Así que en la más completa miseria y sin ánimos ni voluntad para buscar un oficio que me brindara beneficios, ingresé, por la influencia de mi familia, a la orden de los Franciscanos, donde lejos de aficionarme a la teología y la catequesis, me interesé en los libros que me rebelaban la ciencia de la biología y la medicina. Siete años después me ordenaron fraile y me destacaron a Galicia, donde ayudé en la edificación de un nuevo templo para la congregación, pero al dejarme seducir por la mirada de una condesa, tuve que escapar y hacerme a la mar, antes que su rabioso marido me cociera a puñaladas.
Tras meses de navegación, en que mi ciencia nada pudo hacer por salvar del escorbuto a un puñado de infelices, arribé al Perú en los tiempos del Conde Castellar. De inmediato me trasladaron a la villa de Zaña, cuya opulencia competía en mucho con la de la propia capital del Virreinato. En esa tierra sentí que a mis veinte y ocho años, por fin había encontrado mi lugar en el Mundo y pronto mis conocimientos hipocráticos se hicieron proverbiales. A cuántos salvé de la muerte al sanarlos de enfermedades que no se conocía cura. Las personas que me veneraban decían que mis manos eran tan milagrosas como las de todos los santos. Los que me envidiaban decían que no era Dios sino el Demonio quien obraba en mí y que las almas de los que salvaba, estaban condenadas al Averno. Admito que en sus chismes arteros había algo de verdad, pues mucho de mi haber curativo se lo debía a la sabiduría de los esclavos que estaban a mi cargo. Padre Carlos, un viejo mandinga, me confió los mágicos secretos de lasa tribus perdidas en el África. No sólo me proveyó de recetas para curar la viruela y la influenza, sino que gracias a la preparación de un elíxir impetuoso, he disfrutado los placeres de gran número de mujeres, incluso de las más virtuosas que con tan sólo unas gotas, han perdido toda su decencia y he hecho con ellas todo lo que quisiera. Mi fama de fraile lujurioso corría a la par con la de milagroso, tanto que alguna vez me amenazaron con denunciarme, pero los mismos miembros del cabildo se ofrecieron un día defenderme si los soldados de la Santa Inquisición venían por mí. Yo era el dilecto religioso de una villa que estaba orgullosa de su vida licenciosa. Poco importaba si el obispo de Trujillo amenazaba con excomulgar a la ciudad o que el padre agustino Sancho Estolaza, al momento de partir, los maldijera y profetizara que antes de finalizar el estío, Zaña sería asolada por salvajes de igual o peor calaña que sus moradores. Nadie le tomó en serio hasta que una noche de marzo de 1686, una flota comandada por Edward Davis, el pirata que se hacía llamar «El Tigre de Flandes», arribó a las costas de Chérrepe y tras superar rápidamente las cuatro leguas que lo separaban de Zaña, saquearon, ultrajaron y mutilaron todo lo que hallaron a su paso. Durante siete días la ciudad fue ocupada. Los piratas se llevaron más de cien millones de pesos y no contentos con ello, prendieron fuego a todo lo que no habían podido llevarse.
Mi intento porque no rapiñaran nada de mi templo fue en vano. El mismo Davis me propinó una golpiza feroz que me dejó al borde de la muerte y fue necesario que me llevaran a Trujillo para curar mis heridas... Nunca más regresé a Zaña. Supe que las familias de buen linaje se mudaron a Lambayeque y la urbe quedó en manos de los manumisos, que la hicieron más pecaminosa y depravada. Yo me establecí en Trujillo, con un dolor intenso y penitente en las piernas, que me acompañaría por el resto de mis días. Los frailes me acogieron a cambio que renunciara de la vida mundana y pusiera mi ciencia al servicio de sus necesidades. De buena gana les dije que sí y les besé las manos a cuanta autoridad eclesiástica había que arrodillarse. Mi docilidad fue compensada con la elección para mi desahogo carnal de una humilde mochera a la que luego no pude salvar cuando contrajo el tifus. Dispuesto a enmendarme en el buen camino del Señor, no sólo prodigué salud a centenares de hombres, mujeres, párvulos y ancianos, que confundieron con prodigios mis conocimientos adquiridos, también me entregué al apostolado de la Educación y fui maestro de excelentes médicos, escribanos y contadores, todos hijos de la clase influyente. Difundí lo que nunca se había difundido por esos lares: la sabiduría de Pitágoras, Platón y Aristóteles, la ciencia de Averroes y Avicena, los avances de Copérnico, Kepler y Galileo, sólo que a media voz para no terminar en la hoguera de la Inquisición. Fueron tres años fructíferos hasta que en el invierno de 1689 hizo su aparición en Trujillo un sujeto al que la gente rápidamente bautizó con el nombre de «Mataniños». Alarmada la población, mi presencia se hizo necesaria en las viviendas en las que este ente diabólico había cometido sus fechorías y me di con la sorpresa de encontrar a jóvenes mujeres muertas o que sufrían de espantosa agonía al ser desgarrados sus genitales. “¡Es el Mataniños!”, gritaban los supersticiosos, “se lleva a los hijos concebidos en pecado”. A mí la brutalidad de las heridas que marcaban la carne como estigmas, no me dejaban dudas de que se trataba de un sujeto inescrupuloso que realizaba prácticas abortivas. Más que un cuidadoso cirujano, la ciudad se enfrentaba con un feroz carnicero al cual me empeñé en desenmascarar. Pronto, al Mataniños se le culpó de secuestrar a todos los infantes que habían desaparecido en ajenas circunstancias, pero, conociendo con rigurosidad científica su modo de operar, estos crímenes no iban con él. O los cometía otra persona o simplemente, se perdió un mocoso y con el paso de los días dijeron que se perdieron diez. Es común que el terror colectivo manipule y exagere hechos y cifras y la leyenda del Mataniños llegara hasta Lima, de donde vino una guarnición con la finalidad de atraparlo, pero no tuvo éxito.
Para octubre de 1693, las muchachas muertas en Trujillo y los valles aledaños, por un aborto mal hecho o por estar de avanzada gestación, llegó a la horrible suma de treinta y dos. La mayoría eran indias del campo, pero no faltaron tampoco las religiosas que morían sin que yo pudiera tocarlas y las castizas de noble cuna que llegaban a mis manos con fiebres altas, cuando nada podía hacer. Si con antelación hubiesen vencido el temor a la vergüenza, a cuántas habría salvado de la infección. A la hija de un hidalgo capitán pude salvarla porque su madre la trajo a tiempo, sin embargo, ambas se negaron a identificar al maldito abortero. “¡Era el Mataniños! ¡El Mataninos!” A lo mucho que pude averiguar es que utilizaba un antifaz, como los que había visto en los carnavales venecianos, para ocultar su identidad. Sin embargo, una mañana, Trujillo amaneció con la noticia de que las autoridades aprehendieron a un sujeto que cometía delito de sodomía con un menor de edad. Se trataba de un judío converso que se había afincado hace poco en la ciudad y tras ser torturado, asumió la identidad del Mataniños, agregando que extraía los fetos y los devoraba en su propia placenta. Ante la consternación pública, la Iglesia le expropió todas sus propiedades y fue conducido a Lima para ser ejecutado. Sin embargo, a causa de las heridas, no pudo soportar el viaje y murió en el pueblo de Guarmey. La gente suspiró aliviada pero no por mucho tiempo. Al año siguiente, en febrero, durante las fiestas de San Valentín, patrono de la ciudad, una niña de poco más de once años, ingresó a la catedral sangrando a borbotones de sus genitales y se derrumbó frente a la talla del Cristo crucificado. La gente entró en pánico y llegó a la conclusión de que se enfrentaban a un ser sobrenatural. Yo me empeñé en buscarle en todas las casas, bosques y montañas de la región, pero ante la imposibilidad de encontrar indicios que me permitieran identificarlo, adoctriné a las mujeres de Trujillo para que llevaran una vida honrada. Les advertí del ominoso pecado que representaba el aborto ante los ojos del Señor, mas fue en vano, tres indias de Moche y una de Guanchaco, confirmaron que los abortos iban aumentando. Fue tan obstinada mi labor de querer atrapar al abortero, que mi reputación de hombre santo y benemérito, de mano derecha de Dios y todos los santos, iba en aumento. Inmenso fervor en vez de estimularme, me enfermaba y mi ánimo se resquebrajaba, tanto que llegó el día que no pude levantarme. Un dolor profundo en el pecho me tenía clavado en el lecho y sudaba profusamente. Mis fieles feligreses oraban por mi salud y hacían vigilias en los templos. El mal avanzó tan rápido que pronto no tuve fuerzas ni para pronunciar palabras. A mis oídos llegaban rumores de lo que la gente decía, que mi estado se debía a que Dios me había permitido descender a los Infiernos para enfrentarme al Mataniños. Tras cruenta batalla y con la ayuda de los arcángeles, había conseguido aniquilar al maligno y conducir a las almas que el tenía en su poder, hasta el purgatorio. Todavía no moría y ya tenía mi leyenda construida. Miles de gargantas se levantaban y las campanas repiqueteaban mi nombre.
En el domingo de Pentecostés de 1794, mi cuerpo que creían muerto, fue enterrado vivo y mi alma, que fue rechazada por el Señor, se quedó encerrada en estas catacumbas, cuyos muros encierran los cuerpecitos de todas las criaturas a las que privé de vivir. Yo, el milagroso fraile Pagliorese he sido también aquel que llamaron El Mataniños, culpable de la muerte de monjas, señoras y campesinas, todas entregadas a las bajas pasiones de un grupo de clérigos que me recibieron bajo su seno a cambio de que mi ciencia les sirviera para eliminar los frutos de su vergüenza. Confieso mi propia historia, para transformar en repudio todos los homenajes que se rinden a mi persona. Sólo extirpándome de sus templos y procesiones, dejando mi recuerdo proscrito y maldito, el Señor, con su infinita benevolencia, me otorgará el descanso eterno”.
Real o imaginario este relato, lo cierto es que con el paso del tiempo, el nombre del fraile Pagliorese se ha ido perdiendo, tanto que en la actualidad sólo unos cuantos aficionados a la historia de Trujillo lo mencionan. Más larga vida tuvo el recuerdo del Mataniños que como hemos mencionado, adquirió características fabulosas y sirvió para amedrentar a esos niños que son escapados de la caldera del Diablo. En su libro, el padre Carrillo concluye su biografía del fraile con la siguiente reflexión: Después de haber cometido tantos crímenes y aberraciones, vestido con el traje de San Francisco, el mayor milagro de Pagliorese es haber caído piadosamente en el olvido.
Diciembre 2004
Mi abuela, que murió en 1995 casi de edad centenaria, recordaba al Mataniños, que era muy mentado en el Ascope de sus años mozos, y lo describía como un espectro, mezcla de hombre y animal, provisto de garras y colmillos afilados y que aún en la oscuridad podía proyectar su figura velluda y encorvada. Hombre, fantasma o demonio, la verdad es que su leyenda se puede rastrear hasta fines del siglo XVII en que se hablaba de un malévolo ser que se colaba en las casas por las noches y se llevaba a los niños, sobretodo a los no bautizados o los nacidos fuera de los vínculos del matrimonio.
Abelardo Hausten, metafísico e historiador, certifica su existencia en su Actos del divino Pagliorese, que publicó en 1967 y relata los hechos del milagroso fraile franciscano, cuya vida corrió análoga con la del temible personaje que se convirtió en su encarnizado enemigo. Hausten describe al Mataniños no como un ser abominable, sino más bien como un mancebo de figura galante, un íncubo que gustaba del comercio carnal con las mujeres de todas las razas y condición social. En el capítulo final de su obra, menciona que el fraile Pagliorese liberó a esta parte del Virreinato de la maligna presencia del Mataniños, tras una cruenta batalla que llenó las calles de ceniza y el agua se hizo sangre. Tras partir su corazón con la espada de fuego del arcángel Gabriel, el fraile moriría también, víctima de las heridas. Sus restos fueron depositados en las catacumbas del templo de San Francisco, pero al poco tiempo los profanadores se los llevaron al creer que su osamenta obraba milagros.
Martínez de Compañón, que habitó en Trujillo cien años después que el milagroso fraile, en una misiva al obispo del Cuzco, asegura que son incontables los prodigios que se le atribuyen. Curaba a los tísicos tan solo ponerles la mano encima y a los leprosos si besaban sus sandalias. Además, practicaba el exorcismo como Jesucristo, nuestro Señor, y liberó a una familia de campesinos al traspasar los demonios a una piara de cerdos que se arrojaron a las aguas del río Moche. De esa época data también la pintura que ahora se encuentra en la pinacoteca de la catedral, hecha por un anónimo pintor de la escuela quiteña, y en la que se muestra a un garrido Pagliorese, aniquilando al Mataniños, que tiene forma de macho cabrío. En la parte superior el sol se abre paso entra las tinieblas y en la parte inferior, huye despavorida la serpiente que tentó a Eva en el paraíso.
En los años de la Independencia, el recuerdo de Pagliorese estaba intacto. Dicen que Riva Agüero le debe su pellejo cuando Bolívar le perseguía para matarle y que O’Higgins, de paso por Trujillo, sanó de una repentina y dolorosa enfermedad, con sólo orarle a la efigie del fraile que una damisela siempre llevaba consigo.
Durante el primer gobierno de Gamarra, el Perú inició las relaciones diplomáticas con El Vaticano, y siendo Tomás Diéguez obispo de Trujillo, arribó a nuestras costas el cardenal Salvatore Fracelli, enviado por su santidad, el papa Gregorio XVI, con la intención de recabar documentación que permitiera la beatificación –y posterior canonización– del primer santo italiano en tierra americana. Sin embargo su estadía en la ciudad de Trujillo no fue mayor de tres días, pues dicen que llegó a entrevistarse con el alma del fraile Pagliorese, en el mismo lugar que le sirvió de sepultura, y la confesión que hizo, lo alejó irremediablemente de un lugar entre los santos. A su retorno a la santa sede, al cardenal Fracelli le costó mucho convencer a los demás prelados de su encuentro con el más allá. Tuvo que traer a colación los ejemplos de San Genaro de Otranto y Santa Gertrudis de Aquilea, que han hablado del pasado después de cientos de años.
Los archivos de El Vaticano guardan celosamente un secreto que según el sacerdote peruano Néstor Carrillo, pudo acceder durante el papado de Paulo VI. Antes de morir en 1999, el sacerdote, otrora pregonero de la Teología de la Liberación y censurado por enfrentarse al Opus Dei, publicó un libro titulado Las grandes mentiras que todo Cristiano debe saber, en donde revela la confesión del fraile Pagliorese, redactada en latín y en primera persona, y que según el autor, es literal al testimonio del cardenal Fracelli. La confesión, tal cual aparece en el libro, se la ofrecemos a continuación.
“He de narrar la verdadera historia de mi vida para que Dios perdone mis ofensas y se callen esas voces que aún hoy, con el paso de los años, glorifican mis bienaventuranzas. Yo soy, o fui, Toregliano Pagliorese. Nací en la villa de Nápoles en el día de Navidad del año 1646. Fui el menor de cinco hermanos, siendo yo el único que llegué a edad adulta. Al morir mis padres, recibí como herencia doscientos ochenta monedas de oro que me sirvieron para descubrir los placeres de la vida mundana. Recorrí las tabernas de Florencia, las rameras de Venecia y perdí toda mi fortuna en las casas de juego de Parma. Así que en la más completa miseria y sin ánimos ni voluntad para buscar un oficio que me brindara beneficios, ingresé, por la influencia de mi familia, a la orden de los Franciscanos, donde lejos de aficionarme a la teología y la catequesis, me interesé en los libros que me rebelaban la ciencia de la biología y la medicina. Siete años después me ordenaron fraile y me destacaron a Galicia, donde ayudé en la edificación de un nuevo templo para la congregación, pero al dejarme seducir por la mirada de una condesa, tuve que escapar y hacerme a la mar, antes que su rabioso marido me cociera a puñaladas.
Tras meses de navegación, en que mi ciencia nada pudo hacer por salvar del escorbuto a un puñado de infelices, arribé al Perú en los tiempos del Conde Castellar. De inmediato me trasladaron a la villa de Zaña, cuya opulencia competía en mucho con la de la propia capital del Virreinato. En esa tierra sentí que a mis veinte y ocho años, por fin había encontrado mi lugar en el Mundo y pronto mis conocimientos hipocráticos se hicieron proverbiales. A cuántos salvé de la muerte al sanarlos de enfermedades que no se conocía cura. Las personas que me veneraban decían que mis manos eran tan milagrosas como las de todos los santos. Los que me envidiaban decían que no era Dios sino el Demonio quien obraba en mí y que las almas de los que salvaba, estaban condenadas al Averno. Admito que en sus chismes arteros había algo de verdad, pues mucho de mi haber curativo se lo debía a la sabiduría de los esclavos que estaban a mi cargo. Padre Carlos, un viejo mandinga, me confió los mágicos secretos de lasa tribus perdidas en el África. No sólo me proveyó de recetas para curar la viruela y la influenza, sino que gracias a la preparación de un elíxir impetuoso, he disfrutado los placeres de gran número de mujeres, incluso de las más virtuosas que con tan sólo unas gotas, han perdido toda su decencia y he hecho con ellas todo lo que quisiera. Mi fama de fraile lujurioso corría a la par con la de milagroso, tanto que alguna vez me amenazaron con denunciarme, pero los mismos miembros del cabildo se ofrecieron un día defenderme si los soldados de la Santa Inquisición venían por mí. Yo era el dilecto religioso de una villa que estaba orgullosa de su vida licenciosa. Poco importaba si el obispo de Trujillo amenazaba con excomulgar a la ciudad o que el padre agustino Sancho Estolaza, al momento de partir, los maldijera y profetizara que antes de finalizar el estío, Zaña sería asolada por salvajes de igual o peor calaña que sus moradores. Nadie le tomó en serio hasta que una noche de marzo de 1686, una flota comandada por Edward Davis, el pirata que se hacía llamar «El Tigre de Flandes», arribó a las costas de Chérrepe y tras superar rápidamente las cuatro leguas que lo separaban de Zaña, saquearon, ultrajaron y mutilaron todo lo que hallaron a su paso. Durante siete días la ciudad fue ocupada. Los piratas se llevaron más de cien millones de pesos y no contentos con ello, prendieron fuego a todo lo que no habían podido llevarse.
Mi intento porque no rapiñaran nada de mi templo fue en vano. El mismo Davis me propinó una golpiza feroz que me dejó al borde de la muerte y fue necesario que me llevaran a Trujillo para curar mis heridas... Nunca más regresé a Zaña. Supe que las familias de buen linaje se mudaron a Lambayeque y la urbe quedó en manos de los manumisos, que la hicieron más pecaminosa y depravada. Yo me establecí en Trujillo, con un dolor intenso y penitente en las piernas, que me acompañaría por el resto de mis días. Los frailes me acogieron a cambio que renunciara de la vida mundana y pusiera mi ciencia al servicio de sus necesidades. De buena gana les dije que sí y les besé las manos a cuanta autoridad eclesiástica había que arrodillarse. Mi docilidad fue compensada con la elección para mi desahogo carnal de una humilde mochera a la que luego no pude salvar cuando contrajo el tifus. Dispuesto a enmendarme en el buen camino del Señor, no sólo prodigué salud a centenares de hombres, mujeres, párvulos y ancianos, que confundieron con prodigios mis conocimientos adquiridos, también me entregué al apostolado de la Educación y fui maestro de excelentes médicos, escribanos y contadores, todos hijos de la clase influyente. Difundí lo que nunca se había difundido por esos lares: la sabiduría de Pitágoras, Platón y Aristóteles, la ciencia de Averroes y Avicena, los avances de Copérnico, Kepler y Galileo, sólo que a media voz para no terminar en la hoguera de la Inquisición. Fueron tres años fructíferos hasta que en el invierno de 1689 hizo su aparición en Trujillo un sujeto al que la gente rápidamente bautizó con el nombre de «Mataniños». Alarmada la población, mi presencia se hizo necesaria en las viviendas en las que este ente diabólico había cometido sus fechorías y me di con la sorpresa de encontrar a jóvenes mujeres muertas o que sufrían de espantosa agonía al ser desgarrados sus genitales. “¡Es el Mataniños!”, gritaban los supersticiosos, “se lleva a los hijos concebidos en pecado”. A mí la brutalidad de las heridas que marcaban la carne como estigmas, no me dejaban dudas de que se trataba de un sujeto inescrupuloso que realizaba prácticas abortivas. Más que un cuidadoso cirujano, la ciudad se enfrentaba con un feroz carnicero al cual me empeñé en desenmascarar. Pronto, al Mataniños se le culpó de secuestrar a todos los infantes que habían desaparecido en ajenas circunstancias, pero, conociendo con rigurosidad científica su modo de operar, estos crímenes no iban con él. O los cometía otra persona o simplemente, se perdió un mocoso y con el paso de los días dijeron que se perdieron diez. Es común que el terror colectivo manipule y exagere hechos y cifras y la leyenda del Mataniños llegara hasta Lima, de donde vino una guarnición con la finalidad de atraparlo, pero no tuvo éxito.
Para octubre de 1693, las muchachas muertas en Trujillo y los valles aledaños, por un aborto mal hecho o por estar de avanzada gestación, llegó a la horrible suma de treinta y dos. La mayoría eran indias del campo, pero no faltaron tampoco las religiosas que morían sin que yo pudiera tocarlas y las castizas de noble cuna que llegaban a mis manos con fiebres altas, cuando nada podía hacer. Si con antelación hubiesen vencido el temor a la vergüenza, a cuántas habría salvado de la infección. A la hija de un hidalgo capitán pude salvarla porque su madre la trajo a tiempo, sin embargo, ambas se negaron a identificar al maldito abortero. “¡Era el Mataniños! ¡El Mataninos!” A lo mucho que pude averiguar es que utilizaba un antifaz, como los que había visto en los carnavales venecianos, para ocultar su identidad. Sin embargo, una mañana, Trujillo amaneció con la noticia de que las autoridades aprehendieron a un sujeto que cometía delito de sodomía con un menor de edad. Se trataba de un judío converso que se había afincado hace poco en la ciudad y tras ser torturado, asumió la identidad del Mataniños, agregando que extraía los fetos y los devoraba en su propia placenta. Ante la consternación pública, la Iglesia le expropió todas sus propiedades y fue conducido a Lima para ser ejecutado. Sin embargo, a causa de las heridas, no pudo soportar el viaje y murió en el pueblo de Guarmey. La gente suspiró aliviada pero no por mucho tiempo. Al año siguiente, en febrero, durante las fiestas de San Valentín, patrono de la ciudad, una niña de poco más de once años, ingresó a la catedral sangrando a borbotones de sus genitales y se derrumbó frente a la talla del Cristo crucificado. La gente entró en pánico y llegó a la conclusión de que se enfrentaban a un ser sobrenatural. Yo me empeñé en buscarle en todas las casas, bosques y montañas de la región, pero ante la imposibilidad de encontrar indicios que me permitieran identificarlo, adoctriné a las mujeres de Trujillo para que llevaran una vida honrada. Les advertí del ominoso pecado que representaba el aborto ante los ojos del Señor, mas fue en vano, tres indias de Moche y una de Guanchaco, confirmaron que los abortos iban aumentando. Fue tan obstinada mi labor de querer atrapar al abortero, que mi reputación de hombre santo y benemérito, de mano derecha de Dios y todos los santos, iba en aumento. Inmenso fervor en vez de estimularme, me enfermaba y mi ánimo se resquebrajaba, tanto que llegó el día que no pude levantarme. Un dolor profundo en el pecho me tenía clavado en el lecho y sudaba profusamente. Mis fieles feligreses oraban por mi salud y hacían vigilias en los templos. El mal avanzó tan rápido que pronto no tuve fuerzas ni para pronunciar palabras. A mis oídos llegaban rumores de lo que la gente decía, que mi estado se debía a que Dios me había permitido descender a los Infiernos para enfrentarme al Mataniños. Tras cruenta batalla y con la ayuda de los arcángeles, había conseguido aniquilar al maligno y conducir a las almas que el tenía en su poder, hasta el purgatorio. Todavía no moría y ya tenía mi leyenda construida. Miles de gargantas se levantaban y las campanas repiqueteaban mi nombre.
En el domingo de Pentecostés de 1794, mi cuerpo que creían muerto, fue enterrado vivo y mi alma, que fue rechazada por el Señor, se quedó encerrada en estas catacumbas, cuyos muros encierran los cuerpecitos de todas las criaturas a las que privé de vivir. Yo, el milagroso fraile Pagliorese he sido también aquel que llamaron El Mataniños, culpable de la muerte de monjas, señoras y campesinas, todas entregadas a las bajas pasiones de un grupo de clérigos que me recibieron bajo su seno a cambio de que mi ciencia les sirviera para eliminar los frutos de su vergüenza. Confieso mi propia historia, para transformar en repudio todos los homenajes que se rinden a mi persona. Sólo extirpándome de sus templos y procesiones, dejando mi recuerdo proscrito y maldito, el Señor, con su infinita benevolencia, me otorgará el descanso eterno”.
Real o imaginario este relato, lo cierto es que con el paso del tiempo, el nombre del fraile Pagliorese se ha ido perdiendo, tanto que en la actualidad sólo unos cuantos aficionados a la historia de Trujillo lo mencionan. Más larga vida tuvo el recuerdo del Mataniños que como hemos mencionado, adquirió características fabulosas y sirvió para amedrentar a esos niños que son escapados de la caldera del Diablo. En su libro, el padre Carrillo concluye su biografía del fraile con la siguiente reflexión: Después de haber cometido tantos crímenes y aberraciones, vestido con el traje de San Francisco, el mayor milagro de Pagliorese es haber caído piadosamente en el olvido.
Diciembre 2004
Tocaba clase de filosofía y no tenía tarea que presentar. Detrás de sus enormes anteojos de carey pude notar la expresión, mezcla de sorpresa y contrariedad, de la profesora Selbierchi, y yo bajé la cabeza para que tomara como vergüenza lo que sentía como rabia. “No hice la tarea”, le dije, y ella, sin ningún miramiento, apuntó, con lapicero rojo, el cero-cinco en su registro, alimentando las risas diabólicas de Graciela Mesones y las gemelas Aliaga.
El incidente me llenó de suficiente amargura para malograrme la mañana, acentuando de hecho, el aire de niña estúpida que me acompaña desde que nací. A la hora de salida, rehuí a la altivez de todas aquellas que son recogidas por el chofer de sus padres y rápido caminé hacia el paradero, sin imaginar que un modesto Volkswagen de color indefinible y magullado por choques de larga data, iba a detener su marcha cerca de mí, emitiendo la persona que iba al volante un seco: “vamos, te llevo”. Era, para mi sorpresa, la profesora Selbierchi quien con mucha insistencia consiguió que una jovencita tan tímida como yo se subiera a su vehículo y la viera tomar un camino distinto a mi camino. Sin consultar si me molestaba o no, prendió el cigarrillo que colgaba de sus labios. Con la avidez que fumaba, deduje que lo acabaría en contadas pitadas y no me equivoqué, brindándome una explicación del porqué de su voz ronca y cancerosa, en definitiva, una imagen negativa para cualquier campaña de salubridad.
Cuando íbamos por Paseo de la República, a punto de bajar al zanjón, me preguntó en dónde vivía y yo le respondí que en San Roque. “¡Oh, eso está muy lejos, yo pensaba que...” La profesora detuvo en seco su vana explicación y, tomándose lo que le demoró superar un autobús más destartalado que su Escarabajo, me invitó a almorzar. No le dije sí, ni tampoco no, lo cual pudo tomarlo como una afirmación y como yo como conversadora soy un fiasco, no volvimos a cruzar palabras en todo el trayecto. La música de Telestereo ayudó a sobrellevar el incómodo silencio.
Al llegar a su casa en Magdalena, un segundo piso de una casa fea, cerca de la iglesia de la Cúpula, percibí cómo el olor a cigarrillo estaba impregnado en cada rincón, lo cual delataba ya no un vicio sino un espíritu doblegado. “Coge el teléfono y avisa que te quedas a almorzar”, me dijo mientras se dirigía a su habitación, dejándome en una sala poblada de retratos. “Pierda cuidado, no me echarán de menos”, le dije con un tono de víctima que se me escapó sin querer, obligando a la profesora que saliera presurosa, llevando el cabello suelto, la blusa desfajada y calzando chinelas. “¿Cuál es el número de tu casa?”, me preguntó con un gesto incrédulo y llamó a mi madre: “Aló, ¿señora Magarro?, cómo está, le habla la profesora Selbierchi, he invitado a su hija a almorzar, ¿a cuál de ellas?, a Andrea, mi alumna de quinto año, no se preocupe, yo luego la llevo a casa”. Al colgar el auricular, la profesora suspiró aliviada y me dijo: “Por un momento pensé que tu mamá no te amaba, pero más bien creo que es de esas distraídas que se les pasea el alma”. “Mi madre sólo vive para los hombres de la casa”, le aclaré, dejando al descubierto la bronca que le tengo desde siempre, sin embargo, la profesora no me dio importancia.
Almorzamos las dos solas. Una mujer morena y obesa nos sirvió en la mesa de la cocina. “Ninguna de mis hijas está, tienen clases en la universidad”, me dijo para explicar su explícita soledad. Como no me habló de esposo y no habían señales masculinas por ningún lado, supuse con malicia que debía masturbarse de manera compulsiva. De entrada comimos crema de ocopa con lechuga, aceituna y papas blancas en rodajas. De segundo, estofado de pollo con arroz blanco y puré de arveja. Chicha morada de sobre para asentar y de postre fresas con leche condensada. “Edelmira, sírvenos dos tazas de manzanilla en la biblioteca”. “No gracias, no me gusta esa agua sucia”, le quise decir, pero al igual que las menestras, por compromiso tuve que aceptar.
La «biblioteca» de la profesora Selbierchi era un espacio de paredes sucias y libros de edición popular en vez de colecciones que valieran la pena, detalles que empobrecieron el concepto intelectual que guardaba de ella. Sentadas mirándonos de frente, separadas por un escritorio de metal, la profesora, sin que le faltara un cigarrillo en la mano, me preguntó: “Ahora sí, dime la verdad”. “¿La verdad sobre qué?”, me hice la desentendida. “La verdad sobre lo que pasó con tu tarea”. Yo no le dije nada. Viéndome acorralada, no tuve más remedio que bajar la cabeza como el avestruz y ruborizarme hasta sentir mis orejas arder. “Admítelo, Graciela Mesones y las gemelas Aliaga se ensañaron contigo otra vez”. Mi silencio se mantuvo inalterable, lo cual podía tomarse como una respuesta dual. “Cuéntame, ¿siempre te has llevado mal con ellas?” “Siempre”, le respondí. “Me imagino que será porque te envidian”. “No me envidian, me desprecian”, le corregí. “¿Y por qué no me cuentas qué pasó en realidad?” “¡Cómo puedo contarle, profesora! ¿No sabe que en la secundaria rige un código que prohíbe convertirnos en soplonas?”, pensé y creo que ella lo supo leer en mi rostro acongojado pues optó por cambiar de tema, encendiendo otro cigarrillo con la colilla del anterior. “¿Tú crees que existen personas que llevan la maldad en el corazón? ¿Personas que son malas por naturaleza y disfrutan ocasionándoles mal a todo lo que las rodea? ¿Crees que Graciela Mesones y las gemelas Aliaga son malas en realidad o son simplemente unas chiquillas engreídas y superficiales, cuyo frívolo proceder es producto de su crianza y del medio en que se desenvuelven?” Ante tales aseveraciones no tuve palabras con que responder. “Siempre, desde que el mundo es mundo y la secundaria es secundaria, existieron chicas buenas y chicas malas, chicas listas y chicas tontas, chicas populares y chicas ignoradas; y siempre las que sobresalen han hecho sentir su menosprecio a las otras. Es irremediable. Es ley genética. Es el abuso del más fuerte contra el más débil...”
Sabiéndose dueña de mi total atención, la profesora se inclinó hacia mí, como si quisiera compartir una información confidencial, y mirándome fijamente, remató: “Voy a narrarte lo que sucedió hace mucho en un internado. Quizá te sirva de algo...”
“Yo llegué a Lima más o menos cuando tenía tu edad. Mi casa y mi padre quedaron sepultados con el aluvión que borró del mapa la hermosura de Yungay. Al año siguiente ingresé a la Normal y cuatro años después aceptaron que hiciera mis prácticas en el Padovano, un antiguo colegio del que no creo hayas oído hablar. Cerró sus puertas antes que nacieras, cuando las monjas se fueron a Italia y su imponente infraestructura, que orgullosa se levantaba en el malecón de Chorrillos, fue derribada para dar paso a lo que hoy es el casino de suboficiales del Ejército. Cuando yo ingresé, como auxiliar de Lengua y Literatura, el Padovano ya no era el internado más prestigioso del Pacífico sur, sino más bien una institución parroquial que becaba alumnas de humilde condición. A pesar de que no estaba obligada, elegí quedarme a pernoctar dentro del colegio, fascinada por la mística que emanaban sus paredes centenarias. La habitación que me asignaron quedaba en el mismo piso de las monjas y la madre directora. Era pequeña y lúgubre y contaba, como todo mobiliario, con una mesa y un catre pegado a la pared. Desde la ventana se veía el jardín y más al fondo los escombros de un pabellón que se había venido abajo con el terremoto del cuarenta, lo cual parecía ponerle punto final a una etapa de su historia”.
“A pesar que mi primer día fue agotador, al llegar la noche, sea porque sentía el ambiente cargado o porque me costaba acostumbrarme a la rigidez del colchón, no pude conciliar el sueño. Como nada ganaba estando lúcida en tinieblas, encendí la lámpara y proseguí la lectura de Un mundo para Julius, el mejor libro de Bryce Echenique, a quien considero un escritor bastante mediocre. En eso, escuché que de afuera alguien removía tierra con una pala, al principio no lo podía distinguir con claridad, pero cada vez el sonido constante me llegaba con más nitidez por lo que me asomé a la ventana para ver quien podía estar cavando a la una de la mañana, y distinguí, en la penumbra, a una muchacha, vestida con el uniforme antiguo del Padovano, de colores verde, granate y blanco, hundiendo la pala y retirando tierra sin cesar. “¿Quién podría ser?”, me dije, si todas las alumnas que había visto vestían el uniforme único escolar, color plomo rata, que había impuesto el régimen militar. Sin poder despegar mi atención, observé a la muchacha que cavaba hasta que sin darme cuenta, me quedé dormida bajo el marco de la ventana y me desperté con la alarma del despertador, a las cinco de la mañana. Doblegando la pesadez que caía sobre mis párpados, me duché, me vestí y salí al pasillo donde me topé con una mujer de edad avanzada, que todos los días madrugaba para lustrar el calzado depositado en cada puerta la noche anterior. Al hablarle de la muchacha que había visto en el patio, ella me miró como si no creyera en mis palabras. “¡Oh!, usted se percató”. “¡Por supuesto! –agregué–, cualquier persona con los oídos bien limpios la pudo haber sentido”. “No lo crea –me respondió–, a esa muchacha sólo la ha visto usted, ayer, y yo, durante muchos años”. Impresionada por sus palabras, sentí que un frío intenso recorría mi espalda e intenté que la mujer se explayara; pero fue imposible, ya la madre directora se había levantado y nos conminó a seguir con nuestras labores”.
“Durante el día, pregunté a varias alumnas, profesoras y monjas si se habían percatado del incidente nocturno y todas me dijeron que no. Ya en la noche, pasadas las doce, me asomé para ver excavar a la misma muchacha. Pensé en llamar su atención desde mi ventana, incluso en bajar a su encuentro, pero había en ese rito perpetuo tanto de sobrecogedor que no tuve valor. Al sonar el despertador, no me importó el cansancio de dos malas noches y salí en busca de la anciana, encontrándola arrodillada, betún en mano, cinco puertas más allá. “La he visto de nuevo, señora”, le dije y ella se incorporó y me encaró con un gesto de crueldad. “Sí, señorita Selbierchi, y ya entendí por qué”. ¿Entendí por qué? ¿Qué diablos sabía esa anciana? ¿Por qué su sarcasmo al pronunciar mi apellido? “Usted debe ser familia de Natalia Selbierchi. ¿Nunca oyó hablar de ella? Averigüe quien fue y luego se le aclararán muchas cosas” “¡Dígamelo usted de una vez!”, le exigí, pero fue como hablar con la pared, la señora se encerró en un testarudo hermetismo imposible de romper.
“Así que acepté el juego que la anciana me proponía y el domingo fui a la casa de la Nona, como cariñosamente llamábamos a mi tía Norma, en los Barrios Altos. Si bien ya daba visos de una arterioesclerosis irreversible que terminaría por arrebatarle la razón, era la única de la familia que guardaba registro de nuestros ancestros, desde que Giacomo Selbierchi, un sardo mezclado con lombardo, arribó al Perú durante el segundo gobierno de Castilla. “Natalia Selbierchi era mi prima hermana –me contó–, la hija menor del tío Tomás, aquel que fue diputado y uno de los primeros en tener un automóvil en Lima. Pero la recuerdo poco. Yo me casé con tu tío Félix y nos fuimos a Costa Rica cuando ella tendría cinco o seis años. Contaban que era tan bonita que la eligieron reina de varios carnavales de Barranco y todos los vecinos se sentían orgullosos de su belleza. “¿Y qué sucedió con ella?”, pregunté. “Nosotros retornamos al Perú en el veintidós y Natalia ya había muerto. Sé que en extrañas circunstancias, pero ignoro cuales. Quizá tu tía Nereida te pueda contar más”. Sí, quizá –pensé–, lo malo es que la Nona no recordaba que la tía Nereida hace años que había pasado a la posteridad, así que el lunes, en el primer recreo, pregunté por la señora que lustraba los zapatos. “La señora Raquel –me dijo la hermana María–, debe estar en su habitación, rara vez la abandona cuando se dictan las clases”. Decidida a llegar al final del asunto, encontré que la señora moraba en un cuarto extraño, con cruces incrustadas, de todos los tamaños, en todas las posiciones, por los cuatro costados. “¡Usted no tiene derecho a irrumpir aquí!”, me dijo furiosa, levantándose del reclinatorio y encarándome con un libro de salmos. “Me voy si me confirma que es el espíritu de Natalia Selbierchi el que aparece por las madrugadas”. Más relajada y con la ironía fortaleciendo su semblante, me dijo: “¿Cree en fantasmas, señorita Selbierchi? “Toda la semana no he podido dormir por ver a una muchacha que nadie más ve, tirando palana y vestida a la antigua usanza. ¡Qué otra explicación necesito para suponer que algo sobrenatural sucede en este plantel!” “Bien –me dijo la anciana–, esta tarde, al terminar las clases, la estaré esperando en la banca cercana a la estatua de Santa Rita de Casia. Traiga arroz confitado que hace tiempo tengo ganas y le narraré lo que tanto quiere saber...”
“Cumplí con llegar al final de la tarde y le di una bolsa de arroces confitados que los ingirió como si fueran migajas tragadas por un gorrión. “Así que eres pariente de Natalia Selbierchi”. “Fue una tía de la que nunca escuché hablar”, le respondí. “Natalia Selbierchi era la muchacha más bonita que haya pasado por las aulas del Padovano. Alta, rubia, de ojos azules y facciones angelicales, una muchacha que con sólo una sonrisa tendría el mundo a sus pies. Pero dentro de ella había mucho mal. Su alma estaba podrida por la egolatría y sus sentimientos eran parecidos a los de un ave de rapiña. Natalia era la reina de un salón pleno de muñecas como ella; menos una, Aura Dioses, una cholita sin clase ni linaje, que llegó al mejor internado de Lima luego que toda su familia había sucumbido a causa de la peste que asoló las costas de Paita. Hallándose en la orfandad, no le habría quedado más que morirse también sino fuera porque don Arcadio Usuriaga, su padrino y patrón del padre de Aura en la Oficina de Aduanas del Puerto, al no tener prole, la amparó como su propia hija y le asignó una buena pensión bimestral que le permitieran no tener necesidades y estar a la altura de sus demás compañeras de clase... Craso error. Desde el primer año, la muchacha que arrastraba el drama de ver agonizar a su familia cubriéndose de llagas, tuvo que soportar la burla y el desprecio de todas las muchachas blancas, rubias y de pomposo apellido como Natalia Selbierchi. «La mona vestida de seda», la llamaban y siempre que podían, la vilipendiaban, la escupían, hasta la flagelaban. Aura se quejaba pero las monjas no hicieron nada por ella. Si soportó y se quedó en el Padovano es porque había algo que le agradaba y daba brillo a su opaca existencia: las clases de danza. Verushka Bacinoreva, la instructora que alguna vez fue bailarina del Ballet de San Petersburgo, la hizo su discípula por la gracia y soltura que en punta y talón demostraba, para envidia de sus compañeras quienes respondían humillándola física y mentalmente. Al llegar el cuarto año, a la señorita Bacinoreva le propusieron hacerse cargo de la Escuela de Danzas de Caracas. Antes de marchar, le encomendó a la instructora sustituta que cuidase de Aura. “Ya le han quitado mucho, que no le arrebaten la alegría de la danza”. Y con lágrimas de madre que se separa de una hija, se despidió de la muchacha, haciéndole entrega de un maravilloso presente: un par de finísimas zapatillas de ballet, bordadas con hilo de oro. “Adiós, mi futura Isadora”, le dijo, estampándole dos besos en las mejillas y a pesar que hubo una promesa de mandar por ella apenas se instalara en Venezuela, nunca más se volvieron a ver, dejándole un vacío enorme que Renata Dumont, la nueva instructora, no supo copar. Esquematizada en un rígido academicismo, la señora Dumont, que se vanagloriaba de haber estudiado en París y de haber posado de joven en un óleo de Degas; reprobaba la soltura y la técnica que había adquirido Aura al bailar, ahora provista de las zapatillas apropiadas para explayarse con total libertad. Un sábado de prácticas, Natalia Selbierchi se acercó a Aura y sonriendo le dijo: “Olvidemos el pasado y miremos hacia adelante; quiero que seas mi amiga...” Aura, en respuesta a tantos maltratos, pudo desairar su ofrecimiento, enrostrándole que no la necesitaba y despreciaba a las chicas de su estirpe. Pero no. A Aura la vida la había golpeado mucho como para saber lo que significa tener dignidad. Seducida con la idea de ser aceptada en el grupo de las chicas populares, estaba dispuesta a compartir su arte y dominio de la danza con Natalia quien también anhelaba convertirse en bailarina. Sabía que sería difícil porque el baile clásico es un sentimiento más que un adiestramiento. Sin embargo, al caer la tarde, luego de rezar el rosario, acudían al auditorio del colegio y ponían a funcionar la vitrola, ensayando al ritmo de las composiciones de Tchaikovsky hasta la hora de la cena...”
“De repente la mujer interrumpió su relato para extraer de su atuendo raído y con olor a guardado, una cajetilla de cigarrillos Inca, tabaco negro, sin filtro. Al encender uno y dar la primera aspirada, la señora mostró un deleite que sólo se concibe en las fumadoras que saborean el humo después de mucho tiempo. “Aura conoció el tabaco en la primera noche que participó de las reuniones que Natalia y su grupo organizaban apenas las luces de los dormitorios se apagaban. No sólo se fumaba, también se tomaba. Una a una las chicas se turnaban para traer una botella de licor de sus casas. Hasta que una noche fueron descubiertas y a la pregunta de quién fue, todas le echaron la culpa a Aura que, por ser la menos acostumbrada a beber, siempre terminaba borracha. Las monjas la tomaron de los brazos y sólo a ella la sacaron del dormitorio. Le dieron cuarenta latigazos, hasta dejarle la espalda en carne viva, y luego la enclaustraron en el cuarto de castigos, ese que está en el ático y hoy permanece cerrado con candado. Aura soportó durante tres días la oscuridad, la sensación de estar lapidada entre sus paredes estrechas, el entumecimiento de su cuerpo por la humedad que se impregnaba... Sintiendo que la habían traicionado, al quedar libre del suplicio, buscó a sus compañeras para increparles, pero la debilidad de su carácter hizo que aceptara sumisa las excusas de todas de boca de Natalia”.
“Al poco tiempo, la vida volvió a desgraciarla. La madre directora llamó a Aura a su despacho y le comunicó que su protector, don Arcadio Usuriaga, la había dejado en el total desamparo, al ser acusado de malversación de fondos y haberse destapado los sesos antes de afrontar a la Justicia. Tras darle las condolencias, la madre le dijo que antes del fin de semana recogiera sus cosas, pues era imposible que siguiera estudiando en una institución tan costosa y se hubiera marchado sino fuera porque Natalia, enterada del asunto, le pidió a su padre que la socorriera. Un gesto noble que pronto se trastocaría en pacto diabólico. Finalizadas las clases y llegado el verano, la familia Selbierchi vacacionaba en Barranco y Natalia aceptó compartir con Aura su habitación. Una noche, luego de sustraer una botella de oporto de la despensa, Natalia obligó a Aura a acariciarle los pechos. Otra noche no sólo acariciarlos, también besarlos y pasar la lengua por sus partes genitales. “No con un dedo, ¡quiero con los dos!”, le imponía, mientras ella le introducía en la vagina una vela, un pico de botella o cualquier objeto que le sirviese como fálico instrumento. Tantas vejaciones llegaron al límite en un ágape familiar en el cual a Aura la obligaron a embriagarse y, a punta de bofetadas la desnudaron y luego fue brutalmente poseída por varios primos de Natalia que se burlaba y se embriagaba, observándolo todo desde el marco de la puerta...”
“Sorprendida por la revelación, de repente vi los rostros de mis tíos, todos tan honorables y circunspectos cuando no eran más que unos miserables hipócritas. Escandalizándose porque mi hermana convivía con su novio de entonces cuando ellos mismos fueron partícipes de un acto tan vil y salvaje. Sin embargo, hice lo posible por no mostrarle a esa señora mis sentimientos encontrados al retomar la ilación del relato. “...Aura se había convertido en la esclava de Natalia y no tenía como oponerse. Al iniciarse el quinto año, se vio obligada a hacerle las tareas, bajo la amenaza de quedarse en la indigencia si se rebelaba. Si los domingos salían a la calle, Natalia la hacía blanco de los insultos de sus amistades, rebajándola por ser chola y fea... A mediados de ese año, un joven, el hijo del jardinero, se fijó en Aura, sólo bastaron los instantes de una mirada para que uno quedara prendado del otro. Al otro domingo tuvo el arrebato de regalarle una rosa, diciéndole que su nombre le recordaba a una novela de Vargas Vila y al otro, le ofreció pedirle permiso al padre de Natalia para llevarla a pasear al Jirón de la Unión, tomar un helado y ver una película de Mary Pickford en el cinematógrafo. Por desgracia, nada de eso pasó. Por instigación de su hija, el señor Tomás se negó a darle permiso y no contenta con ello, a las dos semanas, el jardinero fue despedido al encontrarse entre sus cosas un candelabro de plata que previamente había desaparecido del comedor. Aura tenía la certeza de que Natalia lo había colocado allí con la única intención de que el muchacho, cuyo pecado había sido enamorarla, saliera de su vida. Eso hizo que Aura la odiara con toda el alma, pero no hizo nada, sabía que estaba en las manos de Natalia y no le quedaba más que soportar hasta que finalizaran las clases y recién entonces podría liberarse y ser dueña de su destino”.
“Pasaron los meses, siguieron las humillaciones. Llegó noviembre, llegó la paz en Europa y con ello un festival de ballet en el que participaría el Padovano poniendo en escena El lago de los cisnes. Aura sabía que esa era su oportunidad. Nadie en el colegio bailaba mejor que ella y seguro obtendría el rol protagónico. Si lograba impresionar a los entendidos, podía hasta obtener una beca y estudiar danza en el extranjero. Sin embargo, por injerencia del señor Selbierchi, Natalia fue designada bailarina principal y se encargó de que Aura quedara relegada a un papel secundario, casi de decorado. Tanta fue su indignación, que Aura tuvo el valor de encarar a Natalia, quien muy suelta de huesos, le dijo: “Mírate al espejo, chola igualada, qué derecho tienes tú para representar al Padovano en un festival de prestigio. Mírame a mí, soy bella, soy blanca y he aprendido a bailar con mucha gracia...” Sin aguantar más la ira acumulada, Aura reaccionó como una fiera y clavó sus uñas en las mejillas de Natalia y no paró de agredirla hasta ver su rostro ensangrentado y sus chillidos altaneros se volvieron llanto desconsolado. Entonces, espantada por su acto, Aura corrió a refugiarse debajo del escenario del auditorio y allí se ocultó de Natalia y sus demás compañeras que clamaban venganza. Pero al no hallarla por ninguna parte, Natalia cavó esa noche un hoyo profundo donde enterró los objetos más preciados de la muchacha que tanto aborrecía y que, sin saberlo, se hallaba guarecida a unos metros de ella... Al día siguiente, Aura fue expulsada del colegio. Quiso recoger las pocas cosas que sobrevivieron a la ira de Natalia pero no pudo, todas sus compañeras la acorralaron y la arrastraron de las trenzas por el suelo hasta llevarla al patio, donde fue golpeada y arañada sin compasión alguna, llegando, a vista y paciencia de las religiosas, a desfigurarle la cara con las filosas púas de una peineta. Gracias a la intervención del portero que la ayudó a incorporarse, Aura salió del colegio, bajo una lluvia de insultos... nunca más se volvió a saber de ella. A la siguiente semana, el mismo día que se iniciaba el festival de ballet y los palcos del teatro Municipal estaban abarrotados por la crema y nata de la sociedad, Natalia recibió su merecido. Hallándose tras bastidores y sintiéndose nerviosa por el debut, tuvo ganas de fumar un cigarrillo y se alejó de la vigilia de la señora Dumont. Minutos después, la encontraron en medio de un charco de sangre y con unas filosas tijeras incrustadas en el pecho. En sus ojos quedaron plasmados todo el horror de haberse encontrado con la persona menos deseada...”
“Fue Aura, ¿no es así?, le pregunté a la señora que, encogiéndose de hombros, se descubrió con la mayor naturalidad. “Aura Dioses soy yo, señorita Selbierchi. Maté a Natalia con las mismas tijeras con las que hizo trizas mi traje de ballet y tuve el placer de solazarme en su agonía de todas las deudas que me debía. Esa noche me refugié en el convento de las hermanas de la Misericordia y no salí de allí hasta que el asunto quedó en el olvido. Años después, pude volver al colegio Padovano con el nombre de Raquel Linares y he sido, desde mi retorno, la única testigo de la condena de Natalia, cavando el mismo agujero todas las noches, con la esperanza de que vaya y recupere lo que hace tanto me ha arrebatado. “¿Y por qué no lo toma?”, le reproché, por lo que esa mujer endureció su rostro antes de responderme: “Mientras se mantenga vivo el dolor en el corazón de Aura, Natalia Selbierchi no merece descansar en paz...”
Pasmada por el relato que la profesora me acababa de confiar, me tomó tiempo recobrar el aliento y preguntar: “¿Y qué hizo usted?” “¿Qué hice yo?”, me dijo aplastando la enésima colilla en el cenicero. “Esa misma noche me armé de valor y salí al encuentro de Natalia. Al quedar a unos metros de ella, sentí que mi cuerpo temblaba, pero la firmeza de que estaba procediendo correctamente, como una Selbierchi, no me hizo retroceder. Luego de verla cavar el agujero, ella se retiró y permitió que me asomara y distinguiera que en el fondo habían dos zapatillas de ballet, deshilachadas y enmohecidas por el tiempo. Superando el temor que me reventara la cabeza con la pala, me incliné en el lodo y estiré mi brazo hasta tomar las zapatillas y sacarlas del foso. Al sentir que la pala era dejada de lado, levanté la mirada hacia Natalia y la vi por última vez, bellísima a pesar de la agresión de Aura. Dio media vuelta y desapareció por el pabellón en escombros, aquel en el que alguna vez las internas practicaron ballet. Nunca más volvió a aparecer”. “¿Y qué hizo usted con las zapatillas?”, insistí. “Las dejé debajo de la puerta de la señora Raquel, de la misma forma como dejaban el calzado para que les sacara lustre. Desde ese día me rehuyó la mirada y no volvimos a cruzar palabras, sé que hablaba mal de mí a mis espaldas. ¡Qué me importaba! A fin de año salí del internado y dos veranos después el colegio fue derribado. Dicen que la señora Raquel expiró al mismo tiempo en un asilo de ancianos. Me imagino que al caer las paredes, el alma de Aura también quedó en libertad...”
La profesora taconeó otro cigarrillo en la superficie del escritorio y cambiando su semblante me dijo: “Volviendo al tema de la maldad, hay un detalle que me inquieta hasta hoy. Cuando Natalia y yo quedamos frente a frente, no vi en ella gestos de arrepentimiento, ni tan siquiera de dolor. Vi en sus ojos orgullo y hasta podría decir que altivez, como quien enfrenta el castigo con dignidad. Al momento que cogí las zapatillas, pude notar que sonreía, no con agradecimiento, sino con malicia, dejándome claro que no había asomo de vergüenza en la muerte por el mal que se había hecho en vida. ¡Eso!, mi querida Andrea, es maldad en su estado más puro. Quienes llevan el mal en el alma no pueden arrepentirse porque es una falta, una contraposición a su esencia, una muestra de cobardía y los malos jamás pueden ser cobardes. Aquellos gusanos que hacen mal y luego chillan negando su culpa, arrepintiéndose o imploran perdón para menguar el castigo, no son malos, son peores, son seres mediocres que se merecen el desprecio tanto del Cielo como del Infierno...”
Después de esa observación, la profesora Selbierchi forzó un silencio que esperaba que yo rompiera con una pregunta o alguna acotación inútil que no haría jamás. Así que encendiendo un cigarrillo y retorciendo la cajetilla de Winston entre sus dedos huesudos dijo a manera de conclusión: “¿Hay moraleja en la vivencia que acabo de confiarte? ¿Algo más allá que revele la esencia desalmada de la Secundaria? No lo sé. Es tu deber descubrirlo”.
“Profesora –me animé a declarar por fin–. No sé si fue Graciela Mesones o una de las gemelas Aliaga, o las tres por último, quienes, como es su costumbre, se metieron al salón por la ventana, a la hora del recreo y garabatearon con dibujos obscenos mi tarea que tenía lista para presentar. Pero por favor –imploré–, no haga nada. No quiero que digan que soy una soplona”.
Viéndome angustiada por mi confesión, la profesora Selbierchi recogió mi mano entre las suyas y con una sonrisa benévola me pidió que me calmara. “No te preocupes, no voy a abrir mi boca porque nada se gana acusándolas. Esas muchachas son intocables. Si mañana son castigadas, pasado, por influencia de sus padres, serán redimidas y tú te verás perjudicada porque serás condenada al ostracismo y la humillación. Lo único que puedo aconsejarte es que te rebeles de ti misma y no permitas más abusos. Lo que a ellas les sobra en estatus y belleza, a ti te sobra en sagacidad e inteligencia. Por eso se cauta. No busques un choque frontal porque ellas llevan la sartén por el mango. No cometas el error de Aura que al destruir a Natalia, terminó destruyéndose a sí misma. Yo en tu caso, me vengaría de manera oculta, casi artera. Aprende de ellas. Págales con la misma moneda”.
Siendo bueno o malo el consejo, el asunto es que la profesora Selbierchi me ayudó a que Graciela Mesones y las gemelas Aliaga salieran de mi vida. En la semana previa a los exámenes bimestrales, una carta anónima llegó a manos de la directora del colegio y en ella se le informaba que tres de mis compañeras planear, a la hora de Educación Física, escabullirse por los árboles y fumar alegremente la hierba que habían traído. El escándalo se desató cuando al revisar sus útiles escolares, descubrieron que cada una portaba dos pitillos de marihuana y bueno, mujeres al fin y al cabo, la noticia se regó por el colegio y llegó a oídos de la Asociación de Padres de Familia a quienes poco les interesó los apellidos y la buena posición de las infractoras, de inmediato se exigió, en nombre de la moral y las buenas costumbres, que las ovejas descarriadas fueran expulsadas del rebaño.
Según me comentó después la auxiliar de disciplina, Graciela Mesones lloraba e intentaba una defensa infructuosa diciendo: “Nos han «sembrado», directora. A la hora del recreo, alguien se metió al salón por la ventana y puso entre nuestras cosas esa droga que sabrá Dios a quien le pertenecerá...” Graciela nunca supo que el dueño era nada menos que mi hermanito vicioso y bueno para nada de tanto que lo ha engreído mi mamá, quien se puso como loco cuando no encontró su hierba en la cómoda. Por su parte, la profesora Selbierchi no dijo nada al respecto y a pesar que nunca me tocó el tema, sentí la sensación de que un sentimiento culpable hizo que nuestra relación no fuera la misma. Qué tonta. Debería sentirse orgullosa por haber hecho de mí una mujer tan mala.
Febrero 2001
El incidente me llenó de suficiente amargura para malograrme la mañana, acentuando de hecho, el aire de niña estúpida que me acompaña desde que nací. A la hora de salida, rehuí a la altivez de todas aquellas que son recogidas por el chofer de sus padres y rápido caminé hacia el paradero, sin imaginar que un modesto Volkswagen de color indefinible y magullado por choques de larga data, iba a detener su marcha cerca de mí, emitiendo la persona que iba al volante un seco: “vamos, te llevo”. Era, para mi sorpresa, la profesora Selbierchi quien con mucha insistencia consiguió que una jovencita tan tímida como yo se subiera a su vehículo y la viera tomar un camino distinto a mi camino. Sin consultar si me molestaba o no, prendió el cigarrillo que colgaba de sus labios. Con la avidez que fumaba, deduje que lo acabaría en contadas pitadas y no me equivoqué, brindándome una explicación del porqué de su voz ronca y cancerosa, en definitiva, una imagen negativa para cualquier campaña de salubridad.
Cuando íbamos por Paseo de la República, a punto de bajar al zanjón, me preguntó en dónde vivía y yo le respondí que en San Roque. “¡Oh, eso está muy lejos, yo pensaba que...” La profesora detuvo en seco su vana explicación y, tomándose lo que le demoró superar un autobús más destartalado que su Escarabajo, me invitó a almorzar. No le dije sí, ni tampoco no, lo cual pudo tomarlo como una afirmación y como yo como conversadora soy un fiasco, no volvimos a cruzar palabras en todo el trayecto. La música de Telestereo ayudó a sobrellevar el incómodo silencio.
Al llegar a su casa en Magdalena, un segundo piso de una casa fea, cerca de la iglesia de la Cúpula, percibí cómo el olor a cigarrillo estaba impregnado en cada rincón, lo cual delataba ya no un vicio sino un espíritu doblegado. “Coge el teléfono y avisa que te quedas a almorzar”, me dijo mientras se dirigía a su habitación, dejándome en una sala poblada de retratos. “Pierda cuidado, no me echarán de menos”, le dije con un tono de víctima que se me escapó sin querer, obligando a la profesora que saliera presurosa, llevando el cabello suelto, la blusa desfajada y calzando chinelas. “¿Cuál es el número de tu casa?”, me preguntó con un gesto incrédulo y llamó a mi madre: “Aló, ¿señora Magarro?, cómo está, le habla la profesora Selbierchi, he invitado a su hija a almorzar, ¿a cuál de ellas?, a Andrea, mi alumna de quinto año, no se preocupe, yo luego la llevo a casa”. Al colgar el auricular, la profesora suspiró aliviada y me dijo: “Por un momento pensé que tu mamá no te amaba, pero más bien creo que es de esas distraídas que se les pasea el alma”. “Mi madre sólo vive para los hombres de la casa”, le aclaré, dejando al descubierto la bronca que le tengo desde siempre, sin embargo, la profesora no me dio importancia.
Almorzamos las dos solas. Una mujer morena y obesa nos sirvió en la mesa de la cocina. “Ninguna de mis hijas está, tienen clases en la universidad”, me dijo para explicar su explícita soledad. Como no me habló de esposo y no habían señales masculinas por ningún lado, supuse con malicia que debía masturbarse de manera compulsiva. De entrada comimos crema de ocopa con lechuga, aceituna y papas blancas en rodajas. De segundo, estofado de pollo con arroz blanco y puré de arveja. Chicha morada de sobre para asentar y de postre fresas con leche condensada. “Edelmira, sírvenos dos tazas de manzanilla en la biblioteca”. “No gracias, no me gusta esa agua sucia”, le quise decir, pero al igual que las menestras, por compromiso tuve que aceptar.
La «biblioteca» de la profesora Selbierchi era un espacio de paredes sucias y libros de edición popular en vez de colecciones que valieran la pena, detalles que empobrecieron el concepto intelectual que guardaba de ella. Sentadas mirándonos de frente, separadas por un escritorio de metal, la profesora, sin que le faltara un cigarrillo en la mano, me preguntó: “Ahora sí, dime la verdad”. “¿La verdad sobre qué?”, me hice la desentendida. “La verdad sobre lo que pasó con tu tarea”. Yo no le dije nada. Viéndome acorralada, no tuve más remedio que bajar la cabeza como el avestruz y ruborizarme hasta sentir mis orejas arder. “Admítelo, Graciela Mesones y las gemelas Aliaga se ensañaron contigo otra vez”. Mi silencio se mantuvo inalterable, lo cual podía tomarse como una respuesta dual. “Cuéntame, ¿siempre te has llevado mal con ellas?” “Siempre”, le respondí. “Me imagino que será porque te envidian”. “No me envidian, me desprecian”, le corregí. “¿Y por qué no me cuentas qué pasó en realidad?” “¡Cómo puedo contarle, profesora! ¿No sabe que en la secundaria rige un código que prohíbe convertirnos en soplonas?”, pensé y creo que ella lo supo leer en mi rostro acongojado pues optó por cambiar de tema, encendiendo otro cigarrillo con la colilla del anterior. “¿Tú crees que existen personas que llevan la maldad en el corazón? ¿Personas que son malas por naturaleza y disfrutan ocasionándoles mal a todo lo que las rodea? ¿Crees que Graciela Mesones y las gemelas Aliaga son malas en realidad o son simplemente unas chiquillas engreídas y superficiales, cuyo frívolo proceder es producto de su crianza y del medio en que se desenvuelven?” Ante tales aseveraciones no tuve palabras con que responder. “Siempre, desde que el mundo es mundo y la secundaria es secundaria, existieron chicas buenas y chicas malas, chicas listas y chicas tontas, chicas populares y chicas ignoradas; y siempre las que sobresalen han hecho sentir su menosprecio a las otras. Es irremediable. Es ley genética. Es el abuso del más fuerte contra el más débil...”
Sabiéndose dueña de mi total atención, la profesora se inclinó hacia mí, como si quisiera compartir una información confidencial, y mirándome fijamente, remató: “Voy a narrarte lo que sucedió hace mucho en un internado. Quizá te sirva de algo...”
“Yo llegué a Lima más o menos cuando tenía tu edad. Mi casa y mi padre quedaron sepultados con el aluvión que borró del mapa la hermosura de Yungay. Al año siguiente ingresé a la Normal y cuatro años después aceptaron que hiciera mis prácticas en el Padovano, un antiguo colegio del que no creo hayas oído hablar. Cerró sus puertas antes que nacieras, cuando las monjas se fueron a Italia y su imponente infraestructura, que orgullosa se levantaba en el malecón de Chorrillos, fue derribada para dar paso a lo que hoy es el casino de suboficiales del Ejército. Cuando yo ingresé, como auxiliar de Lengua y Literatura, el Padovano ya no era el internado más prestigioso del Pacífico sur, sino más bien una institución parroquial que becaba alumnas de humilde condición. A pesar de que no estaba obligada, elegí quedarme a pernoctar dentro del colegio, fascinada por la mística que emanaban sus paredes centenarias. La habitación que me asignaron quedaba en el mismo piso de las monjas y la madre directora. Era pequeña y lúgubre y contaba, como todo mobiliario, con una mesa y un catre pegado a la pared. Desde la ventana se veía el jardín y más al fondo los escombros de un pabellón que se había venido abajo con el terremoto del cuarenta, lo cual parecía ponerle punto final a una etapa de su historia”.
“A pesar que mi primer día fue agotador, al llegar la noche, sea porque sentía el ambiente cargado o porque me costaba acostumbrarme a la rigidez del colchón, no pude conciliar el sueño. Como nada ganaba estando lúcida en tinieblas, encendí la lámpara y proseguí la lectura de Un mundo para Julius, el mejor libro de Bryce Echenique, a quien considero un escritor bastante mediocre. En eso, escuché que de afuera alguien removía tierra con una pala, al principio no lo podía distinguir con claridad, pero cada vez el sonido constante me llegaba con más nitidez por lo que me asomé a la ventana para ver quien podía estar cavando a la una de la mañana, y distinguí, en la penumbra, a una muchacha, vestida con el uniforme antiguo del Padovano, de colores verde, granate y blanco, hundiendo la pala y retirando tierra sin cesar. “¿Quién podría ser?”, me dije, si todas las alumnas que había visto vestían el uniforme único escolar, color plomo rata, que había impuesto el régimen militar. Sin poder despegar mi atención, observé a la muchacha que cavaba hasta que sin darme cuenta, me quedé dormida bajo el marco de la ventana y me desperté con la alarma del despertador, a las cinco de la mañana. Doblegando la pesadez que caía sobre mis párpados, me duché, me vestí y salí al pasillo donde me topé con una mujer de edad avanzada, que todos los días madrugaba para lustrar el calzado depositado en cada puerta la noche anterior. Al hablarle de la muchacha que había visto en el patio, ella me miró como si no creyera en mis palabras. “¡Oh!, usted se percató”. “¡Por supuesto! –agregué–, cualquier persona con los oídos bien limpios la pudo haber sentido”. “No lo crea –me respondió–, a esa muchacha sólo la ha visto usted, ayer, y yo, durante muchos años”. Impresionada por sus palabras, sentí que un frío intenso recorría mi espalda e intenté que la mujer se explayara; pero fue imposible, ya la madre directora se había levantado y nos conminó a seguir con nuestras labores”.
“Durante el día, pregunté a varias alumnas, profesoras y monjas si se habían percatado del incidente nocturno y todas me dijeron que no. Ya en la noche, pasadas las doce, me asomé para ver excavar a la misma muchacha. Pensé en llamar su atención desde mi ventana, incluso en bajar a su encuentro, pero había en ese rito perpetuo tanto de sobrecogedor que no tuve valor. Al sonar el despertador, no me importó el cansancio de dos malas noches y salí en busca de la anciana, encontrándola arrodillada, betún en mano, cinco puertas más allá. “La he visto de nuevo, señora”, le dije y ella se incorporó y me encaró con un gesto de crueldad. “Sí, señorita Selbierchi, y ya entendí por qué”. ¿Entendí por qué? ¿Qué diablos sabía esa anciana? ¿Por qué su sarcasmo al pronunciar mi apellido? “Usted debe ser familia de Natalia Selbierchi. ¿Nunca oyó hablar de ella? Averigüe quien fue y luego se le aclararán muchas cosas” “¡Dígamelo usted de una vez!”, le exigí, pero fue como hablar con la pared, la señora se encerró en un testarudo hermetismo imposible de romper.
“Así que acepté el juego que la anciana me proponía y el domingo fui a la casa de la Nona, como cariñosamente llamábamos a mi tía Norma, en los Barrios Altos. Si bien ya daba visos de una arterioesclerosis irreversible que terminaría por arrebatarle la razón, era la única de la familia que guardaba registro de nuestros ancestros, desde que Giacomo Selbierchi, un sardo mezclado con lombardo, arribó al Perú durante el segundo gobierno de Castilla. “Natalia Selbierchi era mi prima hermana –me contó–, la hija menor del tío Tomás, aquel que fue diputado y uno de los primeros en tener un automóvil en Lima. Pero la recuerdo poco. Yo me casé con tu tío Félix y nos fuimos a Costa Rica cuando ella tendría cinco o seis años. Contaban que era tan bonita que la eligieron reina de varios carnavales de Barranco y todos los vecinos se sentían orgullosos de su belleza. “¿Y qué sucedió con ella?”, pregunté. “Nosotros retornamos al Perú en el veintidós y Natalia ya había muerto. Sé que en extrañas circunstancias, pero ignoro cuales. Quizá tu tía Nereida te pueda contar más”. Sí, quizá –pensé–, lo malo es que la Nona no recordaba que la tía Nereida hace años que había pasado a la posteridad, así que el lunes, en el primer recreo, pregunté por la señora que lustraba los zapatos. “La señora Raquel –me dijo la hermana María–, debe estar en su habitación, rara vez la abandona cuando se dictan las clases”. Decidida a llegar al final del asunto, encontré que la señora moraba en un cuarto extraño, con cruces incrustadas, de todos los tamaños, en todas las posiciones, por los cuatro costados. “¡Usted no tiene derecho a irrumpir aquí!”, me dijo furiosa, levantándose del reclinatorio y encarándome con un libro de salmos. “Me voy si me confirma que es el espíritu de Natalia Selbierchi el que aparece por las madrugadas”. Más relajada y con la ironía fortaleciendo su semblante, me dijo: “¿Cree en fantasmas, señorita Selbierchi? “Toda la semana no he podido dormir por ver a una muchacha que nadie más ve, tirando palana y vestida a la antigua usanza. ¡Qué otra explicación necesito para suponer que algo sobrenatural sucede en este plantel!” “Bien –me dijo la anciana–, esta tarde, al terminar las clases, la estaré esperando en la banca cercana a la estatua de Santa Rita de Casia. Traiga arroz confitado que hace tiempo tengo ganas y le narraré lo que tanto quiere saber...”
“Cumplí con llegar al final de la tarde y le di una bolsa de arroces confitados que los ingirió como si fueran migajas tragadas por un gorrión. “Así que eres pariente de Natalia Selbierchi”. “Fue una tía de la que nunca escuché hablar”, le respondí. “Natalia Selbierchi era la muchacha más bonita que haya pasado por las aulas del Padovano. Alta, rubia, de ojos azules y facciones angelicales, una muchacha que con sólo una sonrisa tendría el mundo a sus pies. Pero dentro de ella había mucho mal. Su alma estaba podrida por la egolatría y sus sentimientos eran parecidos a los de un ave de rapiña. Natalia era la reina de un salón pleno de muñecas como ella; menos una, Aura Dioses, una cholita sin clase ni linaje, que llegó al mejor internado de Lima luego que toda su familia había sucumbido a causa de la peste que asoló las costas de Paita. Hallándose en la orfandad, no le habría quedado más que morirse también sino fuera porque don Arcadio Usuriaga, su padrino y patrón del padre de Aura en la Oficina de Aduanas del Puerto, al no tener prole, la amparó como su propia hija y le asignó una buena pensión bimestral que le permitieran no tener necesidades y estar a la altura de sus demás compañeras de clase... Craso error. Desde el primer año, la muchacha que arrastraba el drama de ver agonizar a su familia cubriéndose de llagas, tuvo que soportar la burla y el desprecio de todas las muchachas blancas, rubias y de pomposo apellido como Natalia Selbierchi. «La mona vestida de seda», la llamaban y siempre que podían, la vilipendiaban, la escupían, hasta la flagelaban. Aura se quejaba pero las monjas no hicieron nada por ella. Si soportó y se quedó en el Padovano es porque había algo que le agradaba y daba brillo a su opaca existencia: las clases de danza. Verushka Bacinoreva, la instructora que alguna vez fue bailarina del Ballet de San Petersburgo, la hizo su discípula por la gracia y soltura que en punta y talón demostraba, para envidia de sus compañeras quienes respondían humillándola física y mentalmente. Al llegar el cuarto año, a la señorita Bacinoreva le propusieron hacerse cargo de la Escuela de Danzas de Caracas. Antes de marchar, le encomendó a la instructora sustituta que cuidase de Aura. “Ya le han quitado mucho, que no le arrebaten la alegría de la danza”. Y con lágrimas de madre que se separa de una hija, se despidió de la muchacha, haciéndole entrega de un maravilloso presente: un par de finísimas zapatillas de ballet, bordadas con hilo de oro. “Adiós, mi futura Isadora”, le dijo, estampándole dos besos en las mejillas y a pesar que hubo una promesa de mandar por ella apenas se instalara en Venezuela, nunca más se volvieron a ver, dejándole un vacío enorme que Renata Dumont, la nueva instructora, no supo copar. Esquematizada en un rígido academicismo, la señora Dumont, que se vanagloriaba de haber estudiado en París y de haber posado de joven en un óleo de Degas; reprobaba la soltura y la técnica que había adquirido Aura al bailar, ahora provista de las zapatillas apropiadas para explayarse con total libertad. Un sábado de prácticas, Natalia Selbierchi se acercó a Aura y sonriendo le dijo: “Olvidemos el pasado y miremos hacia adelante; quiero que seas mi amiga...” Aura, en respuesta a tantos maltratos, pudo desairar su ofrecimiento, enrostrándole que no la necesitaba y despreciaba a las chicas de su estirpe. Pero no. A Aura la vida la había golpeado mucho como para saber lo que significa tener dignidad. Seducida con la idea de ser aceptada en el grupo de las chicas populares, estaba dispuesta a compartir su arte y dominio de la danza con Natalia quien también anhelaba convertirse en bailarina. Sabía que sería difícil porque el baile clásico es un sentimiento más que un adiestramiento. Sin embargo, al caer la tarde, luego de rezar el rosario, acudían al auditorio del colegio y ponían a funcionar la vitrola, ensayando al ritmo de las composiciones de Tchaikovsky hasta la hora de la cena...”
“De repente la mujer interrumpió su relato para extraer de su atuendo raído y con olor a guardado, una cajetilla de cigarrillos Inca, tabaco negro, sin filtro. Al encender uno y dar la primera aspirada, la señora mostró un deleite que sólo se concibe en las fumadoras que saborean el humo después de mucho tiempo. “Aura conoció el tabaco en la primera noche que participó de las reuniones que Natalia y su grupo organizaban apenas las luces de los dormitorios se apagaban. No sólo se fumaba, también se tomaba. Una a una las chicas se turnaban para traer una botella de licor de sus casas. Hasta que una noche fueron descubiertas y a la pregunta de quién fue, todas le echaron la culpa a Aura que, por ser la menos acostumbrada a beber, siempre terminaba borracha. Las monjas la tomaron de los brazos y sólo a ella la sacaron del dormitorio. Le dieron cuarenta latigazos, hasta dejarle la espalda en carne viva, y luego la enclaustraron en el cuarto de castigos, ese que está en el ático y hoy permanece cerrado con candado. Aura soportó durante tres días la oscuridad, la sensación de estar lapidada entre sus paredes estrechas, el entumecimiento de su cuerpo por la humedad que se impregnaba... Sintiendo que la habían traicionado, al quedar libre del suplicio, buscó a sus compañeras para increparles, pero la debilidad de su carácter hizo que aceptara sumisa las excusas de todas de boca de Natalia”.
“Al poco tiempo, la vida volvió a desgraciarla. La madre directora llamó a Aura a su despacho y le comunicó que su protector, don Arcadio Usuriaga, la había dejado en el total desamparo, al ser acusado de malversación de fondos y haberse destapado los sesos antes de afrontar a la Justicia. Tras darle las condolencias, la madre le dijo que antes del fin de semana recogiera sus cosas, pues era imposible que siguiera estudiando en una institución tan costosa y se hubiera marchado sino fuera porque Natalia, enterada del asunto, le pidió a su padre que la socorriera. Un gesto noble que pronto se trastocaría en pacto diabólico. Finalizadas las clases y llegado el verano, la familia Selbierchi vacacionaba en Barranco y Natalia aceptó compartir con Aura su habitación. Una noche, luego de sustraer una botella de oporto de la despensa, Natalia obligó a Aura a acariciarle los pechos. Otra noche no sólo acariciarlos, también besarlos y pasar la lengua por sus partes genitales. “No con un dedo, ¡quiero con los dos!”, le imponía, mientras ella le introducía en la vagina una vela, un pico de botella o cualquier objeto que le sirviese como fálico instrumento. Tantas vejaciones llegaron al límite en un ágape familiar en el cual a Aura la obligaron a embriagarse y, a punta de bofetadas la desnudaron y luego fue brutalmente poseída por varios primos de Natalia que se burlaba y se embriagaba, observándolo todo desde el marco de la puerta...”
“Sorprendida por la revelación, de repente vi los rostros de mis tíos, todos tan honorables y circunspectos cuando no eran más que unos miserables hipócritas. Escandalizándose porque mi hermana convivía con su novio de entonces cuando ellos mismos fueron partícipes de un acto tan vil y salvaje. Sin embargo, hice lo posible por no mostrarle a esa señora mis sentimientos encontrados al retomar la ilación del relato. “...Aura se había convertido en la esclava de Natalia y no tenía como oponerse. Al iniciarse el quinto año, se vio obligada a hacerle las tareas, bajo la amenaza de quedarse en la indigencia si se rebelaba. Si los domingos salían a la calle, Natalia la hacía blanco de los insultos de sus amistades, rebajándola por ser chola y fea... A mediados de ese año, un joven, el hijo del jardinero, se fijó en Aura, sólo bastaron los instantes de una mirada para que uno quedara prendado del otro. Al otro domingo tuvo el arrebato de regalarle una rosa, diciéndole que su nombre le recordaba a una novela de Vargas Vila y al otro, le ofreció pedirle permiso al padre de Natalia para llevarla a pasear al Jirón de la Unión, tomar un helado y ver una película de Mary Pickford en el cinematógrafo. Por desgracia, nada de eso pasó. Por instigación de su hija, el señor Tomás se negó a darle permiso y no contenta con ello, a las dos semanas, el jardinero fue despedido al encontrarse entre sus cosas un candelabro de plata que previamente había desaparecido del comedor. Aura tenía la certeza de que Natalia lo había colocado allí con la única intención de que el muchacho, cuyo pecado había sido enamorarla, saliera de su vida. Eso hizo que Aura la odiara con toda el alma, pero no hizo nada, sabía que estaba en las manos de Natalia y no le quedaba más que soportar hasta que finalizaran las clases y recién entonces podría liberarse y ser dueña de su destino”.
“Pasaron los meses, siguieron las humillaciones. Llegó noviembre, llegó la paz en Europa y con ello un festival de ballet en el que participaría el Padovano poniendo en escena El lago de los cisnes. Aura sabía que esa era su oportunidad. Nadie en el colegio bailaba mejor que ella y seguro obtendría el rol protagónico. Si lograba impresionar a los entendidos, podía hasta obtener una beca y estudiar danza en el extranjero. Sin embargo, por injerencia del señor Selbierchi, Natalia fue designada bailarina principal y se encargó de que Aura quedara relegada a un papel secundario, casi de decorado. Tanta fue su indignación, que Aura tuvo el valor de encarar a Natalia, quien muy suelta de huesos, le dijo: “Mírate al espejo, chola igualada, qué derecho tienes tú para representar al Padovano en un festival de prestigio. Mírame a mí, soy bella, soy blanca y he aprendido a bailar con mucha gracia...” Sin aguantar más la ira acumulada, Aura reaccionó como una fiera y clavó sus uñas en las mejillas de Natalia y no paró de agredirla hasta ver su rostro ensangrentado y sus chillidos altaneros se volvieron llanto desconsolado. Entonces, espantada por su acto, Aura corrió a refugiarse debajo del escenario del auditorio y allí se ocultó de Natalia y sus demás compañeras que clamaban venganza. Pero al no hallarla por ninguna parte, Natalia cavó esa noche un hoyo profundo donde enterró los objetos más preciados de la muchacha que tanto aborrecía y que, sin saberlo, se hallaba guarecida a unos metros de ella... Al día siguiente, Aura fue expulsada del colegio. Quiso recoger las pocas cosas que sobrevivieron a la ira de Natalia pero no pudo, todas sus compañeras la acorralaron y la arrastraron de las trenzas por el suelo hasta llevarla al patio, donde fue golpeada y arañada sin compasión alguna, llegando, a vista y paciencia de las religiosas, a desfigurarle la cara con las filosas púas de una peineta. Gracias a la intervención del portero que la ayudó a incorporarse, Aura salió del colegio, bajo una lluvia de insultos... nunca más se volvió a saber de ella. A la siguiente semana, el mismo día que se iniciaba el festival de ballet y los palcos del teatro Municipal estaban abarrotados por la crema y nata de la sociedad, Natalia recibió su merecido. Hallándose tras bastidores y sintiéndose nerviosa por el debut, tuvo ganas de fumar un cigarrillo y se alejó de la vigilia de la señora Dumont. Minutos después, la encontraron en medio de un charco de sangre y con unas filosas tijeras incrustadas en el pecho. En sus ojos quedaron plasmados todo el horror de haberse encontrado con la persona menos deseada...”
“Fue Aura, ¿no es así?, le pregunté a la señora que, encogiéndose de hombros, se descubrió con la mayor naturalidad. “Aura Dioses soy yo, señorita Selbierchi. Maté a Natalia con las mismas tijeras con las que hizo trizas mi traje de ballet y tuve el placer de solazarme en su agonía de todas las deudas que me debía. Esa noche me refugié en el convento de las hermanas de la Misericordia y no salí de allí hasta que el asunto quedó en el olvido. Años después, pude volver al colegio Padovano con el nombre de Raquel Linares y he sido, desde mi retorno, la única testigo de la condena de Natalia, cavando el mismo agujero todas las noches, con la esperanza de que vaya y recupere lo que hace tanto me ha arrebatado. “¿Y por qué no lo toma?”, le reproché, por lo que esa mujer endureció su rostro antes de responderme: “Mientras se mantenga vivo el dolor en el corazón de Aura, Natalia Selbierchi no merece descansar en paz...”
Pasmada por el relato que la profesora me acababa de confiar, me tomó tiempo recobrar el aliento y preguntar: “¿Y qué hizo usted?” “¿Qué hice yo?”, me dijo aplastando la enésima colilla en el cenicero. “Esa misma noche me armé de valor y salí al encuentro de Natalia. Al quedar a unos metros de ella, sentí que mi cuerpo temblaba, pero la firmeza de que estaba procediendo correctamente, como una Selbierchi, no me hizo retroceder. Luego de verla cavar el agujero, ella se retiró y permitió que me asomara y distinguiera que en el fondo habían dos zapatillas de ballet, deshilachadas y enmohecidas por el tiempo. Superando el temor que me reventara la cabeza con la pala, me incliné en el lodo y estiré mi brazo hasta tomar las zapatillas y sacarlas del foso. Al sentir que la pala era dejada de lado, levanté la mirada hacia Natalia y la vi por última vez, bellísima a pesar de la agresión de Aura. Dio media vuelta y desapareció por el pabellón en escombros, aquel en el que alguna vez las internas practicaron ballet. Nunca más volvió a aparecer”. “¿Y qué hizo usted con las zapatillas?”, insistí. “Las dejé debajo de la puerta de la señora Raquel, de la misma forma como dejaban el calzado para que les sacara lustre. Desde ese día me rehuyó la mirada y no volvimos a cruzar palabras, sé que hablaba mal de mí a mis espaldas. ¡Qué me importaba! A fin de año salí del internado y dos veranos después el colegio fue derribado. Dicen que la señora Raquel expiró al mismo tiempo en un asilo de ancianos. Me imagino que al caer las paredes, el alma de Aura también quedó en libertad...”
La profesora taconeó otro cigarrillo en la superficie del escritorio y cambiando su semblante me dijo: “Volviendo al tema de la maldad, hay un detalle que me inquieta hasta hoy. Cuando Natalia y yo quedamos frente a frente, no vi en ella gestos de arrepentimiento, ni tan siquiera de dolor. Vi en sus ojos orgullo y hasta podría decir que altivez, como quien enfrenta el castigo con dignidad. Al momento que cogí las zapatillas, pude notar que sonreía, no con agradecimiento, sino con malicia, dejándome claro que no había asomo de vergüenza en la muerte por el mal que se había hecho en vida. ¡Eso!, mi querida Andrea, es maldad en su estado más puro. Quienes llevan el mal en el alma no pueden arrepentirse porque es una falta, una contraposición a su esencia, una muestra de cobardía y los malos jamás pueden ser cobardes. Aquellos gusanos que hacen mal y luego chillan negando su culpa, arrepintiéndose o imploran perdón para menguar el castigo, no son malos, son peores, son seres mediocres que se merecen el desprecio tanto del Cielo como del Infierno...”
Después de esa observación, la profesora Selbierchi forzó un silencio que esperaba que yo rompiera con una pregunta o alguna acotación inútil que no haría jamás. Así que encendiendo un cigarrillo y retorciendo la cajetilla de Winston entre sus dedos huesudos dijo a manera de conclusión: “¿Hay moraleja en la vivencia que acabo de confiarte? ¿Algo más allá que revele la esencia desalmada de la Secundaria? No lo sé. Es tu deber descubrirlo”.
“Profesora –me animé a declarar por fin–. No sé si fue Graciela Mesones o una de las gemelas Aliaga, o las tres por último, quienes, como es su costumbre, se metieron al salón por la ventana, a la hora del recreo y garabatearon con dibujos obscenos mi tarea que tenía lista para presentar. Pero por favor –imploré–, no haga nada. No quiero que digan que soy una soplona”.
Viéndome angustiada por mi confesión, la profesora Selbierchi recogió mi mano entre las suyas y con una sonrisa benévola me pidió que me calmara. “No te preocupes, no voy a abrir mi boca porque nada se gana acusándolas. Esas muchachas son intocables. Si mañana son castigadas, pasado, por influencia de sus padres, serán redimidas y tú te verás perjudicada porque serás condenada al ostracismo y la humillación. Lo único que puedo aconsejarte es que te rebeles de ti misma y no permitas más abusos. Lo que a ellas les sobra en estatus y belleza, a ti te sobra en sagacidad e inteligencia. Por eso se cauta. No busques un choque frontal porque ellas llevan la sartén por el mango. No cometas el error de Aura que al destruir a Natalia, terminó destruyéndose a sí misma. Yo en tu caso, me vengaría de manera oculta, casi artera. Aprende de ellas. Págales con la misma moneda”.
Siendo bueno o malo el consejo, el asunto es que la profesora Selbierchi me ayudó a que Graciela Mesones y las gemelas Aliaga salieran de mi vida. En la semana previa a los exámenes bimestrales, una carta anónima llegó a manos de la directora del colegio y en ella se le informaba que tres de mis compañeras planear, a la hora de Educación Física, escabullirse por los árboles y fumar alegremente la hierba que habían traído. El escándalo se desató cuando al revisar sus útiles escolares, descubrieron que cada una portaba dos pitillos de marihuana y bueno, mujeres al fin y al cabo, la noticia se regó por el colegio y llegó a oídos de la Asociación de Padres de Familia a quienes poco les interesó los apellidos y la buena posición de las infractoras, de inmediato se exigió, en nombre de la moral y las buenas costumbres, que las ovejas descarriadas fueran expulsadas del rebaño.
Según me comentó después la auxiliar de disciplina, Graciela Mesones lloraba e intentaba una defensa infructuosa diciendo: “Nos han «sembrado», directora. A la hora del recreo, alguien se metió al salón por la ventana y puso entre nuestras cosas esa droga que sabrá Dios a quien le pertenecerá...” Graciela nunca supo que el dueño era nada menos que mi hermanito vicioso y bueno para nada de tanto que lo ha engreído mi mamá, quien se puso como loco cuando no encontró su hierba en la cómoda. Por su parte, la profesora Selbierchi no dijo nada al respecto y a pesar que nunca me tocó el tema, sentí la sensación de que un sentimiento culpable hizo que nuestra relación no fuera la misma. Qué tonta. Debería sentirse orgullosa por haber hecho de mí una mujer tan mala.
Febrero 2001
Son las ocho de la mañana y desde la ventana se vislumbra el despertar de una ciudad que nunca duerme y que Robert Campton adora con toda el alma. Las voces de sus inquisidores apenas si son murmullos fáciles de eludir. En su mente, Lennon le canta: Happiness is a warm gun, yes it is...
–¡El disco, Campton! ¿En dónde diablos está el disco?
Y su mente automáticamente se desconecta de la realidad.
A las diez y media de la noche anterior lo interceptaron a medio camino entre su habitación y el café donde acostumbra merendar. A empellones lo introdujeron en un vehículo de lunas polarizadas y lo hicieron desaparecer en medio de tanta gente, que parece nunca percatarse de nada. Obligado a ir con la cabeza gacha, no vio su llegada a una de las torres más altas de la ciudad y a través de un elevador privado, fue llevado hasta una oficina del Servicio de Inteligencia que ocultaba su siniestra identidad bajo el rótulo de una empresa dedicada a la exportación de productos de las Antillas. En ella fue obligado a tomar asiento, en un ambiente tan reducido que sentía que el mal aliento de sus captores golpeaba su rostro. No se dejó intimar por el aspecto de algunos de ellos, que parecían calcados de los personajes que acosan a Keanu Reeves en Matrix. Esos malditos bastardos habían podido hacer de Norteamérica un estado policiaco, gracias a sus satélites, micrófonos y teléfonos intervenidos, pero él, representante de la especie humana, se había dado maña para burlar la tecnología de punta y no darles el gusto de obtener lo que tanto andaban buscando.
–Hemos revisado su habitación, señor Campton, y no hemos encontrado nada. Así que será mejor si colabora con nosotros.
Al borde de la medianoche albergó una esperanza de que lo podían soltar si afirmaba que no existía ninguna copia del disco, pero al ver que se endurecían, optó por dar respuestas vagas y carentes de sentido, disfrutando de su desesperación. Al cabo de unas horas, estaba seguro que esos matones iban a golpearlo y esa idea lo amedrentó un poco, pero la presencia de un tipo canoso y de expresiones muy amables, calmaron los ánimos.
–Reconocemos su talento, señor Campton –le dijo al mostrarle un grueso dossier con su nombre, lo que en cierto sentido le agradó–. De realizar documentales para la National Geographic, su carrera dio un vuelco político y se comprometió con la izquierda. En su filme Viva Nicaragua, critica a su país por apoyar a los Contras. En El Triunfo de la Dignidad elogió los logros del castrismo en Cuba y nos acusó de hostilizar y pretender boicotear su proyecto socialista. En Paranoia Roja calificaba a la amenaza comunista de ser una fantasía mediática creada por la Administración Reagan. Esas ideas siguieron acompañándole en los noventa, como demostrando que la caída del muro no significó mucho para usted. Filmó un documental muy condescendiente con la figura de Stalin y otro que acusa a la CIA de participar en las caídas de Arbenz en Guatemala y de Allende en Chile. Hizo también una apología sobre un comando terrorista que tomó por asalto una embajada en Lima y el año pasado volvió al Perú para filmar un documental sobre el fundador de Sendero Luminoso. ¿Lo logró culminar?
–Ni siquiera hice una toma –exclamó el cineasta en seco.
–No me diga. ¿Acaso le faltó presupuesto?
–No. Simplemente me desencanté del personaje.
–¡Oh!, ya veo –exclamó con fingida sorpresa el hombre canoso–. Aquí hay una denuncia de la Deutsche Welle que lo acusa no sólo de incumplimiento de contrato, sino de haberse quedado con sesenta mil dólares que se le dio por adelantado.
–Yo no me quedé con nada. Todo se gastó en pago de personal y traslado de equipos en el interior del Perú.
–Entiendo. La televisora alemana financió un bonito paseo para usted y su equipo. Eso es estafa, señor Campton. Suficiente motivo para meterlo preso.
Campton se encogió de hombros ante la amenaza. Podían chantajearlo, apresarlo, intimidarlo con que cualquier desgracia podía sucederles a sus parientes y amigos, podían, incluso, encajarle un balazo, pero no había caso. Un tipo que padece un cáncer linfático que poco a poco lo va matando, no tiene nada que perder, así que es difícil ejercer terror psicológico, salvo la posibilidad de que lo pudiesen torturar. ¿Soportaría o sería como Sterling Hayden en Dr. Strangelove, confesándole a Peter Sellers su incapacidad para soportar la tortura? ¿Valía la pena pasar por ese martirio? Maldito sea su espíritu contestatario que le privaba de una muerte tranquila, alimentando las golondrinas en el Central Park. Maldito sea su país por proclamar una guerra santa contra el Islam.
–Díganos en dónde ha escondido la copia que hizo del disco de Michael Montierro.
En un principio intentó hacerse el desentendido al escuchar ese nombre, pero al mostrarle unas fotografías que los mostraba saliendo de un bar de Greenwich Village, tuvo que admitir que lo conocía hace seis meses. Dan O’Brien, un ex periodista del New York Post, estigmatizado por haber purgado prisión al difamar a un senador, los había presentado. Montierro era miembro del Servicio de Inteligencia. La primera vez que se entrevistaron, lucía nervioso y miraba a todos lados, como si la ciudad lo vigilara.
–El gobierno viene cocinando un plan para cundir el pánico en toda la nación.
–¿Cuál es el objetivo ahora? –preguntó Campton con sarcasmo.
–El gobierno viene cocinando la invasión a varios países del Medio Oriente –le dijo antes de mostrar lo que llevaba en su gabardina–. En este disco tengo las pruebas de que el Servicio de Inteligencia y los medios de comunicación vienen preparando la excusa a través del pánico generalizado en toda la nación. Son documentos que confirman la manipulación, tergiversación y exageración de la información, con la finalidad de que la opinión pública sienta terror y aversión hacia los musulmanes.
“Otro plan al servicio de las intenciones de siempre”, pensó. Desde los tiempos en que la prensa de Hearst inventó una guerra contra España, los medios han sido indispensables en la manipulación de masas. Gracias al manejo de la información y la exacerbación del odio, la Administración Reagan contó con la aprobación para ejecutar cruzadas contra aquellos países que no se alienaban a sus intereses. En su filme Paranoia Roja, había denunciado que no sólo la prensa si no también Hollywood, a través de Rocky, Rambo y dibujos animados como G.I Joe, enseñaban que los rusos eran malos y eso se originó que se llegaran a extremos como el de asesinar a una anciana que vendía abarrotes en Indiana, sólo por apellidarse Aleinikhova.
–Los musulmanes están ocupando el vacío antagónico que dejaron los comunistas. Estados Unidos se cree el sheriff, pero en realidad es Jesse James y va por un suculento botín: la reserva de petróleo más grande del planeta –explicó Montierro y Campton sintió náuseas de que en pleno siglo XXI, su país siga siendo una rapiña que subyuga y canibaliza a las demás naciones.
–Hoy es el petróleo, mañana las guerras serán por las reservas de agua –intervino O´Brien y argumentó que todas las guerras de la historia siempre han sido motivadas por la ambición–. Así como Helena fue la excusa para invadir Troya, para Norteamérica la excusa es la libertad que esta vez tiene color de petróleo. Sancho escuchó del Quijote que la libertad es el don más precioso que el hombre ha recibido de los cielos y nosotros hemos cometido los crímenes más espantosos enarbolando su nombre.
“A pesar del dinero que mueve el narcotráfico y la informática, el petróleo sigue siendo el principal negocio”, reflexionó Campton y recordó aquel documental que Geoffrey Tucker rodó a raíz de la crisis energética de los setenta, en el que recopilaba una infinidad de propuestas que sirviesen de alternativa al combustible convencional y como una a una vieron boicoteados o frenados su desarrollo, ya que eran nocivas a los intereses de las principales empresas petroleras que, al fin y al cabo, representan el poder oculto en su país.
–He acudido a los pocos medios de comunicación que podrían denunciar estos hechos, pero ha sido en vano. Todos me han dicho que lo mejor que puedo hacer es destruir este material y quedarme callado. A nadie parece importarles que miles de jóvenes serán enviados al matadero por el enriquecimiento de unos cuantos. Usted, que ha ventilado muchos manejos oscuros, es mi última esperanza de que el pueblo americano sepa la verdad.
La propuesta para un hombre como Campton era tentadora. No sólo por la posibilidad de hacer su última película antes que el cáncer le arrebatase la vida, sino porque desde el estreno de Allende-Arbenz o la nueva tragedia americana, que no había cosechado galardones en los festivales que se celebraban en Europa. Este filme-denuncia podía ser su canto del cisne.
Con la promesa de que Musulmania, nombre tentativo del proyecto, redituaría beneficios a todos los involucrados, Campton obtuvo una copia de la información de Montierro que a primera vista parecía bizarra al mezclar las profecías de Nostradamus acerca del tercer anticristo, pero que luego parecía espeluznante al mostrar a los fundamentalistas musulmanes capaces de ejecutar las más atroces barbaridades con armas químicas y bacteriológicas en suelo americano.
Los pocos ahorros que Campton poseía los invirtió en una cámara de 8 mm de última generación y pensó en solicitar un préstamo para instalar una sala de edición digital en su propia habitación, mas la muerte de un hermano suyo hizo que se distrajera del proyecto y acudiera a su Alabama natal. Ahí recibió la llamada de Dan O’Brien notificándole que el cadáver de Montierro había sido encontrado en un motel de New Haven, supuestamente se había suicidado disparándose a la sien.
Creyendo prudente ausentarse por un tiempo de la ciudad, vagó por Nueva Orleans y retornó al finalizar la temporada de Jazz para enterarse que el mismo O’Brien había sido encontrado a la víspera, flotando boca abajo en las turbias aguas del río Hudson. Ahí comprendió que su turno había llegado.
–Si no desea colaborar por las buenas, traeremos a alguien que tiene métodos más dolorosos de persuasión –le advierte el sujeto que más le recuerda al villano de Matrix–. No sea tonto. No vale sufrir castigos por un traidor de la calaña de Montierro.
A las ocho y treinta de la mañana, ingresa a escena un hombre corpulento al que sus compañeros saludan con el apelativo Hulk Hogan. Como si fuese un especialista de cualquier cosa, se despoja del saco y se arremanga la camisa. Toma una silla y se sienta muy cerca de Campton, con el espaldar hacia delante, transpirando a borbotones. El aire acondicionado ha sido cortado para hacer el ambiente más insoportable a causa de un verano particularmente caluroso.
“¿Valía la pena sufrir por una información que nunca podría salir a la luz?”, piensa Campton y se lamenta de flaquear. A sus cincuenta y un años nadie jamás lo ha golpeado y aunado a los diversos dolores que le produce el cáncer en su cuerpo, quizá no pueda soportar. Para darse valor, piensa que esta pueda ser una forma de redimirse al evocar los profundos remordimientos que le producen el hijo abortado y la mujer que destruyó con su egoísmo.
Al sentir que el grandulón se le acerca, el cineasta ajusta los dientes y soporta que lo tomen de los cabellos y lo arrastren al baño.
–¡Habla! ¡En dónde escondiste la copia de Montierro! –le grita, cada vez que deja de sumergir su rostro en la taza del inodoro.
–En el Tíbet –responde primero. Luego menciona otros exóticos parajes como la selva de Borneo o las islas Feroe.
Cada respuesta suya hace que el grandulón descargué un feroz puñetazo en su bajo vientre y Campton resiste como nunca hubiese apostado que lo haría. Por un momento divaga si su capacidad de aguante sería igual si lo sometieran a la rueda de despedazamiento de la Inquisición, a la práctica china de enterrar a sus víctimas hasta la cabeza, cerca de hormigas voraces, o a las cargas eléctricas que los verdugos de Pinochet aplicaban en los testículos.
De pronto los golpes en su pecho y las costillas son tan agudos que el dolor comienza a desvanecerse y poco a poco sus pensamientos se van diluyendo en la inconsciencia. Sólo le queda la certeza de que en cualquier momento alguno de sus órganos vitales reventaría y ahí acabaría.
–Espera un momento, “Hulk”. Si este pobre diablo se muere sin decirnos en donde guarda la copia del disco, todos acabaremos nuestros días en Kabul –exclama el “hombre Matrix”, acabando de un sorbo lo que queda de café. Al observar el lánguido semblante de Campton, ordena que lo levanten y lo conduzcan al ambiente contiguo–. ¡Abran las ventanas para que respire un poco de aire!
El grandulón toma con una sola mano el cuerpo de su víctima y lo desparrama como si fuera una marioneta, en la silla que estuvo sentado en la madrugada. En su interior tiene la sensación de que tiene una hemorragia general y la vida se le va, con la satisfacción de que esos malditos nunca sabrán que el disco yace enterrado al costado de una tumba descuidada, que lleva el nombre de «Candy» como único epitafio, en un cementerio de Nueva Orleans. Según el hombre o demonio que conoció el último día del noventa y nueve, ahí reposan los restos de la única mujer que había amado de verdad y si le toca irse al Infierno, al menos que su silencio le sirva para entrar con la frente en alto.
Antes de que sus párpados no vuelvan a abrirse más, Campton observa el panorama de la metrópoli por última vez y piensa cuán imponente es todo desde lo alto de la torre, a la que igual que Babel Dios castigaría por su soberbia. Son las nueve y treinta y cinco de la mañana. Un avión en el firmamento parece acercarse a la ventana.
Marzo de 2003
–¡El disco, Campton! ¿En dónde diablos está el disco?
Y su mente automáticamente se desconecta de la realidad.
A las diez y media de la noche anterior lo interceptaron a medio camino entre su habitación y el café donde acostumbra merendar. A empellones lo introdujeron en un vehículo de lunas polarizadas y lo hicieron desaparecer en medio de tanta gente, que parece nunca percatarse de nada. Obligado a ir con la cabeza gacha, no vio su llegada a una de las torres más altas de la ciudad y a través de un elevador privado, fue llevado hasta una oficina del Servicio de Inteligencia que ocultaba su siniestra identidad bajo el rótulo de una empresa dedicada a la exportación de productos de las Antillas. En ella fue obligado a tomar asiento, en un ambiente tan reducido que sentía que el mal aliento de sus captores golpeaba su rostro. No se dejó intimar por el aspecto de algunos de ellos, que parecían calcados de los personajes que acosan a Keanu Reeves en Matrix. Esos malditos bastardos habían podido hacer de Norteamérica un estado policiaco, gracias a sus satélites, micrófonos y teléfonos intervenidos, pero él, representante de la especie humana, se había dado maña para burlar la tecnología de punta y no darles el gusto de obtener lo que tanto andaban buscando.
–Hemos revisado su habitación, señor Campton, y no hemos encontrado nada. Así que será mejor si colabora con nosotros.
Al borde de la medianoche albergó una esperanza de que lo podían soltar si afirmaba que no existía ninguna copia del disco, pero al ver que se endurecían, optó por dar respuestas vagas y carentes de sentido, disfrutando de su desesperación. Al cabo de unas horas, estaba seguro que esos matones iban a golpearlo y esa idea lo amedrentó un poco, pero la presencia de un tipo canoso y de expresiones muy amables, calmaron los ánimos.
–Reconocemos su talento, señor Campton –le dijo al mostrarle un grueso dossier con su nombre, lo que en cierto sentido le agradó–. De realizar documentales para la National Geographic, su carrera dio un vuelco político y se comprometió con la izquierda. En su filme Viva Nicaragua, critica a su país por apoyar a los Contras. En El Triunfo de la Dignidad elogió los logros del castrismo en Cuba y nos acusó de hostilizar y pretender boicotear su proyecto socialista. En Paranoia Roja calificaba a la amenaza comunista de ser una fantasía mediática creada por la Administración Reagan. Esas ideas siguieron acompañándole en los noventa, como demostrando que la caída del muro no significó mucho para usted. Filmó un documental muy condescendiente con la figura de Stalin y otro que acusa a la CIA de participar en las caídas de Arbenz en Guatemala y de Allende en Chile. Hizo también una apología sobre un comando terrorista que tomó por asalto una embajada en Lima y el año pasado volvió al Perú para filmar un documental sobre el fundador de Sendero Luminoso. ¿Lo logró culminar?
–Ni siquiera hice una toma –exclamó el cineasta en seco.
–No me diga. ¿Acaso le faltó presupuesto?
–No. Simplemente me desencanté del personaje.
–¡Oh!, ya veo –exclamó con fingida sorpresa el hombre canoso–. Aquí hay una denuncia de la Deutsche Welle que lo acusa no sólo de incumplimiento de contrato, sino de haberse quedado con sesenta mil dólares que se le dio por adelantado.
–Yo no me quedé con nada. Todo se gastó en pago de personal y traslado de equipos en el interior del Perú.
–Entiendo. La televisora alemana financió un bonito paseo para usted y su equipo. Eso es estafa, señor Campton. Suficiente motivo para meterlo preso.
Campton se encogió de hombros ante la amenaza. Podían chantajearlo, apresarlo, intimidarlo con que cualquier desgracia podía sucederles a sus parientes y amigos, podían, incluso, encajarle un balazo, pero no había caso. Un tipo que padece un cáncer linfático que poco a poco lo va matando, no tiene nada que perder, así que es difícil ejercer terror psicológico, salvo la posibilidad de que lo pudiesen torturar. ¿Soportaría o sería como Sterling Hayden en Dr. Strangelove, confesándole a Peter Sellers su incapacidad para soportar la tortura? ¿Valía la pena pasar por ese martirio? Maldito sea su espíritu contestatario que le privaba de una muerte tranquila, alimentando las golondrinas en el Central Park. Maldito sea su país por proclamar una guerra santa contra el Islam.
–Díganos en dónde ha escondido la copia que hizo del disco de Michael Montierro.
En un principio intentó hacerse el desentendido al escuchar ese nombre, pero al mostrarle unas fotografías que los mostraba saliendo de un bar de Greenwich Village, tuvo que admitir que lo conocía hace seis meses. Dan O’Brien, un ex periodista del New York Post, estigmatizado por haber purgado prisión al difamar a un senador, los había presentado. Montierro era miembro del Servicio de Inteligencia. La primera vez que se entrevistaron, lucía nervioso y miraba a todos lados, como si la ciudad lo vigilara.
–El gobierno viene cocinando un plan para cundir el pánico en toda la nación.
–¿Cuál es el objetivo ahora? –preguntó Campton con sarcasmo.
–El gobierno viene cocinando la invasión a varios países del Medio Oriente –le dijo antes de mostrar lo que llevaba en su gabardina–. En este disco tengo las pruebas de que el Servicio de Inteligencia y los medios de comunicación vienen preparando la excusa a través del pánico generalizado en toda la nación. Son documentos que confirman la manipulación, tergiversación y exageración de la información, con la finalidad de que la opinión pública sienta terror y aversión hacia los musulmanes.
“Otro plan al servicio de las intenciones de siempre”, pensó. Desde los tiempos en que la prensa de Hearst inventó una guerra contra España, los medios han sido indispensables en la manipulación de masas. Gracias al manejo de la información y la exacerbación del odio, la Administración Reagan contó con la aprobación para ejecutar cruzadas contra aquellos países que no se alienaban a sus intereses. En su filme Paranoia Roja, había denunciado que no sólo la prensa si no también Hollywood, a través de Rocky, Rambo y dibujos animados como G.I Joe, enseñaban que los rusos eran malos y eso se originó que se llegaran a extremos como el de asesinar a una anciana que vendía abarrotes en Indiana, sólo por apellidarse Aleinikhova.
–Los musulmanes están ocupando el vacío antagónico que dejaron los comunistas. Estados Unidos se cree el sheriff, pero en realidad es Jesse James y va por un suculento botín: la reserva de petróleo más grande del planeta –explicó Montierro y Campton sintió náuseas de que en pleno siglo XXI, su país siga siendo una rapiña que subyuga y canibaliza a las demás naciones.
–Hoy es el petróleo, mañana las guerras serán por las reservas de agua –intervino O´Brien y argumentó que todas las guerras de la historia siempre han sido motivadas por la ambición–. Así como Helena fue la excusa para invadir Troya, para Norteamérica la excusa es la libertad que esta vez tiene color de petróleo. Sancho escuchó del Quijote que la libertad es el don más precioso que el hombre ha recibido de los cielos y nosotros hemos cometido los crímenes más espantosos enarbolando su nombre.
“A pesar del dinero que mueve el narcotráfico y la informática, el petróleo sigue siendo el principal negocio”, reflexionó Campton y recordó aquel documental que Geoffrey Tucker rodó a raíz de la crisis energética de los setenta, en el que recopilaba una infinidad de propuestas que sirviesen de alternativa al combustible convencional y como una a una vieron boicoteados o frenados su desarrollo, ya que eran nocivas a los intereses de las principales empresas petroleras que, al fin y al cabo, representan el poder oculto en su país.
–He acudido a los pocos medios de comunicación que podrían denunciar estos hechos, pero ha sido en vano. Todos me han dicho que lo mejor que puedo hacer es destruir este material y quedarme callado. A nadie parece importarles que miles de jóvenes serán enviados al matadero por el enriquecimiento de unos cuantos. Usted, que ha ventilado muchos manejos oscuros, es mi última esperanza de que el pueblo americano sepa la verdad.
La propuesta para un hombre como Campton era tentadora. No sólo por la posibilidad de hacer su última película antes que el cáncer le arrebatase la vida, sino porque desde el estreno de Allende-Arbenz o la nueva tragedia americana, que no había cosechado galardones en los festivales que se celebraban en Europa. Este filme-denuncia podía ser su canto del cisne.
Con la promesa de que Musulmania, nombre tentativo del proyecto, redituaría beneficios a todos los involucrados, Campton obtuvo una copia de la información de Montierro que a primera vista parecía bizarra al mezclar las profecías de Nostradamus acerca del tercer anticristo, pero que luego parecía espeluznante al mostrar a los fundamentalistas musulmanes capaces de ejecutar las más atroces barbaridades con armas químicas y bacteriológicas en suelo americano.
Los pocos ahorros que Campton poseía los invirtió en una cámara de 8 mm de última generación y pensó en solicitar un préstamo para instalar una sala de edición digital en su propia habitación, mas la muerte de un hermano suyo hizo que se distrajera del proyecto y acudiera a su Alabama natal. Ahí recibió la llamada de Dan O’Brien notificándole que el cadáver de Montierro había sido encontrado en un motel de New Haven, supuestamente se había suicidado disparándose a la sien.
Creyendo prudente ausentarse por un tiempo de la ciudad, vagó por Nueva Orleans y retornó al finalizar la temporada de Jazz para enterarse que el mismo O’Brien había sido encontrado a la víspera, flotando boca abajo en las turbias aguas del río Hudson. Ahí comprendió que su turno había llegado.
–Si no desea colaborar por las buenas, traeremos a alguien que tiene métodos más dolorosos de persuasión –le advierte el sujeto que más le recuerda al villano de Matrix–. No sea tonto. No vale sufrir castigos por un traidor de la calaña de Montierro.
A las ocho y treinta de la mañana, ingresa a escena un hombre corpulento al que sus compañeros saludan con el apelativo Hulk Hogan. Como si fuese un especialista de cualquier cosa, se despoja del saco y se arremanga la camisa. Toma una silla y se sienta muy cerca de Campton, con el espaldar hacia delante, transpirando a borbotones. El aire acondicionado ha sido cortado para hacer el ambiente más insoportable a causa de un verano particularmente caluroso.
“¿Valía la pena sufrir por una información que nunca podría salir a la luz?”, piensa Campton y se lamenta de flaquear. A sus cincuenta y un años nadie jamás lo ha golpeado y aunado a los diversos dolores que le produce el cáncer en su cuerpo, quizá no pueda soportar. Para darse valor, piensa que esta pueda ser una forma de redimirse al evocar los profundos remordimientos que le producen el hijo abortado y la mujer que destruyó con su egoísmo.
Al sentir que el grandulón se le acerca, el cineasta ajusta los dientes y soporta que lo tomen de los cabellos y lo arrastren al baño.
–¡Habla! ¡En dónde escondiste la copia de Montierro! –le grita, cada vez que deja de sumergir su rostro en la taza del inodoro.
–En el Tíbet –responde primero. Luego menciona otros exóticos parajes como la selva de Borneo o las islas Feroe.
Cada respuesta suya hace que el grandulón descargué un feroz puñetazo en su bajo vientre y Campton resiste como nunca hubiese apostado que lo haría. Por un momento divaga si su capacidad de aguante sería igual si lo sometieran a la rueda de despedazamiento de la Inquisición, a la práctica china de enterrar a sus víctimas hasta la cabeza, cerca de hormigas voraces, o a las cargas eléctricas que los verdugos de Pinochet aplicaban en los testículos.
De pronto los golpes en su pecho y las costillas son tan agudos que el dolor comienza a desvanecerse y poco a poco sus pensamientos se van diluyendo en la inconsciencia. Sólo le queda la certeza de que en cualquier momento alguno de sus órganos vitales reventaría y ahí acabaría.
–Espera un momento, “Hulk”. Si este pobre diablo se muere sin decirnos en donde guarda la copia del disco, todos acabaremos nuestros días en Kabul –exclama el “hombre Matrix”, acabando de un sorbo lo que queda de café. Al observar el lánguido semblante de Campton, ordena que lo levanten y lo conduzcan al ambiente contiguo–. ¡Abran las ventanas para que respire un poco de aire!
El grandulón toma con una sola mano el cuerpo de su víctima y lo desparrama como si fuera una marioneta, en la silla que estuvo sentado en la madrugada. En su interior tiene la sensación de que tiene una hemorragia general y la vida se le va, con la satisfacción de que esos malditos nunca sabrán que el disco yace enterrado al costado de una tumba descuidada, que lleva el nombre de «Candy» como único epitafio, en un cementerio de Nueva Orleans. Según el hombre o demonio que conoció el último día del noventa y nueve, ahí reposan los restos de la única mujer que había amado de verdad y si le toca irse al Infierno, al menos que su silencio le sirva para entrar con la frente en alto.
Antes de que sus párpados no vuelvan a abrirse más, Campton observa el panorama de la metrópoli por última vez y piensa cuán imponente es todo desde lo alto de la torre, a la que igual que Babel Dios castigaría por su soberbia. Son las nueve y treinta y cinco de la mañana. Un avión en el firmamento parece acercarse a la ventana.
Marzo de 2003
Aquella noche Claudia no pudo dormir. Antes que saliera el Sol, le habló a su tío de la horrible visión que había tenido entre sueños, en la que lo veía, con su alta investidura, sentenciando a muerte a un hombre que no se lo merecía. El clérigo Cneo miró a su sobrina, no con la ternura acostumbrada sino con profunda preocupación, pues la había criado como hija desde que la malaria la dejó en la orfandad. Se parecía en mucho a la visión que el mismo tuvo de joven cuando una voz que se identificó como el Ángel de la Anunciación, le advirtió que el día en que condenara a un hombre justo, Dios destruiría el Mundo y daría inicio al Juicio Final.
¿Era acaso la señal que Roma entera había esperado por años? Él, como tantos, estuvo convencido que el Apocalipsis acontecería en el año mil y fue testigo de cómo la Iglesia hizo una especie de mea culpa en el concilio de Tresly. Pero aparte de condenar a los prelados amancebados con mujeres de liviana reputación, no se hizo más por despercudirse de la presencia del Maligno. En los años venideros la humanidad continuó perdida y la Iglesia corrompida por los hombres que llevaban sus riendas. ¿Qué mejor momento para que se produzca la parusía del Señor?
Como si se tratase de una premonición, el clérigo se vistió y esperó.
Era el amanecer del viernes santo del año 1033. Un carruaje llegó hasta su morada y tras confirmar que se trataba de Cneo de Bérgamo, el heraldo le comunicó que, por orden del conde Alberico, se le solicitaba con premura en Sant’Angelo. Con un beso afectuoso, se despidió de su sobrina, recomendándole que todo el día guardara ayuno porque el Señor estaba muerto. Ya en el camino se le informó que a la víspera habían aprendido a un revoltoso, uno de los tantos que a veces sacude la escena romana, y se hacía necesaria su presencia para juzgarle. “Dios santo, Claudia”, pensó con mucho temor, mientras los corceles lo conducían al lugar más inexpugnable de Roma, a causa del pavor que le dejaron los sarracenos al papa León IV, al invadir y saquear, en el año 846, la capital de la cristiandad. En esa época Mahoma era el Anticristo para los padres de la Iglesia y se encomendaban a los Carolingios para que no aconteciera el fin del mundo. ¿Sería acaso la persona que iba a juzgar el verdadero Anticristo? Al menos alguien importante debía ser para que el conde Alberico lo mantenga en Sant’Angelo.
Al apearse del carruaje, el arcediano Osorio de Spello le dio la bienvenida y juntos descendieron por los escalones de piedra, rumbo a las mazmorras. “Estamos ante un hereje peligroso que ha volcado al pueblo contra nosotros”, le advirtió. Supo luego que Cástulo era el nombre del hereje, pero sus discípulos lo llamaban El Redentor. Había venido de Bari el pasado domingo de ramos, rodeado de varios menesterosos y sujetos dedicados a la rapiña.
En pocos días y gracias a su verbo diabólico, había multiplicado el número de sus huestes, seduciendo a varios mancebos y doncellas. En la mañana del jueves santo, irrumpió con ellos en los templos aledaños a la ciudad, reduciendo a todo aquel que les saliera al frente. Con palabras injuriosas, acusó a su santidad, el papa Benedicto IX, y a todos los cardenales, de haber maculado la casa de su Padre e incitó a marchar hacia San Pedro y despojarles de su investidura. La revuelta sólo pudo ser aplacada con la punta de las lanzas. Tras pertinaz cacería y pasada la medianoche, la guardia pudo apresar al profanador que se hallaba escondido en una taberna, rodeado de prostitutas y sujetos de malvivir. Por temor a que sus seguidores, que sumaban más de un millar, pudieran liberarle, el conde Alberico ordenó su traslado a Sant’Angelo y su condenación inmediata para acabar con la plaga, a cargo de Cneo de Bérgamo, el más famoso extirpador de herejías de la cristiandad.
El clérigo se sintió halagado por el reconocimiento a su lucha por homogenizar la fe. En su Epístola Deum Victis, dirigida al papa Juan XIX, decía que la herejía mahometana no era tan peligrosa como aquella que se desarrollaba dentro de los dominios de la Iglesia, invocando el nombre de Jesucristo y tergiversando la palabra de Dios.
Estos blasfemos son un peligro para la fe y obran en contubernio con Satanás. Se aprovechan de la ignorancia de la chusma, los engatusan con sus apostasías y los condenan al averno.
Por más de veinte años, Cneo de Bérgamo persiguió y envió a la hoguera a los arrianos que subsistían en los Pirineos, a los monofisitas de la Dacia, a los paulicianos de Tracia, a los bogomilos de Bulgaria. Su última persecución la había realizado contra los monfortinos en 1028, contando con el apoyo de Ariberto, arzobispo y feudatario de Milán. Al ver que varias mujeres, cegadas por su fe, se arrojaban a la hoguera con sus hijos antes que abjurar a sus creencias, pensó que ya había tenido suficiente y retornó a Roma después de tantos años de autoexilio. Hallándose en la redacción de una Epístola que limara las asperezas con la Iglesia de Constantinopla, no creyó nunca más volver a juzgar a alguien por herejía, a menos que esa fuera la voluntad del Señor.
–En la sala contigua hemos apresado a algunos de sus seguidores que se han resistido a abandonarle.
El clérigo exigió verlos primero antes que al blasfemo. Al abrirse las puertas, se topó con un grupo de zarrapastrosos, todos humildes pescadores de Bari, convertidos en discípulos de su amado Redentor. Todos habían sido flagelados con saña por los soldados del papa. El primero al que interrogó decía llamarse Mauro. Le aseguró que pasó muchos años postrado en un lecho, víctima de grandes padecimientos. Vino Cástulo y le puso de pie al liberar su cuerpo de los demonios que lo tenían poseído. Otro, llamado Clemenzo, manifestó que era ciego de nacimiento, que oía hablar pero a nadie veía. Cástulo pasó la mano sobre sus ojos y de inmediato tuvo visión. Otro, desde el fondo, llamó la atención del clérigo a gritos jurándole que Cástulo le curó de la lepra. Una muchacha llamada Flavia, dijo padecer, desde los doce años, la venida de un flujo de sangre que corría interminable entre sus piernas. Cástulo pasó por su lado y con tan solo tocar el borde de su vestido, detuvo el flujo al instante.
–Qué Dios se apiade de Bari –exclamó Osorio de Spello, tras escuchar los testimonios de quienes creía condenados al Infierno. Sus palabras fueron acompañadas por la señal de la cruz del clérigo, sabedor de las espantosas torturas que les aguardaban.
Escalas más abajo, el clérigo llegó al habitáculo donde alguna vez el papa Juan XIV fue encerrado hasta que murió de inanición. Dos celadores hicieron a un lado el pesado portón y ante sus ojos quedó un hombre cuyo cuerpo parecía hallarse suspendido en el aire, sus brazos flácidos y extendidos provocaban a la vista ese efecto de ingravidez. Al observarle con más detenimiento, le impresionó su juventud y la languidez de su rostro barbado, así como su larga cabellera. El lienzo que cubría su cuerpo apenas si ocultaba su osamenta pronunciada y las huellas de la golpiza.
–¿Quién sois? –le preguntó apenas un guardia le lanzó agua en la cara para despabilarle.
–Mire en vuestro corazón y verá que soy aquel que viene a denunciar a quienes cometen iniquidades en nombre de mi padre –fue su respuesta.
–¡Blasfemas! –interrumpió Osorio de Spello, halando con brusquedad la cadena con la que arrastraba del cuello a un miserable que parecía más muerto que vivo–. Este seguidor suyo, declara que eres hijo de pescadores y asegura que desde que vinisteis al mundo en una lancha. Criado sin instrucción alguna, un día te hicisteis a la mar y regresasteis hablando con extraña sabiduría, por lo que no caben dudas que es el Maligno el que habla por vuestra boca.
–¿Viven vuestros padres? –inquirió Cneo de Bérgamo, aplacando la exaltación del arcediano. El reo giró su cabeza y le hizo un gesto para que se acercara.
–Mi padre vive y es inmortal. La muerte no tiene imperio sobre él. Vosotros que se llenan la boca hablando de su gloria, no podrán conocerlo y mucho menos alcanzarlo.
Indignado por su insolencia, Osorio de Spello ordenó a los verdugos que le azotaran. Fueron cuarenta latigazos menos uno, que le desgarraron la espalda hasta dejarla en carne viva. El reo soportó el castigo con asombroso estoicismo. El clérigo había visto a centenas de torturados quebrándose ni bien iniciado el suplicio, pero este hombre parecía alcanzar, con el aumento del dolor, un estado místico de perfecta y confortable insensibilidad. De eso sabía que eran capaces algunos sabios de una religión distinta, pobladores de las tierras que existen más allá de Persia. ¿Sería, acaso, un iniciado de ese fin del mundo? O acaso sería que Satanás soportaba la paliza por él, como sugería el arcediano.
–Hace unos años habría ordenado vuestra ejecución en el acto, sino fuera porque hay algo que despierta mi misericordia –le dijo al acabar el castigo, tomando su rostro con cierta dulzura, sin tomar en cuenta las advertencias de que el Diablo debía estar merodeando.
–La misericordia que siente no es por mí, sino por vuestra alma que se ahoga entre tanta sangre acumulada –le dijo el reo con voz apenas audible.
–¿Insinúa acaso que soy un asesino?
–Cómo he de llamar al que asesina hombres, mujeres y niños.
–Jamás he enviado a la hoguera a alguien que no lo merezca.
–¿En nombre de quién? ¿En nombre de Dios? En lo que Cristo pronunció no hallará una sola frase que justifique la conducta criminal de la Iglesia, de la que vuestra eminencia no es más que su instrumento de muerte.
El clérigo antes de replicar, le miró fijamente. ¿Quién era él para criticar su persecución de ideas heréticas? Los arrianos habían sido condenados por cuestionar el misterio de la Santísima Trinidad. Los monofisitas por negar la naturaleza humana de Jesús. Los paulicianos por seguir los libros escritos por San Pablo y renegar de los demás que componen la Biblia. Los bogomilos por sostener que Satanás había creado la materia. Los monfortinos por predicar la igualdad y rechazar las jerarquías de la Iglesia.
–Hace mil años alguien dijo amaos los unos a los otros y lo clavaron en una cruz. Yo he venido a predicar el mismo mensaje de tolerancia y la respuesta ha sido el encarcelamiento y la tortura.
–¿Niegas acaso que vinisteis a Roma para subvertir el orden y atentar contra la vida de los miembros de la santa sede?
–Estéis seguro de que si Cristo volviera, no reconocería su Iglesia en vosotros, los traería abajo y los condenaría al Infierno.
Cneo de Bérgamo se estremeció ante esas palabras que encerraban más rebeldía que herejía. “Sentenciarás a un hombre justo”, fue la advertencia de su sobrina y este hombre aparecía para levantarse contra una casta de hombres nefastos y mujeres depravadas que él muy bien conocía.
De todos los papas que había servido, sólo recordaba con cariño a Silvestre II que intentó moralizar la Iglesia y exiliar la corrupción. Pero su proceso quedó trunco al morir envenenado y el poder pasó a manos de los Crescencio. Por haber participado en la decapitación de uno de ellos, en los tiempos de Gregorio V, al clérigo no le quedó más que refugiarse en la abadía de Cluny por diez largos años, hasta que los Condes de Túsculo tomaron el poder y designaron papa a un miembro de su familia. Cneo de Bérgamo retornó a Roma en 1012 y encontró tal grado de decadencia, que antes de ser testigo permisivo de las barbaridades que allí acontecían, se dedicó a la persecución de herejes por todo el continente. Él, que ya creía haberlo visto todo, veinte años después, tuvo que morderse la lengua y soportar que tras la muerte de Juan XIX, el conde Alberico de Túsculo, el verdadero poder tras el poder, designara como sucesor a su propio hijo, un crío de apenas doce años, y que aún los siguiera gobernando, en medio de sus precoces escándalos.
“¿Es la insurrección acaso una herejía?”, se cuestionaba. “¿Merecía condenar a una hoguera a aquel que buscaba limpiar el nombre de Cristo de tanta podredumbre?” Reconocía que de hacerlo mancharía sus manos de sangre inocente, pero tampoco podría hacer algo por salvarle. Si ordenaba su liberación lo más probable es que el conde Alberico terminara por condenar a la hoguera a los dos.
“Por qué, Dios mío, escribes tus designios en renglones tan retorcidos”, reflexionó al percatarse que le deparaba el papel de un Pilatos moderno, incapaz de decidir sobre la vida o la muerte de un individuo. Pasado un milenio, Dios repetía el martirio de su propio hijo en la figura de este hombre y a él lo habían elegido para dar inicio al final de los tiempos.
–¿Quién sois? –volvió a preguntarle.
–Soy quien crees que deba ser –fue la respuesta y ya no tuvo dudas de cómo debía proceder.
Sin pronunciar una sola palabra, tomó la espada de uno de los celadores y hundió la punta debajo de las costillas del reo, ocasionándole una herida similar a la que tuvo Jesucristo, de manos de un soldado romano.
El hombre si apenas emitió un gemido. Más estrepitosos fueron los alaridos horrorizados del arcediano al sentir que se profanaba la Ley. “¡Callaos que Dios así lo quiere!”, le hizo ver el clérigo quien de pronto se volvió dueño de la situación y le ordenó a todos los presentes que se postrasen de rodillas y elevasen sus plegarias al cielo, pidiendo por la salvación de su alma y también las de todos los seres que amaban. Con profunda constricción, Cneo de Bérgamo besó los pies del moribundo y lo empapó con las gruesas lágrimas que brotaron de sus ojos. Sentía pena, mucha pena, no por él ni por la humanidad, sino por Claudia, su sobrina. Siendo tan joven y tan bella, Dios había querido que no disfrutara de una vida plena.
Sumidos todos los presentes en esa posición, sus rezos fueron vigilia de la agonía por largas horas hasta que Cástulo, aquel que llamaban El Redentor, expiró. Una brisa helada, que no tenía como infiltrarse en el ambiente, pareció anunciar el momento y los celadores descolgaron su cadáver.
Minutos más tarde y con el cuerpo de Cástulo envuelto en una sábana, el clérigo salió de Sant’Angelo con dirección a las afueras de Roma, en el mismo carruaje que lo había llevado en la mañana. No detuvieron su marcha hasta que la tarde se hizo noche y la luna brillaba con una intensidad inusitada, a poca distancia de una gruta que en los tiempos de Nerón sirvió de refugio para los cristianos.
El clérigo ordenó a los hombres que le acompañaban, que enterrasen el cuerpo en la gruta y luego sellasen la entrada con las piedras que hallasen a la mano. Al acabar la faena los bendijo y les encomendó que se fueran a sus casas y junto con los seres que amaban, alzaran plegarias por la gloria del Señor. Él mismo, al llegar a su morada, abrazó a su querida Claudia y con ella se condolió amargamente hasta quedarse dormidos, aguardando el Juicio Final.
Transcurrido tres días al viernes santo, Cneo de Bérgamo fue llamado a comparecer ante el sumo pontífice, representado por su padre, el Conde Alberico, el hombre más poderoso de Roma.
–¡Violasteis el juicio de Dios al clavarle una espada y al enterradle, profanasteis nuestra tierra sacra y cristiana! –Fue su furibunda reacción al enterarse como sucedieron los hechos. “Yo vi en el clérigo una actitud sospechosa, era el Maligno que le ordenó matadle y así condenadle, antes que juzgadle y salvad el alma del miserable”, atestiguó Osorio de Spello, al igual que los celadores presentes que aseguraron que en los ojos de Cneo había un brillo extraño.
Sin que sus apocalípticas advertencias le sirvieran de algo, Cneo de Bérgamo fue encarcelado, mientras que los celadores fueron conminados a revelar el lugar del sepulcro pues había que quemar el cadáver del hereje y arrojar las cenizas al río.
Mas al practicar la exhumación, se dieron con la sorpresa de que la sábana que lo cubría no contenía cuerpo alguno. Algunos de los presentes se asombraron, no faltó alguno que se arrodilló y se persignó, al creer que se trataba del milagro de la resurrección. Pero avisado el Conde Alberico, ordenó que se ejecutara de inmediato a todo aquel que se le ocurriera propalar cualquier versión prodigiosa de los hechos.
–¡Aquí hay alguien que se nos ha adelantado y no puede ser otro que aquel clérigo que se negó a juzgarlo!
A la mañana siguiente, tras ser torturado hasta que los huesos se quebraron, Cneo de Bérgamo fue conducido a la pira colocada en una plaza pública de Roma. “Nos veremos más pronto de lo que podéis creer”, fueron sus últimas palabras, antes que los leños ardieran. Murió asumiendo una postura solemne, sin pronunciar alaridos de dolor o maldición, siendo luego sus cenizas arrojadas al Tiber.
Borrado sus hechos y escrituras de la historia, por algunos años le sobrevivió su leyenda de «Moderno Pilatos», entre los castulistas, como se hacían llamar todos aquellos que creyeron que Cástulo era la reencarnación del Hijo de Dios y aguardaron un Apocalipsis que nunca aconteció.
Claudia, su sobrina, que fue una líder importante del movimiento, paulatinamente se alejó de ellos y terminó sus días acogida en una casa cercana al monasterio de Grotta Ferrata.
Un monje de ese monasterio, que antes había sido papa y expiaba los pecados de su vida disipada, la cuidó con especial esmero hasta que expiró en el año 1082. En su lecho de muerte le confesó haber engañado a su tío con el cuento de la visión y participar en el desentierro de aquel hombre misterioso, que un día posó su mirada en ella y la convenció de seguirlo, con un mensaje lleno de amor.
Enero 2005
¿Era acaso la señal que Roma entera había esperado por años? Él, como tantos, estuvo convencido que el Apocalipsis acontecería en el año mil y fue testigo de cómo la Iglesia hizo una especie de mea culpa en el concilio de Tresly. Pero aparte de condenar a los prelados amancebados con mujeres de liviana reputación, no se hizo más por despercudirse de la presencia del Maligno. En los años venideros la humanidad continuó perdida y la Iglesia corrompida por los hombres que llevaban sus riendas. ¿Qué mejor momento para que se produzca la parusía del Señor?
Como si se tratase de una premonición, el clérigo se vistió y esperó.
Era el amanecer del viernes santo del año 1033. Un carruaje llegó hasta su morada y tras confirmar que se trataba de Cneo de Bérgamo, el heraldo le comunicó que, por orden del conde Alberico, se le solicitaba con premura en Sant’Angelo. Con un beso afectuoso, se despidió de su sobrina, recomendándole que todo el día guardara ayuno porque el Señor estaba muerto. Ya en el camino se le informó que a la víspera habían aprendido a un revoltoso, uno de los tantos que a veces sacude la escena romana, y se hacía necesaria su presencia para juzgarle. “Dios santo, Claudia”, pensó con mucho temor, mientras los corceles lo conducían al lugar más inexpugnable de Roma, a causa del pavor que le dejaron los sarracenos al papa León IV, al invadir y saquear, en el año 846, la capital de la cristiandad. En esa época Mahoma era el Anticristo para los padres de la Iglesia y se encomendaban a los Carolingios para que no aconteciera el fin del mundo. ¿Sería acaso la persona que iba a juzgar el verdadero Anticristo? Al menos alguien importante debía ser para que el conde Alberico lo mantenga en Sant’Angelo.
Al apearse del carruaje, el arcediano Osorio de Spello le dio la bienvenida y juntos descendieron por los escalones de piedra, rumbo a las mazmorras. “Estamos ante un hereje peligroso que ha volcado al pueblo contra nosotros”, le advirtió. Supo luego que Cástulo era el nombre del hereje, pero sus discípulos lo llamaban El Redentor. Había venido de Bari el pasado domingo de ramos, rodeado de varios menesterosos y sujetos dedicados a la rapiña.
En pocos días y gracias a su verbo diabólico, había multiplicado el número de sus huestes, seduciendo a varios mancebos y doncellas. En la mañana del jueves santo, irrumpió con ellos en los templos aledaños a la ciudad, reduciendo a todo aquel que les saliera al frente. Con palabras injuriosas, acusó a su santidad, el papa Benedicto IX, y a todos los cardenales, de haber maculado la casa de su Padre e incitó a marchar hacia San Pedro y despojarles de su investidura. La revuelta sólo pudo ser aplacada con la punta de las lanzas. Tras pertinaz cacería y pasada la medianoche, la guardia pudo apresar al profanador que se hallaba escondido en una taberna, rodeado de prostitutas y sujetos de malvivir. Por temor a que sus seguidores, que sumaban más de un millar, pudieran liberarle, el conde Alberico ordenó su traslado a Sant’Angelo y su condenación inmediata para acabar con la plaga, a cargo de Cneo de Bérgamo, el más famoso extirpador de herejías de la cristiandad.
El clérigo se sintió halagado por el reconocimiento a su lucha por homogenizar la fe. En su Epístola Deum Victis, dirigida al papa Juan XIX, decía que la herejía mahometana no era tan peligrosa como aquella que se desarrollaba dentro de los dominios de la Iglesia, invocando el nombre de Jesucristo y tergiversando la palabra de Dios.
Estos blasfemos son un peligro para la fe y obran en contubernio con Satanás. Se aprovechan de la ignorancia de la chusma, los engatusan con sus apostasías y los condenan al averno.
Por más de veinte años, Cneo de Bérgamo persiguió y envió a la hoguera a los arrianos que subsistían en los Pirineos, a los monofisitas de la Dacia, a los paulicianos de Tracia, a los bogomilos de Bulgaria. Su última persecución la había realizado contra los monfortinos en 1028, contando con el apoyo de Ariberto, arzobispo y feudatario de Milán. Al ver que varias mujeres, cegadas por su fe, se arrojaban a la hoguera con sus hijos antes que abjurar a sus creencias, pensó que ya había tenido suficiente y retornó a Roma después de tantos años de autoexilio. Hallándose en la redacción de una Epístola que limara las asperezas con la Iglesia de Constantinopla, no creyó nunca más volver a juzgar a alguien por herejía, a menos que esa fuera la voluntad del Señor.
–En la sala contigua hemos apresado a algunos de sus seguidores que se han resistido a abandonarle.
El clérigo exigió verlos primero antes que al blasfemo. Al abrirse las puertas, se topó con un grupo de zarrapastrosos, todos humildes pescadores de Bari, convertidos en discípulos de su amado Redentor. Todos habían sido flagelados con saña por los soldados del papa. El primero al que interrogó decía llamarse Mauro. Le aseguró que pasó muchos años postrado en un lecho, víctima de grandes padecimientos. Vino Cástulo y le puso de pie al liberar su cuerpo de los demonios que lo tenían poseído. Otro, llamado Clemenzo, manifestó que era ciego de nacimiento, que oía hablar pero a nadie veía. Cástulo pasó la mano sobre sus ojos y de inmediato tuvo visión. Otro, desde el fondo, llamó la atención del clérigo a gritos jurándole que Cástulo le curó de la lepra. Una muchacha llamada Flavia, dijo padecer, desde los doce años, la venida de un flujo de sangre que corría interminable entre sus piernas. Cástulo pasó por su lado y con tan solo tocar el borde de su vestido, detuvo el flujo al instante.
–Qué Dios se apiade de Bari –exclamó Osorio de Spello, tras escuchar los testimonios de quienes creía condenados al Infierno. Sus palabras fueron acompañadas por la señal de la cruz del clérigo, sabedor de las espantosas torturas que les aguardaban.
Escalas más abajo, el clérigo llegó al habitáculo donde alguna vez el papa Juan XIV fue encerrado hasta que murió de inanición. Dos celadores hicieron a un lado el pesado portón y ante sus ojos quedó un hombre cuyo cuerpo parecía hallarse suspendido en el aire, sus brazos flácidos y extendidos provocaban a la vista ese efecto de ingravidez. Al observarle con más detenimiento, le impresionó su juventud y la languidez de su rostro barbado, así como su larga cabellera. El lienzo que cubría su cuerpo apenas si ocultaba su osamenta pronunciada y las huellas de la golpiza.
–¿Quién sois? –le preguntó apenas un guardia le lanzó agua en la cara para despabilarle.
–Mire en vuestro corazón y verá que soy aquel que viene a denunciar a quienes cometen iniquidades en nombre de mi padre –fue su respuesta.
–¡Blasfemas! –interrumpió Osorio de Spello, halando con brusquedad la cadena con la que arrastraba del cuello a un miserable que parecía más muerto que vivo–. Este seguidor suyo, declara que eres hijo de pescadores y asegura que desde que vinisteis al mundo en una lancha. Criado sin instrucción alguna, un día te hicisteis a la mar y regresasteis hablando con extraña sabiduría, por lo que no caben dudas que es el Maligno el que habla por vuestra boca.
–¿Viven vuestros padres? –inquirió Cneo de Bérgamo, aplacando la exaltación del arcediano. El reo giró su cabeza y le hizo un gesto para que se acercara.
–Mi padre vive y es inmortal. La muerte no tiene imperio sobre él. Vosotros que se llenan la boca hablando de su gloria, no podrán conocerlo y mucho menos alcanzarlo.
Indignado por su insolencia, Osorio de Spello ordenó a los verdugos que le azotaran. Fueron cuarenta latigazos menos uno, que le desgarraron la espalda hasta dejarla en carne viva. El reo soportó el castigo con asombroso estoicismo. El clérigo había visto a centenas de torturados quebrándose ni bien iniciado el suplicio, pero este hombre parecía alcanzar, con el aumento del dolor, un estado místico de perfecta y confortable insensibilidad. De eso sabía que eran capaces algunos sabios de una religión distinta, pobladores de las tierras que existen más allá de Persia. ¿Sería, acaso, un iniciado de ese fin del mundo? O acaso sería que Satanás soportaba la paliza por él, como sugería el arcediano.
–Hace unos años habría ordenado vuestra ejecución en el acto, sino fuera porque hay algo que despierta mi misericordia –le dijo al acabar el castigo, tomando su rostro con cierta dulzura, sin tomar en cuenta las advertencias de que el Diablo debía estar merodeando.
–La misericordia que siente no es por mí, sino por vuestra alma que se ahoga entre tanta sangre acumulada –le dijo el reo con voz apenas audible.
–¿Insinúa acaso que soy un asesino?
–Cómo he de llamar al que asesina hombres, mujeres y niños.
–Jamás he enviado a la hoguera a alguien que no lo merezca.
–¿En nombre de quién? ¿En nombre de Dios? En lo que Cristo pronunció no hallará una sola frase que justifique la conducta criminal de la Iglesia, de la que vuestra eminencia no es más que su instrumento de muerte.
El clérigo antes de replicar, le miró fijamente. ¿Quién era él para criticar su persecución de ideas heréticas? Los arrianos habían sido condenados por cuestionar el misterio de la Santísima Trinidad. Los monofisitas por negar la naturaleza humana de Jesús. Los paulicianos por seguir los libros escritos por San Pablo y renegar de los demás que componen la Biblia. Los bogomilos por sostener que Satanás había creado la materia. Los monfortinos por predicar la igualdad y rechazar las jerarquías de la Iglesia.
–Hace mil años alguien dijo amaos los unos a los otros y lo clavaron en una cruz. Yo he venido a predicar el mismo mensaje de tolerancia y la respuesta ha sido el encarcelamiento y la tortura.
–¿Niegas acaso que vinisteis a Roma para subvertir el orden y atentar contra la vida de los miembros de la santa sede?
–Estéis seguro de que si Cristo volviera, no reconocería su Iglesia en vosotros, los traería abajo y los condenaría al Infierno.
Cneo de Bérgamo se estremeció ante esas palabras que encerraban más rebeldía que herejía. “Sentenciarás a un hombre justo”, fue la advertencia de su sobrina y este hombre aparecía para levantarse contra una casta de hombres nefastos y mujeres depravadas que él muy bien conocía.
De todos los papas que había servido, sólo recordaba con cariño a Silvestre II que intentó moralizar la Iglesia y exiliar la corrupción. Pero su proceso quedó trunco al morir envenenado y el poder pasó a manos de los Crescencio. Por haber participado en la decapitación de uno de ellos, en los tiempos de Gregorio V, al clérigo no le quedó más que refugiarse en la abadía de Cluny por diez largos años, hasta que los Condes de Túsculo tomaron el poder y designaron papa a un miembro de su familia. Cneo de Bérgamo retornó a Roma en 1012 y encontró tal grado de decadencia, que antes de ser testigo permisivo de las barbaridades que allí acontecían, se dedicó a la persecución de herejes por todo el continente. Él, que ya creía haberlo visto todo, veinte años después, tuvo que morderse la lengua y soportar que tras la muerte de Juan XIX, el conde Alberico de Túsculo, el verdadero poder tras el poder, designara como sucesor a su propio hijo, un crío de apenas doce años, y que aún los siguiera gobernando, en medio de sus precoces escándalos.
“¿Es la insurrección acaso una herejía?”, se cuestionaba. “¿Merecía condenar a una hoguera a aquel que buscaba limpiar el nombre de Cristo de tanta podredumbre?” Reconocía que de hacerlo mancharía sus manos de sangre inocente, pero tampoco podría hacer algo por salvarle. Si ordenaba su liberación lo más probable es que el conde Alberico terminara por condenar a la hoguera a los dos.
“Por qué, Dios mío, escribes tus designios en renglones tan retorcidos”, reflexionó al percatarse que le deparaba el papel de un Pilatos moderno, incapaz de decidir sobre la vida o la muerte de un individuo. Pasado un milenio, Dios repetía el martirio de su propio hijo en la figura de este hombre y a él lo habían elegido para dar inicio al final de los tiempos.
–¿Quién sois? –volvió a preguntarle.
–Soy quien crees que deba ser –fue la respuesta y ya no tuvo dudas de cómo debía proceder.
Sin pronunciar una sola palabra, tomó la espada de uno de los celadores y hundió la punta debajo de las costillas del reo, ocasionándole una herida similar a la que tuvo Jesucristo, de manos de un soldado romano.
El hombre si apenas emitió un gemido. Más estrepitosos fueron los alaridos horrorizados del arcediano al sentir que se profanaba la Ley. “¡Callaos que Dios así lo quiere!”, le hizo ver el clérigo quien de pronto se volvió dueño de la situación y le ordenó a todos los presentes que se postrasen de rodillas y elevasen sus plegarias al cielo, pidiendo por la salvación de su alma y también las de todos los seres que amaban. Con profunda constricción, Cneo de Bérgamo besó los pies del moribundo y lo empapó con las gruesas lágrimas que brotaron de sus ojos. Sentía pena, mucha pena, no por él ni por la humanidad, sino por Claudia, su sobrina. Siendo tan joven y tan bella, Dios había querido que no disfrutara de una vida plena.
Sumidos todos los presentes en esa posición, sus rezos fueron vigilia de la agonía por largas horas hasta que Cástulo, aquel que llamaban El Redentor, expiró. Una brisa helada, que no tenía como infiltrarse en el ambiente, pareció anunciar el momento y los celadores descolgaron su cadáver.
Minutos más tarde y con el cuerpo de Cástulo envuelto en una sábana, el clérigo salió de Sant’Angelo con dirección a las afueras de Roma, en el mismo carruaje que lo había llevado en la mañana. No detuvieron su marcha hasta que la tarde se hizo noche y la luna brillaba con una intensidad inusitada, a poca distancia de una gruta que en los tiempos de Nerón sirvió de refugio para los cristianos.
El clérigo ordenó a los hombres que le acompañaban, que enterrasen el cuerpo en la gruta y luego sellasen la entrada con las piedras que hallasen a la mano. Al acabar la faena los bendijo y les encomendó que se fueran a sus casas y junto con los seres que amaban, alzaran plegarias por la gloria del Señor. Él mismo, al llegar a su morada, abrazó a su querida Claudia y con ella se condolió amargamente hasta quedarse dormidos, aguardando el Juicio Final.
Transcurrido tres días al viernes santo, Cneo de Bérgamo fue llamado a comparecer ante el sumo pontífice, representado por su padre, el Conde Alberico, el hombre más poderoso de Roma.
–¡Violasteis el juicio de Dios al clavarle una espada y al enterradle, profanasteis nuestra tierra sacra y cristiana! –Fue su furibunda reacción al enterarse como sucedieron los hechos. “Yo vi en el clérigo una actitud sospechosa, era el Maligno que le ordenó matadle y así condenadle, antes que juzgadle y salvad el alma del miserable”, atestiguó Osorio de Spello, al igual que los celadores presentes que aseguraron que en los ojos de Cneo había un brillo extraño.
Sin que sus apocalípticas advertencias le sirvieran de algo, Cneo de Bérgamo fue encarcelado, mientras que los celadores fueron conminados a revelar el lugar del sepulcro pues había que quemar el cadáver del hereje y arrojar las cenizas al río.
Mas al practicar la exhumación, se dieron con la sorpresa de que la sábana que lo cubría no contenía cuerpo alguno. Algunos de los presentes se asombraron, no faltó alguno que se arrodilló y se persignó, al creer que se trataba del milagro de la resurrección. Pero avisado el Conde Alberico, ordenó que se ejecutara de inmediato a todo aquel que se le ocurriera propalar cualquier versión prodigiosa de los hechos.
–¡Aquí hay alguien que se nos ha adelantado y no puede ser otro que aquel clérigo que se negó a juzgarlo!
A la mañana siguiente, tras ser torturado hasta que los huesos se quebraron, Cneo de Bérgamo fue conducido a la pira colocada en una plaza pública de Roma. “Nos veremos más pronto de lo que podéis creer”, fueron sus últimas palabras, antes que los leños ardieran. Murió asumiendo una postura solemne, sin pronunciar alaridos de dolor o maldición, siendo luego sus cenizas arrojadas al Tiber.
Borrado sus hechos y escrituras de la historia, por algunos años le sobrevivió su leyenda de «Moderno Pilatos», entre los castulistas, como se hacían llamar todos aquellos que creyeron que Cástulo era la reencarnación del Hijo de Dios y aguardaron un Apocalipsis que nunca aconteció.
Claudia, su sobrina, que fue una líder importante del movimiento, paulatinamente se alejó de ellos y terminó sus días acogida en una casa cercana al monasterio de Grotta Ferrata.
Un monje de ese monasterio, que antes había sido papa y expiaba los pecados de su vida disipada, la cuidó con especial esmero hasta que expiró en el año 1082. En su lecho de muerte le confesó haber engañado a su tío con el cuento de la visión y participar en el desentierro de aquel hombre misterioso, que un día posó su mirada en ella y la convenció de seguirlo, con un mensaje lleno de amor.
Enero 2005
Atado con bejucos al tronco de un árbol empinado, de cara al mismo río donde alguna vez fue abandonado por su expedición, Cristóbal de Mendoza dejó de lamentar su mala suerte y se alegró de que su vida miserable pronto llegaría a su fin, de manos de esos salvajes que jamás había visto, pero como fantasmas los había sentido moverse, en la espesura de la selva.
Desde que había salido de su comarca, ubicada en algún punto perdido de Aragón, sólo había acumulado desgracias en vez del oro y la gloria prometidos a Violante del Olivo, su gran amor e impulsora de todas sus empresas, cuyos ojos caramelo y semblante espigado llevaba consigo a todas partes.
Citándose siempre a escondidas, gracias al concurso de una aya celestina, ya que ella era hija de un acaudalado comerciante y él el hijo de un tabernero humilde, la tarde antes de partir, ante el cuerpo itinerante de Felipe el Hermoso y la congoja de Juana la Loca, ambos se juraron amor eterno y le dejó para su recuerdo, un poema de su propia inspiración: Sé que tus ojos son dulces cuando están tristes. Es la forma más dolorosa de decir adiós.
Nunca más se volverían a ver. Al no llegarle noticias de su amado, Violante cumplió su promesa de no entregarse a ningún varón y se hizo monja de claustro. Cristóbal por su parte se convirtió en asesino de indios.
En 1510 participó en la colonización de Cuba. En 1513 en la expedición a la Florida de Ponce de León de la que fue uno de los pocos sobrevivientes de la ferocidad de los seminolas. En 1522 se encontraba en Panamá y participó en la expedición de Pascual de Andagoya que abrió paso para que dos años después, Francisco Pizarro se aventurara a las ricas tierras del cacique de Birú.
Reclutado por Diego de Almagro para participar en esta expedición, la noche previa antes de partir, asesinó de una estocada a un pícaro truhán que pretendió birlarle las pocas pertenencias que poseía, sin imaginar que la víctima era amigo cercano del sanguinario Pedrarias, gobernador de Panamá, por lo que fue torturado y encarcelado por más de diez años en una prisión en la que los reclusos sucumbían como moscas a causa de las epidemias tropicales.
El 6 de enero de 1536, una amnistía por bajada de reyes dejó a Cristóbal de Mendoza en libertad. Contaba con cincuenta y cuatro años y ninguna fortuna al cumplirse tres décadas desde su salida de España. Con una recomendación para ponerse al servicio de Juan Pizarro, partió hacia el Cuzco y se le encomendó la recolección de tributos de los indios aledaños.
Cumpliendo esa función es que lo halla la rebelión de Manco Inca, que sembró hambre y desolación en la que fuera la capital del Imperio. Al resonar de pututos y tambores, las hordas incaicas ejecutaban incursiones nocturnas en las que prendían fuego a los techos de paja y aniquilaban a todo aquel que se resistía.
Desesperados por el hambre y el acoso, los españoles se armaron de valor, y azuzados por la palabra del Señor, siguieron a Juan Pizarro hacia la fortaleza de Sacsahuamán, en donde los rebeldes se resguardaban.
Siempre al lado del hermano del conquistador, Cristóbal de Mendoza, a pesar de la edad y el tiempo que llevaba sin desenvainar una espada, le arrebató la vida a una docena de indios en su primer embate y mostró mucha destreza al esquivar los inmensos bloques de piedra que los defensores de la fortaleza arrojaban para evitar que ocuparan la cima.
Sin embargo, uno de las piedras fue a reventarle la cabeza a Juan Pizarro que se derrumbó en los brazos de Cristóbal.
–¿Es vuestra merced sacerdote? –preguntó el herido al sentir que la vida se le iba.
–Compartí en Panamá, años de prisión con un fraile, aprehendido al intentar escapar con un cuantioso caudal de Pedrarias.
–Maldito sea Pedrarias y bendito el ladrón que le roba al ladrón. Ya que sois lo más cercano a un sacerdote, ¿podría brindarme la extremaunción?
Siendo su compasión al moribundo más fuerte que su temor al sacrilegio, las palabras de Cristóbal fueron: “Dios Padre, recibe el alma de este valeroso soldado que entregó su vida a propagar con la espada el mensaje de Cristo, nuestro Salvador”.
Al mismo momento, un indómito indio, al verlo todo perdido, se envolvió en su manto y se arrojó de uno de los torreones para caer a pocos metros de su posición. Era el final de la batalla y enterado Hernando Pizarro, gobernador de Cuzco, del gesto que tuvo Cristóbal de Mendoza con su hermano, lo hizo capitán de su Ejército. Dos años después, en abril de 1538, volvió a demostrar su bravura en la batalla de Las Salinas en la que los almagristas fueron derrotados y él cumplió con la orden de Hernando Pizarro de estrangular a Diego de Almagro.
A principios de 1540, Francisco Pizarro nombró Gobernador de Quito a su hermano Gonzalo y le encomendó la conquista del fabuloso país del oro y la canela. Con un presupuesto de sesenta mil ducados, se preparó en el Cuzco la expedición que contó con doscientos españoles, tres mil indios, cien caballos y varios perros de guerra. Por recomendación de Hernando Pizarro, Cristóbal de Mendoza formó parte de la aventura. “Tendrá cincuenta y ocho años, pero conserva el espíritu y la ambición de un mancebo de veinte”, le aseguró a su hermano Gonzalo.
Siguiendo el camino de los Incas, la expedición sufrió en Huanuco la emboscada de un grupo de naturales. Gonzalo Pizarro estuvo a punto de sucumbir cuando uno de los atacantes se lanzó sobre su espalda, mas la oportuna acción de Cristóbal le salvó la vida. Esto hizo que Gonzalo en agradecimiento, lo invitase a cabalgar a su diestra y lo hiciera confidente de sus sueños y tribulaciones.
Luego de abandonar Piura, la expedición pasó por Loja y siguió por la cordillera hasta arribar a Quito, donde fueron recibidos con algarabía por los colonos. Entre ellos estaba Francisco de Orellana, que había llegado desde Guayaquil donde ejercía función pública y por recomendación del propio Francisco Pizarro fue incorporado a la expedición.
–Mire, gobernador –le dijo a Gonzalo apenas comenzó a cumplir con su función, acompañándose de una india no mayor de trece años–. Esta princesa inca es hija de Atahualpa y es un honor ofrecérsela a vuestra merced.
–Guardaos de ofrecerme mujeres que ya bastante tienen con ver morir a su gente –fue la respuesta de Gonzalo, aunque poco aminoró la lisonja de Orellana.
–La conquista de las fabulosas tierras de El Dorado, pondrá a los Pizarro a la altura de Julio César o Alejandro –exclamaba el zalamero apenas partieron de Quito, a fines de febrero de 1541, rumbo al oriente.
Al acampar en cada anochecer en un claro de la selva, Gonzalo Pizarro hablaba de sus ideas a sus más allegados. Cuestionaba a la propia Iglesia por realizar matanzas de todo aquel que pensara distinto, a su propia labor que no era más que la de un depredador que despojaba de riquezas a unos, para entregárselas a otros y contentarse con poco. “Nosotros para los nobles de España, somos la escoria que hace el trabajo sucio en el Nuevo Mundo. Luego vendrán condes y marqueses y nos despojarán de todo”.
Una noche, al arribar a la región de Quijos, confesó su viva admiración por los Incas y reveló que si tenía la oportunidad de suceder a su hermano Francisco en la gobernación de Nueva Castilla, tomaría como legítima esposa a una de las hijas de Huayna Capac y se proclamaría Inca, restableciendo la grandeza del Imperio al despercudirlo del yugo español. Tan atrevida utopía, fue bien acogida por sus leales servidores que juraron defender la causa de Gonzalo hasta la muerte. Incluso llegó a oídos del servil Orellana que calificó a Carlos V de tirano y brindó por los tiempos de gloria venideros.
Mientras tanto, la marcha se hacía más fatigosa por lo inhóspito del clima, lo enmarañado de la vegetación y la escasez de alimentos. Tras varias semanas de caminar por la ribera de un río, avistaron su parte navegable y se detuvieron para brindarle asistencia a los enfermos y darles descanso a los indios que cargaban el pesado armamento. Gonzalo Pizarro ordenó talar árboles y construir un bergantín que partiría en busca de provisiones. La responsabilidad de su mando recayó en Francisco de Orellana con la orden explícita de retornar apenas hallasen lo que se le encomendaba.
–Perdone mi intromisión, pero yo en su lugar no confiaría en Orellana –le hizo ver Cristóbal al gobernador.
–Yo tampoco. Por eso vuestra merced se embarcará con él.
–Orellana es un canalla y mucho mal me hace ponerme a sus órdenes –intentó hacerle ver–, pero lo acompañaré, ya que es vuestra voluntad, y me empecinaré en que ese hijoputa cumpla con regresar.
A la mañana siguiente y con sesenta tripulantes, el bergantín se aventuró aguas abajo. Al llegar al cruce con otro río de aguas más caudalosas, uno de los sesenta ante el temor de no hallar nada, se rebeló e insistió en retornar hacia donde los aguardaba el gobernador. Cristóbal intentó hacerle ver que era muy pronto para desalentarse, pero el energúmeno se obcecó en su solicitud.
–Hace mal en no apoyarme. No pasará mucho sin que vuestra merced corra la misma suerte que yo –fue la advertencia de aquel hombre hacia Cristóbal, apenas Orellana ordenó que se le desembarcara a la vera del río y la nave continuó su camino. De vez en cuando un grupo se aventuraba a la exploración de la flora y fauna, lo que permitió que al llegar la Navidad, se celebrase la fiesta con la caza de media docena de aves de frondoso plumaje.
El domingo 12 de febrero de 1542, según el cronista que iba a bordo, el bergantín desembocó en el gran río. A medida que se fueron adentrando, los navegantes observaban maravillados como el gran caudal se iba ensanchando más y más, tanto que por tramos no podía observarse la otra orilla.
–¡Mirad, mujeres! –exclamó extasiado uno de los miembros más jóvenes de la tripulación. Muchos creyeron que deliraba por el calor, mas al girar su vista a estribor, notaron con asombro que entre la hierba emergía un grupo de mujeres, todas ellas con el dorso desnudo y montadas en bestias de cuatro patas que no habían visto jamás. De repente una lluvia de flechas cayó muy cerca de la nave, disparos de advertencia por si se les ocurría poner pie en su territorio.
–¡Son Amazonas! Seguro las custodias de las tierras del oro y la canela –acotó otro de los tripulantes, enfebrecido por la visión–. Desembarquemos o perderemos su rastro.
Sin embargo, Orellana se negó a tal posibilidad, aduciendo que era una locura. A lo largo de la travesía, más de la mitad de las municiones habían sido disparadas para repeler el ataque de los naturales y de los sesenta iniciales sólo quedaban veintinueve a bordo, muy pocos para aventurarse a tierra.
–Entonces retornemos por donde vinimos y notifiquemos al Gobernador de nuestro hallazgo –exigió Cristóbal de Mendoza, pero Orellana, con gesto despectivo, lo hizo de lado y se dirigió a la tripulación con palabras que no dejaban dudas de su autoridad.
–Que quede claro que en esta nave no existe más Gobernador que yo. Si alguien, cualquiera que sea, desacata mis órdenes y se obstina en obedecer a Gonzalo Pizarro, no dudaré en dejarlo abandonado en estas tierras y que Dios se apiade de su alma.
Cristóbal no se amedrentó por la amenaza y se mantuvo firme en su posición por lo que fue tomado de brazos y pies y desembarcado a la fuerza en una zona donde el agua le llegaba a la cintura. Intentó volver a embarcarse pero el rugido estrepitoso de un mosquete lo hizo desistir.
–No malgaste sus fuerzas, anciano. El camino que lo separa de su Gobernador es muy largo –se burló Orellana, con malévola sonrisa.
–¡Maldito seas! Rogad porque en el Infierno no seamos hervidos en la misma caldera –replicó Cristóbal de Mendoza mientras el bergantín se alejaba. Con las botas húmedas y el calor que sofocaba, comprendió que no le quedaba más que cumplir con su destino. Dio media vuelta y piso tierra. Con la espada abrió trocha entre la hierba que se hacía más tupida conforme iba avanzando.
A media legua, agotado y con la garganta reseca, tomó asiento en un tronco que, apenas sintió su peso, empezó a moverse, obligándole a hacerse de lado y reparar que se trataba en realidad de una enorme serpiente a la que había interrumpido su descanso y que lentamente desapareció en el follaje. Respirando hondo se hizo la idea de que estaba en el lugar donde Dios fabricaba a los monstruos descomunales, aquellos que en su tierra son fantasía y aquí espantosa realidad.
Mas lejos de amilanarse, prosiguió su camino hasta que se hizo noche y se derrumbó de cansancio en un claro iluminado por la luz de la luna. Pensó que si le tocaba morir en ese instante, no encontraría mejor lugar. Y luego se puso a soñar con su amada Violante, que con palabras dulces lo mimaba y consolaba por tantos avatares. Tan profundo era su sueño que no sintió las manos que lo tomaron de las extremidades y lo condujeron, entre la maleza, hasta una aldea que parecía aguardarle con voraz expectativa.
Al despertarse, Cristóbal observó con mayúscula sorpresa que estaba rodeado por un centenar de mujeres y por más que se esforzó, no halló entre ellas a ningún varón. Eran las mismas mujeres que avistaron desde el bergantín y las llamaron Amazonas, cuando más apropiado habría sido denominarlas Valquirias. Todas eran altas y corpulentas, de ojos azules y cabellos rubios como el oro, que se los anudaban en trenzas que bordeaban sus pechos prominentes, de pezones muy lívidos, casi transparentes.
Sin darse cuenta, las horas pronto se hicieron días y las semanas se hicieron meses. Cristóbal de Mendoza se volvió en la atención principal de la aldea, aunque le costó mucho aprender el idioma que le parecía difícil de pronunciar y el acento le recordaba al de un alemán que conoció en Cuzco y que había participado en la expedición de los Weiser en Venezuela. Una vez dominado, dedicó su tiempo en inventarle una escritura a ese idioma y luego trascribirla al castellano en unas tablillas de arcilla que ellas mismas recolectaban del río y cocían en hornos. A manera de tinta, utilizó una pasta oscura hecha con bichos y flores de vivos colores.
En la primera tablilla, Cristóbal transcribió el relato de Lendarff, la mujer más anciana, a la que bien le calculaba unas nueve décadas. Ella remontaba el origen de su pueblo a la odisea de Bjarne El Indomable, quien sabedor de los viajes de Eriksson y Karselfni a las tierras de la vid, convenció a Dagna, su mujer, a su vecino Arfir y a su mujer Sigir, a Almark y a su mujer Gudrid, de salir de la gélida Brattahlid y conquistar las cálidas regiones del poniente. Antes que llegasen las nieves, ciento ochenta personas partieron en cuatro drakares. En poco tiempo bordearon las tierras que los primeros exploradores denominaron Helluland. Luego pasaron por Markland, la isla de Straumsey, hasta que los vientos los remontaron hasta las calurosas ínsulas del sur, pobladas por salvajes que al enfrentarse perdieron a varios tripulantes. Al cabo de un año de su salida de Brattahlid, uno de los cuatro drakares llegó a la desembocadura del gran río, con sólo un puñado de familias a bordo. Bjarne El Indomable decidió internarse en sus aguas, a pesar de la oposición de Arfir que deseaba retornar a casa y de Almark que sugería navegar más al sur. Bjarne El Indomable perforó las entrañas de Almark, cortó la cabeza de Arfir y tomó a Sigir y a Gudrid como sus mujeres. Sin más oposiciones, navegó río arriba hasta establecerse en este lugar que llamó Bjarnaland. La historia culmina con el holocausto de Bjarne El Indomable, a manos de Sigir, Gudrid y de Dagna, su mujer, quienes lo maniataron y lo dejaron a merced de los salvajes.
En la segunda tablilla, Cristóbal explicaba el código de normas que regía en Bjarnaland y el origen del régimen matriarcal, narrándose los hechos y las hazañas de Dagna, la primera soberana, y de las diecisiete mujeres que la sucedieron, en un lapso que calculó en tres centurias.
En la tercera, se habla de la función de los hombres. La de proveerles alimentos en los tiempos de paz y protegerlas en los tiempos de guerra contra las diferentes tribus de skrelingos, que era el apelativo con el que denominaban a los naturales que les rodeaban.
En la cuarta y última tablilla, se relata la gran batalla en la que todos los hombres de Bjarnaland sucumbieron ante una tribu de skrelingos particularmente feroces, que decapitaban a sus víctimas y reducían sus cabezas con extraña brujería. La tablilla termina con el heroísmo de la reina Freydi, la soberana que por esos días aún gobernaba, que aniquiló a miles de skrelingos y con los que sobrevivieron, estableció un pacto de mutua convivencia.
De estas cruentas batallas habían transcurrido no menos de dos lustros y la población de Bjarnaland había descendido a causa de la repugnancia que les causaban sus enemigos, hombres feos y menudos, de cabello duro y caras anchas. Una de ellas, cometió la aberración de entregarse a un skrelingo y fue condenada a morir con una estaca que traspasó su vientre fecundado. Sin embargo, con el paso del tiempo, nunca se perdió la esperanza de que Wotana, la diosa de la fecundidad, les enviaría a un hombre blanco con el cual perpetuar su raza y sus deseos se vieron cumplidos con la presencia de Cristóbal.
En la misma noche que fue capturado, lo despojaron de sus ropas y lo introdujeron en el lecho de la reina Freydi que aguardaba con ansias ser poseída. Mas ya sea por su decrepitud, la aversión que le causaba la desnudez de una mujer entrada en años o por el sentimiento de culpa que le causaba faltar a la mujer amada, Cristóbal no funcionó como debía y la soberana, llena de ira, ordenó a sus guardianas que dieran muerte al anciano, lo que hubiese sucedido sino fuera porque Wylar, su hermana y principal curandera, intercedió por su vida, asegurando que con sus esmeros y cuidados, ella sería capaz de recuperar el vigor carnal en el cuerpo y el alma del anciano.
Desde ese instante, Cristóbal fue sometido a un sinfín de ungüentos y brebajes, cocidos por Wylar la curandera.
–¿Eres virgen? –fue la exclamación de sorpresa, apenas se hizo posible una comunicación bilateral entre ambos. Cristóbal se lo confesó sin vergüenza pues fuera de los suaves besos de Violante, no ha conocido de los placeres que proporcionan los cuerpos de las mujeres. De joven y gracias a su destreza con la espada, ninguno de sus compañeros había osado a mofarse de él por no participar en el ultraje de las indias de Cuba, pero se sabía objeto de burla, de la burla silenciosa que es la más cruel de todas. Wylar comprendió entonces que su tarea iba a ser mayor. Mucho tiempo le tomó hacerle entender de lo necesitadas que estaban todas de su función procreadora. “No es pecado ni falta hacia la persona que amas, si se consigue la supervivencia de un pueblo”. El mismo Cristóbal intentaba convencerse con los pasajes de las Escrituras que escuchó de boca del fraile con el que compartió prisión en Panamá. La cópula de Abraham con Agar, su esclava, con el consentimiento de su esposa. Las cópulas de Jacob con las hermanas Lea y Raquel y también con sus esclavas. La cópula de las hijas de Lot con su propio padre. El rey David haciendo suya a Betsabé, la mujer de uno de sus generales.
–Estoy dispuesto a acostarme con todas las mujeres que sean necesarias tan solo con una condición –negoció un convencido Cristóbal de su misión–; apenas logrado el alumbramiento de un varón, un grupo de vuestras guerreras, las más fuertes y valientes, partirán conmigo en búsqueda del país del oro y la canela.
La curandera le hizo saber que ni ella ni sus antepasados habían tenido noticias de un país con las riquezas que él describía, pero si se cumplía el objetivo, la reina Freydi no encontraría inconvenientes de que un grupo de la aldea parta en busca de una quimera. “Total, la extensión de la jungla es tanta, que es imposible conocer todos los tesoros que se esconden en ella”.
Pactadas así las cosas, toda mujer que estuviese en edad de procrear, participó en el intento de despertar la libido dormida del anciano. Con la ingestión de brebajes de siete raíces y cortezas de los árboles y la frotación con afeites estimulantes, Cristóbal parecía reaccionar y lograba una erección que se prolongaba hasta casi ingresar a la abertura genital, que era el momento en que emergía Violante con un sentimiento culpable.
Para evitar más erecciones infructuosas, Wylar decidió no forzar más una penetración y conminó a Cristóbal a intentar una eyaculación con su propia mano. Fue necesario entonces mucha concentración y recuerdos de masturbaciones pasadas, cuando observaba a las rameras que frecuentaban la taberna de su padre y se acostaban con sus clientes en los establos, rebuznando como asnos. Tras varios intentos, una noche el anciano logró lo que tanto buscaba, gruesas gotas albas salieron de su cuerpo y fueron recogidas e introducidas en las vulvas de un grupo de mujeres que aún estaban en edad de fecundar.
Astrid, una de las elegidas, cercana ya a las cuatro décadas, logró salir preñada y al cabo de nueve lunas, dio a luz a una mujer.
Desilusionados por la tentativa, Cristóbal tomó a su hija y la llamó María como la madre de Dios. La bautizó a la usanza cristiana, sumergiendo su cabecita en el gran río y de repente sintió congoja porque esa prolongación de su propia vida, creciera sin ningún futuro en ese punto perdido del mundo. Desesperado intentó convencer a la reina Freydi de salir de Bjarnaland, en busca de hombres blancos, más jóvenes que él, que con gusto las favorecerían en su afán de procrear.
La reina Freydi, que se declaró madre oficial de María, se negó a tal posibilidad, aduciendo que Bjarnaland era su patria y abandonarla sería la mayor deshonra para los espíritus de los cientos de hombres y mujeres que habían muerto por defenderla.
–Lo que sucede es que existe mucho temor en su corazón –exclamó Cristóbal al final de la acalorada discusión–. Aquí vuestra merced es soberana, pero sabe que más allá se tendría que someter a la voluntad de un varón.
–Juro por mi estirpe que le haré pagar caro vuestra insolencia –respondió la reina con la mirada cargada de odio–. Rogad que pronto nos conceda un varón, porque sino, destruiré a vuestra merced y a todo lo que tenga vuestro sello –exclamó mientras hacía el ademán de estrellar a la pequeña bebé contra el piso.
Luego de este encuentro, Cristóbal evitó tener cualquier contacto con la reina Freydi y se recluyó en la cabaña aledaña a la de Wylar la curandera, a la que cada seis días ingresaba una veintena de mujeres que aún estaban en edad de fecundar, con la esperanza de ser preñadas con los fluidos que él arrojaba. De todas ellas, el anciano acabó interesándose por Agdar, la más joven, la única que además de mantener las carnes firmes y la turgencia de sus pechos, demostró genuino interés por saber un poco más de él, de hablar su idioma, alimentarse de sus costumbres y comulgar con su religión, aceptando a Cristo como único creador y fuente de vida.
Cristóbal de Mendoza se dedicó a armar una biblioteca. Con la ayuda de Agdar, cocinó más tablillas y plasmó en ellas los pasajes que recordaba de la Biblia. La salida de los hebreos de Egipto. El juicio del rey Salomón. El alumbramiento de la Virgen en un pesebre.
–Si Dios me aceptara como cristiana, ¿cree que se compadecería de nosotros y enviaría al arcángel a fecundarme? –le preguntó Agdar entre lágrimas y Cristóbal, conmovido como adolescente, la tomó de las manos antes de besarla y desnudarla, le dijo palabras bonitas antes de penetrarla y sintió alegría infinita cuando depositó su semilla dentro de ella.
La noticia corrió entre todas y apostadas en la puerta, le exigieron a Agdar a compartir a aquel hombre que decía pertenecerle. Alguna noche, ellas mismas la arrancharon de sus brazos e intentaron tomarlo a la fuerza, pero era inútil. Cristóbal no funcionaba con otras, sólo con la dulce Agdar que rescataba su alma de poeta y lo incitaba a escribir, como no lo hacía desde los tiempos de Violante.
Gracias a estos senderos oscuros, camino insensible al día que partí, labrando mi destino, bajo este mismo sol que iluminó los besos que te di. No estés triste ni te compares a esta pasión nueva y diferente. Siempre serás la niña de mis años veinte.
El hecho que el anciano no funcionara con otras mujeres, desató la indignación de la aldea. La reina Freydi estuvo a punto de decretar el cercenamiento de su miembro sino fuera por la decidida intervención de Wylar.
–Dejad a Agdar que se siga acostando con el anciano. Es la única oportunidad de obtener el varón que tanto estamos deseando.
–Te voy a dar la razón por última vez –respondió la reina, dejando de lado la espada que alguna vez le perteneció a Bjarne El Indomable–, que Agdar y el anciano sean recluidos en esa cabaña, de la que no saldrán hasta que su matriz quede fecundada.
Así que apartados del mundo, ambos se entregaron a descubrir los placeres que proporciona el cuerpo humano. He aquí que eres hermosa, amiga mía, he aquí que eres hermosa; Dios oculta su amor en la belleza de vuestras formas, escribió en uno de sus ratos de reposo, rememorando el Cantar de los Cantares.
–Deseo que seas reina y princesa del mundo que se oculta entre mis piernas –le decía cada vez que llegaba a la máxima dicha.
–Si eligiera ser algo, elegiría ser todo lo que Violante significa para vuestra merced –le respondió con cierta tristeza porque lo sabía imposible. Ambas eran pasiones incomparables que podían complementarse en su corazón, pero nunca suplantarse. Decepcionada por ello, su corazón se llenó de amargura y por ratos de aversión hacia el hombre que se empeñaba en vivir enamorado de su pasado.
Cuando al fin aconteció que Cristóbal sembrara fruto en el vientre de Agdar, hubo infinita algarabía en Bjarnaland y se realizaron fiestas que duraron semanas ante la premonición de Wylar que anunciaba el arribo del varón tan esperado.
Mas conforme la gestación iba avanzando, el semblante de Agdar se iba marchitando y era como si la nueva vida que se formaba en su interior, fuera eclipsando la suya.
Al cumplirse el noveno mes, Agdar concibió un blondo varón que recibió el nombre de Bjarne, el fundador de una civilización. Sin embargo y a pesar de los cuidados de Wylar, la madre sucumbiría en el alumbramiento.
–Te odié por no amarme y te pido perdón –exclamó la moribunda apenas con un hilo de voz.
–Tonta. Cuán feliz habríamos sido si comprendieras que el amor no es una competencia.
–Huye, Cristóbal. Lárgate de aquí. Vuelve a donde perteneces, vuelve a los brazos de Violante… Estás a tiempo de ser feliz.
Y Cristóbal lloró con esas palabras que fueron las últimas de Agdar. ¿Huir de Bjarnaland? ¿Hacia dónde? Ni en España y el Nuevo Mundo había espacio para un anciano iluso que partió en busca de riqueza y encontró desgracia. Mas resuelto como estaba, se presentó ante la reina Freydi y le exigió que cumpliera con su promesa.
–¿Desea partir en busca de un país que no existe con mis guerreras más fuertes y valientes?
–Ese fue el pacto que convenimos. Un hijo varón a cambio de una expedición. La reina caviló unos instantes y al final accedió a poner bajo su mando a once de sus guerreras, además de concederle su navío real, elaborado con la madera del barco que tripulaba Bjarne El Indomable y forrada en su interior con piel de skrelingo. El navío fue trasladado de la aldea hasta la orilla del río y Cristóbal de Mendoza hizo saber que zarparía en cinco días, al rayar el alba.
Wylar la curandera, elaboró talismanes y los colgó en los cuellos de cada uno de los miembros de esta expedición. Al llegarle el turno a Cristóbal, hizo que se postrara de rodillas y palpó su cabeza.
–He salvado su vida antes y voy a salvarla ahora. Desista de esta aventura de locos. Por orden de la reina Freydi van a asesinarlo y su cuerpo lo arrojarán al río.
–Desde mi arribo al Nuevo Mundo, muchas traiciones he presenciado y vuestra revelación no me sorprende. He decidido adelantarme a la reina y un día antes de lo previsto.
–Sabia decisión. Encomendaré su alma a Sotana para que llegue a salvo a su destino.
–No me iré yo solo. Llevaré conmigo a mis dos hijos y también a vuestra merced. Mañana, antes del orto, ingresará a la cabaña de la reina, cargará a mis dos hijos y los llevará al navío. Yo la estaré esperando listo para zarpar.
–¡Es una locura! Bjarnaland necesita los niños para…
–Que su raza no desaparezca y se vuelva maldita ante los ojos de Dios. El niño y la niña son hermanos por mi sangre. Condenarán sus almas si sus carnes tienen contacto.
–¡Esas son patrañas! De joven yo fui de mi hermano una y varias veces y…
–Dios las castigó, dejándolas sin hombres. Wylar, comprenda, su civilización está condenada. La paz que mantienen con los skrelingos no será eterna. Mañana o pasado, uno de sus caudillos les hará la guerra y todo llegará a su fin. No sea necia y acompáñeme. ¿Qué gana viviendo enclaustrada en medio de la nada? Afuera un mundo de posibilidades nos rodea. Le doy mi palabra que apenas lleguemos a Quito, su Gobernador, Gonzalo Pizarro, vendrá y salvará a las demás de la extinción.
Wylar, la mujer que todo lo sabía, no supo qué hacer. Traicionar a la reina Freydi, a su propia hermana, cuya soberbia podría empujarlas a la destrucción, o hacerle caso a este viejo castellano que le propone una posibilidad tangible de supervivencia.
–Escúcheme bien, Cristóbal de Mendoza, tomaré a sus críos y partiremos aguas arriba. Pero tenga siempre presente que me quedó con su palabra de salvar mi civilización.
Contento por la decisión de Wylar, Cristóbal volvió a su cabaña y recolectó las tablillas que servirían como prueba al Gobernador de Quito sobre la existencia de Bjarnaland.
Al caer la noche era tan grande la ansiedad que no pudo dormir. Vestido muy temprano con su armadura española y su espada bien envainada, caminó por la aldea que dormía y llegó hasta el navío que amarrado a un árbol, se mecía serenamente por las aguas del río. Al subirse a él, cerró sus ojos para dormir el sueño que más tarde necesitaría. ¿Tendría la oportunidad de ver de nuevo a Violante? ¿Perdonaría que haya engendrado hijos en otro vientre y les daría amor de madre? Sus conjeturas fueron interrumpidas de golpe por las guerreras que pronto lo redujeron y lo obligaron a arrodillarse ante el desprecio de la reina Freydi. Comprendía que había sido traicionado por Wylar que observaba la escena más rezagada con ojos de culpa.
–Sus pérfidas intenciones han sido descubiertas y nada podrá salvarlo. A menos que… –inclinándose hacia el anciano, la reina sintió regocijo al posar la mano en sus genitales–, me des una erección. ¡Sólo una! Y conservara su vida.
–Nada me sería más desagradable –exclamó desdeñoso el castellano–, hasta la muerte me sería más benévola.
–¡Qué estúpida respuesta! –exclamó la reina, abofeteándole la cara y jurando que sería la última ofensa que le haría. De inmediato ordenó que fuera atado de manos y pies y atado a un árbol a la vera del río, corriera la misma suerte de Bjarne El Indomable– Veamos si sabe a benevolencia servirle de ofrenda a los skrelingos que os reducirán la cabeza.
–Que no os ciegue su despecho, reina de Bjarnaland –intercedió Wylar–. ¡Necesitamos más semen de este hombre blanco! La frágil existencia de un varoncito no nos garantiza la supervivencia de nuestra raza.
–¡Correremos el riesgo! –fue la respuesta de la reina que con sus propias manos la hirió de muerte clavándole una estaca en el pecho para que no intentara rescatarle.
La última visión que tuvo Cristóbal de las habitantes de Bjarnaland fue cuando las vio perderse en la espesura de la selva, llevando en andas el cuerpo de Wylar. Horas más tarde pareció llegarle el olor de la carne quemada que era la forma como los cuerpos partían al encuentro de Sotana y luego nada más, sólo la sed, los insectos y el calor que parecía fundir la armadura con su cuerpo.
Al segundo día de su suplicio, vio con beneplácito a los skrelingos acercarse. Iban desnudos y con el cuerpo pintado de vivos colores. Casi no diferían de los indios que había asesinado por montones en el Caribe, hace tantos años ya.
–Dios, en vuestras manos encomiendo mi espíritu –exclamó en un intento porque su muerte sea similar a la de Jesucristo, su Señor.
Mas al momento que los naturales clavaban sus manos como garras, el estruendo de diversos mosquetes, provenientes de una lancha expedicionaria, le salvaron la vida.
Los últimos días de Cristóbal de Mendoza transcurrieron en la ciudad de Chachapoyas. Intentó en vano recolectar aventureros para partir en busca de Bjarnaland, pero creyéndole loco, nadie le hizo caso.
Murió, casi de edad centenaria, el 19 de septiembre de 1582.
Febrero 2005
Desde que había salido de su comarca, ubicada en algún punto perdido de Aragón, sólo había acumulado desgracias en vez del oro y la gloria prometidos a Violante del Olivo, su gran amor e impulsora de todas sus empresas, cuyos ojos caramelo y semblante espigado llevaba consigo a todas partes.
Citándose siempre a escondidas, gracias al concurso de una aya celestina, ya que ella era hija de un acaudalado comerciante y él el hijo de un tabernero humilde, la tarde antes de partir, ante el cuerpo itinerante de Felipe el Hermoso y la congoja de Juana la Loca, ambos se juraron amor eterno y le dejó para su recuerdo, un poema de su propia inspiración: Sé que tus ojos son dulces cuando están tristes. Es la forma más dolorosa de decir adiós.
Nunca más se volverían a ver. Al no llegarle noticias de su amado, Violante cumplió su promesa de no entregarse a ningún varón y se hizo monja de claustro. Cristóbal por su parte se convirtió en asesino de indios.
En 1510 participó en la colonización de Cuba. En 1513 en la expedición a la Florida de Ponce de León de la que fue uno de los pocos sobrevivientes de la ferocidad de los seminolas. En 1522 se encontraba en Panamá y participó en la expedición de Pascual de Andagoya que abrió paso para que dos años después, Francisco Pizarro se aventurara a las ricas tierras del cacique de Birú.
Reclutado por Diego de Almagro para participar en esta expedición, la noche previa antes de partir, asesinó de una estocada a un pícaro truhán que pretendió birlarle las pocas pertenencias que poseía, sin imaginar que la víctima era amigo cercano del sanguinario Pedrarias, gobernador de Panamá, por lo que fue torturado y encarcelado por más de diez años en una prisión en la que los reclusos sucumbían como moscas a causa de las epidemias tropicales.
El 6 de enero de 1536, una amnistía por bajada de reyes dejó a Cristóbal de Mendoza en libertad. Contaba con cincuenta y cuatro años y ninguna fortuna al cumplirse tres décadas desde su salida de España. Con una recomendación para ponerse al servicio de Juan Pizarro, partió hacia el Cuzco y se le encomendó la recolección de tributos de los indios aledaños.
Cumpliendo esa función es que lo halla la rebelión de Manco Inca, que sembró hambre y desolación en la que fuera la capital del Imperio. Al resonar de pututos y tambores, las hordas incaicas ejecutaban incursiones nocturnas en las que prendían fuego a los techos de paja y aniquilaban a todo aquel que se resistía.
Desesperados por el hambre y el acoso, los españoles se armaron de valor, y azuzados por la palabra del Señor, siguieron a Juan Pizarro hacia la fortaleza de Sacsahuamán, en donde los rebeldes se resguardaban.
Siempre al lado del hermano del conquistador, Cristóbal de Mendoza, a pesar de la edad y el tiempo que llevaba sin desenvainar una espada, le arrebató la vida a una docena de indios en su primer embate y mostró mucha destreza al esquivar los inmensos bloques de piedra que los defensores de la fortaleza arrojaban para evitar que ocuparan la cima.
Sin embargo, uno de las piedras fue a reventarle la cabeza a Juan Pizarro que se derrumbó en los brazos de Cristóbal.
–¿Es vuestra merced sacerdote? –preguntó el herido al sentir que la vida se le iba.
–Compartí en Panamá, años de prisión con un fraile, aprehendido al intentar escapar con un cuantioso caudal de Pedrarias.
–Maldito sea Pedrarias y bendito el ladrón que le roba al ladrón. Ya que sois lo más cercano a un sacerdote, ¿podría brindarme la extremaunción?
Siendo su compasión al moribundo más fuerte que su temor al sacrilegio, las palabras de Cristóbal fueron: “Dios Padre, recibe el alma de este valeroso soldado que entregó su vida a propagar con la espada el mensaje de Cristo, nuestro Salvador”.
Al mismo momento, un indómito indio, al verlo todo perdido, se envolvió en su manto y se arrojó de uno de los torreones para caer a pocos metros de su posición. Era el final de la batalla y enterado Hernando Pizarro, gobernador de Cuzco, del gesto que tuvo Cristóbal de Mendoza con su hermano, lo hizo capitán de su Ejército. Dos años después, en abril de 1538, volvió a demostrar su bravura en la batalla de Las Salinas en la que los almagristas fueron derrotados y él cumplió con la orden de Hernando Pizarro de estrangular a Diego de Almagro.
A principios de 1540, Francisco Pizarro nombró Gobernador de Quito a su hermano Gonzalo y le encomendó la conquista del fabuloso país del oro y la canela. Con un presupuesto de sesenta mil ducados, se preparó en el Cuzco la expedición que contó con doscientos españoles, tres mil indios, cien caballos y varios perros de guerra. Por recomendación de Hernando Pizarro, Cristóbal de Mendoza formó parte de la aventura. “Tendrá cincuenta y ocho años, pero conserva el espíritu y la ambición de un mancebo de veinte”, le aseguró a su hermano Gonzalo.
Siguiendo el camino de los Incas, la expedición sufrió en Huanuco la emboscada de un grupo de naturales. Gonzalo Pizarro estuvo a punto de sucumbir cuando uno de los atacantes se lanzó sobre su espalda, mas la oportuna acción de Cristóbal le salvó la vida. Esto hizo que Gonzalo en agradecimiento, lo invitase a cabalgar a su diestra y lo hiciera confidente de sus sueños y tribulaciones.
Luego de abandonar Piura, la expedición pasó por Loja y siguió por la cordillera hasta arribar a Quito, donde fueron recibidos con algarabía por los colonos. Entre ellos estaba Francisco de Orellana, que había llegado desde Guayaquil donde ejercía función pública y por recomendación del propio Francisco Pizarro fue incorporado a la expedición.
–Mire, gobernador –le dijo a Gonzalo apenas comenzó a cumplir con su función, acompañándose de una india no mayor de trece años–. Esta princesa inca es hija de Atahualpa y es un honor ofrecérsela a vuestra merced.
–Guardaos de ofrecerme mujeres que ya bastante tienen con ver morir a su gente –fue la respuesta de Gonzalo, aunque poco aminoró la lisonja de Orellana.
–La conquista de las fabulosas tierras de El Dorado, pondrá a los Pizarro a la altura de Julio César o Alejandro –exclamaba el zalamero apenas partieron de Quito, a fines de febrero de 1541, rumbo al oriente.
Al acampar en cada anochecer en un claro de la selva, Gonzalo Pizarro hablaba de sus ideas a sus más allegados. Cuestionaba a la propia Iglesia por realizar matanzas de todo aquel que pensara distinto, a su propia labor que no era más que la de un depredador que despojaba de riquezas a unos, para entregárselas a otros y contentarse con poco. “Nosotros para los nobles de España, somos la escoria que hace el trabajo sucio en el Nuevo Mundo. Luego vendrán condes y marqueses y nos despojarán de todo”.
Una noche, al arribar a la región de Quijos, confesó su viva admiración por los Incas y reveló que si tenía la oportunidad de suceder a su hermano Francisco en la gobernación de Nueva Castilla, tomaría como legítima esposa a una de las hijas de Huayna Capac y se proclamaría Inca, restableciendo la grandeza del Imperio al despercudirlo del yugo español. Tan atrevida utopía, fue bien acogida por sus leales servidores que juraron defender la causa de Gonzalo hasta la muerte. Incluso llegó a oídos del servil Orellana que calificó a Carlos V de tirano y brindó por los tiempos de gloria venideros.
Mientras tanto, la marcha se hacía más fatigosa por lo inhóspito del clima, lo enmarañado de la vegetación y la escasez de alimentos. Tras varias semanas de caminar por la ribera de un río, avistaron su parte navegable y se detuvieron para brindarle asistencia a los enfermos y darles descanso a los indios que cargaban el pesado armamento. Gonzalo Pizarro ordenó talar árboles y construir un bergantín que partiría en busca de provisiones. La responsabilidad de su mando recayó en Francisco de Orellana con la orden explícita de retornar apenas hallasen lo que se le encomendaba.
–Perdone mi intromisión, pero yo en su lugar no confiaría en Orellana –le hizo ver Cristóbal al gobernador.
–Yo tampoco. Por eso vuestra merced se embarcará con él.
–Orellana es un canalla y mucho mal me hace ponerme a sus órdenes –intentó hacerle ver–, pero lo acompañaré, ya que es vuestra voluntad, y me empecinaré en que ese hijoputa cumpla con regresar.
A la mañana siguiente y con sesenta tripulantes, el bergantín se aventuró aguas abajo. Al llegar al cruce con otro río de aguas más caudalosas, uno de los sesenta ante el temor de no hallar nada, se rebeló e insistió en retornar hacia donde los aguardaba el gobernador. Cristóbal intentó hacerle ver que era muy pronto para desalentarse, pero el energúmeno se obcecó en su solicitud.
–Hace mal en no apoyarme. No pasará mucho sin que vuestra merced corra la misma suerte que yo –fue la advertencia de aquel hombre hacia Cristóbal, apenas Orellana ordenó que se le desembarcara a la vera del río y la nave continuó su camino. De vez en cuando un grupo se aventuraba a la exploración de la flora y fauna, lo que permitió que al llegar la Navidad, se celebrase la fiesta con la caza de media docena de aves de frondoso plumaje.
El domingo 12 de febrero de 1542, según el cronista que iba a bordo, el bergantín desembocó en el gran río. A medida que se fueron adentrando, los navegantes observaban maravillados como el gran caudal se iba ensanchando más y más, tanto que por tramos no podía observarse la otra orilla.
–¡Mirad, mujeres! –exclamó extasiado uno de los miembros más jóvenes de la tripulación. Muchos creyeron que deliraba por el calor, mas al girar su vista a estribor, notaron con asombro que entre la hierba emergía un grupo de mujeres, todas ellas con el dorso desnudo y montadas en bestias de cuatro patas que no habían visto jamás. De repente una lluvia de flechas cayó muy cerca de la nave, disparos de advertencia por si se les ocurría poner pie en su territorio.
–¡Son Amazonas! Seguro las custodias de las tierras del oro y la canela –acotó otro de los tripulantes, enfebrecido por la visión–. Desembarquemos o perderemos su rastro.
Sin embargo, Orellana se negó a tal posibilidad, aduciendo que era una locura. A lo largo de la travesía, más de la mitad de las municiones habían sido disparadas para repeler el ataque de los naturales y de los sesenta iniciales sólo quedaban veintinueve a bordo, muy pocos para aventurarse a tierra.
–Entonces retornemos por donde vinimos y notifiquemos al Gobernador de nuestro hallazgo –exigió Cristóbal de Mendoza, pero Orellana, con gesto despectivo, lo hizo de lado y se dirigió a la tripulación con palabras que no dejaban dudas de su autoridad.
–Que quede claro que en esta nave no existe más Gobernador que yo. Si alguien, cualquiera que sea, desacata mis órdenes y se obstina en obedecer a Gonzalo Pizarro, no dudaré en dejarlo abandonado en estas tierras y que Dios se apiade de su alma.
Cristóbal no se amedrentó por la amenaza y se mantuvo firme en su posición por lo que fue tomado de brazos y pies y desembarcado a la fuerza en una zona donde el agua le llegaba a la cintura. Intentó volver a embarcarse pero el rugido estrepitoso de un mosquete lo hizo desistir.
–No malgaste sus fuerzas, anciano. El camino que lo separa de su Gobernador es muy largo –se burló Orellana, con malévola sonrisa.
–¡Maldito seas! Rogad porque en el Infierno no seamos hervidos en la misma caldera –replicó Cristóbal de Mendoza mientras el bergantín se alejaba. Con las botas húmedas y el calor que sofocaba, comprendió que no le quedaba más que cumplir con su destino. Dio media vuelta y piso tierra. Con la espada abrió trocha entre la hierba que se hacía más tupida conforme iba avanzando.
A media legua, agotado y con la garganta reseca, tomó asiento en un tronco que, apenas sintió su peso, empezó a moverse, obligándole a hacerse de lado y reparar que se trataba en realidad de una enorme serpiente a la que había interrumpido su descanso y que lentamente desapareció en el follaje. Respirando hondo se hizo la idea de que estaba en el lugar donde Dios fabricaba a los monstruos descomunales, aquellos que en su tierra son fantasía y aquí espantosa realidad.
Mas lejos de amilanarse, prosiguió su camino hasta que se hizo noche y se derrumbó de cansancio en un claro iluminado por la luz de la luna. Pensó que si le tocaba morir en ese instante, no encontraría mejor lugar. Y luego se puso a soñar con su amada Violante, que con palabras dulces lo mimaba y consolaba por tantos avatares. Tan profundo era su sueño que no sintió las manos que lo tomaron de las extremidades y lo condujeron, entre la maleza, hasta una aldea que parecía aguardarle con voraz expectativa.
Al despertarse, Cristóbal observó con mayúscula sorpresa que estaba rodeado por un centenar de mujeres y por más que se esforzó, no halló entre ellas a ningún varón. Eran las mismas mujeres que avistaron desde el bergantín y las llamaron Amazonas, cuando más apropiado habría sido denominarlas Valquirias. Todas eran altas y corpulentas, de ojos azules y cabellos rubios como el oro, que se los anudaban en trenzas que bordeaban sus pechos prominentes, de pezones muy lívidos, casi transparentes.
Sin darse cuenta, las horas pronto se hicieron días y las semanas se hicieron meses. Cristóbal de Mendoza se volvió en la atención principal de la aldea, aunque le costó mucho aprender el idioma que le parecía difícil de pronunciar y el acento le recordaba al de un alemán que conoció en Cuzco y que había participado en la expedición de los Weiser en Venezuela. Una vez dominado, dedicó su tiempo en inventarle una escritura a ese idioma y luego trascribirla al castellano en unas tablillas de arcilla que ellas mismas recolectaban del río y cocían en hornos. A manera de tinta, utilizó una pasta oscura hecha con bichos y flores de vivos colores.
En la primera tablilla, Cristóbal transcribió el relato de Lendarff, la mujer más anciana, a la que bien le calculaba unas nueve décadas. Ella remontaba el origen de su pueblo a la odisea de Bjarne El Indomable, quien sabedor de los viajes de Eriksson y Karselfni a las tierras de la vid, convenció a Dagna, su mujer, a su vecino Arfir y a su mujer Sigir, a Almark y a su mujer Gudrid, de salir de la gélida Brattahlid y conquistar las cálidas regiones del poniente. Antes que llegasen las nieves, ciento ochenta personas partieron en cuatro drakares. En poco tiempo bordearon las tierras que los primeros exploradores denominaron Helluland. Luego pasaron por Markland, la isla de Straumsey, hasta que los vientos los remontaron hasta las calurosas ínsulas del sur, pobladas por salvajes que al enfrentarse perdieron a varios tripulantes. Al cabo de un año de su salida de Brattahlid, uno de los cuatro drakares llegó a la desembocadura del gran río, con sólo un puñado de familias a bordo. Bjarne El Indomable decidió internarse en sus aguas, a pesar de la oposición de Arfir que deseaba retornar a casa y de Almark que sugería navegar más al sur. Bjarne El Indomable perforó las entrañas de Almark, cortó la cabeza de Arfir y tomó a Sigir y a Gudrid como sus mujeres. Sin más oposiciones, navegó río arriba hasta establecerse en este lugar que llamó Bjarnaland. La historia culmina con el holocausto de Bjarne El Indomable, a manos de Sigir, Gudrid y de Dagna, su mujer, quienes lo maniataron y lo dejaron a merced de los salvajes.
En la segunda tablilla, Cristóbal explicaba el código de normas que regía en Bjarnaland y el origen del régimen matriarcal, narrándose los hechos y las hazañas de Dagna, la primera soberana, y de las diecisiete mujeres que la sucedieron, en un lapso que calculó en tres centurias.
En la tercera, se habla de la función de los hombres. La de proveerles alimentos en los tiempos de paz y protegerlas en los tiempos de guerra contra las diferentes tribus de skrelingos, que era el apelativo con el que denominaban a los naturales que les rodeaban.
En la cuarta y última tablilla, se relata la gran batalla en la que todos los hombres de Bjarnaland sucumbieron ante una tribu de skrelingos particularmente feroces, que decapitaban a sus víctimas y reducían sus cabezas con extraña brujería. La tablilla termina con el heroísmo de la reina Freydi, la soberana que por esos días aún gobernaba, que aniquiló a miles de skrelingos y con los que sobrevivieron, estableció un pacto de mutua convivencia.
De estas cruentas batallas habían transcurrido no menos de dos lustros y la población de Bjarnaland había descendido a causa de la repugnancia que les causaban sus enemigos, hombres feos y menudos, de cabello duro y caras anchas. Una de ellas, cometió la aberración de entregarse a un skrelingo y fue condenada a morir con una estaca que traspasó su vientre fecundado. Sin embargo, con el paso del tiempo, nunca se perdió la esperanza de que Wotana, la diosa de la fecundidad, les enviaría a un hombre blanco con el cual perpetuar su raza y sus deseos se vieron cumplidos con la presencia de Cristóbal.
En la misma noche que fue capturado, lo despojaron de sus ropas y lo introdujeron en el lecho de la reina Freydi que aguardaba con ansias ser poseída. Mas ya sea por su decrepitud, la aversión que le causaba la desnudez de una mujer entrada en años o por el sentimiento de culpa que le causaba faltar a la mujer amada, Cristóbal no funcionó como debía y la soberana, llena de ira, ordenó a sus guardianas que dieran muerte al anciano, lo que hubiese sucedido sino fuera porque Wylar, su hermana y principal curandera, intercedió por su vida, asegurando que con sus esmeros y cuidados, ella sería capaz de recuperar el vigor carnal en el cuerpo y el alma del anciano.
Desde ese instante, Cristóbal fue sometido a un sinfín de ungüentos y brebajes, cocidos por Wylar la curandera.
–¿Eres virgen? –fue la exclamación de sorpresa, apenas se hizo posible una comunicación bilateral entre ambos. Cristóbal se lo confesó sin vergüenza pues fuera de los suaves besos de Violante, no ha conocido de los placeres que proporcionan los cuerpos de las mujeres. De joven y gracias a su destreza con la espada, ninguno de sus compañeros había osado a mofarse de él por no participar en el ultraje de las indias de Cuba, pero se sabía objeto de burla, de la burla silenciosa que es la más cruel de todas. Wylar comprendió entonces que su tarea iba a ser mayor. Mucho tiempo le tomó hacerle entender de lo necesitadas que estaban todas de su función procreadora. “No es pecado ni falta hacia la persona que amas, si se consigue la supervivencia de un pueblo”. El mismo Cristóbal intentaba convencerse con los pasajes de las Escrituras que escuchó de boca del fraile con el que compartió prisión en Panamá. La cópula de Abraham con Agar, su esclava, con el consentimiento de su esposa. Las cópulas de Jacob con las hermanas Lea y Raquel y también con sus esclavas. La cópula de las hijas de Lot con su propio padre. El rey David haciendo suya a Betsabé, la mujer de uno de sus generales.
–Estoy dispuesto a acostarme con todas las mujeres que sean necesarias tan solo con una condición –negoció un convencido Cristóbal de su misión–; apenas logrado el alumbramiento de un varón, un grupo de vuestras guerreras, las más fuertes y valientes, partirán conmigo en búsqueda del país del oro y la canela.
La curandera le hizo saber que ni ella ni sus antepasados habían tenido noticias de un país con las riquezas que él describía, pero si se cumplía el objetivo, la reina Freydi no encontraría inconvenientes de que un grupo de la aldea parta en busca de una quimera. “Total, la extensión de la jungla es tanta, que es imposible conocer todos los tesoros que se esconden en ella”.
Pactadas así las cosas, toda mujer que estuviese en edad de procrear, participó en el intento de despertar la libido dormida del anciano. Con la ingestión de brebajes de siete raíces y cortezas de los árboles y la frotación con afeites estimulantes, Cristóbal parecía reaccionar y lograba una erección que se prolongaba hasta casi ingresar a la abertura genital, que era el momento en que emergía Violante con un sentimiento culpable.
Para evitar más erecciones infructuosas, Wylar decidió no forzar más una penetración y conminó a Cristóbal a intentar una eyaculación con su propia mano. Fue necesario entonces mucha concentración y recuerdos de masturbaciones pasadas, cuando observaba a las rameras que frecuentaban la taberna de su padre y se acostaban con sus clientes en los establos, rebuznando como asnos. Tras varios intentos, una noche el anciano logró lo que tanto buscaba, gruesas gotas albas salieron de su cuerpo y fueron recogidas e introducidas en las vulvas de un grupo de mujeres que aún estaban en edad de fecundar.
Astrid, una de las elegidas, cercana ya a las cuatro décadas, logró salir preñada y al cabo de nueve lunas, dio a luz a una mujer.
Desilusionados por la tentativa, Cristóbal tomó a su hija y la llamó María como la madre de Dios. La bautizó a la usanza cristiana, sumergiendo su cabecita en el gran río y de repente sintió congoja porque esa prolongación de su propia vida, creciera sin ningún futuro en ese punto perdido del mundo. Desesperado intentó convencer a la reina Freydi de salir de Bjarnaland, en busca de hombres blancos, más jóvenes que él, que con gusto las favorecerían en su afán de procrear.
La reina Freydi, que se declaró madre oficial de María, se negó a tal posibilidad, aduciendo que Bjarnaland era su patria y abandonarla sería la mayor deshonra para los espíritus de los cientos de hombres y mujeres que habían muerto por defenderla.
–Lo que sucede es que existe mucho temor en su corazón –exclamó Cristóbal al final de la acalorada discusión–. Aquí vuestra merced es soberana, pero sabe que más allá se tendría que someter a la voluntad de un varón.
–Juro por mi estirpe que le haré pagar caro vuestra insolencia –respondió la reina con la mirada cargada de odio–. Rogad que pronto nos conceda un varón, porque sino, destruiré a vuestra merced y a todo lo que tenga vuestro sello –exclamó mientras hacía el ademán de estrellar a la pequeña bebé contra el piso.
Luego de este encuentro, Cristóbal evitó tener cualquier contacto con la reina Freydi y se recluyó en la cabaña aledaña a la de Wylar la curandera, a la que cada seis días ingresaba una veintena de mujeres que aún estaban en edad de fecundar, con la esperanza de ser preñadas con los fluidos que él arrojaba. De todas ellas, el anciano acabó interesándose por Agdar, la más joven, la única que además de mantener las carnes firmes y la turgencia de sus pechos, demostró genuino interés por saber un poco más de él, de hablar su idioma, alimentarse de sus costumbres y comulgar con su religión, aceptando a Cristo como único creador y fuente de vida.
Cristóbal de Mendoza se dedicó a armar una biblioteca. Con la ayuda de Agdar, cocinó más tablillas y plasmó en ellas los pasajes que recordaba de la Biblia. La salida de los hebreos de Egipto. El juicio del rey Salomón. El alumbramiento de la Virgen en un pesebre.
–Si Dios me aceptara como cristiana, ¿cree que se compadecería de nosotros y enviaría al arcángel a fecundarme? –le preguntó Agdar entre lágrimas y Cristóbal, conmovido como adolescente, la tomó de las manos antes de besarla y desnudarla, le dijo palabras bonitas antes de penetrarla y sintió alegría infinita cuando depositó su semilla dentro de ella.
La noticia corrió entre todas y apostadas en la puerta, le exigieron a Agdar a compartir a aquel hombre que decía pertenecerle. Alguna noche, ellas mismas la arrancharon de sus brazos e intentaron tomarlo a la fuerza, pero era inútil. Cristóbal no funcionaba con otras, sólo con la dulce Agdar que rescataba su alma de poeta y lo incitaba a escribir, como no lo hacía desde los tiempos de Violante.
Gracias a estos senderos oscuros, camino insensible al día que partí, labrando mi destino, bajo este mismo sol que iluminó los besos que te di. No estés triste ni te compares a esta pasión nueva y diferente. Siempre serás la niña de mis años veinte.
El hecho que el anciano no funcionara con otras mujeres, desató la indignación de la aldea. La reina Freydi estuvo a punto de decretar el cercenamiento de su miembro sino fuera por la decidida intervención de Wylar.
–Dejad a Agdar que se siga acostando con el anciano. Es la única oportunidad de obtener el varón que tanto estamos deseando.
–Te voy a dar la razón por última vez –respondió la reina, dejando de lado la espada que alguna vez le perteneció a Bjarne El Indomable–, que Agdar y el anciano sean recluidos en esa cabaña, de la que no saldrán hasta que su matriz quede fecundada.
Así que apartados del mundo, ambos se entregaron a descubrir los placeres que proporciona el cuerpo humano. He aquí que eres hermosa, amiga mía, he aquí que eres hermosa; Dios oculta su amor en la belleza de vuestras formas, escribió en uno de sus ratos de reposo, rememorando el Cantar de los Cantares.
–Deseo que seas reina y princesa del mundo que se oculta entre mis piernas –le decía cada vez que llegaba a la máxima dicha.
–Si eligiera ser algo, elegiría ser todo lo que Violante significa para vuestra merced –le respondió con cierta tristeza porque lo sabía imposible. Ambas eran pasiones incomparables que podían complementarse en su corazón, pero nunca suplantarse. Decepcionada por ello, su corazón se llenó de amargura y por ratos de aversión hacia el hombre que se empeñaba en vivir enamorado de su pasado.
Cuando al fin aconteció que Cristóbal sembrara fruto en el vientre de Agdar, hubo infinita algarabía en Bjarnaland y se realizaron fiestas que duraron semanas ante la premonición de Wylar que anunciaba el arribo del varón tan esperado.
Mas conforme la gestación iba avanzando, el semblante de Agdar se iba marchitando y era como si la nueva vida que se formaba en su interior, fuera eclipsando la suya.
Al cumplirse el noveno mes, Agdar concibió un blondo varón que recibió el nombre de Bjarne, el fundador de una civilización. Sin embargo y a pesar de los cuidados de Wylar, la madre sucumbiría en el alumbramiento.
–Te odié por no amarme y te pido perdón –exclamó la moribunda apenas con un hilo de voz.
–Tonta. Cuán feliz habríamos sido si comprendieras que el amor no es una competencia.
–Huye, Cristóbal. Lárgate de aquí. Vuelve a donde perteneces, vuelve a los brazos de Violante… Estás a tiempo de ser feliz.
Y Cristóbal lloró con esas palabras que fueron las últimas de Agdar. ¿Huir de Bjarnaland? ¿Hacia dónde? Ni en España y el Nuevo Mundo había espacio para un anciano iluso que partió en busca de riqueza y encontró desgracia. Mas resuelto como estaba, se presentó ante la reina Freydi y le exigió que cumpliera con su promesa.
–¿Desea partir en busca de un país que no existe con mis guerreras más fuertes y valientes?
–Ese fue el pacto que convenimos. Un hijo varón a cambio de una expedición. La reina caviló unos instantes y al final accedió a poner bajo su mando a once de sus guerreras, además de concederle su navío real, elaborado con la madera del barco que tripulaba Bjarne El Indomable y forrada en su interior con piel de skrelingo. El navío fue trasladado de la aldea hasta la orilla del río y Cristóbal de Mendoza hizo saber que zarparía en cinco días, al rayar el alba.
Wylar la curandera, elaboró talismanes y los colgó en los cuellos de cada uno de los miembros de esta expedición. Al llegarle el turno a Cristóbal, hizo que se postrara de rodillas y palpó su cabeza.
–He salvado su vida antes y voy a salvarla ahora. Desista de esta aventura de locos. Por orden de la reina Freydi van a asesinarlo y su cuerpo lo arrojarán al río.
–Desde mi arribo al Nuevo Mundo, muchas traiciones he presenciado y vuestra revelación no me sorprende. He decidido adelantarme a la reina y un día antes de lo previsto.
–Sabia decisión. Encomendaré su alma a Sotana para que llegue a salvo a su destino.
–No me iré yo solo. Llevaré conmigo a mis dos hijos y también a vuestra merced. Mañana, antes del orto, ingresará a la cabaña de la reina, cargará a mis dos hijos y los llevará al navío. Yo la estaré esperando listo para zarpar.
–¡Es una locura! Bjarnaland necesita los niños para…
–Que su raza no desaparezca y se vuelva maldita ante los ojos de Dios. El niño y la niña son hermanos por mi sangre. Condenarán sus almas si sus carnes tienen contacto.
–¡Esas son patrañas! De joven yo fui de mi hermano una y varias veces y…
–Dios las castigó, dejándolas sin hombres. Wylar, comprenda, su civilización está condenada. La paz que mantienen con los skrelingos no será eterna. Mañana o pasado, uno de sus caudillos les hará la guerra y todo llegará a su fin. No sea necia y acompáñeme. ¿Qué gana viviendo enclaustrada en medio de la nada? Afuera un mundo de posibilidades nos rodea. Le doy mi palabra que apenas lleguemos a Quito, su Gobernador, Gonzalo Pizarro, vendrá y salvará a las demás de la extinción.
Wylar, la mujer que todo lo sabía, no supo qué hacer. Traicionar a la reina Freydi, a su propia hermana, cuya soberbia podría empujarlas a la destrucción, o hacerle caso a este viejo castellano que le propone una posibilidad tangible de supervivencia.
–Escúcheme bien, Cristóbal de Mendoza, tomaré a sus críos y partiremos aguas arriba. Pero tenga siempre presente que me quedó con su palabra de salvar mi civilización.
Contento por la decisión de Wylar, Cristóbal volvió a su cabaña y recolectó las tablillas que servirían como prueba al Gobernador de Quito sobre la existencia de Bjarnaland.
Al caer la noche era tan grande la ansiedad que no pudo dormir. Vestido muy temprano con su armadura española y su espada bien envainada, caminó por la aldea que dormía y llegó hasta el navío que amarrado a un árbol, se mecía serenamente por las aguas del río. Al subirse a él, cerró sus ojos para dormir el sueño que más tarde necesitaría. ¿Tendría la oportunidad de ver de nuevo a Violante? ¿Perdonaría que haya engendrado hijos en otro vientre y les daría amor de madre? Sus conjeturas fueron interrumpidas de golpe por las guerreras que pronto lo redujeron y lo obligaron a arrodillarse ante el desprecio de la reina Freydi. Comprendía que había sido traicionado por Wylar que observaba la escena más rezagada con ojos de culpa.
–Sus pérfidas intenciones han sido descubiertas y nada podrá salvarlo. A menos que… –inclinándose hacia el anciano, la reina sintió regocijo al posar la mano en sus genitales–, me des una erección. ¡Sólo una! Y conservara su vida.
–Nada me sería más desagradable –exclamó desdeñoso el castellano–, hasta la muerte me sería más benévola.
–¡Qué estúpida respuesta! –exclamó la reina, abofeteándole la cara y jurando que sería la última ofensa que le haría. De inmediato ordenó que fuera atado de manos y pies y atado a un árbol a la vera del río, corriera la misma suerte de Bjarne El Indomable– Veamos si sabe a benevolencia servirle de ofrenda a los skrelingos que os reducirán la cabeza.
–Que no os ciegue su despecho, reina de Bjarnaland –intercedió Wylar–. ¡Necesitamos más semen de este hombre blanco! La frágil existencia de un varoncito no nos garantiza la supervivencia de nuestra raza.
–¡Correremos el riesgo! –fue la respuesta de la reina que con sus propias manos la hirió de muerte clavándole una estaca en el pecho para que no intentara rescatarle.
La última visión que tuvo Cristóbal de las habitantes de Bjarnaland fue cuando las vio perderse en la espesura de la selva, llevando en andas el cuerpo de Wylar. Horas más tarde pareció llegarle el olor de la carne quemada que era la forma como los cuerpos partían al encuentro de Sotana y luego nada más, sólo la sed, los insectos y el calor que parecía fundir la armadura con su cuerpo.
Al segundo día de su suplicio, vio con beneplácito a los skrelingos acercarse. Iban desnudos y con el cuerpo pintado de vivos colores. Casi no diferían de los indios que había asesinado por montones en el Caribe, hace tantos años ya.
–Dios, en vuestras manos encomiendo mi espíritu –exclamó en un intento porque su muerte sea similar a la de Jesucristo, su Señor.
Mas al momento que los naturales clavaban sus manos como garras, el estruendo de diversos mosquetes, provenientes de una lancha expedicionaria, le salvaron la vida.
Los últimos días de Cristóbal de Mendoza transcurrieron en la ciudad de Chachapoyas. Intentó en vano recolectar aventureros para partir en busca de Bjarnaland, pero creyéndole loco, nadie le hizo caso.
Murió, casi de edad centenaria, el 19 de septiembre de 1582.
Febrero 2005
La luz de la luna caía de manera frontal sobre el cuerpo borracho de su padre, arrastrándose por las baldosas del patio interior de la casa y untándose la ropa con su propio vómito. Por ratos cantaba o lanzaba una risa demencial. Por ratos daba rienda a su melancolía y maldecía por su suerte.
Él, mudo testigo de la escena, todo lo observaba desde la oscuridad de su habitación, invadido por una sensación extraña que se avivaba por la música que siempre captaba en la madrugada a través de Radio Mil, “la romántica de Guayaquil”. Sería pena, dolor, humillación, rabia, desprecio, odio, decepción o quizá la conjunción de todo y daba forma a una sensación nueva, indescriptible y fascinante, que lo mantuvo con la vista pegada por largo rato, hasta que pasaron esa canción que tanto le gustaba y le recordaba a esa muchacha que nunca le dio bola.
Al abrir de nuevo los ojos era ya de mediodía y no había rastros de su padre. La casa estaba sola como era costumbre a esa hora y él era amo y señor de todo lo que lo rodeaba. Hace un par de meses que nadie lo despertaba ni le obligaba asistir al colegio. Sólo una vez su hermana le dijo que se levantara porque la pereza era un pecado capital, pero él que no sabía distinguir cuando se pecaba y cuando no, estaba feliz con su vida sin clases y sin hacer nada, salvo pasarse las horas viendo dibujos animados o las viejas películas del oeste con John Payne o Dana Andrews que pasaba Venezolana, la seña extranjera que irrumpió un día en la tele, en vez del canal estatal.
Impulsado por la curiosidad, se levantó de la cama y buscó rastros de la borrachera en la sala, cocina, comedor. Nada. Los pisos, los pocos muebles y electrodomésticos, lucían la misma capa polvorienta de siempre. Salió al patio y lo encontró impecable. Su padre todavía conservaba la decencia de borrar las huellas de su vergüenza. En el jardín no halló nada, ni tampoco en la piscina en la que hace mucho nadie se bañaba y servía de cementerio para bicicletas oxidadas, muebles sin forro y pelotas picadas.
En la ermita de madera que se ocultaba tras la frondosidad de una higuera y que su madre había erigido como lugar de profunda devoción a Jesucristo, nuestro Señor, enclaustrándose parcialmente gran parte del domingo y totalmente los jueves y viernes de Semana Santa u otras fechas del calendario religioso; le llamó la atención encontrar la puerta de triplay tumbada a puntapiés. Al ingresar, observó que los cirios, el corazón de Jesús, las estatuas de San Judas Tadeo y San Martín de Porras, habían sido destrozados. La colección de estampitas, algunas con más de cien años de antigüedad, hechas pedazos. El frasquito sellado con agüita que había bendecido Juan Pablo II en su visita a Trujillo, estrellado contra la pared.
A pesar de que gran parte de sus trece años los había vivido a espaldas del Señor y no comprendía el significado de la mayoría de los símbolos cristianos, no pudo evitar sentirse consternado al ver que la furia iconoclasta de su padre había arremetido con todo. “La virgencita, ¿dónde está la virgencita?”, se preguntó al remover los lienzos y el mobiliario que estaba patas arriba. Nada de lo que estaba regado le interesaba, sólo esa estatuilla de la Virgen de la Puerta que con solo verla, le costaba despegarse de ella. Tan bonita. Tan perfecta. Tan adorable. Tanto que en los meses de mayo y diciembre no se olvidaba de colmarla de rosas y jazmines.
Maldito sea su padre si la había destruido también. El llevar el alma carcomida por la amargura no le daba derecho para destruir a la mamita.
“De que le valía ser tan devota si al final se reveló como una grandísima puta”, fueron las palabras que su padre repetía después que su madre los abandonó y que le servían, de paso, para comprender que era un hijo de puta y el hijo de un perdedor, pero eso no lo desalentaba ya que no creía haber sacado nada de ninguno de los dos. Si alguien lo había formado, esa había sido la televisión. Starsky & Hutch. Baretta. Los Comandos de Garrison. Candy. Meteoro. Fantasmagórico. Sankuokai. Los ricos también lloran. El bien amado. Baila conmigo... De la programación no se perdía nada, ni siquiera los noticieros y los programas políticos. Por eso sabía, desde muy chiquillo, que vivía en un país de mierda.
Aventurando su mano debajo de lo que fuera el altar, encontró la estatuilla de la Santísima Virgen de la Puerta partida por la mitad. “Pobre mamita”, exclamó, frotándose las yemas de los dedos con partículas de yeso. Verle su lánguida expresión lo llenó de pena y pidió perdón por el desgraciado de su padre por haber atacado los iconos de la Iglesia. En clases le habían enseñado que Diosito era muy iracundo y se iba a vengar.
Sin embargo él antes no había sido así. Acariciándole la cabeza a la virgencita, le recordó que de chiquillo fue un fervoroso creyente que no hacía caso de las puyas de los palomillas del barrio y recolectaba flores para arrojarlas desde su balcón a las procesiones de El Señor de Huamán o de San Valentín, el patrono de la ciudad. Mas un día, creció y sus padres lo matricularon en un colegio católico en el que todas sus creencias se fueron al diablo apenas un sacerdote le acarició sus partes íntimas. Ya de universitario, racionalizó su descreimiento al leer las Críticas Religiosas de François Marie Arouet y si se casó por la Iglesia, fue porque estaba enamorado y no quiso hacerle pelea al profundo catolicismo de su esposa, aunque de vez en cuando no podía evitar burlarse del misterio de la Santa Trinidad o la veneración politeísta a los santos. Una vez, José Huanuiri, que era el jardinero de la casa, le propuso hacerlo padrino de bautizo de su hija a la que le pondría Cindy de nombre. Su padre declinó, diciéndole que no podían ser compadres, dado que no era católico y que de aceptar todos los Huanuiri se irían al infierno, incluso su hija, que por ponerle nombre de gringa, no iba a dejar de ser una india shipiba.
Él, que era el tercer hijo del matrimonio, no comulgaba con las creencias de su padre pero tomaba en la existencia de Dios y la divinidad de Jesús y la Virgen a su manera. A los nueve años e influenciado por Star Wars, se rebeló contra la imagen clásica de Cristo y sus apóstoles y los dibujó con trajes intergalácticos y lanzando rayos láser al enfrentar a las fuerzas del Diablo. A los diez años, la profesora le pidió que ilustrara la caminata de Cristo sobre las aguas del mar de Galilea y lo dibujó montado en una tabla de surf y en compañía de la Virgen María que tomaba sol en tanga. Su madre, que siempre representó la figura represora en la casa, de un jalón de orejas le hizo entender que la túnica, el manto y las sandalias eran la imagen oficial de la familia sagrada. Su padre, en cambio, se reía y lo alentaba porque así era su carácter, bromista y juguetón. Lástima que cambiara apenas las cosas comenzaron a marchar mal a raíz de la enfermedad de Roxanita, su hermanita menor.
La pobre tenía once meses de nacida cuando le extirparon un tumor cerebral y de paso también la oportunidad de razonar pues quedó vegetal. Durante cuatro años de gastar lo inimaginable en tratamientos muy costosos que la llevaron hasta Houston, Roxanita murió y el semblante de su padre se marchitó para siempre. La beodez se hizo su costumbre y también mortificar a su mujer por elevar plegarias a un Dios que tildaba de cabrón por negarse a escuchar. Mientras más alcohol libaba, más teorías en contra de Dios elucubraba. La que más repetía era aquella en que lo culpaba de privarle a Roxanita de la inmortalidad, pues, según él, la inmortalidad era el resultado del desarrollo racional y espiritual del alma, y si una persona moría a edad muy temprana y no alcanzaba el nivel intelectual que superara al de un perrito, un gatito o un pececillo, no trascendía de la materia y se le privaba de acceder al más allá, al no estar capacitado de elegir entre el Bien y el Mal.
Sin embargo, su madre continuó rezando. Y pidió porque su esposo no perdiese el trabajo. Porque Jaime, su hijo mayor, dejara las malas juntas que lo habían convertido en un delincuente fumón y regresara a casa. Porque Lorena, la segunda de sus hijos, no se casara con ese bueno para nada que a cada rato la golpeaba. Porque las deudas no los agobiaran y pudiesen cancelar la hipoteca de la casa...
Nada de eso se cumplió y por eso quizá, ella también se cansó de rezar y al aparecer en escena un antiguo enamorado que le dijo que nunca la había olvidado, llegó a la casa una noche, colocó su ropa y las joyas que le quedaban en las maletas, le dijo a su esposo que estaba aburrida y lo abandonaba por el único hombre que había amado en su vida. Antes de marcharse, le encargó a Lorena que no permitiera que su padre metiera a otra mujer a la casa y a él, que en los últimos tiempos lo había dejado de lado, sin darle más explicaciones, le dio un beso en las mejillas y evitó mirarle la cara para no hacer más dolorosa la despedida.
De eso hace más de cuatro meses y de su madre no había vuelto a saber nada, salvo que andaba por alguna república de Centroamérica. Mas la verdad que poco le importaba ya que no la extrañaba. “Todas las mujeres son pendejas, incluso la Virgen que le sacó la vuelta a San José con el Espíritu Santo”, pensó mientras buscaba pegamento y llevaba la estatuilla a su habitación. “Estás quedando muy bien, mamita, hay partes de tu pecho y tu vientre que se han hecho polvo, pero no importa, igual se te ve bonita”.
A eso de la una de la tarde, su hermana Lorena y sus dos hijitas llegaban a la casa, y no se movían hasta que llegaba la noche. Parecía que era un refugio, un escape temporal a su relación conyugal. A cambio cocinaba para él y su padre, sin que ninguno se lo agradeciera. Esa era su obligación como hija y hermana. “¿En dónde te vas a esconder el día que el banco nos quite la casa?”, le preguntó y ella le respondió encogiéndose de hombros, de la misma forma como él le respondió cuando su hermana le dijo que mamá debía haber escrito pero seguro que papá había roto la correspondencia. Pero a él no le importaba. Es más, pronto no tendría sentido que regresara porque no habría casa que necesitara su presencia materna. Lo único que se necesitaba era plata, mucha plata, para salvar la casa, hoy tan venida a menos, cuando en su tiempo lucía tan linda y lujosa. Era su palacio y le dolía como a cualquiera que se la fueran a quitar. Quizá ese era el motivo porque le tenía resentimientos a su padre, por quedarse sin dinero y endeudado con tantas financieras. “¿Por qué no tenía la decencia de desaparecer?”, pensaba. “Debía morirse y llevarse sus deudas a la tumba”.
Su estómago crujía de hambre. Ojalá su hermana cocinara rápido cualquier cosa. A su habitación llegaba el inconfundible olor del bistec y las papas fritas. Mejor seguía soplando para que el pegamento secase más rápido. “Ayúdame, mamita, se agradecida. Mira que te he curado y sólo te pido un favor. Atraca, te lo ruego. Es la única forma de que sea poderoso y yo te juro que te cuidaré por los siglos de los siglos...”
Al sentir que sus dos sobrinas corrían por las escaleras a toda prisa, con dirección a la segunda planta, cerró la puerta de su habitación sin dejar de sostener la estatuilla recién refaccionada. ¡Qué bonito deben sentir los que tienen poder! “A los poderosos no les quitan sus casas, precisamente por eso, porque son poderosos. Jesús era poderoso, pero eligió la pobreza porque era huevón”. Él, en su lugar, habría elegido la riqueza, la fastuosidad, ser amo y señor de un Imperio y desde su trono de oro gobernar con mucha sabiduría, dictando las normas para organizar un mundo bueno en el que nadie le quitase la casa a nadie.
“Dí que sí, mamita. Estoy seguro que le caería muy bien a la humanidad”, le dijo, estampándole un beso que embadurnó toda su carita. Ya no sentía hambre, ni pena o angustia. Excitado por la posibilidad de hacer posible su plan, se bajó el pantalón del pijama y empezó a tocarse, primero despacito, muy despacito, hasta que empezó a menearse con furia frenética sin quitar sus ojos del rostro de la Virgen. Tan dulce, tan indefensa y tan complaciente. “No lo niegues, pendejita, no me digas que no te gusta”. Al llegar al punto de eyacular exclamó: “toma, mamita rica, ¡toma!” y gruesas gotas se introdujeron por los orificios de la estatuilla. “Deja que sea bendito mi fruto, deja que en tu vientre un hijo mío se forme y nazca para convertirse en Dios”.
Y la siguió acariciando con sus dedos pringosos, a lo largo de su vestido y su carita, hasta que escuchó el aviso de se hermana de que la comida estaba lista. Al salir de la habitación, estaba seguro que la Virgencita sonreía complacida.
Él, mudo testigo de la escena, todo lo observaba desde la oscuridad de su habitación, invadido por una sensación extraña que se avivaba por la música que siempre captaba en la madrugada a través de Radio Mil, “la romántica de Guayaquil”. Sería pena, dolor, humillación, rabia, desprecio, odio, decepción o quizá la conjunción de todo y daba forma a una sensación nueva, indescriptible y fascinante, que lo mantuvo con la vista pegada por largo rato, hasta que pasaron esa canción que tanto le gustaba y le recordaba a esa muchacha que nunca le dio bola.
Al abrir de nuevo los ojos era ya de mediodía y no había rastros de su padre. La casa estaba sola como era costumbre a esa hora y él era amo y señor de todo lo que lo rodeaba. Hace un par de meses que nadie lo despertaba ni le obligaba asistir al colegio. Sólo una vez su hermana le dijo que se levantara porque la pereza era un pecado capital, pero él que no sabía distinguir cuando se pecaba y cuando no, estaba feliz con su vida sin clases y sin hacer nada, salvo pasarse las horas viendo dibujos animados o las viejas películas del oeste con John Payne o Dana Andrews que pasaba Venezolana, la seña extranjera que irrumpió un día en la tele, en vez del canal estatal.
Impulsado por la curiosidad, se levantó de la cama y buscó rastros de la borrachera en la sala, cocina, comedor. Nada. Los pisos, los pocos muebles y electrodomésticos, lucían la misma capa polvorienta de siempre. Salió al patio y lo encontró impecable. Su padre todavía conservaba la decencia de borrar las huellas de su vergüenza. En el jardín no halló nada, ni tampoco en la piscina en la que hace mucho nadie se bañaba y servía de cementerio para bicicletas oxidadas, muebles sin forro y pelotas picadas.
En la ermita de madera que se ocultaba tras la frondosidad de una higuera y que su madre había erigido como lugar de profunda devoción a Jesucristo, nuestro Señor, enclaustrándose parcialmente gran parte del domingo y totalmente los jueves y viernes de Semana Santa u otras fechas del calendario religioso; le llamó la atención encontrar la puerta de triplay tumbada a puntapiés. Al ingresar, observó que los cirios, el corazón de Jesús, las estatuas de San Judas Tadeo y San Martín de Porras, habían sido destrozados. La colección de estampitas, algunas con más de cien años de antigüedad, hechas pedazos. El frasquito sellado con agüita que había bendecido Juan Pablo II en su visita a Trujillo, estrellado contra la pared.
A pesar de que gran parte de sus trece años los había vivido a espaldas del Señor y no comprendía el significado de la mayoría de los símbolos cristianos, no pudo evitar sentirse consternado al ver que la furia iconoclasta de su padre había arremetido con todo. “La virgencita, ¿dónde está la virgencita?”, se preguntó al remover los lienzos y el mobiliario que estaba patas arriba. Nada de lo que estaba regado le interesaba, sólo esa estatuilla de la Virgen de la Puerta que con solo verla, le costaba despegarse de ella. Tan bonita. Tan perfecta. Tan adorable. Tanto que en los meses de mayo y diciembre no se olvidaba de colmarla de rosas y jazmines.
Maldito sea su padre si la había destruido también. El llevar el alma carcomida por la amargura no le daba derecho para destruir a la mamita.
“De que le valía ser tan devota si al final se reveló como una grandísima puta”, fueron las palabras que su padre repetía después que su madre los abandonó y que le servían, de paso, para comprender que era un hijo de puta y el hijo de un perdedor, pero eso no lo desalentaba ya que no creía haber sacado nada de ninguno de los dos. Si alguien lo había formado, esa había sido la televisión. Starsky & Hutch. Baretta. Los Comandos de Garrison. Candy. Meteoro. Fantasmagórico. Sankuokai. Los ricos también lloran. El bien amado. Baila conmigo... De la programación no se perdía nada, ni siquiera los noticieros y los programas políticos. Por eso sabía, desde muy chiquillo, que vivía en un país de mierda.
Aventurando su mano debajo de lo que fuera el altar, encontró la estatuilla de la Santísima Virgen de la Puerta partida por la mitad. “Pobre mamita”, exclamó, frotándose las yemas de los dedos con partículas de yeso. Verle su lánguida expresión lo llenó de pena y pidió perdón por el desgraciado de su padre por haber atacado los iconos de la Iglesia. En clases le habían enseñado que Diosito era muy iracundo y se iba a vengar.
Sin embargo él antes no había sido así. Acariciándole la cabeza a la virgencita, le recordó que de chiquillo fue un fervoroso creyente que no hacía caso de las puyas de los palomillas del barrio y recolectaba flores para arrojarlas desde su balcón a las procesiones de El Señor de Huamán o de San Valentín, el patrono de la ciudad. Mas un día, creció y sus padres lo matricularon en un colegio católico en el que todas sus creencias se fueron al diablo apenas un sacerdote le acarició sus partes íntimas. Ya de universitario, racionalizó su descreimiento al leer las Críticas Religiosas de François Marie Arouet y si se casó por la Iglesia, fue porque estaba enamorado y no quiso hacerle pelea al profundo catolicismo de su esposa, aunque de vez en cuando no podía evitar burlarse del misterio de la Santa Trinidad o la veneración politeísta a los santos. Una vez, José Huanuiri, que era el jardinero de la casa, le propuso hacerlo padrino de bautizo de su hija a la que le pondría Cindy de nombre. Su padre declinó, diciéndole que no podían ser compadres, dado que no era católico y que de aceptar todos los Huanuiri se irían al infierno, incluso su hija, que por ponerle nombre de gringa, no iba a dejar de ser una india shipiba.
Él, que era el tercer hijo del matrimonio, no comulgaba con las creencias de su padre pero tomaba en la existencia de Dios y la divinidad de Jesús y la Virgen a su manera. A los nueve años e influenciado por Star Wars, se rebeló contra la imagen clásica de Cristo y sus apóstoles y los dibujó con trajes intergalácticos y lanzando rayos láser al enfrentar a las fuerzas del Diablo. A los diez años, la profesora le pidió que ilustrara la caminata de Cristo sobre las aguas del mar de Galilea y lo dibujó montado en una tabla de surf y en compañía de la Virgen María que tomaba sol en tanga. Su madre, que siempre representó la figura represora en la casa, de un jalón de orejas le hizo entender que la túnica, el manto y las sandalias eran la imagen oficial de la familia sagrada. Su padre, en cambio, se reía y lo alentaba porque así era su carácter, bromista y juguetón. Lástima que cambiara apenas las cosas comenzaron a marchar mal a raíz de la enfermedad de Roxanita, su hermanita menor.
La pobre tenía once meses de nacida cuando le extirparon un tumor cerebral y de paso también la oportunidad de razonar pues quedó vegetal. Durante cuatro años de gastar lo inimaginable en tratamientos muy costosos que la llevaron hasta Houston, Roxanita murió y el semblante de su padre se marchitó para siempre. La beodez se hizo su costumbre y también mortificar a su mujer por elevar plegarias a un Dios que tildaba de cabrón por negarse a escuchar. Mientras más alcohol libaba, más teorías en contra de Dios elucubraba. La que más repetía era aquella en que lo culpaba de privarle a Roxanita de la inmortalidad, pues, según él, la inmortalidad era el resultado del desarrollo racional y espiritual del alma, y si una persona moría a edad muy temprana y no alcanzaba el nivel intelectual que superara al de un perrito, un gatito o un pececillo, no trascendía de la materia y se le privaba de acceder al más allá, al no estar capacitado de elegir entre el Bien y el Mal.
Sin embargo, su madre continuó rezando. Y pidió porque su esposo no perdiese el trabajo. Porque Jaime, su hijo mayor, dejara las malas juntas que lo habían convertido en un delincuente fumón y regresara a casa. Porque Lorena, la segunda de sus hijos, no se casara con ese bueno para nada que a cada rato la golpeaba. Porque las deudas no los agobiaran y pudiesen cancelar la hipoteca de la casa...
Nada de eso se cumplió y por eso quizá, ella también se cansó de rezar y al aparecer en escena un antiguo enamorado que le dijo que nunca la había olvidado, llegó a la casa una noche, colocó su ropa y las joyas que le quedaban en las maletas, le dijo a su esposo que estaba aburrida y lo abandonaba por el único hombre que había amado en su vida. Antes de marcharse, le encargó a Lorena que no permitiera que su padre metiera a otra mujer a la casa y a él, que en los últimos tiempos lo había dejado de lado, sin darle más explicaciones, le dio un beso en las mejillas y evitó mirarle la cara para no hacer más dolorosa la despedida.
De eso hace más de cuatro meses y de su madre no había vuelto a saber nada, salvo que andaba por alguna república de Centroamérica. Mas la verdad que poco le importaba ya que no la extrañaba. “Todas las mujeres son pendejas, incluso la Virgen que le sacó la vuelta a San José con el Espíritu Santo”, pensó mientras buscaba pegamento y llevaba la estatuilla a su habitación. “Estás quedando muy bien, mamita, hay partes de tu pecho y tu vientre que se han hecho polvo, pero no importa, igual se te ve bonita”.
A eso de la una de la tarde, su hermana Lorena y sus dos hijitas llegaban a la casa, y no se movían hasta que llegaba la noche. Parecía que era un refugio, un escape temporal a su relación conyugal. A cambio cocinaba para él y su padre, sin que ninguno se lo agradeciera. Esa era su obligación como hija y hermana. “¿En dónde te vas a esconder el día que el banco nos quite la casa?”, le preguntó y ella le respondió encogiéndose de hombros, de la misma forma como él le respondió cuando su hermana le dijo que mamá debía haber escrito pero seguro que papá había roto la correspondencia. Pero a él no le importaba. Es más, pronto no tendría sentido que regresara porque no habría casa que necesitara su presencia materna. Lo único que se necesitaba era plata, mucha plata, para salvar la casa, hoy tan venida a menos, cuando en su tiempo lucía tan linda y lujosa. Era su palacio y le dolía como a cualquiera que se la fueran a quitar. Quizá ese era el motivo porque le tenía resentimientos a su padre, por quedarse sin dinero y endeudado con tantas financieras. “¿Por qué no tenía la decencia de desaparecer?”, pensaba. “Debía morirse y llevarse sus deudas a la tumba”.
Su estómago crujía de hambre. Ojalá su hermana cocinara rápido cualquier cosa. A su habitación llegaba el inconfundible olor del bistec y las papas fritas. Mejor seguía soplando para que el pegamento secase más rápido. “Ayúdame, mamita, se agradecida. Mira que te he curado y sólo te pido un favor. Atraca, te lo ruego. Es la única forma de que sea poderoso y yo te juro que te cuidaré por los siglos de los siglos...”
Al sentir que sus dos sobrinas corrían por las escaleras a toda prisa, con dirección a la segunda planta, cerró la puerta de su habitación sin dejar de sostener la estatuilla recién refaccionada. ¡Qué bonito deben sentir los que tienen poder! “A los poderosos no les quitan sus casas, precisamente por eso, porque son poderosos. Jesús era poderoso, pero eligió la pobreza porque era huevón”. Él, en su lugar, habría elegido la riqueza, la fastuosidad, ser amo y señor de un Imperio y desde su trono de oro gobernar con mucha sabiduría, dictando las normas para organizar un mundo bueno en el que nadie le quitase la casa a nadie.
“Dí que sí, mamita. Estoy seguro que le caería muy bien a la humanidad”, le dijo, estampándole un beso que embadurnó toda su carita. Ya no sentía hambre, ni pena o angustia. Excitado por la posibilidad de hacer posible su plan, se bajó el pantalón del pijama y empezó a tocarse, primero despacito, muy despacito, hasta que empezó a menearse con furia frenética sin quitar sus ojos del rostro de la Virgen. Tan dulce, tan indefensa y tan complaciente. “No lo niegues, pendejita, no me digas que no te gusta”. Al llegar al punto de eyacular exclamó: “toma, mamita rica, ¡toma!” y gruesas gotas se introdujeron por los orificios de la estatuilla. “Deja que sea bendito mi fruto, deja que en tu vientre un hijo mío se forme y nazca para convertirse en Dios”.
Y la siguió acariciando con sus dedos pringosos, a lo largo de su vestido y su carita, hasta que escuchó el aviso de se hermana de que la comida estaba lista. Al salir de la habitación, estaba seguro que la Virgencita sonreía complacida.
Marzo de 1985
Desde que tuvo uso de razón Jefferson se sabe despreciado y por eso él desprecia a todos. Jefferson es un niño que no habla mucho, o mejor dicho, habla de a pocos, como si las palabras le pesaran. Lo poco que conoce de amor se lo debe a la atención que le dispensa su mamá. En cambio, conoce mucho de odio, cuando no de indiferencia. Jefferson va camino a los once años pero su madre lo trata como si tuviese siete. Por eso será que la desprecia. Más que verla como su progenitora, la ve como su sirvienta. Aunque no es afecto a pedirle nada, ella, con sus propinas de lavandera, siempre se las ingenia para sorprenderlo con un juguetito, un turrón de miel de chancaca o un chocolatito D’Onofrio. Su padre para él no cuenta. Es un espectro. Un pobre imprentero que trabaja de noche y duerme de día. Hace mucho que papá no le habla y él tampoco le habla a papá. No recuerda cuándo ni por qué la relación entre ambos había naufragado, pero, ¿acaso le importaba?
Jefferson es un niño que odia ser niño. Escuchó de la boca de un orientador sexual la palabra masturbación, pero a pesar de sus pobres nociones de semántica le parece absurda la definición. Sacudirse la chulapi significa para él –y para todos– correrse la paja, y lo practica a menudo con las calatas que aparecen en la primera plana de los tabloides que propagan cultura demencial. Jefferson recorta las fotos y las guarda debajo de su cama y en las noches, cuando todos duermen, las deja salir para deleitarse con sus tetas y sus nalgas. Todas son suyas y todas son bellas. Nada que ver con las cholas tan feas que comparten sus días de escuela, prisión de carpetas que le gustaría abandonar de una vez. Fuera de las ciencias naturales los demás cursos le aburren y eso se ve reflejado en su bajo rendimiento. “Es un muchacho sensible e inteligente pero reacio a prestar atención a las materias que no le interesan. Denota además una introversión casi patológica que le impide socializarse con los demás”, fue el diagnóstico de un psicólogo del magisterio y cuando su madre se lo contó, respondió encogiéndose de hombros. “Conversar con esos huevones que entran sudorosos a clases tras correr pateando una pelota, ¡no gracias!” Todos ellos se pueden ir a la mierda porque él no los necesita. Jefferson no se mete con nadie y todos están tácitamente prohibidos de meterse con él. Nunca lo agarraron de lorna porque el día que el borrego, el maloso del lonsa, le rompió la nariz de un puñetazo por negarse a convidarle sus galletas GN, sabor a coco, él extrajo de un pampón una viga con clavo oxidado incrustado y en plena clase le reventó la cabeza, pudiéndolo matar si el tutor no lo detenía después de asestarle el segundo golpe.
Jefferson no ve la hora de ser grande y ser dueño de su propio destino. Mientras imagina a sus compañeros de clase convertidos en albañiles, mecánicos, gasfiteros o titulados de cenecape, él se imagina dedicándose a lo que domina como nadie, la caza, crianza y lucha de alacranes. Cuando Jefferson tenía nueve años y jugaba despreocupado con sus carritos en la azotea de la casa de su abuela, un alacrán se descolgó del tendal y le clavó la ponzoña, pasando más de una semana en cama debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero contrario a lo que se pueda suponer, junto con su veneno el bicho le había inoculado fascinación en vez de aversión hacia ellos. Así que una vez recuperado, se adiestró en la caza de alacranes, siendo su método favorito escarbar los adobes de las construcciones abandonadas en pos de un alacrán. Al asomarse uno, lo acorrala con un cuchillo de cocina y antes que levante la cola para atacar, lo apresa en una bolsa de plástico hasta llegar a casa donde lo echa en un colador para limpiar la tierra acumulada, y de ahí lo encierra en un frasco vacío de mostaza alimentándolo con moscas y zancudos vivos para no echarle a perder el instinto asesino, hasta que el sábado en la noche, después de Risas y Salsa, el alacrán es depositado dentro de una caja de zapatos con paredes dibujadas y pintadas con crayón, emulando las graderías de un coliseo romano, inspirado en los peplum que pasaba América Televisión en horario de matinée, donde luchará a muerte, de forma breve pero espectacular, contra otro alacrán cazado durante la semana, exacerbando el morbo del único y privilegiado espectador quien observará la brega indigestándose con bolsas de chizitos.
Carmencita Bardales, Camucha para los allegados, había pasado la barrera de los treinta hace pocos calendarios. Sin embargo, la dejadez y la obesidad hacen que sea la sombra de la mujer que alguna vez fue. Desde que estaba en el colegio, Camuchita era la muchacha más bella y pretendida de Florencia de Mora. Bajita, pero provista de senos prominentes, nalgas protuberantes y piernas esculturales, fue durante gran parte de su juventud reina de clubes, carnavales, olimpiadas y cuanto evento social se realizaba en el populoso distrito. Provista de un rostro dulce, de mosquita muerta según las que la envidiaban, iluminado con un par de inmensos ojos zarcos, rezago genético de alguna parte de Celendín, fueron muchos los que se disputaron su interés, incluso un pituco de California se fijó en ella y la llevó de pareja a su fiesta de promoción con la advertencia de que no abriera la boca para que su dejo no delatara su humilde condición. Además, un empresario metido en el ambiente de la música tropical, quiso contratarla como bailarina de uno de sus grupos, en las giras por el interior del país. Pero la pobre estaba condenada a no tener futuro porque estaba enamorada y sólo tenía ojos para Tamayita, un hombre casado y ocho años mayor que ella, que trabajaba en una distribuidora de la Pilsen Trujillo y, cuando le caía la quincena, lo dilapidaba emborrachándose y metiéndole letra a todas las mocosas del barrio. Bien parecido y de contextura vigorosa, Tamayita abusaba de la influencia que ejercía sobre Camuchita para tomarla una y mil veces dejarla. Le hacía promesas de divorcio, al mismo tiempo que iba tras el calzón de otras mujeres, siempre más jóvenes que él. Aprendió a abofetearla al menor reclamo y luego a abofetearla sin reclamo alguno. Tantas humillaciones finalizaron la noche que en un triplete chicha en la Plaza de Toros, con Los Superamigos, Los Walker’s y El Supergrupo, Tamayita, de la mano de su señora, se topó con Camuchita y no tuvo más remedio que aclararle: “Adela es mi mujer, tú la puta que me cacho”.
Desde ese día, Camuchita se convirtió en Camucha y se empeñó en recuperar el orgullo perdido dejando de lado ese amor insano. Así que, sin estar enamorada, contrajo nupcias con Rubén Beltrán, un humilde montajista que trabajaba en una imprenta de La Unión y que poseía, como toda riqueza, una casita en Liberación Social. Sabiéndola casada Tamayita le rogó, lloró, insistió, para que siguieran siendo amantes, pero cuando Camucha quedó preñada todo se acabó. Tamayita partió a Cajamarca a trabajar en las minas de Yanacocha y ella se quedó para envejecer con su mundo reducido alrededor.
El primer recuerdo que tiene Jefferson de Tamayita es de la misma tarde que fue por única vez con su viejo al estadio y se aburrió soberanamente. Ver a veintidós cojudos de pantalón corto, dándose de patadas y corriendo tras un balón es un espectáculo demasiado patético para llamar su atención.
Al regresar a casa se chocó visualmente con la voluptuosa anatomía de Tamayita, desparramada en una de las sillas de la cocina y su madre arreglándose el vestido. A continuación recuerda una discusión. A su papá llorando. A Tamayita burlándose y expeliendo olor a licor barato. A mamá explicando, hasta que se agotan los argumentos, y luego insultando a su cónyuge llamándolo mediocre y poco hombre. Desde ese instante, Jefferson supo, sin saberlo, que Tamayita había regresado a la vida de su madre y sus visitas a la casa se hicieron más frecuentes, sobre todo cuando su padre estaba ausente.
–¡50 millones de soles a quién se llame Pancracio! –pide vociferando, el moreno animador de Trampolín a la Fama, el público se queja y Jefferson y todo el Perú se ríe. Él sabe que le va a llegar la oportunidad de presentarse en el programa de Augusto Ferrando y su show de alacranes lo va a catapultar al estrellato, sobre todo si para esa tarde consigue dos ejemplares como los que tiene preparados para ese sábado. Uno es un bellísimo alacrán de color rojizo, cuerpo delgado y bien distribuido en sus casi cuatro centímetros de largo. El otro es negro, voluptuoso, pequeño, pero tiene en compensación una cola pronunciada. “¡Qué se callen esos viejos de mierda! Ya estoy harto de sus discusiones”. No le sube el volumen porque la vez pasada lo hizo y su mamá le estampó un manazo en la cara tildándolo de impertinente.
–...No es cuestión de que te llenes la boca llamándome mantenida. Necesito que me des más plata.
–Me rectifico. No eres mantenida pero sí una mujer que busca cualquier motivo para hincharme las pelotas.
–¿Acaso no entiendes que no alcanza con lo poco que me das?
–A mí tampoco me alcanza, y eso que me rompo el lomo todas las madrugadas.
–¡Y a la puta de Edit seguro que sí le alcanza!
–¡Ya te he prohibido que te metas con ella!
–¿Y por qué no me voy a meter con la perra que con mi marido se acuesta?
–¡Mira que eres conchuda, Camucha! Tú no tienes ningún derecho de reclamarme nada. Pero, para que no lo vayas divulgando por ahí, manchando reputaciones como es tu costumbre, que te quede claro que yo no tengo nada con Edit. Ella sólo es mi amiga...
–¡Ja! ¿Cuál dedo me chupo, papito?
–Ojalá hubiera algo entre los dos para que te quede claro que fuiste tú la que me empujaste a ella.
–A mí no me interesa lo que tú y esa perra hagan. Lo que importa es que esta casa necesita plata.
–Ya te dije que no tengo.
–Tendrías si cada día te emborracharas menos.
–Me emborracharé menos el día que ya no pueda recordarte.
–¡Ay, pobrecita la víctima! ¿Sabes qué?; por qué no te vas de una buena vez. ¡Vete! y procura llegar tarde, muy tarde... Total, tú eres la prueba palpable de que cada imbécil tiene el destino que se merece.
Rubén Beltrán prefiere no revolverse más el hígado. Toma lo que resta de café en su tazón de lata y cogiendo su casaca de mezclilla y la chalina, para enfrentar el frío de amanecida, sale de la casa sin despedirse de nadie. Como siempre...
–Jefferson, ¿vas a querer más té? –le pregunta su madre, tomándose su tiempo para aguardar una respuesta que no llega– ¡Oh!; por qué pierdo el tiempo contigo si nunca escuchas –concluye al verlo absorto ante la pantalla de la tele y abre el caño del lavabo, presta a lavar la vajilla y los cubiertos.
En eso llaman a la puerta. Tirando dos tenedores contra los platos, como último rezago de la discusión, se dirige a la puerta, arreglándose el cabello con las manos y alistando la garganta para preguntar “¿Quién es?” con la suficiente fortaleza para ahuyentar posibles atracadores. Del otro lado se escucha un “Soy yo”, cuyo acento alcohólico Camucha reconoce y basta para que tiemble toda.
–¿Qué quieres?
–Lo que yo quiero es lo mismo que tú quieres, ¿no es así?
Camucha se acerca a la puerta. Duda en abrir. Siente deseos pero sabe, por dignidad, que no es bueno dejarlo pasar. Se angustia al pensar que cualquiera sea la decisión que tome, estará equivocada.
–No insistas. Tú no vas a hacerme más daño.
–No seas problemática, palomita. Juro que me quedo sólo un ratito.
–Aún me duele la cachetada que me diste la última vez. ¡Maldito borracho! ¿Quién te crees para ponerme la mano encima?
–Pobre palomita, todavía está herida. Déjame entrar. No más violencia entre tú y yo. Prometo ser dulce como siempre, ¿sí?
Camucha cavila y sufre aferrada al manubrio. Por respeto a sí misma debía seguir los consejos de mamá y de todas las mujeres a las que les ha contado su desdicha. “Prometo que me siento cerquita y sólo te veo y te escucho un poquito. No sabes cuánto necesito estar a tu lado”. Su mano tiembla pero no sabe resistir. “Diablos, ya me arrepentiré mañana”, piensa al abrir la puerta y en seguida se esconde tras ella, como si necesitase protegerse de la presencia del visitante.
Sin mediar palabras, Tamayita, quien luce con la cara amoratada por una reciente pelea, se abalanza contra Camucha y besa sus labios con rudeza, ella intenta resistirse pero cede, emitiendo quejidos apagados. Al conseguir despegarse, limpia la baba de su rostro fingiendo rabia, mientras él, con sonrisa calculada, apoya su humanidad en el marco de la puerta.
–Uno siempre saluda al llegar a una casa.
–¿Qué te pasó en la cara? –pregunta Camucha, quedándole el sabor de sangre coagulada en la boca.
–No es nada. Jugando fulbito nos agarramos a golpes con el otro equipo. Vieras como quedó el idiota que pateó a mi compadre por atrás...
–Se te va a infectar. Déjame traer algo del botiquín y...
–Gracias por la preocupación, pero la hinchazón va a pasar, lo que siente mi corazón por ti, no.
–¡Déjame! No creas que voy a caer en tu floro barato.
Tamayita se encoge de hombros y cobija las manos en los bolsillos de su casaca. Sintiéndose gallo en su galpón, ingresa a la casa y se desplaza por la sala como si hubiese ensayado sus pasos. No se molesta en mirar a Jefferson y Jefferson tampoco se molesta en despegar los ojos del televisor y se sigue cagando de risa con Lelo Costa haciendo de cabro.
–¡Jefferson, pasa a tu cuarto! –le ordena su mamá pero no hace caso.
–¡Caramba!, ¿estás sordo? ¡Te he dicho que pases a tu cuarto!
–¡Hágale caso a su madre, carajo!
Y de buenas a primeras, Jefferson recibe un coscorrón en la cabeza ocasionando, más que dolor, que su tez enrojeciera de odio e indignación.
–¡Tamaya, no le pegues a mi hijo! –grita la madre en una tardía y repudiada defensa que con gesto despectivo es ignorada.
–Este muchacho lo que necesita es golpe para enderezarse. Como se nota que tú y el cojudo de tu marido no tienen carácter –volteando hacia Jefferson y propinándole una cachetada por su reacción desafiante–; a mí me miras bonito, mocoso de mierda. ¡Baja la mirada y salte de acá!
Masticando la ira, el muchacho desaparece tras las cortinas de su cuarto, estrecho porque fue levantado con la intención de instalar un baño. Cómo hacerle frente a un hombre que casi le lleva una cabeza y en cuya mano extendida
bien podría calzar el volumen de toda su cara. “Maldita sea la puta de mi vieja por dejarlo entrar... ni bien se marchó el cachudo de mi papá”.
–No llevas ni cinco minutos en casa y ya afloró el Tamayita que tanto aborrezco, el matón, el que se jura el pendejo del barrio.
–Nunca conociste otro Tamayita. te enamoraste de éste, del auténtico.
–¡Hace tanto ya! Eras buen mozo, qué duda cabe. Qué bien se te veía cuando despachabas cajas de cerveza y los músculos de tus brazos y pecho se marcaban. Éramos muchas las que moríamos por ti...
–Muchas no, ¡todas!
–Puede ser. Pero con los años una a una fue desertando. Sólo quedé yo, la idiota, la cojuda, la babosa, siempre dispuesta a ser engañada, pero ya no por un joven viril si no por un vejestorio barrigón y grasiento. Debo estar enferma de la cabeza para seguir aguantando.
–Sin embargo un buen día te casaste y a mí ni siquiera me consultaste.
–Me casé con un buen hombre. Quizás demasiado bueno para mí. Lo desprecio por eso y él lo sabe.
Sin importarle las tribulaciones de Camucha y sin abandonar un instante su pose sarcástica, Tamayita bordea con sus brazos la cintura de la mujer, y a pesar de la resistencia, consigue besarle el cuello y la espalda.
–Pues no debes despreciarlo tanto porque cada vez entra más tarde a la imprenta. Seguro se la chupas antes de que se vaya. ¿No te da pena que yo esté afuera cagándome de frío?
–Por favor, al menos aguarda a que me encuentre menos alterada...
–Vamos, mi vida, no pierdas tiempo y se cariñosa conmigo.
–Por favor, quédate quieto. Ahorita no tengo ganas de «eso».
–Vamos, palomita. Yo no vengo al culo de Trujillo pa’verte así con cara de poto.
–Para, Tamaya, para... que vuelve mi marido.
–El único marido que tienes soy yo, palomita, tú bien lo sabes...
Cediendo a la insistencia, Camucha gira su cuerpo y besa con fruición los labios de Tamayita, pasando de acosada a tomar la iniciativa, arrastrando a su amante a traspasar las cortinas del dormitorio hasta depositarse pesadamente en la cama matrimonial, quedando él abajo y ella encima. Desabotonándose la parte superior del vestido, deja sus senos, grotescamente voluptuosos, al descubierto y los frota en el rostro de Tamayita quien los lame con ambrosía. “Mama, Tamayita, ¡mama!”, jadea, mientras sus manos ansiosas le bajan a la mala el pantalón de buzo.
–Allí están los dos, gritando como chanchos –rezonga Jefferson frotándose la cara como para que se prolongue la huella de la agresión infundada. Él puede entender que Tamayita se revuelque con su madre. Total, ya está grande y sabe que las mujeres sirven para eso, para revolcarse con ellas. Él mismo incluso sintió su pincho erectarse cuando vio, por descuido, a su madre subiéndose el calzón, luego de ocuparse en el guáter, y lejos de ruborizarse se fue a su cuarto a correrse la paja con la imagen que quedó indeleble en su mente. Pero que venga ese gordinflón y le meta golpe, no, eso no se lo perdona. Su padre nunca le puso un dedo encima y son contadas las veces que le pegó su madre, pero las pasaba por alto porque es la mujer que le da de comer al fin y al cabo. “¡Ese hijo de puta qué se ha creído!” Es tal su rabia que le resulta insoportable escucharlo chillar de placer. En otra ocasión lo hubiese ignorado o hubiese supuesto que los gemidos son ovaciones de espectadores imaginarios, alentando a sus alacranes gladiadores a bregar hasta la muerte en la caja de zapatos. “Ave César, los que van a morir te saludan”. Pero ahora que los mira, piensa “¿por qué tienen que morir cuando se pueden vengar por mí?” Supuso, porque ningún profesor se lo dijo, que en Roma los gladiadores luchaban entre sí en tiempos de paz, pero en tiempos de guerra formaban parte de las legiones y luchaban contra los enemigos del Imperio. En este caso, pues, por qué no aprovechar que el enemigo está ebrio y con la guardia baja, cachándose a su vieja. Quizá la vida no le brinde otra oportunidad de cobrarse esta revancha. Así que gustoso de tenerlos en su prisión de vidrio, esperó que los gemidos se transformen en los ronquidos propios del sueño de un borracho, para animarse a atacar.
Pero el tiempo de la espera se le hizo lento, muy lento. Primero jugó a la guerrita con las tapitas de dentrífico de su colección. Las verdes de Kolynos eran un ejército y las rojas de Colgate el otro. Luego leyó por enésima vez un Condorito –edición aniversario–, riéndose como siempre del mismo chiste, ese en el que Coné se aparece calato en una fiesta de disfraces “vestido de culiflor” con una flor entre las nalgas, y que le trae el recuerdo inevitable de la única actividad del colegio a la que había asistido cuando tenía ocho años, era una fiesta de Halloween en la que su madre no se le ocurrió nada más barato que embadurnarle la cara con betún y que terminó en bronca entre los padres de familia, varios con heridas punzocortantes, por lo que a partir de esa fecha prefieren celebrar el Día de la Canción Criolla, con una jarana sin botellas.
Entonces fue que le llegó la señal que aguardaba, “ese hijo de puta ya está dormido”, y de repente sintió mucho miedo, tanto que no supo qué hacer, pero luego de repasar una y otra vez lo que ya tenía planeado, con un “¡qué chucha, gordo de mierda!”, se decide y cruza el umbral de su habitación. Con los dos frascos bien aferrados en sus manos, empieza a reptar por el piso de la sala, como si de un comando se tratara. Se siente nervioso pero sabe que es imposible retroceder. En segundos que le parecen incontables, con la frente perlada de sudor, mezcla del temor de ser descubierto y la ansiedad por culminar su misión, pasa por la mesa, el viejo sillón de felpa e ingresa al dormitorio de sus padres, pasa sigilosamente por debajo de la cortina que sirve como puerta. Cuando llega hasta las zapatillas malolientes de Tamayita, destapa los pomos, los voltea y los agita para que cada alacrán al verse en libertad, tomaran posesión de cada calzado, animados por la oscuridad y la humedad del sudor impregnado, se acomodan en el interior. Jefferson se permite sonreír, al fin, por el éxito de su maniobra. Con mucha cautela abandona el dormitorio, reptando en retroceso y sin dejar de mirar a esa masa grasienta y desnuda que duerme, luego de haber obtenido lo que había venido a buscar, dándole la espalda a su madre. Al sentir la cortina acariciando su espalda y confirmar que se encuentra en el comedor, se permite exhalar con brusquedad el aliento contenido, y de la mesa toma el té frío y los dos panes con mantequilla que su mamá ha dejado. Come. Todavía se siente intranquilo. Enciende la tele. Es sábado, una de la mañana. Panamericana pasa una película con Olmedo y Porcel, donde el primero se disfraza de médico y el segundo de enfermera para mañosearse con una vedette. “No sé por qué le revientan tantos cohetes al gordo, si al lado del flaco es un pobre huevón”, se dice antes de quedarse dormido en el frío suelo de loceta.
Al notar que la luz de la mañana ya brilla con la suficiente claridad y se cuela por la ventana de la sala y se cuela debajo de la cortina que le sirve a su cuarto como puerta, Jefferson apaga el foco de 50 watts de su cuarto, pendiente de un alambre raquítico, que ilumina su rostro culpable. Cerca, desde la sala, escucha que la radio propala a Sui Generis cantando: Lunes otra vez, sobre la ciudad, la gente que ves, vive en soledad..., una tonada extraña en las estaciones locales, pero que el disc-jockey, fanático de Charly García, infiltra, entre Leo Dan y Manolo Galván, aprovechando que el bloque musical es de recuerdos. Su voz chillona exclama a continuación: “Son las seis y cuatro, ¡hora de levantarte, Perú!” Ya con el uniforme escolar puesto, el chiquillo siente, como nunca, ganas de asistir a clases, como si quisiera dejar encerrado en su habitación el sentimiento de culpa que le invade. Ayer, como a la misma hora, hallaron a Tamayita en el suelo retorciéndose de dolor, cerca de una acequia frente a la quinta etapa de San Andrés. Un panadero que salía temprano a vender su mercadería fue el primero en socorrerlo y notar que se encontraba descalzo y sus zapatillas dispersas a lo lejos. “Ayúdeme, no me puedo arrastrar más”, exclamó, clavándole su mirada agónica, con palabras que si apenas podían salir de su boca. “Fueron dos alacranes. ¡Dos alacranes!” Asustado el panadero, depositó de inmediato a Tamayita encima de su carretilla y se puso a pedalear lo más rápido que pudo, intentando llegar a una posta médica, pero ya era tarde. Tamayita murió siete cuadras más allá, luego de murmurar un padre nuestro que no recordaba con claridad.
–Mamá, ¿me das mi desayuno?, ya me voy a la escuela –le pide a su madre, apenas se asoma por la cortina. Sabe que ella, aturdida por el dolor, ha pasado la noche sentada en la mesa de la sala y se le hace un nudo en la garganta cuando ve su rostro demacrado, con los ojos hinchados de tanto llanto.
–Jefferson, ese hombre que venía seguido no vendrá más, ¿lo sabes, verdad? –el muchacho asiente, sin evitar que la culpa ruborice sus mejillas– Ese hombre era tu padre, tu verdadero padre. Es bueno que lo sepas aunque se haya ido de nuestras vidas para siempre... –concluye sin medir consecuencias, ni posibles traumas. Era algo que hace tiempo se lo quería confesar.
Jefferson finge sorpresa pero en realidad la declaración materna sólo confirma lo que sabe desde la madrugada del domingo, cuando arrullado en posición fetal, acompañado por el ruido blanco de la tele, ese borracho miserable abandonó la alcoba, sin despedirse de su madre y tuvo un gesto inusual. Enternecido al verlo dormido en el suelo, o quizá sintiéndose culpable por haberle golpeado, se arrodilló hasta él y acariciándole la cabeza le dijo: “Hijito mío, ojalá algún día me disculpes por tantos años de abandono. Ya llegará el momento en que tú y yo nos encontraremos”.
El contacto de la mano con su pelo, hizo que Jefferson abriera los ojos y se viera desconcertado, sintiendo vuelcos en su interior. De repente le embargó el temor al asesinato y pensó que podía evitarlo si en ese momento hablaba y le advertía que llevaba la muerte en las zapatillas, pero no tuvo valor, la sangre se había manifestado demasiado tarde y ahora, para dolor perpetuo, le queda una vida entera para arrepentirse porque su corazón no es, después de todo, el de un alacrán.
Jefferson es un niño que odia ser niño. Escuchó de la boca de un orientador sexual la palabra masturbación, pero a pesar de sus pobres nociones de semántica le parece absurda la definición. Sacudirse la chulapi significa para él –y para todos– correrse la paja, y lo practica a menudo con las calatas que aparecen en la primera plana de los tabloides que propagan cultura demencial. Jefferson recorta las fotos y las guarda debajo de su cama y en las noches, cuando todos duermen, las deja salir para deleitarse con sus tetas y sus nalgas. Todas son suyas y todas son bellas. Nada que ver con las cholas tan feas que comparten sus días de escuela, prisión de carpetas que le gustaría abandonar de una vez. Fuera de las ciencias naturales los demás cursos le aburren y eso se ve reflejado en su bajo rendimiento. “Es un muchacho sensible e inteligente pero reacio a prestar atención a las materias que no le interesan. Denota además una introversión casi patológica que le impide socializarse con los demás”, fue el diagnóstico de un psicólogo del magisterio y cuando su madre se lo contó, respondió encogiéndose de hombros. “Conversar con esos huevones que entran sudorosos a clases tras correr pateando una pelota, ¡no gracias!” Todos ellos se pueden ir a la mierda porque él no los necesita. Jefferson no se mete con nadie y todos están tácitamente prohibidos de meterse con él. Nunca lo agarraron de lorna porque el día que el borrego, el maloso del lonsa, le rompió la nariz de un puñetazo por negarse a convidarle sus galletas GN, sabor a coco, él extrajo de un pampón una viga con clavo oxidado incrustado y en plena clase le reventó la cabeza, pudiéndolo matar si el tutor no lo detenía después de asestarle el segundo golpe.
Jefferson no ve la hora de ser grande y ser dueño de su propio destino. Mientras imagina a sus compañeros de clase convertidos en albañiles, mecánicos, gasfiteros o titulados de cenecape, él se imagina dedicándose a lo que domina como nadie, la caza, crianza y lucha de alacranes. Cuando Jefferson tenía nueve años y jugaba despreocupado con sus carritos en la azotea de la casa de su abuela, un alacrán se descolgó del tendal y le clavó la ponzoña, pasando más de una semana en cama debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero contrario a lo que se pueda suponer, junto con su veneno el bicho le había inoculado fascinación en vez de aversión hacia ellos. Así que una vez recuperado, se adiestró en la caza de alacranes, siendo su método favorito escarbar los adobes de las construcciones abandonadas en pos de un alacrán. Al asomarse uno, lo acorrala con un cuchillo de cocina y antes que levante la cola para atacar, lo apresa en una bolsa de plástico hasta llegar a casa donde lo echa en un colador para limpiar la tierra acumulada, y de ahí lo encierra en un frasco vacío de mostaza alimentándolo con moscas y zancudos vivos para no echarle a perder el instinto asesino, hasta que el sábado en la noche, después de Risas y Salsa, el alacrán es depositado dentro de una caja de zapatos con paredes dibujadas y pintadas con crayón, emulando las graderías de un coliseo romano, inspirado en los peplum que pasaba América Televisión en horario de matinée, donde luchará a muerte, de forma breve pero espectacular, contra otro alacrán cazado durante la semana, exacerbando el morbo del único y privilegiado espectador quien observará la brega indigestándose con bolsas de chizitos.
Carmencita Bardales, Camucha para los allegados, había pasado la barrera de los treinta hace pocos calendarios. Sin embargo, la dejadez y la obesidad hacen que sea la sombra de la mujer que alguna vez fue. Desde que estaba en el colegio, Camuchita era la muchacha más bella y pretendida de Florencia de Mora. Bajita, pero provista de senos prominentes, nalgas protuberantes y piernas esculturales, fue durante gran parte de su juventud reina de clubes, carnavales, olimpiadas y cuanto evento social se realizaba en el populoso distrito. Provista de un rostro dulce, de mosquita muerta según las que la envidiaban, iluminado con un par de inmensos ojos zarcos, rezago genético de alguna parte de Celendín, fueron muchos los que se disputaron su interés, incluso un pituco de California se fijó en ella y la llevó de pareja a su fiesta de promoción con la advertencia de que no abriera la boca para que su dejo no delatara su humilde condición. Además, un empresario metido en el ambiente de la música tropical, quiso contratarla como bailarina de uno de sus grupos, en las giras por el interior del país. Pero la pobre estaba condenada a no tener futuro porque estaba enamorada y sólo tenía ojos para Tamayita, un hombre casado y ocho años mayor que ella, que trabajaba en una distribuidora de la Pilsen Trujillo y, cuando le caía la quincena, lo dilapidaba emborrachándose y metiéndole letra a todas las mocosas del barrio. Bien parecido y de contextura vigorosa, Tamayita abusaba de la influencia que ejercía sobre Camuchita para tomarla una y mil veces dejarla. Le hacía promesas de divorcio, al mismo tiempo que iba tras el calzón de otras mujeres, siempre más jóvenes que él. Aprendió a abofetearla al menor reclamo y luego a abofetearla sin reclamo alguno. Tantas humillaciones finalizaron la noche que en un triplete chicha en la Plaza de Toros, con Los Superamigos, Los Walker’s y El Supergrupo, Tamayita, de la mano de su señora, se topó con Camuchita y no tuvo más remedio que aclararle: “Adela es mi mujer, tú la puta que me cacho”.
Desde ese día, Camuchita se convirtió en Camucha y se empeñó en recuperar el orgullo perdido dejando de lado ese amor insano. Así que, sin estar enamorada, contrajo nupcias con Rubén Beltrán, un humilde montajista que trabajaba en una imprenta de La Unión y que poseía, como toda riqueza, una casita en Liberación Social. Sabiéndola casada Tamayita le rogó, lloró, insistió, para que siguieran siendo amantes, pero cuando Camucha quedó preñada todo se acabó. Tamayita partió a Cajamarca a trabajar en las minas de Yanacocha y ella se quedó para envejecer con su mundo reducido alrededor.
El primer recuerdo que tiene Jefferson de Tamayita es de la misma tarde que fue por única vez con su viejo al estadio y se aburrió soberanamente. Ver a veintidós cojudos de pantalón corto, dándose de patadas y corriendo tras un balón es un espectáculo demasiado patético para llamar su atención.
Al regresar a casa se chocó visualmente con la voluptuosa anatomía de Tamayita, desparramada en una de las sillas de la cocina y su madre arreglándose el vestido. A continuación recuerda una discusión. A su papá llorando. A Tamayita burlándose y expeliendo olor a licor barato. A mamá explicando, hasta que se agotan los argumentos, y luego insultando a su cónyuge llamándolo mediocre y poco hombre. Desde ese instante, Jefferson supo, sin saberlo, que Tamayita había regresado a la vida de su madre y sus visitas a la casa se hicieron más frecuentes, sobre todo cuando su padre estaba ausente.
–¡50 millones de soles a quién se llame Pancracio! –pide vociferando, el moreno animador de Trampolín a la Fama, el público se queja y Jefferson y todo el Perú se ríe. Él sabe que le va a llegar la oportunidad de presentarse en el programa de Augusto Ferrando y su show de alacranes lo va a catapultar al estrellato, sobre todo si para esa tarde consigue dos ejemplares como los que tiene preparados para ese sábado. Uno es un bellísimo alacrán de color rojizo, cuerpo delgado y bien distribuido en sus casi cuatro centímetros de largo. El otro es negro, voluptuoso, pequeño, pero tiene en compensación una cola pronunciada. “¡Qué se callen esos viejos de mierda! Ya estoy harto de sus discusiones”. No le sube el volumen porque la vez pasada lo hizo y su mamá le estampó un manazo en la cara tildándolo de impertinente.
–...No es cuestión de que te llenes la boca llamándome mantenida. Necesito que me des más plata.
–Me rectifico. No eres mantenida pero sí una mujer que busca cualquier motivo para hincharme las pelotas.
–¿Acaso no entiendes que no alcanza con lo poco que me das?
–A mí tampoco me alcanza, y eso que me rompo el lomo todas las madrugadas.
–¡Y a la puta de Edit seguro que sí le alcanza!
–¡Ya te he prohibido que te metas con ella!
–¿Y por qué no me voy a meter con la perra que con mi marido se acuesta?
–¡Mira que eres conchuda, Camucha! Tú no tienes ningún derecho de reclamarme nada. Pero, para que no lo vayas divulgando por ahí, manchando reputaciones como es tu costumbre, que te quede claro que yo no tengo nada con Edit. Ella sólo es mi amiga...
–¡Ja! ¿Cuál dedo me chupo, papito?
–Ojalá hubiera algo entre los dos para que te quede claro que fuiste tú la que me empujaste a ella.
–A mí no me interesa lo que tú y esa perra hagan. Lo que importa es que esta casa necesita plata.
–Ya te dije que no tengo.
–Tendrías si cada día te emborracharas menos.
–Me emborracharé menos el día que ya no pueda recordarte.
–¡Ay, pobrecita la víctima! ¿Sabes qué?; por qué no te vas de una buena vez. ¡Vete! y procura llegar tarde, muy tarde... Total, tú eres la prueba palpable de que cada imbécil tiene el destino que se merece.
Rubén Beltrán prefiere no revolverse más el hígado. Toma lo que resta de café en su tazón de lata y cogiendo su casaca de mezclilla y la chalina, para enfrentar el frío de amanecida, sale de la casa sin despedirse de nadie. Como siempre...
–Jefferson, ¿vas a querer más té? –le pregunta su madre, tomándose su tiempo para aguardar una respuesta que no llega– ¡Oh!; por qué pierdo el tiempo contigo si nunca escuchas –concluye al verlo absorto ante la pantalla de la tele y abre el caño del lavabo, presta a lavar la vajilla y los cubiertos.
En eso llaman a la puerta. Tirando dos tenedores contra los platos, como último rezago de la discusión, se dirige a la puerta, arreglándose el cabello con las manos y alistando la garganta para preguntar “¿Quién es?” con la suficiente fortaleza para ahuyentar posibles atracadores. Del otro lado se escucha un “Soy yo”, cuyo acento alcohólico Camucha reconoce y basta para que tiemble toda.
–¿Qué quieres?
–Lo que yo quiero es lo mismo que tú quieres, ¿no es así?
Camucha se acerca a la puerta. Duda en abrir. Siente deseos pero sabe, por dignidad, que no es bueno dejarlo pasar. Se angustia al pensar que cualquiera sea la decisión que tome, estará equivocada.
–No insistas. Tú no vas a hacerme más daño.
–No seas problemática, palomita. Juro que me quedo sólo un ratito.
–Aún me duele la cachetada que me diste la última vez. ¡Maldito borracho! ¿Quién te crees para ponerme la mano encima?
–Pobre palomita, todavía está herida. Déjame entrar. No más violencia entre tú y yo. Prometo ser dulce como siempre, ¿sí?
Camucha cavila y sufre aferrada al manubrio. Por respeto a sí misma debía seguir los consejos de mamá y de todas las mujeres a las que les ha contado su desdicha. “Prometo que me siento cerquita y sólo te veo y te escucho un poquito. No sabes cuánto necesito estar a tu lado”. Su mano tiembla pero no sabe resistir. “Diablos, ya me arrepentiré mañana”, piensa al abrir la puerta y en seguida se esconde tras ella, como si necesitase protegerse de la presencia del visitante.
Sin mediar palabras, Tamayita, quien luce con la cara amoratada por una reciente pelea, se abalanza contra Camucha y besa sus labios con rudeza, ella intenta resistirse pero cede, emitiendo quejidos apagados. Al conseguir despegarse, limpia la baba de su rostro fingiendo rabia, mientras él, con sonrisa calculada, apoya su humanidad en el marco de la puerta.
–Uno siempre saluda al llegar a una casa.
–¿Qué te pasó en la cara? –pregunta Camucha, quedándole el sabor de sangre coagulada en la boca.
–No es nada. Jugando fulbito nos agarramos a golpes con el otro equipo. Vieras como quedó el idiota que pateó a mi compadre por atrás...
–Se te va a infectar. Déjame traer algo del botiquín y...
–Gracias por la preocupación, pero la hinchazón va a pasar, lo que siente mi corazón por ti, no.
–¡Déjame! No creas que voy a caer en tu floro barato.
Tamayita se encoge de hombros y cobija las manos en los bolsillos de su casaca. Sintiéndose gallo en su galpón, ingresa a la casa y se desplaza por la sala como si hubiese ensayado sus pasos. No se molesta en mirar a Jefferson y Jefferson tampoco se molesta en despegar los ojos del televisor y se sigue cagando de risa con Lelo Costa haciendo de cabro.
–¡Jefferson, pasa a tu cuarto! –le ordena su mamá pero no hace caso.
–¡Caramba!, ¿estás sordo? ¡Te he dicho que pases a tu cuarto!
–¡Hágale caso a su madre, carajo!
Y de buenas a primeras, Jefferson recibe un coscorrón en la cabeza ocasionando, más que dolor, que su tez enrojeciera de odio e indignación.
–¡Tamaya, no le pegues a mi hijo! –grita la madre en una tardía y repudiada defensa que con gesto despectivo es ignorada.
–Este muchacho lo que necesita es golpe para enderezarse. Como se nota que tú y el cojudo de tu marido no tienen carácter –volteando hacia Jefferson y propinándole una cachetada por su reacción desafiante–; a mí me miras bonito, mocoso de mierda. ¡Baja la mirada y salte de acá!
Masticando la ira, el muchacho desaparece tras las cortinas de su cuarto, estrecho porque fue levantado con la intención de instalar un baño. Cómo hacerle frente a un hombre que casi le lleva una cabeza y en cuya mano extendida
bien podría calzar el volumen de toda su cara. “Maldita sea la puta de mi vieja por dejarlo entrar... ni bien se marchó el cachudo de mi papá”.
–No llevas ni cinco minutos en casa y ya afloró el Tamayita que tanto aborrezco, el matón, el que se jura el pendejo del barrio.
–Nunca conociste otro Tamayita. te enamoraste de éste, del auténtico.
–¡Hace tanto ya! Eras buen mozo, qué duda cabe. Qué bien se te veía cuando despachabas cajas de cerveza y los músculos de tus brazos y pecho se marcaban. Éramos muchas las que moríamos por ti...
–Muchas no, ¡todas!
–Puede ser. Pero con los años una a una fue desertando. Sólo quedé yo, la idiota, la cojuda, la babosa, siempre dispuesta a ser engañada, pero ya no por un joven viril si no por un vejestorio barrigón y grasiento. Debo estar enferma de la cabeza para seguir aguantando.
–Sin embargo un buen día te casaste y a mí ni siquiera me consultaste.
–Me casé con un buen hombre. Quizás demasiado bueno para mí. Lo desprecio por eso y él lo sabe.
Sin importarle las tribulaciones de Camucha y sin abandonar un instante su pose sarcástica, Tamayita bordea con sus brazos la cintura de la mujer, y a pesar de la resistencia, consigue besarle el cuello y la espalda.
–Pues no debes despreciarlo tanto porque cada vez entra más tarde a la imprenta. Seguro se la chupas antes de que se vaya. ¿No te da pena que yo esté afuera cagándome de frío?
–Por favor, al menos aguarda a que me encuentre menos alterada...
–Vamos, mi vida, no pierdas tiempo y se cariñosa conmigo.
–Por favor, quédate quieto. Ahorita no tengo ganas de «eso».
–Vamos, palomita. Yo no vengo al culo de Trujillo pa’verte así con cara de poto.
–Para, Tamaya, para... que vuelve mi marido.
–El único marido que tienes soy yo, palomita, tú bien lo sabes...
Cediendo a la insistencia, Camucha gira su cuerpo y besa con fruición los labios de Tamayita, pasando de acosada a tomar la iniciativa, arrastrando a su amante a traspasar las cortinas del dormitorio hasta depositarse pesadamente en la cama matrimonial, quedando él abajo y ella encima. Desabotonándose la parte superior del vestido, deja sus senos, grotescamente voluptuosos, al descubierto y los frota en el rostro de Tamayita quien los lame con ambrosía. “Mama, Tamayita, ¡mama!”, jadea, mientras sus manos ansiosas le bajan a la mala el pantalón de buzo.
–Allí están los dos, gritando como chanchos –rezonga Jefferson frotándose la cara como para que se prolongue la huella de la agresión infundada. Él puede entender que Tamayita se revuelque con su madre. Total, ya está grande y sabe que las mujeres sirven para eso, para revolcarse con ellas. Él mismo incluso sintió su pincho erectarse cuando vio, por descuido, a su madre subiéndose el calzón, luego de ocuparse en el guáter, y lejos de ruborizarse se fue a su cuarto a correrse la paja con la imagen que quedó indeleble en su mente. Pero que venga ese gordinflón y le meta golpe, no, eso no se lo perdona. Su padre nunca le puso un dedo encima y son contadas las veces que le pegó su madre, pero las pasaba por alto porque es la mujer que le da de comer al fin y al cabo. “¡Ese hijo de puta qué se ha creído!” Es tal su rabia que le resulta insoportable escucharlo chillar de placer. En otra ocasión lo hubiese ignorado o hubiese supuesto que los gemidos son ovaciones de espectadores imaginarios, alentando a sus alacranes gladiadores a bregar hasta la muerte en la caja de zapatos. “Ave César, los que van a morir te saludan”. Pero ahora que los mira, piensa “¿por qué tienen que morir cuando se pueden vengar por mí?” Supuso, porque ningún profesor se lo dijo, que en Roma los gladiadores luchaban entre sí en tiempos de paz, pero en tiempos de guerra formaban parte de las legiones y luchaban contra los enemigos del Imperio. En este caso, pues, por qué no aprovechar que el enemigo está ebrio y con la guardia baja, cachándose a su vieja. Quizá la vida no le brinde otra oportunidad de cobrarse esta revancha. Así que gustoso de tenerlos en su prisión de vidrio, esperó que los gemidos se transformen en los ronquidos propios del sueño de un borracho, para animarse a atacar.
Pero el tiempo de la espera se le hizo lento, muy lento. Primero jugó a la guerrita con las tapitas de dentrífico de su colección. Las verdes de Kolynos eran un ejército y las rojas de Colgate el otro. Luego leyó por enésima vez un Condorito –edición aniversario–, riéndose como siempre del mismo chiste, ese en el que Coné se aparece calato en una fiesta de disfraces “vestido de culiflor” con una flor entre las nalgas, y que le trae el recuerdo inevitable de la única actividad del colegio a la que había asistido cuando tenía ocho años, era una fiesta de Halloween en la que su madre no se le ocurrió nada más barato que embadurnarle la cara con betún y que terminó en bronca entre los padres de familia, varios con heridas punzocortantes, por lo que a partir de esa fecha prefieren celebrar el Día de la Canción Criolla, con una jarana sin botellas.
Entonces fue que le llegó la señal que aguardaba, “ese hijo de puta ya está dormido”, y de repente sintió mucho miedo, tanto que no supo qué hacer, pero luego de repasar una y otra vez lo que ya tenía planeado, con un “¡qué chucha, gordo de mierda!”, se decide y cruza el umbral de su habitación. Con los dos frascos bien aferrados en sus manos, empieza a reptar por el piso de la sala, como si de un comando se tratara. Se siente nervioso pero sabe que es imposible retroceder. En segundos que le parecen incontables, con la frente perlada de sudor, mezcla del temor de ser descubierto y la ansiedad por culminar su misión, pasa por la mesa, el viejo sillón de felpa e ingresa al dormitorio de sus padres, pasa sigilosamente por debajo de la cortina que sirve como puerta. Cuando llega hasta las zapatillas malolientes de Tamayita, destapa los pomos, los voltea y los agita para que cada alacrán al verse en libertad, tomaran posesión de cada calzado, animados por la oscuridad y la humedad del sudor impregnado, se acomodan en el interior. Jefferson se permite sonreír, al fin, por el éxito de su maniobra. Con mucha cautela abandona el dormitorio, reptando en retroceso y sin dejar de mirar a esa masa grasienta y desnuda que duerme, luego de haber obtenido lo que había venido a buscar, dándole la espalda a su madre. Al sentir la cortina acariciando su espalda y confirmar que se encuentra en el comedor, se permite exhalar con brusquedad el aliento contenido, y de la mesa toma el té frío y los dos panes con mantequilla que su mamá ha dejado. Come. Todavía se siente intranquilo. Enciende la tele. Es sábado, una de la mañana. Panamericana pasa una película con Olmedo y Porcel, donde el primero se disfraza de médico y el segundo de enfermera para mañosearse con una vedette. “No sé por qué le revientan tantos cohetes al gordo, si al lado del flaco es un pobre huevón”, se dice antes de quedarse dormido en el frío suelo de loceta.
Al notar que la luz de la mañana ya brilla con la suficiente claridad y se cuela por la ventana de la sala y se cuela debajo de la cortina que le sirve a su cuarto como puerta, Jefferson apaga el foco de 50 watts de su cuarto, pendiente de un alambre raquítico, que ilumina su rostro culpable. Cerca, desde la sala, escucha que la radio propala a Sui Generis cantando: Lunes otra vez, sobre la ciudad, la gente que ves, vive en soledad..., una tonada extraña en las estaciones locales, pero que el disc-jockey, fanático de Charly García, infiltra, entre Leo Dan y Manolo Galván, aprovechando que el bloque musical es de recuerdos. Su voz chillona exclama a continuación: “Son las seis y cuatro, ¡hora de levantarte, Perú!” Ya con el uniforme escolar puesto, el chiquillo siente, como nunca, ganas de asistir a clases, como si quisiera dejar encerrado en su habitación el sentimiento de culpa que le invade. Ayer, como a la misma hora, hallaron a Tamayita en el suelo retorciéndose de dolor, cerca de una acequia frente a la quinta etapa de San Andrés. Un panadero que salía temprano a vender su mercadería fue el primero en socorrerlo y notar que se encontraba descalzo y sus zapatillas dispersas a lo lejos. “Ayúdeme, no me puedo arrastrar más”, exclamó, clavándole su mirada agónica, con palabras que si apenas podían salir de su boca. “Fueron dos alacranes. ¡Dos alacranes!” Asustado el panadero, depositó de inmediato a Tamayita encima de su carretilla y se puso a pedalear lo más rápido que pudo, intentando llegar a una posta médica, pero ya era tarde. Tamayita murió siete cuadras más allá, luego de murmurar un padre nuestro que no recordaba con claridad.
–Mamá, ¿me das mi desayuno?, ya me voy a la escuela –le pide a su madre, apenas se asoma por la cortina. Sabe que ella, aturdida por el dolor, ha pasado la noche sentada en la mesa de la sala y se le hace un nudo en la garganta cuando ve su rostro demacrado, con los ojos hinchados de tanto llanto.
–Jefferson, ese hombre que venía seguido no vendrá más, ¿lo sabes, verdad? –el muchacho asiente, sin evitar que la culpa ruborice sus mejillas– Ese hombre era tu padre, tu verdadero padre. Es bueno que lo sepas aunque se haya ido de nuestras vidas para siempre... –concluye sin medir consecuencias, ni posibles traumas. Era algo que hace tiempo se lo quería confesar.
Jefferson finge sorpresa pero en realidad la declaración materna sólo confirma lo que sabe desde la madrugada del domingo, cuando arrullado en posición fetal, acompañado por el ruido blanco de la tele, ese borracho miserable abandonó la alcoba, sin despedirse de su madre y tuvo un gesto inusual. Enternecido al verlo dormido en el suelo, o quizá sintiéndose culpable por haberle golpeado, se arrodilló hasta él y acariciándole la cabeza le dijo: “Hijito mío, ojalá algún día me disculpes por tantos años de abandono. Ya llegará el momento en que tú y yo nos encontraremos”.
El contacto de la mano con su pelo, hizo que Jefferson abriera los ojos y se viera desconcertado, sintiendo vuelcos en su interior. De repente le embargó el temor al asesinato y pensó que podía evitarlo si en ese momento hablaba y le advertía que llevaba la muerte en las zapatillas, pero no tuvo valor, la sangre se había manifestado demasiado tarde y ahora, para dolor perpetuo, le queda una vida entera para arrepentirse porque su corazón no es, después de todo, el de un alacrán.
ABRIL 1994
